HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DE LA VIGILIA PASCUAL

Día 11 de Abril de 2009

Queridos hermanos sacerdotes y Diácono asistente,
Queridas religiosas, seminaristas y seglares todos:


El misterio de Cristo se ha desvelados en esta noche de Pascua. Lo que descubrió el centurión al presenciar la muerte de Cristo diciendo: “verdaderamente este era el Hijo de Dios”, es notorio para quienes tenían puestos sus ojos en El. Cristo ha resucitado por su propio poder, y se ha manifestado a los suyos anunciándoles que va a encontrarse con ellos en Galilea.

Desde el momento en que la Resurrección del Señor ha llegado a sus discípulos como una constatación innegable para ellos, la divinidad del Maestro se impone con mayor fuerza que con todos los milagros y con la misma escena de la transfiguración.

El testimonio de los Apóstoles se ha constituido en el mensaje central de la Iglesia naciente. Ella testifica la Resurrección del crucificado como garantía de que el sacrificio del Maestro tiene mérito infinito, como corresponde a la persona que lo protagoniza: a la Persona del Hijo de Dios que, en Jesús de Nazaret, es verdadero hombre y verdadero Dios. Por ello cantamos con gozo: Cristo ayer, hoy y siempre. Suyo es el tiempo y la eternidad. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

En la muerte de Cristo, hemos sido redimidos, la muerte de Cristo nos ha salvado. “Exulten, pues, los coros de los ángeles exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación… Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.” (Pregón Pascual)

Al celebrar la gloriosa resurrección de Cristo como la manifestación inequívoca del triunfo redentor de Cristo, “es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre canceló el recibo del antiguo pecado”. (Pregón Pascual)

Después de esta alabanza de gratitud, la coherencia con la fe en Cristo muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación, nos exige presentar ante el Señor nuestra decisión de mantener y acrecentar la fidelidad a la vocación recibida que es, nada más y nada menos, que la de ser hijos adoptivos de Dios y herederos de su gloria. Suba pues nuestra oración ante Dios con las palabras del Salmo: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal 50, 12)

A partir de la resurrección de Cristo, nace la humanidad nueva. Cristo, el hombre nuevo, cabeza de la nueva humanidad pregona la renovación profunda de cuanto existe: “He aquí que lo hago todo nuevo” (Ap 21, 5)

En esa transformación todos gozamos de la gracia de una posible renovación. Y tenemos que aprovechar la oportunidad.

Parece que asumimos ahora, con motivo de la Resurrección el mismo mensaje de la Cuaresma, el mensaje de la conversión a la que nos invitaba la Iglesia con palabras del Señor: “El Reino de Dios está cerca, convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Lo que ocurre es que nuestra vida es una sucesión de pequeñas o grandes infidelidades que van manchando el conjunto de buenas obras que obedecen al ánimo de cumplir la voluntad de Dios. Y el Señor, con cualquier motivo, y en estas ocasiones con mayor fuerza y razón, estimula en nosotros con su gracia, la decisión de ser fieles a nuestro Padre y Señor, redentor y hermano en el camino, el Dios de cielos y tierra que ha volcado y sigue volcando su amor en beneficio nuestro.

Al sentirnos llamados de nuevo a la conversión para participar de la vida nueva, lejos de sentirnos sumidos en una monótona trayectoria por la repetición de idénticos propósitos, debemos sentir el gozo de tener a Dios a nuestro lado, insistiéndonos, con la constancia y la paciencia propia del amor, y ofreciéndolos la seguridad de su misericordia, de su gracia y de su herencia gloriosa.

Demos gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. (cf. Sal 117, 1). Confiemos en que “la diestra del Señor es poderosa” (Sal 117, 1ss) y, llenos de esperanza por sentirnos los predilectos del Señor, tomemos conciencia de que no hemos de morir sino que viviremos, para contar las hazañas del Señor. Porque “la piedra que desecharon los arquitectos (Cristo Jesús, Mesías Salvador) es ahora la piedra angular” (cf. Sal 117)

Que la Pascua en cuya solemnidad nos hemos reunido, nos llene del gozo de la resurrección del Señor, nos aproveche para dar un paso firme de mayor fidelidad al Señor, y nos permita vivir constantemente en el gozo y la paz que nos da la esperanza en la redención de Jesucristo Nuestro Señor.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DEL VIERNES SANTO

Día 10 de Abril de 2009

Queridos hermanos sacerdotes y Diácono asistente,
Queridas religiosas, seminaristas y seglares todos:


