HOMILÍA EN EL ENCUENTRO DE COFRADÍAS Y HERMANDADES

Domingo, 12 de Febrero de 2012


Queridos Sacerdotes concelebrantes,

Queridos miembros de las Cofradías y Hermandades de nuestra archidiócesis,

Hermanas y hermanos todos que nos acompañáis participando en esta solemne celebración.

1.- No cabe duda de que vivimos tiempos difíciles. Junto a la dura crisis económica, atravesamos una crisis de valores en que las virtudes evangélicas parecen escasear. No desciendo ni siquiera a enumerar las distintas manifestaciones de esta crisis profunda. De ello se encargan diariamente, e incluso varias veces en la misma jornada, los medios de comunicación social. Pero queda claro que atravesamos una verdadera crisis de la persona. Esta crisis espiritual, cultural y religiosa, es anterior a las manifestaciones económicas; es causa de ella en buena parte; y permanecerá, seguramente, cuando ésta comience a superarse.

Esto nos hace pensar y temer que la crisis económicas no acabará de superarse plenamente mientras no haya un verdadero espíritu de conversión y mientras no se dé a las virtudes cristianas y a los valores humanos la importancia que tienes en todos los ámbitos de la existencia humana.

Mientras estén presentes, de un modo bastante extendido en nuestra sociedad, la mentira, la extorsión, la violencia de guante blanco, al servicio preferencial a los propios intereses, y la cesión a las propias satisfacciones principalmente materiales, etc., será muy difícil que abunde la transparencia, la justicia, el espíritu de servicio, el respeto a la vida, al bien común y la necesaria atención a los más desposeídos. Mientras perduren los pecados que acabo de referir, y mientras haya gentes que defiendan un concepto de libertad basado en ese pernicioso sujetivismo que consiste en considerar bueno o malo aquello que me gusta o que me molesta, sin más referencia, serán imposibles la justicia, la transparencia, la equidad, y la justicia social. Y, en consecuencia, aquello que depende de una recta conducta humana estará en crisis en la sociedad.

2.- ¿A qué viene todo esto? Pues muy sencillo. Estoy convencido de que os parece lógico que debemos desterrar las intenciones y las conductas que degradan los comportamientos familiares, institucionales y sociales, y que motivan, a su vez, las injusticias y los desórdenes que presenciamos y sufrimos. Tan cierto es lo que digo, que tanto los medios de comunicación social, como las conversaciones particulares, tienen un denominador común que es la crítica, a veces despiadada, a los autores de esos desmanes. Parce que se les quisiera sacar de esta sociedad, y que los poderes judiciales fueran duros en una dura aplicación de los castigos que merecen.

Es necesario que los cristianos saquemos aplicaciones a nuestra vida. Es necesario que busquemos, por todos los medios, salir del juego de intereses e injusticias que causan el deterioro de la imagen de la Iglesia, y el consiguiente alejamiento de quienes constatan en los cristianos esas conductas incorrectas.

La crítica de los comportamientos incorrectos cobra un relieve especial cuando esos comportamientos se constatan en miembros destacados de la Iglesia. En eso son implacables incluso los mismos cristianos. Mi pregunta, ahora, en orden a aplicar a nuestra vida la palabra que Dios nos dirige hoy, es ésta: ¿Nos hemos dado cuenta de que las Cofradías son instituciones eclesiales, y que los cofrades aparecen ante la sociedad como quienes están más comprometidos en el cumplimiento de las virtudes humanas y cristianas?

3.- Pues a todos nosotros, cristianos, y, de un modo especial a vosotros los cofrades, va dirigida esta palabra de Dios. Nos la transmite S. Pablo en la segunda lectura que acabamos de escuchar. Dice: “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No seáis motivo de escándalo ni a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios” (1 Cor. 10. 31).

Ha llegado un momento en la vida social, y también en la vida eclesial, en que todo se sabe, Y si el pecado siempre es malo, comienza a ser peor cuando causa escándalo. Y sabéis muy bien que abundan las críticas a la Iglesia, porque se conocen los malos ejemplos de muchos cristianos. Unas críticas están motivadas por los defectos de los cristianos, y otras, nacen a las actitudes adversas contra la Iglesia de Jesucristo por parte de quienes, por una razón o por otra, quisieran que desapareciera.

4.- Es necesario que tomemos una actitud exigente con nosotros mismos y con nuestras instituciones eclesiales; y que procuremos purificarlas de los males que les aquejan. Males que se deben a nuestra falta de respeto a Dios y a la Iglesia de Dios. Esto, dicho así, puede que resulte algo duro a los oídos de muchos. Sin embargo es totalmente verdad. Eso es, en definitiva, el pecado.

Desde estas consideraciones, el Evangelio de hoy nos invita a reconocer nuestras pequeñas o grandes lepras que entorpecen la imagen, que deterioran el organismo y que pueden contagiar nuestro alrededor. Esas son las consecuencias del escándalo. Y podemos escandalizar cuando nuestra conducta no es acorde con nuestra condición de hijos de Dios y, además, cofrades.

Sabéis que lo que digo es verdad. Otra cosa es que resulte duro escucharlo. Pero no olvidemos que, con estas reflexiones y exigencias, no hacemos una cosa distinta de la que estamos exigiendo a quienes pìllamos en falta en cualquier campo de la vida social; sobre todo, si nos toca directamente.

