HOMILÍA EN EL DOMINGO IIº DE CUARESMA

Ciclo A
Día 17 de febrero de 2008

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes, y diácono asistente,

Queridos hermanos y hermanas todos:


1.- Nos hemos adentrado ya en la sagrada Cuaresma. La llamamos sagrada porque en ella nos preparamos a recibir, de un modo especial, la gracia de la redención al celebrar la Semana Santa.

Aunque esta Gracia llegó a nosotros inicialmente por el Sacramento del Bautismo y de la Confirmación, y luego hemos podido recuperarla y acrecentarla mediante la participación en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía respectivamente, se nos ofrece con indudable singularidad cuando participamos en la celebración anual de los Misterios del Señor, cuya memoria destacada hacemos en la Semana Santa. De ahí la importancia que tiene para el Cristiano unirse a la Comunidad eclesial para escuchar la palabra de Dios y vivir, unidos al Señor, los misterios salvíficos de su pasión, muerte y resurrección gloriosa. ¡Qué pena que muchos cristianos no lo entiendan así y permanezcan al margen de estas acciones sagradas, que nos devolvieron y nos devuelven la relación con Dios, perdida por el pecado de Adán y Eva! Puesto que fueron nuestros primeros padres, al participar de su naturaleza heredamos las consecuencias de su pecado.

En este tiempo de la sagrada Cuaresma, la santa Madre Iglesia, que es nuestra Maestra de vida, nos llama insistentemente a la conversión. Esta palabra, que nos resulta ya tan familiar, corre el peligro de reducirse casi a un tópico si no profundizamos en su rico significado.

2.-La primera de las lecturas de hoy nos enseña, mediante un precioso ejemplo de vida, cuales deben ser la actitud y la acción más importantes exigidas por la conversión.

Lo primero es entender que no hay conversión si no volvemos los ojos del alma a Dios nuestro Señor, procurando escucharle con mayor atención y seguirle con humilde y creciente fidelidad.
Importa mucho, pues, tener en cuenta esto, porque fácilmente podemos pensar que la conversión debe llevarnos a la coherencia; y que ésta es la ordenación de nuestra vida según los criterios propios, que entendemos acertados, porque derivan de nuestras ideas, tradiciones y costumbres. A veces llegamos a pensar que nuestros criterios está basados en el Evangelio, y no son sino caricaturas de la enseñanza de Jesucristo. Sin embargo, la experiencia puede sorprendernos, porque muchas veces nuestros criterios están mal orientados a causa de las influencias inconscientemente asumidas y que no derivan del Evangelio, o son simples conclusiones personales, posiblemente acomodadas a nuestros propias conveniencias. De este modo, no solamente seguimos sin avanzar en la escucha y seguimiento del Señor, sino que, sin darnos cuenta, podemos ir distanciándonos más de Él; con el agravante de pensar que estamos en el camino recto y en las actitudes y comportamientos correspondientes.

3.- La palabra de Dios nos habla hoy de la vocación de Abraham. Le pide que salga de su tierra y de su parentela y se ponga en camino hacia un lugar desconocido que Él le irá indicando. Abraham no tiene más garantías que la promesa de hacer de Él un gran pueblo. Pero tiene en contra, en primer lugar y a simple vista, el gran coste de poner en marcha a toda su familia, sus servidores y su ganado, sin saber para cuanto tiempo, ni en qué condiciones. Es cierto que un día el Señor concederá a Abraham milagrosamente un hijo. Pero también es cierto que le puso a prueba pidiéndole, un tiempo después, que se lo sacrificara. En segundo lugar, y con no menor importancia y dificultad de aceptación, está la promesa motivadora de que el Señor le iba a hacer padre de un pueblo inmensamente numeroso, cuando El y su esposa eran de muy avanzada edad y no tenían hijos hasta ese momento. Otra dura prueba, ciertamente.

4.- Pero la lección es muy clara. Volver la mirada a Dios y acercarse a El no es un rito protocolario que termina en un momento y que no tiene por qué afectar notablemente a la propia vida. Volverse hacia Dios para seguirle, acercándonos más a la experiencia de su intimidad, tanto en el dolor de la cruz como en la gloria de la trasfiguración, supone cambiar los puntos de referencia, generalmente pegados a nosotros mismos y a nuestra mirada egoísta y terrena, y poner nuestra referencia, nuestra confianza y toda nuestra alma en Dios. Esto es, amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas nuestras fuerzas, y al prójimo como a nosotros mismos y por Dios, que es el Padre común y que nos ha unido en íntima e imborrable fraternidad.

5.- La actitud y el comportamiento que nos pide la conversión, afecta desde nuestra mentalidad y forma de entender las cosas, hasta la conducta en todos los momentos privados y públicos de nuestra vida. Ello supone algo tan importante y claro como contrario a la mentalidad social que constituye la influencia más extendida de nuestra cultura en los tiempos que corren. Mentalidad que se hace presente de modo explícito en muchos casos, y diluida y apenas perceptible, pero siempre influyente, en otros. Se trata, nada más y nada menos que de asumir esa negación de sí mismo que supone el creer sin ver, el esperar sin constatar a corto plazo resultados gratificantes, y el ordenar la vida entera, con todos sus riesgos, poniendo la referencia en Dios y no en nuestros cálculos, ni en nuestros apetitos, ni en los valores convenidos desde intereses terrenos. Se trata, por tanto, de asumir una norma de vida que muchísimos consideran alienante, deshumanizadora, contraria a la naturaleza.

Por eso, como esta negación de sí mismo y esta referencia a la Verdad de Dios, objetiva y universal, pone en crisis la absoluta y pecaminosa autonomía del ser humano, y establece como preferente la escucha atenta y religiosa de la palabra de Dios que nos llama a obedecer a Dios antes que a los hombres ( cf.----), son muchos los que, desde diversas instancias de poder y de influencia cultural y educativa, pretenden reducir el cristianismo al ámbito de lo privado, e incorrecto y no permisible abiertamente en los asuntos públicos.

6.- Queridos hermanos: el Señor ya no nos llama a la conversión simplemente con mandatos incomprensibles, ni con promesas que parecen quedar en el aire. El Señor, a través de la Iglesia, nos ha hablado ofreciéndonos los frutos de la redención que sabemos ya consumada con la pasión, muerte y resurrección del Señor. Tenemos testigos fehacientes de ello.
Nuestra propia experiencia cuenta con el testimonio de muchísimos santos y mártires, cuya vida y cuya muerte no se explican sino por la fe profunda y por la confianza cierta que tuvieron en la verdad de la promesa divina de salvación.

Es cierto que abundan quienes pretenden afear el rostro de la Iglesia, sacramento de la presencia y de la acción redentora de Cristo. Pero también es cierto que no se sostiene una crítica sistemática a la Iglesia, por la que se difama sin escrúpulos y sin demasiada coherencia su Jerarquía y a sus enseñanzas morales, simplemente porque se oponen a sus estrategias puramente terrenas y arbitradas para buscar la propia satisfacción inmediata, material y sensible, especialmente de los más fuertes.

Es curioso que se defienda el cuidado extremo de los animales y de las plantas en fuerte campaña ecológica (que la Iglesia comparte y defiende porque la naturaleza es obra de Dios) y, al mimo tiempo y desde la mismas instancias, se consideren un derecho el aborto y la eutanasia.

Es contradictorio que se proclame la libertad de expresión y, al mismo tiempo, se pretenda reducir al absurdo criterios ajenos, ridiculizando y llevando a la aparente contradicción los razonamientos que los defienden, simplemente porque discrepan de los propios.

Es absurdo predicar política y culturalmente la tolerancia y querer someter con el poder, y no con la razón, a quienes no comparten las ideas y las conductas, ciertamente deficientes, de quienes se creen con poder para hacer callar a quienes piensan de forma distinta, como si fueran los lugartenientes d la nueva inquisición que tanto han criticado.