1.- Nos hemos reunido para celebrar la muerte redentora de Jesucristo nuestro Señor. Muerte causada por la gran paradoja de la historia humana: el hombre ofende a Dios, se aparta de él y pretende ser el punto de referencia de su propia existencia. El hombre, olvidando que ha sido creado por Dios y que es criatura suya, y poseído de sus capacidades -también recibidas de Dios- pretende erigirse en norma y fin de sí mismo. Con esa pretensión, hace todo lo posible para apartar a Dios de la escena social.¡“Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”(Lc.23, 21), fue el grito unánime de una turba confundida y alienada por las influencias de los poderosos de aquella sociedad. Grave error de consecuencias nefastas hubiera sido, si el amor de Dios no hubiera sido más grande que nuestros pecados; porque, como nos dijo el Señor: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn. 15, 5).

Lo que ocurre, en verdad, es que, cuando el hombre se aparta de la fuente de vida, que es Dios, anda errante, buscando y sorbiendo aguas que no pueden apagar su sed. Como consecuencia, no tiene más remedio que ir poniendo su esperanza en nuevas experiencias terrenas, en posibles nuevos pozos de supuesta felicidad que no logra descubrir. Lastimosa situación ésta, cada vez más extendida en determinados ambientes de los que no escapan, como sabemos, muchos jóvenes y adultos, hermanos nuestros al fin y al cabo.

No debemos olvidar que el corazón del hombre está hecho para gozar del infinito, para gozar de Dios; y, mientras no se encuentre con Dios, caminará errante y ansioso de un horizonte que no logra divisar. Solo Jesucristo es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6).

2.- Esta situación también afecta a muchas personas de buena voluntad, que viven alejadas del verdadero Dios y adheridas a pequeños ídolos, porque nunca recibieron el anuncio de la Buena Noticia proclamada por Jesucristo.

El Evangelio nos manifiesta el amor infinito de Dios empeñado en salvar a sus criaturas, a pesar de que son ellas las que se apartan de Él por el pecado. No podemos dudar de que, si esta noticia llegara debidamente a muchos de los que se apartan de Dios, volverían a Él y, hasta como ocurrió con S. Pablo, con S. Agustín y con tantos otros, seguramente serían grandes apóstoles del Señor; ayudarían a que muchas personas alcanzaran el equilibrio interior, la paz del alma, y de la felicidad que nace del encuentro y de la intimidad con Dios.

En contraste con los desafortunados que no conocen a Dios, nosotros hemos sido agraciados por el Señor. Hemos sido elegidos como destinatarios del Evangelio y conocedores de su mensaje salvador. Ahí está la llamada a nuestra conciencia para que seamos apóstoles responsables en el ámbito de nuestras relaciones con el prójimo.

Es doctrina evangélica que debemos dar gratis lo que gratis hemos recibido (cf---). Por tanto, nuestra gratitud a Dios nos exige vivir preocupados por quienes no conocen al Señor; por aquellos que incluso le niegan, a causa de la mala imagen que de Él han recibido. Y esa preocupación ha de movernos a la acción, llevados del mismo amor a los hermanos que el Señor ha tenido y tiene por nosotros. En consecuencia, el infortunio de quienes no conocen a Jesucristo, lejos de ocasionar en nosotros un juicio negativo sobre ellos, se convertirá en una exigencia interior capaz de lanzarnos al apostolado constante.

Pero este urgente apostolado, ha de que debe partir de un interés mantenido por conocer cada vez mejor el Evangelio de Jesús, por experimentar la oración frecuente rogando por nosotros y por aquellos a quienes queremos llevar la Buena Noticia.

El apostolado tiene como fin colaborar a que se aproveche al máximo posible la gracia de la redención de Cristo. Con ella el corazón de los hermanos podrá abrirse a la verdadera libertad, su inteligencia gozará de la luz de la fe, y su vida podrá transcurrir por el camino de la tan deseada felicidad.

3.- Cuando se habla de apostolado parece que se trata de una acción especializada que han de asumir solo aquellos que gozan de una preparación específica y de tiempo libre abundante. Es cierto que ser apóstol en determinados ambientes y circunstancias requiere disponer de recursos que dependen de una fuerte preparación personal. No podemos negar que hay formas de apostolado que piden la dedicación de un tiempo determinado. Pero también es cierto que la esencia del apostolado al que Dios nos ha llamado a todos por el Bautismo, está en amar a Dios y desear amarlo más cada día; en amar al prójimo sin olvidar que son hermanos nuestros por voluntad de Dios; en sentir pena de que se pierda la gran riqueza de vida que aporta el Evangelio; en acercarse al prójimo con amor donde quiera que nos encontremos: en la familia, en la profesión, en los círculos de amistad, etc. Y, cuando existe el amor a Dios y al prójimo, se encuentra tiempo donde parece que no lo hay. Gracias a Dios tenemos abundantísimos ejemplos de ello, igual que conocemos frecuentes e inconsistentes excusas para desentenderse de la responsabilidad apostólica.