5.- Demos gracias a Dios porque no solo nos enseña el horizonte de verdad y de bien al que debemos orientar nuestras intenciones y nuestros actos, sino que, al mismo tiempo, sale al paso de nuestras debilidades ayudándonos a avanzar con sinceridad, con honestidad, con esperanza, y con la constancia, sin la cual no podemos llegar al final del camino. Esta ayuda nos llega, sobre todo en la Eucaristía. En este sacramento, Jesucristo en persona se nos da como alimento para el camino.

Pidamos a la Santísima Virgen María, a quien todas la Cofradías y Hermandades tenéis presente en vuestros pasos y devociones, que nos ayude a ser fieles al Señor como ella; y a ser, también como ella, ejemplo edificante para los demás.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA ASAMBLEA DE CÁRITAS DIOCESANA

Sábado, 11 de Febrero de 2012

Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Mis queridos hermanos, voluntarios en el servicio eclesial de Cáritas, y personal técnico que trabajáis en este servicio diocesano tan querido:

Una cosa debemos tener siempre muy clara: Cáritas solo puede existir como una obra esencialmente eclesial; y, por tanto, inspirada y sostenida por aquello que inspira y sostiene a la Iglesia de Jesucristo. Y eso es el amor infinito que Dios nos tiene. En consecuencia, toda obra de Cáritas debe ser consecuencia de haber descubierto la fuerza y gratuidad del amor infinito de Dios a todos los hombres y de estar dispuestos a imitarlo. La atenta y asidua consideración del amor infinito de Dios ha de llevarnos al pleno convencimiento de que nosotros debemos comportarnos con el prójimo como el Señor se ha comportado con nosotros. Así nos lo enseña Jesucristo en un momento crucial: había lavado los pies a sus discípulos; les había dado a comer y beber su propio cuerpo y sangre, como signo sacramental del sacrificio redentor que iba a consumar en la cruz. Y, dirigiéndose a quienes habían compartido la cena con Él, dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn. 13, 34-35).

La acción de Cáritas ha de transparentar el amor que Dios tiene a todos; y ha de ser testimonio de que nosotros somos movidos fundamentalmente por ese amor y no por ningún otro interés o tendencia humana, por digna que sea. La compasión, por la que podemos sentir movidas las propias entrañas ante la desgracia o la penuria ajena, puede acompañar a la acción caritativa. Es muy legítimo y hasta lógico. Pero nuestra acción solo será acción caritativa si es motivada, antes que nada, por las obediencia al mandato de Jesucristo: “como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn. 13, 35). Entonces, nuestra acción caritativa será también gratuita, como es gratuita la acción de Dios con nosotros.

Dios nos ama a pesar y por encima de nuestros pecados, que son una clara oposición a la divina bondad y al amor con que somos amados por Él. Qué bien lo enseña san Pablo cuando nos dice: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5, 8). Si nuestra acción caritativa no está inspirada y motivada por ese amor gratuito hacia los hermanos, estaremos haciendo una obra buena, pero no será una acción propia de la caridad cristiana a la que nos referimos cada vez que hablamos de Cáritas.

El Santo Evangelio nos muestra hoy una acción de Jesucristo que parece estar movida mor el sentimiento de lástima ante quienes le seguían ansiosos de escuchar su palabra y de contemplar sus obras. La expresión de Jesucristo así nos lo da a entender: “Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer…”(MC. 8,1). Sin embargo, no podemos olvidar que, con los panes y los peces de que disponían sus discípulos, no había comida ni para comenzar. Dice el Evangelio que eran unos cuatro mil. Jesucristo realiza entonces un milagro, como lo había realizado en otros casos después comenzar perdonando los pecados a quien le suplicaba.

El milagro, como obra de Dios, puesto que sólo Él puede realizarlo, nos muestra esa acción como acción divina. Y Dios no puede obrar más que por amor, y por un amor infinito. La lástima, como digno sentimiento propio también de Jesucristo puesto que era realmente hombre, constituía, en este caso, ese elemento sensible del alma humana que puede acompañar muy dignamente a la obra divina; como puede acompañar a nuestras obras caritativas una vez que están movidas por el amor de Dios al prójimo.

La conclusión de cuanto venimos diciendo nos lleva a considerar la atención y el cuidado que debemos poner en todas nuestras acciones caritativas y en los mismos planteamientos de Cáritas parroquial, interparroquial y diocesana. De lo contrario, podemos caer en una acción realizada al amparo de la Iglesia, pero que no acaba de ser genuinamente eclesial, y que no podrá transparentar la acción del Espíritu Santo. Él es quien infunde en nosotros el don del amor divino y, por tanto, la capacidad de amar a los hermanos como el Señor nos ha amado.

No es tarea sencilla la que nos corresponde como representantes de la acción de la Iglesia en la atención a los más débiles y desposeídos. Pero la dignidad y la importancia de esta acción, que es la atención caritativa a los hermanos, bien merece todo nuestro esfuerzo y la oración para pedir constantemente al Señor que nos ayude a vivir el amor que Él nos manda.