7.- Queridos hermanos: acerquémonos a la palabra de Dios que nos iluminará con la Verdad y no ayudará a discernir todas esta banalidades culturales e ideológicas con que nos invade el mundo de hoy. Oremos por cuantos necesitan la misma luz que nosotros pedimos, disponiéndonos a recibirla y seguirla como norte de nuestra necesaria conversión.

Que el Señor nos muestre la imagen de su gloria y de la paz que constituye la base de nuestra ansiada felicidad.

Que nos ayude a vivir intensamente la fuerza salvadora de sus Misterios, tanto en la Eucaristía que estamos celebrando, como en la conmemoración de los momentos cumbre de la redención que Jesucristo ganó para nosotros.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL DOMINGO 1º DE CUARESMA

Ciclo A,
10 de Febrero de 2008

Queridos hermanos sacerdotes y diácono asistente,

Queridos hermanos y hermanas que celebráis hoy vuestro encuentro anual con motivo del día dedicado a la Vida Consagrada,

Queridos fieles cristianos seglares, que acudís a esta Celebración episcopal desde diferentes parroquias como signo de la unidad diocesana que da asentido a todas las demás comunidades cristianas:


En este primer domingo de Cuaresma, cuando somos convocados por el Señor a la conversión de actitudes y comportamientos, la Santa Madre Iglesia pone ante nosotros la primera página de la historia de la humanidad. En ella se nos manifiesta la tremenda contradicción entre la bondad amorosa de Dios y la vana pretensión del hombre que parece inspirada en la más radical ignorancia. En efecto: Dios crea al hombre exclusivamente por amor y lo convierte en el objeto preferente de todas sus atenciones; lo crea a su imagen y semejanza; lo constituye rey de la creación poniendo a su servicio toda la naturaleza; le dota de libertad para que tome decisiones sobre su vida y sobre su entorno; podía decidir incluso a favor o en contra de Dios su Padre y creador; le eleva al orden sobrenatural para que pueda mantener una relación fluida y permanente con su Dios y creador, que se le ofrece como verdadero amigo; le sitúa en el Jardín de Edén, signo del equilibrio entre todas las fuerzas de la naturaleza y entre todas las dimensiones y cualidades con que Dios había dotado al hombre y a la mujer en el acto de la creación. A cambio de todo ello le pide solamente la más elemental correspondencia que compete a la criatura ante el creador: amor y obediencia. Todo el mundo puede entender que, si todo lo había recibido del Señor, era lógico que viera en él a su dueño, en cuyas manos estaba conducirle hacia la plenitud, y ofrecerle el goce de la felicidad plena. El hombre, pues, debía permanecer vinculado a Dios.

Pues bien: el hombre, cegado por lo que ya a simple vista se adivina como imposible, llega a sospechar que puede igualarse a su Creador, y que en la independencia total y en su más radical autodeterminación, iba a encontrar sin más la plenitud y la felicidad por las que se sentía atraído.

Como era lógico, Adán y Eva se equivocaron; y llegaron a experimentar el sinsabor del pecado, significado en la expulsión del paraíso, y en la tragedia de una vida alejada de Dios. Al fin y al cabo, el hombre había roto los lazos que le unían a su Señor. En esas condiciones, el trabajo produce dolor y cansancio, la vida comienza con llanto y sufrimiento, las relaciones personales quedan al albur de las pasiones, el encuentro con Dios pierde el encanto del amor espontáneo y queda dificultado por la barrera del misterio. La vida del hombre, desde el momento en que Adán y Eva cometen el primer pecado, se desarrollará fuera del Jardín de Edén, en el desierto de una naturaleza adversa, con una permanente exigencia de esfuerzo en todos los aspectos de la vida, sumida en un mar de inseguridades que ocasionan miedo, desconfianza, duda, y cansancio.

Una vez más, la palabra de Dios nos presenta el pecado como la causa de la más profunda deshumanización del hombre. Por el pecado el hombre y la mujer pasan de ser los reyes de la creación, a ser criaturas expuestas a la esclavitud de sí mismos e incluso a ser víctimas de la naturaleza que debían regir. De la íntima y gozosa amistad con Dios, pasan a sentirse vigilados, juzgados y condenados por Él. La primera reacción de Adán y Eva, al sentirse llamados por Dios después del pecado, fue esconderse por vergüenza y por miedo. En verdad, el pecado cambia ante nosotros la imagen de Dios y nos lo hace sentir como juez implacable, sin consideración y sin amor. En cambio, si volvemos la mirada limpia hacia Él, habiéndonos librado del pecado, podemos reconocerle como nuestro Señor, con entrañas de misericordia y con una paciencia infinita, entregado por nosotros hasta ofrecer su misma vida como rescate redentor.

De todo ello, podemos concluir que el camino del hombre es el que nos lleva hacia Dios; y que el camino que nos distancia de Dios nos lleva hacia la desorientación, hacia el fracaso y hacia la infelicidad. Por eso es muy importante que reflexionemos, especialmente durante el tiempo de Cuaresma, acerca de la realidad profunda de nuestra existencia, de nuestra identidad y de nuestra orientación fundamental.

Somos de Dios y en Dios está nuestra plenitud y felicidad. Somos amados de Dios, y lejos de Dios experimentamos el crudo sufrimiento de la más radical soledad que nada ni nadie puede llenar del todo y satisfactoriamente. Somos de Dios y acercándonos a Dios podemos experimentar el buen sabor de una vida fundada en el amor, sostenida por el amor, estimulada por el amor y disfrutada en la correspondencia generosa y agradecida al amor de Dios que envuelve nuestra existencia haciéndola posible y esperanzada. Es necesario, pues, que renovemos en lo profundo de nuestro corazón la voluntad de conversión a Dios, invocando su misericordia y suplicando con el salmo interleccional:”por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (Sal. 50). Esa es la tarea principal del cristiano en la Cuaresma.

Podríamos decir que la verdadera conversión es imposible desde el desconocimiento de Dios, porque faltaría el estímulo fundamental que nace de la conciencia de que somos de Dios, de que a Dios hemos sido orientados desde la creación, y de que en el acercamiento a Dios no hay contradicción, ni recorte de nuestra dignidad y libertad, ni enajenación alguna; por el contrario, en poniendo nuestra plena confianza en Dios logramos el equilibrio personal, la serena felicidad interior, la esperanza bien fundada, la fuente de toda fuerza, y el apoyo para nuestra fidelidad.

Desde esta consideración ya podemos entender el Santo Evangelio que nos habla de las tentaciones, de su inevitable inserción en nuestra vida, y de la forma de vencerlas con algo más que con un simple esfuerzo de la voluntad. La tentación se vence cuando creemos verdaderamente que el diablo miente sobre lo que promete, que promete al margen de Dios, y que destruye el sentido de la vida que está en nuestra esencial relación con el Señor de quien venimos y hacia el que vamos. Como dice S. Pablo, “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (----).

El signo más elocuente del retorno a Dios, de la conversión, está precisamente en la consagración de la propia vida exclusivamente a Dios. Consagración que se nos ofrece de muy diversas formas, según la vocación de Dios a cada uno.

Por eso nuestra vida cristiana nace con el Bautismo. Por este sacramento toda nuestra existencia se vincula al Señor configurándonos con Él en su muerte y resurrección, que es la expresión máxima de la consagración de Cristo al Padre.

Por eso también, la unión del hombre con la mujer en el amor, que significa la unión de Cristo con su Iglesia en orden a la transmisión de la vida, se abre sacramentalmente a la voluntad del Señor para la formación y educación de la prole en la fe y en la fidelidad.