El apostolado exige de nosotros la valentía, la prudencia, el respeto, la constancia y la generosidad suficientes como para procurar transmitir a los hermanos la gratísima experiencia de sentirse amados por Dios, con todo lo que ello comporta.

El esfuerzo apostólico es la aportación que nos corresponde por coherencia si reconocemos que Dios se nos ha manifestado mediante la acción apostólica que otros han ejercido en favor nuestro en la familia, en la escuela, en los círculos de amistad, etc.

El apostolado contribuye a que la redención, que nuestro Señor Jesucristo ha realizado con su Pasión, muerte y resurrección, no quede baldía para muchos, sino que alcance los frutos por los que Cristo se ofreció incondicionalmente al Padre. “Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19, 10).

4.- Con el apostolado podemos contribuir a que se cumpla en toda su amplitud la profecía de Isaías que hemos escuchado hoy: “Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho” (Is. 52, 13).

Considerada así la muerte de Cristo, lejos de constituir un motivo de triste pesimismo, se convierte en motivo de gratitud y de alegría, de compromiso por nuestra parte, y de esperanza que vence toda prueba de oscuridad y todas las debilidades que puedan a saltarnos. Como nos dice el Profeta hoy, “Nuestro castigo saludable vino sobre Él, sus cicatrices nos curaron” (Is. 53, 5).

Meditando este maravilloso mensaje de profundo gozo y esperanza, que brota de la contemplación de la cruz redentora de Cristo, debemos elevar una oración con las palabras del Señor en la Cruz. En ellas Cristo manifestó y consumó su plena obediencia al Padre en el momento de su muerte: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23, 46).

5.- El Señor murió para que todos estuviéramos unidos por la vida de Dios en nosotros, constituyendo la gran familia de los hijos adoptivos de Dios redimidos por la sangre de su Hijo. Esa fue su oración después de la última Cena, cuando estaba con sus discípulos antes de ser prendido: “Te pido que todos sean uno. Padre, lo mismo, que tú estás en mí y yo en ti, que también ellos estén unidos a nosotros; de este modo, el mundo podrá creer que tú me has enviado” (Jn. 17, 21). En consecuencia, nuestra oración ahora debe elevarse con espíritu de unidad, rogando a Dios por todo el mundo; por todos los pueblos, razas y credos y por nosotros mismos; por la Iglesia santa de Dios para que no sea desfigurada por nuestros pecados; por lo gobernantes, y por los que sufren cualquier tribulación. Debemos implorar de Dios que a todos llegue la luz de la fe y la fuerza de la Gracia.


QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FESTIVIDAD DEL JUEVES SANTO

Día 9 de Abril de 2009


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,
Queridos hermanos todos seminaristas, religiosas y seglares:

1.- Al escuchar las palabras del libro del Éxodo, que nos recuerdan las acciones portentosas con las que Dios preparó la liberación del Pueblo de Israel, esclavo en Egipto, nos parece lógico el mandato del Señor a su pueblo: “Este mes será para vosotros el principal de los meses ; será para vosotros el primer mes del año” (Ex. 12, 1). La razón de este mandato es muy clara: en ese mes, por designio de Dios, habían muerto los primogénitos de hombres y animales egipcios, como última de las plagas de castigo a la dureza del Faraón contra la voluntad de Dios en favor de su Pueblo. A partir de ese momento, Israel encontró la libertad e inició la gran aventura de su peregrinación por el desierto.

Había terminado un largo período de esclavitud y menosprecio bajo la opresión de un pueblo extranjero e injusto. Comenzaba una etapa nueva en la historia del pueblo escogido, y una vida propia que tenía su horizonte feliz en la tierra prometida; tierra que manaba leche y miel (cf. Ex. 3, 17). Por eso Dios mandó que celebrasen su liberación reuniéndose en torno a la mesa de familia para comer un cordero inmaculado, de pie, en posición de partida, para disponerse a caminar. Recorrer el camino hacia la tierra de promisión era la correspondencia de los Israelitas al don divino de la liberación.