Pidamos a la Santísima Virgen María, cuya memoria celebramos hoy bajo esa advocación tan unida a la ayuda de los enfermos y necesitados, y que se nos muestra en el Evangelio como claro modelo de atención solícita ante las necesidades ajenas, y como maestra de solidaridad verdaderamente caritativa ante las debilidades del prójimo, que nos enseñe y nos ayude a vivir en la Iglesia y en el mundo el amor cristiano hacia todos los hermanos.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL ENCUENTRO DIOCESANO CON RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS

(Domingo, día 5 de Febrero de 2012)


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada, cuya fiesta celebramos hoy en fraternidad diocesana,

Queridos fieles laicos que participáis con nosotros en esta Eucaristía:

1.- Nos hemos reunido hoy, convocados por el Señor mediante el precepto dominical, y con motivo de la Jornada mundial dedicada a la Vida Consagrada, para celebrar el triunfo definitivo de Jesucristo nuestro Señor y salvador. Su victoria es nuestra victoria, puesto que Él se ofreció como hostia agradable al Padre para alcanzar la salvación que la humanidad no podía alcanzar, a pesar de que era su mayor necesidad. Su victoria ha de manifestarse a través del testimonio de nuestra vida que debe ser una prueba de que el Señor a vencido al pecado. Nuestra alegría sebe ser grande, y ha de brotar de la constatación de que Dios ha obrado y sigue obrando en nosotros. En verdad, el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres (cf. Sal 125, 3).

Este día, como Día del Señor, y esta celebración, como actualización para nosotros del único sacrificio redentor de Jesucristo, son dos preciosas ocasiones para que demos gracias a Dios. Él busca, por todos los medios y con pleno respeto a la libertad que nos regaló al crearnos, el máximo bien para nosotros. Y ese bien consiste en que participemos de su gracia aquí en la tierra, y de su gloria en el cielo. Podemos estar contentos por ello. Pero el Señor busca, también, que gocemos de esa otra dimensión del mayor bien que consiste en ser testigos de su amor, de su generosidad y de su servicio a los hermanos. En ello radica el sentido de la castidad, de la pobreza y de la obediencia que acompañan, como líneas transversales, la andadura de todo consagrado al Señor.

2.- Sin embargo, la participación de la gracia de Dios y del bien que él procura para nosotros en tanto consagrados, solo puede ser una realidad en cada uno si acudimos cada día, como la primera vez, a la llamada del Señor. Llamada que lleva consigo todo un estilo de vida y el ministerio que viene definido por el carisma propio.

Dios no nos regala su gracia para que actuemos bien de forma automática, sino para que, con esfuerzo y sacrificio, podamos permanecer fieles a su santa voluntad. El regalo de la gracia de Dios nos capacita y compromete a poner en práctica el mandamiento del amor en todas sus dimensiones y aplicaciones. No olvidemos que hemos sido elegidos y enviados para renovar según el Evangelio nuestros ámbitos más próximos; y para trabajar siempre en la construcción de la civilización del amor fundamentado en la Verdad. En ello debemos poner todo nuestro entusiasmo y todos nuestros recursos desde el carisma con que el Espíritu Santo ha enriquecido y caracterizado a cada Institución y, consiguientemente, a cada persona integrada en ella.

3.- El encuentro vocacional con el Señor y con su gracia, y también entre nosotros como miembros de las respectivas Congregaciones, Institutos o Asociaciones, tiene, además, otro elemento que enriquece todavía más nuestra condición de consagrados. Me refiero al inmenso valor de cada carisma fundacional y al estilo de vida que lleva consigo como concreción del servicio generoso a Dios, a la Iglesia y al mundo. Actualizar nuestra conciencia de la propia vocación y carisma, renovar nuestra fidelidad al Señor que nos ha llamado, y dar a conocer a los hermanos en la fe lo que Dios ofrece a la Iglesia y al mundo a través de la Vida Consagrada es el objetivo de esta Jornada mundial que hoy celebramos. El Señor ha querido que su luz llegue al mundo mediante el resplandor de su gracia que el Espíritu Santo ha derramado sobre quienes ha llamado a consagrar su vida plenamente a Dios para el servicio desinteresado a los hermanos. Este gesto cristiano cobra especial valor en estos tiempos en que parece que el hombre tiende a vivir cada vez más desde sí mismo y para sí mismo.

El descubrimiento de la propia responsabilidad personal y la de la Institución a la que cada uno pertenecemos por vocación de Dios, así como la fuerza necesaria para cumplir nuestra misión, es gracia que nos concede el Espíritu Santo. Él es quien nos muestra el horizonte y el camino para alcanzarlo. Es absolutamente necesario, pues, que invoquemos la gracia del Espíritu para que despierte el corazón y ayude a una respuesta generosa por parte de los que han sido llamados. Convencidos de que todos los carismas suscitados por el Espíritu Santo en la Iglesia son necesarios para que brille en el mundo la luz de Cristo, debemos unirnos todos en la misma plegaria: Envía, Señor, obreros a tu mies. Envía para cada lugar y momento aquellos cuyo estilo sea más necesario. Haz, Señor, que nuestra esperanza no se trunque ante la escasez de vocaciones para la propia Institución. Creemos firmemente que tu infinita sabiduría dirige con acierto la nave de tu Iglesia. Éste es el motivo principal de esta Jornada eclesial dedicada a la Vida Consagrada.