Por eso, el Sacramento del Orden consagra al sacerdote para la plena dedicación a Dios en el ministerio sagrado, como pastor que obrará en la persona de Cristo cabeza de la Iglesia.
Por eso, sintiéndose llamados a una especial consagración en medio del mundo para el servicio a Dios en la persona de los más débiles y necesitados, muchos hombres y mujeres prometen al Señor vivir en castidad, pobreza y obediencia, como testigos vivos de los consejos evangélicos, enriqueciendo a la Iglesia con signos de santidad.

En este día del Señor, al celebrar la máxima consagración de Jesucristo al Padre en el sacrificio de la Cruz, hecho sacramento en la Eucaristía, queremos unirnos en un himno de gratitud a Dios porque ha derramado la gracia de la vocación a la Vida Consagrada en tantos hijos suyos que adornan con su virtud y apoyan con su entrega esta porción del pueblo de Dios que es nuestra Archidiócesis. Ese es el motivo por el que nos hemos congregado en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares consagrados con sus votos, uniéndonos en la oración de acción de gracias porque el Señor ha obrado maravillas entre nosotros. Nos hemos unido también pidiendo ayuda al Todopoderoso para que bendiga a cuantos desean seguirle y servirle por el camino de la especial consagración. Y nos uniremos, también, suplicando al Señor que derrame abundantemente la gracia de la vocación a la Vida Consagrada en todas las formas que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia. Necesitamos que esta riqueza se mantenga pujante en la Iglesia y, muy concretamente en nuestra Archidiócesis, la presencia y acción de las personas Consagradas. Por su tan oportuna y valiosa colaboración a través delos tiempos y ahora en nuestros días, yo, como Pastor de esta Iglesia particular, les doy las gracias en nombre del Pueblo de Dios que me ha correspondido servir.

Pidamos al Señor que bendiga todos los esfuerzos cuaresmales por acercarnos más a Él, cada uno desde su singular vocación.

QUE ASÍ SEA.

HOMILÍA EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA

HOMILÍA EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA
ACTO PENITENCIAL EN LA CATEDRAL DE BADAJOZ
Día 6 de febrero de 2008


Comenzamos hoy el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Durante cinco semanas la Iglesia nos convoca a la conversión personal e institucional. Con palabras del Señor a través del profeta Joel nos dice: “Convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso” (Joel, 2, 13).

El camino hacia el bien es camino hacia Dios. Por tanto, el camino del mal nos distancia del Señor. Las obras buenas nos llevan a la plenitud humana y sobrenatural según el plan de Dios que nos ha creado. Y las obras malas, aquellas que se oponen a la voluntad divina, retardan nuestro verdadero crecimiento porque son divergentes del plan divino. En consecuencia, las obras malas pueden incluso destruirnos interiormente. Por eso podemos decir que en la medida en que el hombre se aparta de Dios termina siendo menos humano, se deshumaniza. Cualquier deseo conversión cristiana requiere, pues, la conciencia de haber pecado, de haberse apartado libremente de Dios. Es a Él a quien ofendemos con las malas actitudes y comportamientos, con los pecados e infidelidades.

Cada uno debemos asumir la propia responsabilidad en nuestro pecado, y en los defectos de las instituciones cuyo desarrollo depende, al menos en parte, de nuestras actitudes y comportamientos personales. ¡Cuántas deficiencias afean el rostro de la Iglesia ante los ojos de los extraños, condicionando la comprensión al mirarla! Y esas deficiencias no están causadas por la Iglesia, que es santa porque Cristo, su cabeza es santo, es Dios; y el Espíritu que la asiste y la anima es también santo. Las acusaciones a la Iglesia son debidas, muchas veces, a los pecados de los cristianos; otras veces esas acusaciones se deben, también, a los pecados de quienes la miran, porque sus ojos están nublados por prejuicios o por sus propios intereses.

Sólo a partir del reconocimiento de los propios pecados, errores y deficiencias podemos emprender el camino recto corrigiendo las desviaciones constatadas.

El camino de la conversión incluye, necesariamente y de modo inseparable, un sincero arrepentimiento, la firme decisión de poner cuanto esté de nuestra parte para corregirnos y mejorar, y el recurso al Señor, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, para que nos ayude con su Gracia y podamos llegar donde nuestras fuerzas no alcanzan.

Asumir debidamente nuestras deficiencias y pecados requiere un previo examen de actitudes y de comportamientos. Pero, dada la limitación que nos caracteriza, es muy posible que, en ese proceso de revisión, sucumbamos a la debilidad de nuestra inteligencia, insuficiente para conocer toda la riqueza de los caminos que conducen a la verdad y al bien, a la justicia y al desarrollo
íntegro, y a la vivencia de la fraternidad humana fundada en el amor de Dios.

La sincera voluntad de conversión no puede limitarse a ordenar nuestra vida y a regir las instituciones exclusivamente desde el modo propio de ver y entender las cosas. Nuestra idea de la verdad no siempre coincide con la Verdad. Por ello, actuar de esta forma, eminentemente subjetiva o simplemente convenida, es la causa de un progresivo deterioro del auténtico humanismo y de la sociedad. Esta forma de pensar y de actuar ha ido reduciendo la referencia a Dios en la búsqueda de la verdad y del bien, y ha dado lugar a un estéril subjetivismo incapaz de sacar al hombre de sus oscuridades y de ofrecer a la sociedad unos horizontes suficientemente amplios como para sembrar esperanza. Así nos lo manifiesta la propia experiencia al contemplar tantos errores que se proclaman como progreso, y que llevan a la degradación del matrimonio, de la familia y de otros ámbitos y momentos de la vida de las personas.

La conversión cristiana debe ir precedida por una clara decisión de elevar nuestros ojos al Señor, y de abrir los oídos y el corazón a su palabra, para avanzar en el conocimiento de la verdad. El Señor mismo es la Verdad. Nadie, ni nada fuera de la Verdad de Dios, puede orientarnos acertadamente. La verdad de Dios es la fuente de toda sabiduría y la luz que ilumina nuestra capacidad de entender con rectitud el sentido y la orientación de las personas y de las instituciones.

Para que nuestro propio examen de actitudes y de comportamientos, que es el requisito primero de toda conversión, no reduzca el horizonte de los buenos propósitos, ni limite la buena ordenación de nuestro pasos, será necesario considerar nuestro nivel de formación cristiana, y procurar su desarrollo armónico por todos los medios a nuestro alcance. Esa formación ha de llegarnos mediante el conocimiento de la doctrina de la Iglesia, y mediante el acercamiento personal al Dios por la oración y por la práctica de los sacramentos. Por eso, la Cuaresma debe ser tenida como tiempo de especial formación cristiana; como el tiempo del catecumenado, de la catequesis, por excelencia; como el tiempo para contrastar las propias ideas y convicciones con las que propone el santo Evangelio transmitido por la santa Madre Iglesia que es nuestra Maestra en la fe y en la conducta, porque así lo quiso el Señor. No caigamos en el error tan frecuente y constatado en los medios de comunicación y que consiste en referirse a los Evangelios y a Jesucristo atribuyéndoles enseñanzas que nunca nos ofrecieron, o mutilando sus verdaderas enseñanzas para acomodarlas a los propios intereses ideológicos o de cualquier orden.

Si aceptamos todo lo precedente, entenderemos que la cuaresma es un tiempo de renovación profunda, y que nos orienta hacia un cambio de mentalidad, y no solo de comportamientos. Pero, al mismo tiempo, entenderemos que constituye una preciosa oportunidad para la purificación y superación global e íntegra de la persona; y el inicio o fortalecimiento de las acciones ordenadas a la renovación del mundo concreto en que vivimos; que buena falta le hace.

La Cuaresma, que precede y prepara la celebración de la semana grande de los cristianos, de la Semana Santa, no es independiente de lo que celebramos en el Triduo Sacro, sino que recibe su sentido precisamente de la celebración de los Misterios cumbre del Señor: su pasión, muerte y resurrección. Por tanto, la Cuaresma, capacitándonos para ordenar toda nuestra vida según Dios, nos ha de preparar también para valorar debidamente la celebración de esos Misterios y para tomar en serio la participación consciente y activa en ellos.