Todo cuanto tenemos es don de Dios. Pero todos los dones requieren de nuestra parte una libre aceptación y un compromiso personal de aprovecharlo. De otro modo, sería Dios para nosotros como un manipulador de sus criaturas; y, en esas condiciones para casi nada nos valdrían la inteligencia y la libertad; no podríamos ser imagen y semejanza de Dios. Sabemos muy bien que el Señor se ofrece y nos ofrece sus dones; no los impone.

2.- Este relato bíblico nos lleva a considerar nuestra liberación del pecado, cuya esclavitud es mayor y de más desgraciadas consecuencias que la esclavitud material, política o laboral.
Hemos sido redimidos por Cristo, “el primogénito de toda criatura” (Col. 1, 15) sacrificado en la cruz por designio de Dios Padre, como el Cordero que quita el pecado del mundo.

Esa liberación interior, que supera en importancia a la del pueblo Israelita, signo de la liberación del pecado, se celebra de un modo muy especial y solemne durante la Semana Santa, como si ocurriera ahora por primera vez,. Debemos saber que las acciones de Jesucristo ocurrieron de una vez para siempre y son irrepetibles. Cada vez que las celebramos sacramentalmente, actúan directamente en favor nuestro como si estuvieran ocurriendo en ese momento. Esto es debido a que la acción redentora de Cristo trasciende los espacios y los tiempos ya que, como obra de Dios, no tiene fronteras; participa de la infinitud de su actor principal, que es Dios obrando en su Iglesia y por su mediación. Por eso, la obra salvífica de Dios goza de una actualidad permanente hasta el fin de los tiempos. Así lo confesamos en la Vigila Pascual asintiendo a las palabras del Sacerdote cuando sella el Cirio Pascual con la señal de la cruz: “Cristo ayer y hoy, Principio y fin, alfa y omega, suyo es el tiempo y la eternidad”.

La convicción de que Cristo, el Cordero de Dios, está actuando para nosotros el sacrificio redentor, día a día, hace que toda celebración litúrgica tenga para nosotros una inmensa riqueza de contenido y de significado. Por la misma razón, la semana en que se recuerda y se celebra de un modo singular la gesta redentora de Cristo ha de ocupar un lugar principal en el curso del año cristiano. Así entendida la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección redentoras, podemos entender que también se dirige a nosotros el mandato de Dios. Con cierta lógica y verosimilitud, podríamos imaginar dicho mandato con estas palabras: .

3.- En verdad, esta consideración principal es la que merece la Semana Santa para los cristianos en su mayoría, gracias a Dios. Sin embargo debemos admitir, con dolor, pero con esperanza al mismo tiempo, que otros muchos de entre los bautizados no la valoran ni la celebran de este modo. Por el contrario, hay quienes cambian un desfile procesional por la celebración real de lo que en las imágenes son simple representación inanimada. Ambas cosas debería complementarse como expresión de una fe vivida desde la liturgia y desde la devoción popular. La liturgia es fuente de sentido de toda otra obra del cristiano. Y las devociones populares, también importantes en la Iglesia, deben ayudar a la preparación de las celebraciones litúrgicas, pero no suplirlas. Situadas en su lugar, las acciones propias de la piedad popular deberían apoyar la oportuna continuidad y aplicación de la Liturgia al alma del pueblo.

Para otros, entre los que no faltan algunos cristianos poco formados, o un tanto laxos en su responsabilidad eclesial y en la vivencia misma de la fe, la Semana Santa se convierte simplemente en un tiempo de vacación y de ocio orientado paganamente, sin lugar para la celebración de los Misterios del Señor. Esta constatación debe despertar en nosotros el ánimo apostólico y el deber de orar por ellos. Nunca se justificaría en el cristiano quedarse en la simple constatación de los hechos, o en el triste lamento por lo que no debería ocurrir. Todo cristiano está llamado al apostolado con el prójimo.

4.- Los que gozamos del inmenso don de la fe y sentimos la responsabilidad de cultivarla y vivirla con la ayuda de Dios, nos encontramos aquí hoy con la solemne celebración de la Eucaristía. En ella conmemoramos la institución del sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, que fue el momento cumbre de la última Cena, y el manjar principal y extraordinario que Jesús ofreció a sus apóstoles.

Para los cristianos conocedores de que, en el Sacramento de la Eucaristía, Jesús nos da como alimento su Cuerpo y su Sangre, integrantes y garantía de la Nueva y eterna Alianza, el Jueves Santo adquiere una especialísima importancia.