4.- La Vida Consagrada, como vocación de Dios, es una gracia para quien la recibe, y también para la Iglesia en cuyo seno ha nacido, se desarrolla y sirve. Puesto que formamos parte de la misma Iglesia, debemos caer en la cuenta de que es deber personal de cada uno, y de cada una de las Instituciones o grupos en los que estamos insertos, interesarnos por los carismas ajenos y valorarlos como parte del divino mosaico que es la Iglesia. En consecuencia, constituye un deber ineludible de cada uno orar para que, quienes recibieron las diferentes vocaciones, permanezcan firmes en su desarrollo para su propia santificación, para el bien de la Iglesia y para la renovación del mundo.

Es mucho lo que necesita la Iglesia, y mucho lo que el mundo espera de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Por ello, o caminamos unidos afectiva y efectivamente, o seremos, sin querer, la pantalla que impide el paso, ante el mundo, de la luz para cuya difusión nos ha elegido.

5.- En estos días, en que tanto abundan las disensiones y los enfrentamientos, los cristianos estamos especialmente llamados a dar testimonio de unidad y colaboración. Debemos orar por la unidad entre nosotros, tanto en lo esencial como en la necesaria atención a la disciplina de la Iglesia. Solo así daremos gloria a Dios, y seremos testigos de que tenemos un solo Señor, de que nos anima una sola fe, de que nos reúne un solo Bautismo, de que confiamos en un solo Dios y Padre (cf. Ef. 4, 5), y de que la Eucaristía es, para todos nosotros, sacramento de piedad, signo de unidad, y vínculo de caridad por el cual el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera (cf. SC. 47).

6.- Para llevar a cabo la misión que hemos recibido del Señor, sentimos con frecuencia la debilidad de nuestras fuerzas personales y la escasez de hermanos entregados al desarrollo del mismo carisma. Y esto crea el problema adicional que supone la reducción de nuestra presencia en lugares cuyas necesidades conocemos. Sin embargo, no podemos olvidar que Jesucristo llevó a término la mayor acción salvadora, precisamente en los momentos de mayor debilidad: los discípulos le habían abandonado, y había sentido las mayor de las soledades. Por eso exclamó: “Padre, ¿por qué me has abandonado” (Mt. 27,46). En ese momento, Jesucristo nos dio la mayor lección que recogerá y nos transmitirá luego S. Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura: “Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (1 Cor. 9, 22-23).

7.- El Santo Evangelio nos manifiesta hoy que el Señor, cuando era requerido por tantas necesidades que le presentaban, se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar (cf. Mc. 1, 35). Aprendamos la lección.

8.- En la oración inicial de la Santa Misa hemos pedido que el Señor vele continuamente sobre su familia, que la proteja y la defienda, ya que sólo en Él hemos puesto nuestra esperanza.

Que la Santísima Virgen María nos ayude a permanecer junto al Señor en humilde y confiada oración.

QUE ASÍ SEA.

HOMILÍA EN LA JORNADA DE FORMACIÓN

DELEGACIÓN EPISCOPAL PARA EL APOSTOLADO SEGLAR

Sábado, 4 de Febrero de 2012

Queridos miembros de movimientos y asociaciones seglares apostólicas:

Me complace compartir con vosotros esta Jornada ya tradicional orientada a la formación de los fieles laicos de nuestra Iglesia diocesana. Me habréis oído afirmar con frecuencia que uno de los problemas mayores de la Iglesia en nuestro tiempo y en nuestra sociedad es la falta de formación a todos los niveles.

La vida familiar, cultural, política, y relacional ha cambiado notablemente en muy poco tiempo. Y sigue en proceso de transformación, llevando a la sociedad y, sobre todo a las nuevas generaciones, al desconocimiento del Evangelio, a la confusión de la doctrina cristiana con criterios ajenos a la enseñanza de Jesucristo transmitida por la Iglesia; y, lo que es peor, empuja hacia una extendida indiferencia que adormece la sensibilidad para valorar y buscar la verdad.

Aunque el mensaje cristiano es permanente, ha cambiado sobremanera el sujeto receptor de ese mensaje. En consecuencia, los transmisores, pastores y apóstoles, debemos plantearnos la urgente necesidad de profundizar en el conocimiento de la verdad a transmitir, para acertar en la transmisión a la que hemos sido enviados. Luego, deberemos atender a los nuevos métodos y a los nuevos lenguajes que solo tienen sentido cuando cultivamos los nuevos bríos que han de fortalecerse en la verdad.

Es necesario un replanteamiento de los supuestos de la formación cristiana (objetivo último y contenidos fundamentales) y de los procedimientos a emplear en ella. El Papa Juan Pablo II decía que la situación en que se encuentra el pueblo cristiano, especialmente en occidente, requiere una nueva evangelización. Ello exige de nosotros, pastores y apóstoles, dedicar un esfuerzo constante a nuestra formación doctrinal y a la configuración con Cristo para ser fieles transmisores de la Buena Nueva que el Señor nos ha permitido conocer, y que nos ha mandado transmitir.

En los tiempos presentes, hay muchos que buscan, de diversos modos y por diversos caminos, el rostro auténtico de Jesucristo, aunque sus manifestaciones den la apariencia de lo contrario. Sin embargo, por estas manifestaciones contrarias a la aceptación de la fe, algunas veces muy crudas y crecientes, se percibe una clara lección que nos llega a través del Evangelio de hoy. San Marcos nos dice que, aunque Jesucristo buscaba en esos momentos un legítimo descanso con sus discípulos, se encontró con una multitud que le dio lástima porque andaban como ovejas sin pastor.