La Cuaresma es el tiempo durante el cual debemos preparar nuestras actitudes para la celebración litúrgica de la Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, que se hizo hombre para salvarnos. El recto aprovechamiento de la Cuaresma nos abrirá el ánimo y nos estimulará la devoción para participar con interés y profunda religiosidad en las celebraciones litúrgicas del Jueves, Viernes y Sábado santo. De lo contrario podríamos caer en la paradoja de estar esperando la Semana santa para otras dedicaciones, que por muy piadosas que fueren, no pueden suplir lo principal que es lo que se celebra en el Templo. Quien se conformara con la simple participación en las procesiones, que se desarrollan legítimamente en esos días y que son un rico signo y una expresión popular de lo que ocurre en las acciones sagradas del Templo, caería en ese lamentable error de quedarse ensimismado contemplando el dedo que apunta a la luna, sin mirar en su dirección para disfrutar del precioso espectáculo que ofrece el satélite. Quien así actuara, cometería el sinsentido de perder el encuentro personal con el padre o con la madre por entretenerse en la contemplación de una simple fotografía, o escuchando el simple relato de sus rasgos personales.

Gran tarea y digno cometido el de la Cuaresma. Debe ser un tiempo de escucha atenta y religiosa de la palabra de Dios; un tiempo de aprendizaje de la doctrina de la Iglesia; un tiempo para adentrarse en la experiencia de Dios; un tiempo de reflexión personal acompañada, también si es posible, por el diálogo sereno y bien orientado en que podamos encontrar el estímulo de las buenas experiencias ajenas, y el apoyo de buenos compañeros de camino; un tiempo en que la reflexión, la oración, el diálogo y la participación en los sacramentos nos permitan profundizar en nuestra identidad, en nuestra vocación y en el ministerio que el Señor nos ha encomendado dentro y fuera de la Iglesia.

La Cuaresma es un tiempo especialmente propicio para la meditación, para el retiro, para la práctica de los ejercicios espirituales de diverso estilo y duración; y debe aprovecharse dando cabida a estas actividades tan necesarias en estos tiempos dominados por la velocidad y el activismo.

Por todo ello, la Cuaresma puede y debe ser una puerta que nos abra el corazón, simultáneamente, a la fidelidad a Dios, y a la esperanza en nuestra salvación y en la renovación del mundo. Y, sobre todo, la Cuaresma ha de ser una oportunidad bien aprovechada para la revitalización de nuestras comunidades cristianas especialmente presentes en las parroquias.

De la Cuaresma pueden y deben salir fortalecidas nuestra personalidad cristiana, la consistencia eclesial de las Parroquias, la renovación de las familias, el espíritu de colaboración en la vida de la Iglesia, el compromiso con la nueva evangelización, la reordenación de las Asociaciones eclesiales, la potenciación de los movimientos apostólicos, y la purificación de las estructuras que sirven de instrumento y apoyo al ejercicio de la pastoral y del apostolado. La Cuaresma ha de ayudarnos a entender y a vivir la Comunión eclesial y el amor incondicional y profundo a la Iglesia que es nuestra Madre y Maestra.

Pidamos al Señor alcanzar cuanto nos propone y ofrece en la Cuaresma, y cumplir cuanto nos pide para participar en la celebración de la Semana santa con auténtico espíritu cristiano.


QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL IIIº ENCUENTRO ANUAL DE COFRADÍAS 27 Enero 08

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos hermanos y hermanas, miembros de las Juntas directivas de las Hermandades y Cofradías de nuestra Archidiócesis:

Parece que estamos celebrando todavía las fiestas entrañables de la Navidad. La lectura del Profeta Isaías nos recuerda el anuncio del Mesías, que escuchábamos en Adviento. Decía entonces y nos dice hoy: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brillo” (Is. 9,1).

Para quienes vivimos en los tiempos actuales esta profecía ya se ha cumplido. Cristo ya nació, predicó por los caminos de Galilea, nos dejó muestras de su divinidad, se presentó diciendo: “Yo soy la luz del mundo, quien me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrán la luz de la vida” (Jn. 8, 12); y se entregó en sacrificio propiciatorio al Padre por nuestros pecados; por su muerte y resurrección hemos sido salvados. Y esto es lo que celebramos cada vez en la Santa Misa.

Gracias a la luz de Cristo, que nos llega por su palabra y por los sacramentos, podemos entendernos y conducirnos en medio de este mundo en el que abundan las confusiones, las llamadas más diferentes y los criterios muchas veces contrarios entre si.
Por otra parte, destaca en nuestra sociedad un laicismo militante; se extienden el materialismo y el hedonismo unidos a un relativismo desbordado, y diversos intereses ideológicos procuran sembrar el descrédito eclesial dando la espalda a Dios y tergiversando las acciones y palabras de la Iglesia y de su Jerarquía. En este clima es muy fácil dejarse llevar por criterios paganos que están muy distantes la enseñanza de Jesucristo, que ha dicho de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6). En consecuencia, hay cristianos que arrastrados por el ambiente, y deficientes en su formación van reduciendo sus normas de conducta casi exclusivamente al sentido común; y, con el paso del tiempo, terminan concediendo espacio a los criterios más extendidos en la sociedad, al tan manido consenso social, y a los comportamientos más próximos a las propias conveniencias. El Evangelio, como norma de vida va quedando cada vez más olvidado.

Quienes se comportan de este modo, terminan exigiendo a la Iglesia que asuma como propios los falsos valores y las equivocadas normas de conducta que obedecen a intereses paganos de muy diversa índole. Por este camino se pretende que lo que ayer era pecado, sea permitido hoy; y que las normas eclesiales que corresponden a la identidad cristiana, como la Misa dominical, la práctica de la Confesión, la oración personal, la indisolubilidad del matrimonio, el respeto a la vida desde su concepción hasta la muerte natural, etc. no tengan vigencia ya en esta sociedad moderna, o queden reducidas al ámbito de lo subjetivo, arbitrario, propio de la vida privada, en la que cada uno –se dice- puede hacer lo que quiera.

Ya veis, mis queridos hermanos, cómo, casi sin darnos cuenta, y convencidos de que pensamos y obramos bien, podemos ir desterrando a Dios de nuestra.
Ningún cristiano se atrevería a decir que desprecia a Dios, que se cree más inteligente y sabio que Él, y que, si Dios no se amolda a nosotros, lleva las de perder. Esto sonaría a blasfemia. Pero, como tristemente nos escandalizan más las palabras que los hechos, en la práctica, las cosas cambian. En lugar de obedecer nosotros a Dios, que nos ha creado, que sabe mejor que nadie lo que nos conviene, que ha dado su vida para que nosotros podamos vivir en libertad de espíritu, con paz interior y abiertos a la felicidad que tanto anhelamos, muchas veces queremos constituirnos en punto de referencia exclusivo para definir el bien y el mal. Así se engaña mucha gente haciendo una religión o un cristianismo a la propia medida. De este modo, lo que parecía blasfemia, como es el querer suplantar a Dios, se convierte en práctica casi sin danos cuenta.
Por este camino, queridos cofrades, poco a poco, las manifestaciones religiosas van tomando, para muchos, el cariz de meras expresiones culturales, o van quedando en prácticas, más o menos espectaculares, cuyo lucimiento exterior se cuida con esmero a fuerza de muchos sacrificios y no sin cierta competitividad entre Cofradías. Y la actitud interior, sin dejar de llamarla fe, se queda en una simple afectividad religiosa, fundada en tradiciones familiares o populares, pero muy escasa en verdadero espíritu religioso y en auténtico sentido cristiano.