El espíritu verdaderamente consciente de lo que supone poder acercarse a la Eucaristía y participar del Cuerpo y Sangre de Cristo, no puede pasar por alto la enseñanza de manifestada anteriormente por el Señor a sus discípulos. En verdad son palabras que ciertamente les podían resultar duras si se escuchan sin fe: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá siempre. Y el pan que yo os daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo”(Jn. 6, 51). “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él” (Jn. 6, 56).

No extrañe, pues, que S. Pablo advierta de la responsabilidad del cristiano al acercarse a la mesa del Señor para comulgar su Cuerpo y Sangre en el sacramento de la Eucaristía. Dice S. Pablo: “Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor” (1 Cor. 11, 27).

5.- Por más que admiremos la entrega de Jesucristo hasta la muerte de cruz, todavía sorprende más y nos vincula más a Él -aunque todo va unido en el mismo sacrificio- la magnitud del amor significado en la permanencia de Cristo, día a día con nosotros, en el santísimo Sacramento del Altar.

Además de dársenos como alimento espiritual, Jesús sacramentado nos espera en el Sagrario para ser nuestro confidente, nuestro consuelo, nuestro consejero y nuestra fortaleza en la debilidad.

Es muy importante, pues, que reflexionemos sobre la importancia de la Eucaristía que el Concilio Vaticano II nos presenta como “sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual, ” (SC. 47). Por eso, la Santa Madre Iglesia insiste en que todos los cristianos participemos de la Eucaristía, especialmente en la santa Misa del Domingo, día del Señor y día de la Iglesia.

En el Domingo se conmemora la redención de Cristo que culminó en su resurrección gloriosa.
El Domingo, por el triunfo de la redención de Cristo, es para los cristianos el primer día de la semana.

El Domingo significa el inicio de la nueva etapa de la humanidad redimida, inaugurada por Jesucristo, y que comienza con la redención.

El Domingo es el día de la Iglesia que el Señor fundó como el nuevo Pueblo de Dios, “reunido en virtud de la unidad del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (LG. 4), formando la gran familia de los hijos de Dios, y el Cuerpo místico del que el Señor es la Cabeza y cada cristiano un miembro vivo.

6.- La Eucaristía es la muestra máxima del amor de Dios a la humanidad, a quien prometió no dejar sola cuando dijo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20). Por eso, en la celebración litúrgica del Jueves Santo la Santa Madre Iglesia proclama el evangelio en que Cristo, lavando los pies de sus discípulos, les manifiesta su amor y les manda que traten así a los demás: “Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1). Y después del lavatorio añade: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?...os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn. 13, 12. 15)

Lo que nacía del amor, debía realizarse mediante gestos de amor. El lavatorio de los pies, la permanencia en el Sacramento del Altar como compañía y alimento, su predicación cada vez que se proclama en la sagrada Liturgia la palabra de Dios, y tantos otros gestos más, constituyen una manifestación bien clara del motivo de nuestra redención, de la providencia de Dios, de la misericordia de Dios dispuesto siempre a perdonar, etc,; motivo que es el amor infinito de Dios a cada uno de nosotros.

7.- Con la conciencia viva de que somos amados por Dios de modo tan admirable y permanente, deberíamos exclamar como el salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?...Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre, Señor” (Sal. 115).

Queridos hermanos: el mejor sacrifico de alabanza con que agradecer a Dios todo el bien que nos ha hecho es, precisamente, unirnos al Sacrifico de alabanza que Cristo ofreció al Padre inmolándose por obediencia en la Cruz. Sacrificio que se actualiza para nosotros en la Eucaristía que estamos celebrando.

Que la unión con Cristo sea nuestra intención en esta tarde memorable. Y que, convencidos del valor del Domingo en el que se celebra el Triunfo del Señor por su resurrección gloriosa, participemos en la Eucaristía comulgando el Cuerpo del Señor debidamente preparados.