Ante nosotros discurren constantemente personas de todas las edades que dan lástima porque andan como ovejas sin pastor; y que, además, absorbidos por lo terreno e inmediato, no llegan a ser conscientes de su verdadera necesidad. Más todavía: si perciben, allá en el fondo, la necesidad de un apoyo superior a sus propias fuerzas, esperan encontrarlo dando cauce a la superstición, o atendiendo a las adivinaciones y los juegos de azar.

En estas circunstancias resulta verdaderamente difícil hacer oír con atención la palabra de Dios. Por ello, puede flaquear nuestro ánimo, llevándonos a desistir del empeño apostólico, o a pensar que debe discurrir por caminos más acordes con los gustos y criterios de quienes han de escucharlo. Con ello, corremos el peligro de proclamar nuestra versión del Evangelio, en lugar de proclamar el Evangelio que nos transmite fielmente la Santa Madre Iglesia. En consecuencia, tenemos que acentuar la otra dimensión de nuestra necesaria formación permanente. Me refiero a la renovación y crecimiento de nuestra adhesión a la Iglesia y, en ella, al Señor. Unido a ello debemos pedir al Espíritu Santo que acreciente y mantenga en nosotros los bríos apostólicos en medio de todas las dificultades.

Nuestro proceso de formación no puede limitarse al aprendizaje de la doctrina, sino que requiere, además, el contacto personal y directo con el Maestro. A la formación de la mente debe acompañar la formación del espíritu, buscando la configuración con el Señor. Este segundo requisito resulta más abstracto a simple vista porque no consiste en un quehacer conmensurable de inmediato. Este segundo requisito nos orienta hacia la meditación y la contemplación del Misterio de Jesucristo, a la oración asidua y confiada, y a la participación consciente y bien preparada de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Un buen apóstol no puede reducir su fidelidad al mero cumplimiento de lo preceptuado. Por eso la sagrada Liturgia pone hoy en nuestros labios, estas palabras del Salmo interleccional: “Te busco de todo corazón, no consientas que me desvíe de tus mandamientos” (Sal. 118).

Pidamos a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, que supo escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica, mereciendo la alabanza del Señor, que nos ayude a crecer en la formación integral cristiana, y a trabajar por la proclamación del santo Evangelio.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL DÍA SACERDOTAL DE NAVIDAD

Sábado 7 de Enero de 2012
Mi querido D. Antonio, hermano en el episcopado y amigo.

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y asistentes,

Queridos PP. Jesuitas que nos recibís en vuestra casa y nos acompañáis en esta celebración sacerdotal y navideña:

Lo bueno y agradable, del orden que sea, puede repetirse moderadamente sin miedo a pecar de inoportuno. Por eso, en este día navideño y eminentemente sacerdotal para nosotros, cuando está reunida la gran familia del Presbiterio diocesano, me satisface repetir la felicitación propia de estas fiestas. Pero yo quiero repetirla ahora en una forma nueva, lejos de las palabras convencionales, aunque por ello no menos sinceras. Por eso, haciendo mía la oración inicial de la Misa os digo: “Que la gracia os modele (y nos modele) a imagen de Cristo, en quien nuestra naturaleza mortal se une a la naturaleza divina”. La santa Madre Iglesia, a través de la sagrada Liturgia, orienta nuestros pasos, nuestros deseos y nuestra plegaria para que en todo caminemos en la verdad y crezcamos en el amor a Dios nuestro Señor que él nos ha manifestado en la Navidad.

La verdad es que todas estas reflexiones y todas estas palabras llegan a nuestros oídos como consabidas, con el peligro de que pasen desapercibidas en espera de oír algo nuevo, más interpelante y concreto. Sin embargo, al menos nosotros los sacerdotes, debemos entenderlas y apreciarlas en el sentido profundo y en el valor esencial que tienen para nuestra vida consagrada al Señor. Las grandes verdades tienen formulaciones muy sencillas que pueden llegan a parecernos ordinarias y comunes. Sin embargo, nuestro lema debe ser para estos casos profundizar, contemplar y saborear, más que acumular novedades. Así lo dice el aforismo latino: “Non multa, sed multum”.

El “multum”, para nosotros se adquiere en el acercamiento meditativo, contemplativo y suplicante al Señor en la intimidad de la oración, en la lectura atenta y religiosa de la Palabra de Dios, y en la mirada respetuosa, penetrante y fraternal a quienes el Señor pone en nuestro camino; especialmente a los más desposeídos, marginados y solitarios. En los tiempos y circunstancias que estamos viviendo. El Señor sale a nuestro encuentro, en los hermanos sacerdotes, en los fieles y también en los infieles que la Iglesia nos ha encomendado. No obstante, sabemos que, metidos en el ritmo de nuestras ocupaciones ministeriales, podemos pasar de largo ante el Señor, o entretenernos escasamente para un simple saludo, o paran cumplir con las exigencias mínimas de la piedad, de la caridad, o del compañerismo.