Esta no es la realidad única de la vida y del testimonio de los cristianos. Gracias a Dios, el Espíritu de la Verdad obra en los corazones que se abren sincera y generosamente a la palabra y a la gracia del Señor. Claro testimonio de ello son los innumerables santos y mártires de todos los tiempos, y la cantidad de personas que, cerca de nosotros, son muestra perceptible de su fidelidad a Dios.

Sin embargo, el peligro que venimos apuntando no está demasiado lejos de nosotros y, por tanto podemos afirmar que se da, también, en las filas cofrades.

Vosotros, que lleváis sobre vuestros hombros la responsabilidad de encauzar la vida de las Cofradías y Hermandades, de acuerdo con las lógicas exigencias de los Estatutos previamente aceptados, sabéis muy bien cuánto cuesta que vuestros compañeros tomen en serio la vida cristiana, su propia formación, la santificación del Día del señor, la asistencia a los actos de culto propios de la Cofradía, etc. Si todos los cofrades fueran a Misa los Domingos, si participaran en los sacramentos, si dedicaran un tiempo a la oración, como corresponde por principio, se notaría mucho en la Iglesia y en la sociedad. Y, si todos los cofrades tomaran en serio su formación cristiana, que es una de las grandes necesidades actuales en la Iglesia, y una de mis mayores preocupaciones, la vida familiar cambiaría y la educación de los hijos no correría tantos riesgos en detrimento de su presente y de su futuro.

Actualmente hay una considerable dejación de la responsabilidad educativa en los diferentes ámbitos y dimensiones de la persona. A esta dejación se ha ido sucumbiendo cada vez más tanto en la familia como en las diversas instancias. Se percibe una gran sensación de impotencia ante las dificultades que ciertamente conlleva la educación. Algunos, incluso piensan que determinadas exigencias educativas no son convenientes porque pueden resultar represivas u obedientes a sistemas antiguos ya superados. Con ello, lógicamente, van cambiando las formas de convivencia y crecen tanto la falta de respeto como la agresividad, como una cierta anarquía a la que nadie se considera capaz de poner freno ni en su propia casa. Y así aumenta cada día el descontento de uso y de otros; porque tampoco los jóvenes están contentos con su propia situación.

La solución del problema educativo no se resuelve, ni en lo familiar, ni en lo académico, ni en la vida cristiana bajando el listón, o reduciendo las exigencias. Con ello lo único que se consigue es la progresiva degradación de la persona y de la vida familiar, eclesial y social.


El Profeta Isaías nos advierte hoy que el camino del Señor, capaz de superar todas las deficiencias y desórdenes a que hemos aludido, es motivo de verdadera alegría: “Acreciste la alegría, aumentaste el gozo” (Is. 9, 2).

Nuestra responsabilidad hoy ha de llevarnos a pedir al Señor la luz suficiente para descubrir la verdad de nuestra vida, y la necesidad que tenemos de Dios, hasta profesar, con verdadero convencimiento de fe, lo que hemos repetido en el salmo interleccional: “El Señor es mi luz y mi salvación” (Sal. 26, 1). Con la ayuda de Dios, se vence el miedo y se superan las dificultades. Por eso dice el salmista a continuación: ¿A quién temeré? El Señor es la defensa d mi vida, ¿quién me hará temblar? (Sal. 26)

Si, de verdad, creyéramos esto, nuestra vida mejoraría, nuestras Cofradías y Hermandades cambiarían notablemente, y contribuiríamos a la construcción de un mundo mejor. Pero esa ayuda de Dios hay que pedirla con mucha constancia y por los caminos adecuados. No basta con pedir al Señor que las cosas sean de otro modo. Es necesario plantearse, al mismo tiempo, qué debemos poner de nuestra parte para que el Señor haga realidad entre nosotros y a través nuestro aquello que pedimos.

Hoy, más que en otros tiempos, necesitamos cristianos convencidos, capaces de asumir la responsabilidad que deriva de la fe, y dispuestos a plantearse no sólo el camino a seguir, sino las exigencias apostólicas para cuyo desarrollo nos ha preparado el Señor, y que han de llevarnos a ayudar a los hermanos a vivir cristianamente. Si no, para qué las Cofradías que significan confraternidad cristiana?

Queridos Cofrades: yo sé que me entendéis y que compartís estos problemas; entre otras razones porque los estáis sufriendo en carne propia. Pero no está de más que yo insista en ello, siquiera para manifestaros que sentimos idénticas preocupaciones. Quiero manifestaros que estoy con vosotros en la ardua tarea de recuperar el camino perdido o la distancia que nos queda por recorrer para hacer de las Cofradías y Hermandades verdaderas asociaciones cristianas. La Iglesia espera de vuestras asociaciones que contribuyan perceptiblemente a la construcción de un mundo mejor, haciendo brillar la verdad sin miedos, ni conformismos.

Es absolutamente necesario que insistamos en que la tarea que nos corresponde en la Iglesia y en el mundo es importantísima, urgente y posible. De lo contrario contribuiremos a la paganización del mundo, y nos perderemos quejándonos de lo mal que está el mundo y de la poca fe que se percibe en las generaciones más jóvenes. Pero para ello, es prioritaria la purificación de las Cofradías y Hermandades.

No os preocupe el aparente prestigio que deriva de la abundancia de miembros. La cantidad sin calidad constituye un escándalo mayor; sobre todo en estos tiempos en que todo está sometido a la observación y a la crítica.

Tenemos que avanzar muchísimo en el rigor y en la autenticidad, bajo peligro de que las Cofradías y Hermandades queden reducidas a simples recuerdos de un pasado, y no presenten más valor que el de promover manifestaciones piadosas de interés turístico, porque llevan consigo elementos estéticos y espectaculares.

Queridos cofrades: de acuerdo con la enseñanza que hoy hemos recibido de la palabra de Dios, es urgente que nos preguntemos si Dios es verdaderamente la luz que orienta nuestra vida; o si nos guiamos por simples candiles que no pueden alumbrar lo suficiente para que acertemos en nuestros pasos.


Hace falta luz en nuestra sociedad para romper la oscuridad que lleva a confundir los auténticos valores y los derechos fundamentales con propuestas ideológicas y con imposiciones legislativas. Los derechos fundamentales están enraizados en la naturaleza misma de las personas. El derecho natural es anterior a todas las leyes, porque lo grabó Dios en nuestros corazones al crearnos, y defiende la dignidad original a inalienable de la persona humana, verdadera imagen y semejanza de Dios.

Queridos hermanos todos: formémonos en la palabra de Dios que es luz e ilumina a cuantos la conocen. Agradezcámosle que nos haya elegido para ser apóstoles en un mundo difícil. Esto indica que confía en nosotros. Él sabe las cualidades y recursos con que nos ha dotado. Y dispongámonos a asumir nuestra propia responsabilidad en la Iglesia y en el mundo.

Pidamos al Señor su gracia al acercarnos a la Eucaristía, sacrificio y sacramento de la redención y fuente de toda vida cristiana.

La santísima Virgen María, medianera de todas las gracias, interceda por nosotros ante su Hijo y nos alcance cuanto necesitamos.


QUE ASÍ SEA.

HOMILÍA EN EL ENCUENTRO NAVIDEÑO DE SACERDOTES

(Misa de la feria correspondiente de Navidad.
Oraciones comunes para los días antes del Bautismo del Señor.
Lecturas del día 7 de Enero según el misal.)

Querido hermano en el episcopado. Nos alegramos, D. Antonio, de tenerle entre nosotros en un día tan significativo como este, en el que la fiesta y la fraternidad sacerdotal ocupan el punto principal de nuestra reunión.

Mis queridos hermanos sacerdotes, que hacéis posible con vuestra presencia, y
con vuestra animada participación este encuentro que habla de nuestra unión sacramental y afectiva.

1.- Parece que este saludo fraterno, “queridos hermanos”, tiene hoy un especial calor familiar entre nosotros, y una mayor intensidad en la referencia a los vínculos sacramentales y humanos que nos unen.

Esta Jornada sacerdotal, que iniciamos con la Eucaristía acudiendo en torno a la mesa del sagrado Banquete, goza de una singular importancia. Somos invitados a ella, en primer lugar por el Paterfamilias, nuestro Padre del cielo. En su amor nos unimos todos como hermanos. En su misterioso designio vocacional todos compartimos la misma gracia porque somos ministros de su Hijo Unigénito.

Podríamos decir que esta Jornada es la fiesta de la gran familia del Presbiterio diocesano integrado por todos los que hemos sido elegidos y ungidos por el Espíritu Santo como sacerdotes del Altísimo, como pastores de su Grey, y como consagrados exclusivamente a Él para su magnífico servicio ministerial.

Esta Jornada anual, eminentemente sacerdotal y festiva, que celebramos en el ámbito navideño, debe ser cuidada, pues, con el esmero y la generosa colaboración de todos.

La fiesta de la familia presbiteral está llamada a integrar, de una forma u otra, a todos: a los más jóvenes, a los edad madura y a los mayores. Así ocurre en las familias cristianas, especialmente en momentos importantes del año, como es la Navidad. Y no olvidemos que la familia, permanente y siempre disponible, de los sacerdotes somos los mismos sacerdotes.

El nacimiento del Señor, Sumo y eterno Sacerdote, con el que inicia sus pasos la Sagrada Familia integrada por Jesús, María y José expande por doquier, desde la mayor pobreza de recursos materiales, un estilo y un calor hogareños que impregnan todos los actos de la Navidad desde entonces, ya durante dos mil años. También nosotros, con el mejor espíritu, participamos de ese espíritu navideño, y del calor familiar que lo caracteriza, y deseamos vivirlo y compartirlo, como familia sacerdotal, en el hogar común que es nuestra querida Archidiócesis.

2.- Situados en el ámbito de la fiesta navideña, la palabra de Dios nos ayuda a profundizar en los vínculos familiares que vengo refiriendo. La palabra del Señor, hecha vida y testimonio ejemplar en el Niño recién nacido, nos ayuda a sacar conclusiones prácticas, interiores y referidas a nuestros comportamientos externos. En ellas debe ir encontrando forma y fuerza, renovación y frescura, la vivencia de nuestra relación fraternal, de modo que sea, cada vez, más viva, más natural, más sencilla y más intensa, y llegue a todos, al menos intencionalmente.

A este respecto, el evangelista S. Juan nos insta al amor mutuo tal como nos amó y nos mandó Jesucristo. Testimonio y mandato que nos llegan unidos en una misma llamada: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”(Jn. 13, 34).

¿Cuánto nos hemos empeñado en la predicación de este mandamiento esencial a la vida cristiana! ¡Cuánto valoramos la civilización del amor al constatar la divisiones y violencias que tanto dañan a las personas, a los pueblos y a la humanidad en su conjunto! Sin embargo, es necesario que nos entretengamos, de vez en cuando, revisando y actualizando las concreciones de ese amor de Cristo, no sólo para mantener claro el norte de nuestra vida, sino para encarnarlo en nuestras relaciones sacerdotales. Este ejercicio requiere de nosotros el silencio humilde y meditativo de quien se entretiene en la contemplación del “hacer” de Cristo respecto del Padre y respecto de nosotros. Al mismo tiempo, este ejercicio de revisión y actualización de nuestro amor, nos ha de llevar al relanzamiento de nuestro ministerio con todo el coraje, con toda la generosidad y con toda la confianza en el Señor, que necesitamos para mantenernos ilusionados en la brecha, y para tomar las decisiones ministeriales oportunas, tal como Dios las quiere de nosotros.

3.- Lo primero que se deduce de la contemplación del “hacer” de Jesucristo nuestro Hermano, ejemplo y modelo, es la gran valoración que el Señor hace de cada uno de nosotros, a pesar de nuestras limitaciones y por encima de nuestros defectos, incoherencias y pecados. Jesucristo no sólo ha dado su vida por la salvación de todos y cada uno, sino que ha querido permanecer en Persona y con toda cercanía en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, del que nos ha constituido ministros.

El Señor ha querido estar siempre a nuestro alcance y disposición, tanto en los momentos álgidos y esperanzados, como en los trances duros causados por la oscuridad que hace tambalearse inesperadamente nuestra procurada entereza. El Señor ha querido ser nuestro apoyo, con la delicadeza de quien no se hace notar, cuando se debilita insospechadamente nuestra fe, y cuando nos invade la inseguridad a veces aparentemente insalvable.

Pero esa presencia incondicional y cercana de Cristo junto a nosotros, no se limita a la Eucaristía, sino que se realiza también a través de nosotros, de nuestra cercanía personal ante los compañeros. Que seamos vehículo de esa cercanía de Dios a cada uno de los hermanos sacerdotes, depende inexorablemente del cultivo que hagamos de esa fraternidad, y de la generosidad con que la practiquemos. Por tanto, ha de ser ocupación de todos, en la oración, en la revisión personal, y en la atención y aprovechamiento de cualesquiera encuentros sacerdotales, la voluntad expresa de perfeccionar y afianzar las motivaciones y el estilo de nuestras relaciones personales y colectivas.

No olvidemos que el amor tiene su raíz en la misma divinidad del Señor y, por ello es el motivo de la creación y de la redención universal. El amor de Dios da lugar a la vida, y se vuelca en hacer buenos a quienes se han desviado del camino recto. Por tanto, el amor de Dios debe constituir la motivación, el estímulo y la norma de nuestros esfuerzos personales en favor de la propia santificación, así como de la preocupación por el estado y el progreso de nuestros hermanos sacerdotes, y de nuestras generosas aportaciones en favor suyo.

Nuestra valoración de los hermanos sacerdotes y el consiguiente amor hacia ellos ha de fundarse en la convicción de que cada uno somos una obra singular en la que Dios ha puesto su empeño, su sabiduría y todo su amor; y cuyo cuidado ha puesto, de algún modo, en nuestras manos. Y no hay mejor cuidado que el que nace del amor incondicional, y que se manifiesta, como en el Señor, en raudales de comprensión, misericordia y paciencia. Así debemos hacer nosotros con nuestros hermanos.

El amor a los hermanos con estilo divino tiene un significado y una fuerza oblativa, porque amando ponemos en el primer lugar de nuestra atención y valoración la obra de Dios que descubrimos en los hermanos ; y nos disponemos a sacrificar los propios intereses en bien de nuestro prójimo. Con ello damos gloria a Dios, exaltamos su obra con nuestras obras, hacemos eco de su conducta con nuestra conducta; ejercemos el ministerio del amor, que es el ministerio de Cristo, precisamente con quienes están más necesitados de ese amor porque han de ser sus mensajeros y transmisores sacramentales.

Cristo, por amor, vivió simultáneamente la doble condición y ministerio de sacerdote y de víctima. Por eso, el amor de Dios ha de ser en nosotros la motivación de todo nuestro hacer. En ello está la fuente de la mayor alegría interior.

Necesitamos el aliento oxigenante del espíritu que nos embarga al sabernos en el camino cierto y al constatar que estamos dando pasos reales en la dirección acertada. Y eso nos lo proporciona solamente vivir en el amor a Dios y al prójimo, y ofrecer y recibir cuanto se desprende de la vivencia de ese amor. De este modo se fortalece en nosotros la esperanza que despeja el paisaje de la vida ordinaria, tantas veces cerrado por las nieblas del mundo. Y la esperanza nos permite contemplar con serena confianza los horizontes que atraen con fuerza nuestra fidelidad ministerial, y que orientan, como la estrella de Belén, nuestro peregrinaje por la vida.