No se trata de que ahora nos pongamos en actitud penitencial. Es verdad que la voluntad de conversión debe estar presente siempre en nuestra vida. A ello nos convoca la sagrada Liturgia al iniciar la celebración de la Santa Misa. Pero hoy se trata principalmente de otra cosa. Se trata de celebrar con verdadera alegría el inmenso don de la gracia navideña por la que hemos podido renacer a una vida nueva, como dice también la oración inicial de la Misa. Se trata de agradecer al Señor que se haya puesto tan cerca de nosotros por su Encarnación, y de que haya asumido ante el Padre-Dios la responsabilidad de nuestros pecados. Se trata de que vivamos como nuestros “el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo”, (GS. 1); de que, entre ellos, no olvidemos a nuestros hermanos sacerdotes. Si los laicos han de cuidar en primer lugar a su familia, los sacerdotes debemos cuidar a quienes son sacramentalmente nuestros hermanos y forman la familia presbiteral de la Archidiócesis.

Es en este espíritu y en esta fraternidad sacramental, donde el Señor nos va ayudando a mantener el necesario clima de apoyo mutuo para el camino de nuestra santificación y para mantener los nuevos bríos sacerdotales necesarios para el ejercicio de nuestro ministerio en medio de las dificultades. En la conciencia cristiana, la vivencia de la Navidad comporta su celebración en el seno de la familia y de la comunidad. Los ecos culturales de este espíritu cristiano, han hecho extensivo entre creyentes y no creyentes la conciencia moral de que la Navidad es tiempo de amor y de reconciliación, de unidad y de esperanza.

Nosotros hemos sido elegidos y enviados para proclamar el año de gracia del Señor. Proclamación que debe ser indiscriminada, según el mandato de Jesucristo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc. 16, 15). Pero nuestra experiencia es que “vino a su casa, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1, 11). La experiencia pastoral nos enfrenta con esta dura realidad de rechazo hacia el Evangelio. Rechazo que, en unos casos, se manifiesta con criterios ajenos a la fe, y en otros, como un sentir difuminado en la sociedad que se expresa, incluso entre cristianos, con la fría indiferencia de quien considera la fe como un gusto de algunos que nada aporta a lo que verdaderamente importa en la vida.

Al hilo de estas reflexiones, nos vienen a la mente las palabras de S. Juan que acabamos de escuchar: “Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios” (1 Jn. 4, 2-3). Esta afirmación evangélica, lejos de constituir una dispensa para olvidar a los contrarios, nos urge a encontrar nuevas formas de acercamiento y de anuncio de Jesucristo. Nuestra misión es evangelizar y contribuir con ello a la expansión del Reino de Dios, para que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. En el choque de nuestra vocación evangelizadora con las actitudes sociales de rechazo y de desprecio motivadas por ideologías adversas o por indiferencia irreflexiva, está el motivo de nuestro cansancio y, a veces, de nuestro desánimo. Sin embargo en ese choque se fortalece nuestra fe y se fragua nuestra fortaleza.

Frente a todo ello, la palabra de Dios nos estimula con la profecía de Isaías que acabamos de escuchar: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló” (Mt. 4, 16). La fe nos invita y capacita para creer firmemente que es Jesucristo quien hace brillar en el mundo, a través nuestro y a pesar de todo, la luz que él mismo es. En ello radica nuestra esperanza contra toda desesperanza.

Sabemos que son necesarias muchas reformas estructurales en nuestras diócesis y en nuestras parroquias para ofrecer, por nuestra parte, mayores y mejores recursos de evangelización. Pero tenemos que convencernos cada vez más de que todo ello comienza a ser útil cuando nosotros vamos creciendo como verdaderos hombres de Dios. A ello debemos aspirar cada día teniendo presente que las adversidades no cesarán, pero siempre podremos encontrar, incluso en nosotros, motivos de renovada ilusión y entrega. Así lo expresa hoy el Evangelista S. Juan: “todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; es del anticristo”( 1. Jn.4, 3). Y ha añade: “Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido” (1 Jn. 4, 4)…“el que está en vosotros (en nosotros), es más que el que está en el mundo” (1 Jn. 4, 4). El que está en nosotros es el Hijo de Dios que ha tomado nuestra naturaleza y ha compartido nuestra historia para que todos tengan vida y la tengan en abundancia.

Este es el misterio de la Navidad. Este es el motivo de nuestras mutuas felicitaciones. Este es el motivo de nuestra confianza en la necesidad del ministerio que se nos ha encomendado. Esta es la razón de nuestra esperanza.

Que la Santísima Virgen María, Madre del Hijo de Dios hecho Hombre, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, ejemplo de colaboración en el proyecto salvador de Dios, y permanente intercesora en favor nuestro, nos alcance la gracia de lograr esa progresiva intimidad con el Señor que ha de motivar, potenciar y sostener nuestro espíritu sacerdotal y la recta realización del ministerio que se n os encomendado.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE EPIFANÍA

(Viernes 6 de Enero de 2012)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente

Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

En esta fiesta de Epifanía celebramos la manifestación del Niño que nació en Belén como Rey de reyes, como el Mesías prometido, como el Salvador esperado.

En el día, cuyo acontecimiento recordamos y conmemoramos hoy, se hizo realidad la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura. El Profeta grita al Pueblo de Israel para que despierte y goce la llegada del Mesías. El mismo Isaías lo había anunciado como la luz que nos ayuda a descubrir la verdad de cada una de las realidades presentes en nuestra existencia.