La reflexión acerca del amor de Dios, la atención debida al mandato de amarnos como él nos ha amado, y el interés por vivir ese amor, constituyen el fundamento y el núcleo de la Comunión eclesial para la que nos capacita la gracia divina. Por tanto, en la medida en que nos esforzamos por vivir con nuestros hermanos sacerdotes desde el mandamiento del amor, contribuimos al equilibrio del Presbiterio diocesano y a su crecimiento en calidad y en solidez.

Queridos hermanos sacerdotes: la dignidad y grandeza del sacerdocio, con que el Señor nos ha enriquecido por el sacramento del Orden sagrado, ha de ser motivo más que suficiente para que nos interesemos los unos por los otros, y sintamos la responsabilidad de potenciar los unos en los otros las cualidades con que el Señor ha enriquecido a cada uno.

4.- El amor de Dios, que puso lo mejor de sí mismo en favor nuestro, enviándonos a su Hijo Unigénito y constituyéndolo víctima propiciatoria por nuestros pecados, debe animarnos a poner lo mejor de nosotros mismos al servicio de nuestros hermanos sacerdotes. Cada uno deberemos considerar qué valoramos más, y tomar la decisión de ponerlo al servicio de los hermanos, especialmente de los más necesitados.

Para unos, lo más importante será la oración. Pues deberá convertirla en súplica por los hermanos sacerdotes y por algunos en concreto, especialmente en determinadas circunstancias.
Para otros, lo más importante será el tiempo o la organización de la propia vida, intocable en determinados reductos; y habrá que sacrificar esto cuando lo necesite el hermano, poniéndolo a su servicio en forma de acogida incondicional, de búsqueda sencilla y fraternal, o asistiendo y participando en las tareas comunes del equipo sacerdotal o pastoral en que todo el grupo está comprometido.

Otros, quizá estimen que merece mayor cuidado la propia imagen de bondad, de simpatía o de respeto a la persona de los demás; por eso, en ocasiones habrá que arriesgarla en una conversación clara, transparente y caritativa, pero valiente al mismo tiempo, que ayude al hermano a reconocer defectos o comportamientos que ponen en peligro su propia fidelidad y hasta su identidad sacerdotal o pastoral. Debe quedar claro, también en la práctica, que la caridad es más importante siempre que la propia imagen.

5.- Queridos hermanos: el Señor ha querido manifestarnos en la Navidad que las verdaderas posibilidades de nuestro ministerio pastoral no están en la riqueza de recursos constatables, sino en el amor que todo lo mueve, precisamente porque lo alienta el Espíritu de Dios.

Pidamos al Señor, por intercesión de su Madre y Madre nuestra la gracia de experimentar el amor de Dios y de vivir el amor al prójimo; y, de un modo especial, a los hermanos sacerdotes.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE EPIFANÍA

Celebramos hoy la fiesta de la Epifanía. Esta palabra griega significa “manifestación”. Por tanto, aunque Jesucristo se manifestara a los pastores a través de los ángeles en el mismo día de su nacimiento, fue esa una manifestación muy reducida. No obstante, llevaba ya consigo un gran mensaje: Dios se manifiesta a los sencillos, a los que son capaces de admitir que Dios puede hablarles a través de intermediarios sobrenaturales, o mediante otras mediaciones solventes elegidas por Él.

Creer esto no es nada sencillo. Es, ciertamente, un don de Dios que él no escatima para nadie; pero que llega a conceder a quienes están abiertos al misterio, a quienes cultivan la fe en su corazón, a quienes reservan un lugar a Dios en su vida, en su espíritu, en el conjunto de sus pensamientos y proyectos.

La prueba de que no a todos resulta sencillo admitir mediaciones que nos hablan de parte de Dios, es que son muchos los que no creen en la Iglesia como sacramento, como realidad perceptible que habla y obra de parte del Señor, y en la que Dios mismo obra nuestra salvación.

Pero volvamos sobre la Epifanía como fiesta importantísima en la historia del cristianismo. Lo que en este día conmemoramos es la voluntad del Señor de manifestarse a todos en Jesucristo, y no sólo al pueblo Judío. Hasta entonces apenas tenían noticia del nacimiento del Mesías la Virgen y S. José, la madre de Juan Bautista, los pastores y pocos más. Y el mensaje de los profetas no había llegado más allá de los confines del Pueblo hebreo.

En este día de Epifanía o de los Reyes Magos, Jesucristo, Niño todavía, se manifiesta a todo el mundo, que era considerado por el pueblo Judío como extraño, como extranjero. Los llamados Reyes Magos eran extranjeros, eran forasteros para el pueblo escogido, eran extraños al pueblo que había recibido la promesa de salvación.

En este día celebramos, pues, la manifestación de Jesús a nosotros mismos, que no pertenecemos al pueblo judío sino que pertenecemos a loa pueblos que ellos consideraban gentiles o extranjeros.

Este día pone ante nuestra consideración la esencial universalidad de la obra redentora para la que Cristo había nacido.

La universalidad que instaura Jesucristo, rompe con la sospecha de que Dios se manifestaba y mantenía una relación protectora sólo con algunos, sólo con el pueblo elegido. El amor del Señor se manifiesta infinito no sólo en su esencia e intensidad, sino en su extensión. Desde la manifestación de Jesús a los Magos de Oriente, sabemos que Dios nos ha amado a todos los que hemos ido existiendo a través de los tiempos, y a los que existirán hasta el fin de la historia..

Dicha universalidad, que es una de las notas esenciales de la Iglesia, nos advierte de que ella es el Nuevo Pueblo de Dios en el que ya no hay distinción entre judíos y griegos, entre hombre y mujer, por cuanto que ninguno de ellos es excluido del amor y de la voluntad salvífica del Señor. Él mismo nos dirá: “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud”(Jn. 10, 10).

Con esta celebración de la Epifanía se nos revela que el amor de Dios no es abstracto ni sectario, sino universal y concreto, y se dirige personalmente a cada uno de los hombres y mujeres de todos los tiempos, como nos dice hoy S. Pablo: “También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio” (Ef. 3, 5).

Este es el sentido de las palabras del Profeta que hemos escuchado en la primera lectura: “sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora” (Is. 60,--)

Es muy importante considerar que el Salvador se manifestó a la gentilidad, a todos los pueblos, precisamente a través de los Magos de oriente. Ellos fueron el signo de todos nosotros. Y en ellos el Señor se dio a conocer a todos como el salvador universal.

Pero no podemos olvidar que los Magos vivían seriamente inquietos por conocer al que la estrella indicaba, y por ponerse a sus pies para adorarle. Así preguntarán a Herodes:”¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle” (Mt. 2, 2).

Esa actitud profunda, constante y esforzada de los Magos en la búsqueda del rey que había de nacer, no sólo les puso en contacto con la Sagrada Escritura y les llevó hasta el portal de Belén, sino que fue el motivo por el que Dios les constituiría en apóstoles del nacimiento del Mesías, de la presencia del Señor en la historia, de la manifestación del amor infinito y universal, único capaz de salvar a la humanidad.

Hoy, el lugar de los Magos, por institución divina y por mandato explícito de Jesucristo, lo ostenta la Iglesia y, en ella, cada uno de los que la integramos por el Bautismo. A todos atañe el mandato que Cristo dirigió a los Apóstoles: “Id y haced discípulos de todos los pueblos...” (Mt. 28, 19). Y, puesto que ser discípulos de Cristo supone aceptar la salvación que él nos trae, por la cual cobra sentido y sabor la vida humana, el Señor nos dirá a los cristianos: “Vosotros sois la sal de la tierra...” (Mt. 5, 13).

Como sal debemos llevar apostólicamente al prójimo alejado el testimonio del amor de Dios y la promesa de salvación que Dios trae para todos.

Queridos hermanos: la tradición de los regalos, que hacen la ilusión de niños y mayores en la fiesta de Epifanía, ha podido desviar un poco la atención en este día, distrayéndonos del sentido profundo de esta celebración, más antigua en la liturgia que el mismo día de la Navidad. No obstante, es muy oportuno aprender, también, de los regalos que los magos ofrecen al Niño.

Los reyes no acuden ante el Señor con las manos vacías. Más allá del simbolismo del oro, del incienso y de la mirra, lo importante es que cada uno de ellos presenta a Jesús lo que tiene y lo que constituye su singularidad. Podríamos decir que los Reyes Magos, dando los regalos al Niño, se dan a sí mismos; hacen de la adoración una entrega personal. De este modo, corresponden, con su ofrecimiento personal, a la entrega de Dios en favor de los hombres. Sólo disponiéndonos a obrar de este modo, podrá ser verdad para cada uno de nosotros, lo que hemos pedido en la oración inicial de la Misa: Señor, “concédenos, a los que ya te conocemos por la fe, poder gozar un día, cara a cara, de la hermosura infinita de tu gloria” (Orac. Colecta).

Que la fiesta de la Epifanía o de la manifestación del Señor, sea una ocasión de verdadero gozo al sentirnos llamados por el Señor a participar de los frutos de su presencia entre nosotros.

Que la contemplación de los Reyes Magos sea una oportunidad para entender cual debe ser nuestra actitud ante el Señor que viene a nosotros constantemente mediante su palabra, mediante los Sacramentos, y mediante las gracias actuales con que nos enriquece y n os ayuda, a veces inesperadamente, a lo largo de nuestra vida.

QUE ASÍ SEA.

HOMILÍA DEL DOMINGO IVº DE ADVIENTO

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,

Queridos hermanos todos, religiosas, seminaristas y demás seglares reunidos hoy en esta última celebración de Adviento:

Ha terminado el tiempo dedicado por la Iglesia a la preparación del
acontecimiento más entrañable y nuevo de la historia. En la Navidad celebramos con inmenso gozo la entrada de Dios infinito en la historia limitada y provisional popr la que caminamos.

El infinito, en quien está el origen, el apoyo y sostenimiento providente de todo cuanto sigue existiendo, la determinación incontrovertible del momento en cada uno debemos interrumpir nuestro peregrinar sobre la tierra, y el fin glorioso de los que acogen su palabra y cumplen su voluntad, entra a formar parte de las criaturas contingentes, encarnándose en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen María.

El Hijo Unigénito del Padre, la Imagen perfecta del Dios vivo, la sabiduría plena en la que residen los secretos del Universo, el que ha dicho con toda propiedad que es el camino para la santidad y la Vida, que vino al mundo para salvarnos, inicia un duro camino de contradicciones, incomprensiones, desconfianzas y estratagemas para apartarle de los vivientes, porque molestaba su radical novedad y su perfección incontestable.

El santo por excelencia, el que no podía cometer pecado porque es Dios, carga con nuestros pecados hasta pagar por todos ellos con su Pasión y muerte cruenta en la Cruz.
El Dios de quien todos dependemos, que nace como Niño pobre en un pesebre, y que se ofrece al Padre en sacrificio de suave olor, muere sobre el duro lecho del madero de la cruz para que nosotros podamos vivir y morir con la dulce esperanza de una vida feliz por toda la eternidad.

En la Navidad se hace realidad la promesa que de Dios tras el pecado de Adán y Eva. El Dios del cielo asume, por amor, la responsabilidad de los que habitamos la tierra, dando cara por nuestros pecados, para que podamos llegar un día al cielo y habitar eternamente en él como en nuestra casa. Dios viene junto a nosotros para abrirnos y señalarnos el camino que une la tierra con el cielo, de modo que avanzando por él lleguemos a habitar junto a Dios para siempre.

Este insondable misterio de amor fue anunciado por los profetas, aunque no fue aceptado por todos. Es un gran misterio del que necesitamos vitalmente porque de él depende nuestra salvación. Pero es un misterio tan profundo, que choca llamativamente con nuestra capacidad de entendimiento y comprensión. Y cuando los hombre piden un signo que les ayude a entender lo esencialmente incomprensible, por la limitada inteligencia humana, el Señor le da un signo que es, también, un misterio que nos desborda: “Mirad: la virgen está en cinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel (que significa: )” (Is. 7, 14). ¿Cómo una Virgen va a concebir un hijo? ¿Cómo va a ser Dios mismo quien nazca de ella para estar con nosotros en la tierra? Así de grande es el Misterio de la Navidad.

San José, desposado con María, percibió que, antes de vivir juntos, María esperaba un hijo. Como era bueno y no quería ponerla en evidencia, ni causarle males mayores, decidió repudiarla en secreto. Pero Dios, para prepararle un hogar a su Hijo Unigénito y eterno, Dios y hombre verdadero, que iba a nacer de María Virgen, le habla en sueños manifestándole el misterio con palabras no menos misteriosas con las que pretendía dejarle claro que todo aquello era obra de Dios. Y dice a José algo que tampoco este hombre justo podía entender. María misma tampoco lo entendió. Se limitó a aceptarlo, como José, porque era palabra del Señor a quien se debe toda reverencia, e incluso el homenaje de la propia razón: “No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, -le dijo- porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo” (Mt. 1,---).

Dios, que es misterio, obra en nosotros y para nuestro bien sin dejar de ser Misterio. Su acción amorosa nos transforma en hijos adoptivos suyos por la redención. Por eso, aceptar y asumir esa obra salvífica en nosotros supone también que nosotros salgamos de nuestras formas habituales y puramente humanas de conocer y entender, y aceptemos la necesidad de la fe por la que Dios nos da acceso, aunque como en un espejo o en enigma, al conocimiento del Misterio.

Por el regalo de la fe podemos conocer a Dios, podemos amar su obra y entonar gozosos un himno de gratitud cantando las maravillas incomprensibles que obra en nosotros, pecadores, a lo largo de toda la historia.

Por la fe podemos dirigirnos a Dios llamándole Padre, y sentirnos, con toda razón y certeza, parte de la gran familia de los redimidos por el Señor.

Por la fe podemos llegar a vivir el deseo de acercarnos al misterio de Dios, convencidos realmente de que en él está la luz de la vida, aunque a los que vivimos en la tierra se nos presente en negra oscuridad.

Por la fe podemos creer firmemente que el Niño, nacido de María Virgen y recostado en el pesebre, es el Rey del universo, el Hijo del Dios vivo, el salvador del mundo, el camino, la verdad y la vida.

El tiempo de Adviento que hoy termina ha sido una constante llamada a la conversión interior para acoger y valorar el don de la fe y, por ella, acercarnos al conocimiento del Mesías que viene a salvarnos.

Por la fe asumimos, como un deber intransferible, el prepararnos para recibirle cuando llegue triunfante al fin de los tiempos con gran poder y majestad como juez de vivos y muertos.

Por la fe sabemos que, gracias a su misericordia infinita, Dios hace todo lo posible para llevarnos con él definitivamente a la gloria en la felicidad que anhelamos y esperamos. Por eso hemos repetido en el salmo interleccional: “Va a entrar el Señor: Él es el Rey de la gloria” (Sal. 23).

El mismo Señor que nació en Belén, que nos redimió ofreciendo su vida por nosotros al Padre, que vive triunfante en los cielos y que es el Rey de la Gloria, se hace presente en el santísimo Sacramento del Altar y se nos da como alimento para nuestro caminar hacia él. Recibámosle como le recibió la Santísima Virgen María. Adorémosle como le adoraron los Pastores y los Magos de oriente. Unámonos a Él como S. Pablo, que pudo decir: “Vivo; mas no yo, es Cristo quien vive en mí” (----).

Con este ánimo y con esta esperanza lleguemos, desde la celebración de la Navidad, al goce de la resurrección.

QUE ASÍ SEA.