El Mesías que llega es la gloria de Dios. Así lo manifestó Dios Padre tanto en el Bautismo de Jesucristo a manos de Juan Bautista, como cuando Jesucristo se transfiguró sobre el monte Tabor delante de Pedro, Santiago y Juan. La voz divina que en ambas ocasiones habló desde el cielo dijo: “Este es mi hijo, el amado, el predilecto; escuchadlo” (Mt 17, 5).

El profeta Isaías nos anuncia hoy, también, la repercusión del nacimiento de Cristo y la fuerza de su presencia en el mundo. Dice refiriéndose al pueblo de Israel: “Su gloria aparecerá sobre ti; caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60, 2-3).

Nosotros, con la fe que se nos ha concedido, somos un elemento verificador de esa afirmación profética. Nosotros que somos el nuevo pueblo de Israel, hemos recibido la luz de Cristo y hemos caminado a su encuentro, y hemos percibido, de un modo u otro, el resplandor de su aurora (cf. Is 60, 3); ese resplandor que nos capacita para percibir el misterio y descubrirlo como la realidad y la obra de Dios.

El profeta, considerando que nuestro encuentro con el Mesías será sincero y consciente, anuncia seguidamente que, cuando nos encontremos con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, luz del mundo, camino, verdad y vida, entonces nuestro corazón verá cumplido su deseo más profundo; entonces podrá quedar saciada nuestra mayor necesidad: la necesidad de descubrir el sentido para nuestra vida; la necesidad de poder esperar un futuro mejor; un futuro capaz de satisfacer nuestras ansias de infinito.

En esta necesidad nuestra y en la manifestación del don Dios en Jesucristo que la cubre, deberíamos pensar frecuentemente. Tenemos el peligro de que, habiendo nacido en una cultura cristiana y en un ambiente social propicio para la fe, nos acostumbremos a pensar y a vivir, quizás, desde un pobre nivel de fe; y que, en consecuencia, ya nada nos sorprenda, ni el mismo misterio, y que ya nada nos parezca de especial valor para encauzar nuestra vida desde sus raíces..

Debemos pensar frecuentemente sobre ello porque no podemos profundizar en la fe en Jesucristo como Rey, Señor y Salvador, si no nos detenemos a reflexionar y a meditar en lo que significa la Navidad. Debemos llegar a convencernos y a proclamar que en el misterio navideño está nuestra salvación. Sin la acción solidaria de Jesucristo, haciéndose en todo semejante al hombre menos en el pecado, nosotros seríamos todavía los más desgraciados de toda la creación. Y la creación misma estaría pendiente, aún, de ese trato ennoblecedor encargado por Dios Padre a Adán y Eva y, en ellos, a toda la humanidad, diciéndoles: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Gn. 1, 28).

Cristo asumió nuestra naturaleza para llevar a cabo el sacrificio propiciatorio ante el Padre. Esa era nuestra deuda. Nosotros no podíamos llevar a cabo la ofrenda necesaria porque habíamos roto el lazo que nos unía a Dios y no teníamos la posibilidad de entablar una relación satisfactoria con Él. Esa ofrenda la llevó a cabo Jesucristo con el poder de Hijo de Dios, y cumpliendo la condición de ser también verdadero hombre. En su encarnación asumió nuestra misma naturaleza con todas sus consecuencias. De este modo podía actuar en lugar nuestro, y así lo hizo, llevando a cabo nuestra redención.

Esta verdad, cuyo descubrimiento es esencial para que nuestra fe sea auténtica, nos compromete, al mismo tiempo que nos alegra y nos estimula.

La celebración de la Navidad de Jesucristo y de su consiguiente manifestación a todos los pueblos, en los Magos de oriente, se convirtió en misión fundamental de los apóstoles y de todos los cristianos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos…” (Mt 28, 19).

Si llegamos a descubrir por la fe que Jesucristo abrió a todos el camino de la salvación, entonces gozaremos pensando que otros han podido disfrutar, como nosotros, de esa misma salvación. Entonces podremos sentirnos destinatarios de las palabras de S. Pablo en la segunda lectura de hoy: “Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado a favor vuestro” ( Ef 3, 2). Y, sobre todo, podremos disfrutar el gozo interior de haber sido, para nuestro prójimo, portadores de esa Buena Noticia.

No debemos olvidar que la proclamación del evangelio de Jesucristo permite a las gentes gozar de la gracia definitiva que es Jesucristo. Desear esta gracia para los demás es un servicio de caridad al que estamos obligados porque, siendo hijos del mismo Padre-Dios, somos hermanos de todos los hombres.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que nos conceda la gracia de gozar del encuentro personal con Jesucristo, y de la experimentar la cercanía de Dios encarnado. Que la madre de Dios y Madre nuestra nos conceda compartir con ella la alegría que lleva consigo el empeño apostólico de manifestar a Jesucristo a quienes todavía no han tenido noticia de su Encarnación, ni de la salvación que nos trae..

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LAS PRIMERAS VÍSPERAS DE LA FIESTA DE EPIFANÍA

(Jueves 5 de Enero de 2012)

Queridos miembros del Cabildo Catedral y diácono asistente,

Queridos hermanos todos, religiosas y seglares:

La enseñanza de san Pablo, en la carta a Timoteo que acabamos de escuchar, nos manifiesta algo importantísimo. Estamos acostumbrados a escuchar que Dios nos redimió y nos introdujo en una vida nueva. Y haríamos bien teniéndolo en cuenta siempre con plena conciencia.

Luego, cuando pensamos en dar una respuesta correcta al Señor procurando serle fieles, y cuando nos venos débiles e inseguros, pensamos que Dios nos ayudará con su gracia si se lo pedimos con fe.

Pues bien; hoy san Pablo nos manifiesta que Dios, por su amor infinito a la humanidad, previó la concesión de esa gracia, de esa ayuda. Dice el apóstol que “desde tiempo inmemorial dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo” (2Tim 1, 9ss). Por tanto debemos creer firmemente que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la mayor gracia, la ayuda más oportuna que podía concedernos el Señor, y cuya concesión, cuando se la pedimos con fe, es ya propósito del Señor “desde tiempo inmemorial”.

Esto debe llevarnos a volcar en Dios toda nuestra gratitud porque, en el momento cometieron el pecado original nuestros primeros padres Dios prometió la redención. Adán y Eva, como muchas veces nosotros mismos, estaban preocupados buscando excusas a su deplorable conducta. La determinación redentora comunicada por Dios se ha cumplido en Jesucristo, y se hace visible y se manifiesta al mundo entero, en la Epifanía, en la fiesta que cuya celebración iniciamos ahora con el canto de la primeras Vísperas. Con esta fiesta comenzó la celebración de la Navidad en la primitiva Iglesia.

Los ángeles, en la Navidad, se nos presentan como los auténticos mensajeros de que ha llegado a nosotros ya la gracia, el don, la ayuda que necesitamos para alcanzar la vida santa a la que nos llamó Dios Padre cuando nos prometió la salvación por medio de Jesucristo.

El misterio que hoy celebramos, y que es el de la manifestación del Hijo de Dios a todas la gentes sin discriminación alguna, nos muestra la magnanimidad divina. Magnanimidad propia de un Padre amoroso. Magnanimidad que sorprende a la lógica humana, porque nosotros no solemos obrar así. Solo aquello que está motivado por el amor auténtico, por el cual cada uno es capaz de darse a los otros en primer lugar, llega a sus destinatarios, que somos nosotros, antes de recibir la correspondiente gratitud. Dios se nos da aunque nuestra respuesta no llegue debidamente a tiempo. Es muy importante que tengamos en cuenta que el Señor nos quiere infinitamente aunque seamos infieles. Lo que ocurre es que, como tantas veces hemos oído decir, Dios no se impone, sino que se ofrece y espera nuestra respuesta para consumar en nosotros la acción iniciada por su divina Providencia. La paciencia de Dios acompaña a su amor infinito con su constancia fidelísima. Es la constancia de su Alianza nueva y eterna, sellada con su sangre, en favor de los hombres.

La alegría que brota en el corazón creyente al contemplar al Niño-Dios adorado por pastores judíos y por los Magos que eran gentiles, crece cuando vemos en ello el signo de que su voluntad era y es manifestarse también a nosotros, pueblos de la gentilidad. El Señor nos conducirá a su presencia a través de esa fulgurante estrella que es la Santa Madre Iglesia, y del resplandor cristiano de quienes nos rodean como testimonio de fe y de fidelidad. El Señor, constante en su plan de salvación, llamará nuestra atención en otras ocasiones mediante una lectura conmovedora, mediante un consejo lúcido; y se hará presente, saliéndonos al encuentro en la proclamación de su palabra; sobre todo, se dará a nosotros en la Eucaristía, que es el Sacramento admirable de su entrega plena e incondicional. La Eucaristía, presencia real y operante de Cristo sacrificado por nuestra salvación, es la fuente de toda gracia. Y Dios tiene la delicadeza de presentarse en este sacramento como alimento celestial, como pan del caminante.

La Navidad, que comenzó a celebrarse en la iglesia precisamente conmemorando la adoración de los Reyes, tiene su manifestación más consoladora cuando la Santa Madre Iglesia nos enseña que Dios estuvo pendiente de nosotros desde el primer momento, y que se hizo solidario con nosotros asumiendo la responsabilidad de satisfacer por nuestros pecados hasta morir en la cruz como sacrifico propiciatorio a Dios Padre.

Al pecado de nuestros primeros padres, secundado con nuestros pecados personales, siguió de inmediato la promesa firme de salvación; san Pablo nos dice que “dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo; y ahora esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo” (2Tim, 1, 10),

Jesucristo es el vencedor de la muerte y de todo peligro mortal que acecha al espíritu humano. Él es quien nos advierte del mal, nos previene ante él y nos promete su acción liberadora. Acción liberadora que Él prosigue y que nos aplica mediante la gracia sacramental.

Acojámosle con el alma abierta a su gracia y con la decisión de ser mensajeros de esa manifestación gozosa y redentora que nos llega en la fiesta la Epifanía. Y, con gozo, al considerar la grandísima suerte que nos ha deparado, seamos agradecidos correspondiéndole con nuestra fidelidad y con nuestro apostolado.

QUE ASÍ SEA