QUE ASÍ SEA

HOMILIA EN LA MISA CRISMAL 2009

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HOMILÍA EN EL DOMINGO Vº DE CUARESMA

29 de Marzo de 2009

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,
queridos hermanos y hermanas todos, religiosas y seglares:

1.- En este último domingo de Cuaresma, la Palabra de Dios nos anuncia el contenido del Misterio que vamos a celebrar en la Pascua. El Señor, con su muerte en la cruz, manifestará su amor infinito al hombre, sellando con su sangre redentora un pacto de gracia que bien puede resumirse en estas palabras: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6, 54). La Alianza que Dios estableció en el Antiguo Testamento con Israel diciéndoles “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”, y que firmó con abundantes prodigios en favor de su Pueblo, culminará en Cristo con la Nueva y Eterna Alianza. Este nuevo pacto, ya definitivo e irrevocable, ha sido sellado, por voluntad del Padre, con la sangre del Hijo de Dios. Así lo anunció Jesucristo mismo al instituir la Sagrada Eucaristía en la última Cena, diciendo: “Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados” (Ordin. Misa). El misterio que supone que Dios pacte con la humanidad una Alianza eterna, que la firme con su sangre, y que la ofrezca al hombre a cambio de que aproveche la gracia de Dios para salvarse, es lo que celebramos en la Semana Santa y, por tanto, en la Pascua.

La Alianza de Dios con su pueblo santo, con Israel que es la figura, y con la Iglesia que es la realización definitiva, expresa, de modo inteligible por el hombre, la permanente actitud de Dios con la humanidad. Actitud presidida por el amor infinito de Dios hacia sus criaturas. Amor que le lleva, sorprendentemente, a buscar la oveja perdida para reconducirla al redil.
El redil al que nos quiere conducir el Señor, no es el feudo de sus conveniencias o de sus intereses. Esto no cabe en Dios que es todo amor y perfección. El redil es el ámbito donde la persona humana puede realizarse desarrollando las cualidades que Dios le dio al crearle. Desarrollo cuyo camino muestra Dios a cada con su santa ley, y que se concreta en la vocación singular que le manifiesta en el momento oportuno.

La ley de Dios es un regalo del Señor, grabado en la conciencia de toda persona, lo reconozca o no. La ley divina debe regir el comportamiento individual y social, presidido por al reconocimiento de Dios como principio y fin de todo y de todos, y por el amor y respeto al prójimo como a uno mismo. Así nos lo anuncia por medio del Profeta Jeremías en la primera lectura de hoy: “Esta será la Alianza que haré con el Pueblo de Israel después de aquellos días, oráculo del Señor: Pondré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer. 31, 33).

2.- Con estas palabras que nos llegan a través del Profeta, Dios nos da a entender el motivo por el que es connatural a la naturaleza humana el sentido religioso y el recurso a Dios. Este sentido religioso se ha ido manifestando de muy diversas formas a lo largo de los tiempos, según las posibilidades de percepción y según las singularidades culturales en que se expresaban los distintos pueblos.

El mismo Dios ha ido ayudando a la humanidad, de muy diversas formas, para que descubriera la riqueza del precioso contenido de la ley divina y fuera encontrando la forma de cumplirla según las circunstancias que han ido con figurando a los distintos pueblos a lo largo de los siglos. No obstante, en un momento determinado, quiso iniciar su manifestación al pueblo de Israel para que fuera el depositario y referente de la ley de Dios hasta que llegara la revelación definitiva. Esta es la razón de los signos y profecías que encontramos en el Antiguo Testamento, o historia de la Antigua Alianza.

“Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de mujer, nacido bajo el régimen de la ley, para liberarnos de la sujeción a la ley y hacer que recibiéramos la condición de hijos adoptivos de Dios” (Gal. 4, 4-5). Y ese Hijo, hecho en todo semejante al hombre menos en el pecado (cf. Filp. 2, 7), expresa, con su misma entrega redentora en la cruz, el cumplimiento pleno de la Alianza definitiva. Por un lado, manifiesta el amor de Dios ala humanidad hasta el extremo. Y por otra nos convoca a una vida alejada del pecado del que nos redimió en la cruz.

El Dios ofendido busca al hombre para procurarle la conversión. Por eso anunciará el profeta Jeremías que el Señor se manifiesta precisamente en su misericordia, que es la expresión más tierna y sublime del amor. “Todos me conocerán, desde el pequeño al grande, oráculo del Señor, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados” (Jer. 31, 34). El conocimiento de la bondad de Dios para con quienes le hemos ofendido ha de llevarnos, especialmente en estos días, a ejercitar actitudes de conversión, de arrepentimiento y de vuelta hacia el Señor, según hemos reconocido y pedido en el salmo interleccional: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado” (Sl. 50, 3-4).

3.- Habiendo recibido la misericordia de Dios, que nos devuelve al camino de la vida, nuestro cometido es conservarla y acrecentarla mediante la progresiva identificación con Cristo redentor. Esto supone una clara disposición al sacrificio que comporta la renuncia de cuanto brota de nuestras concupiscencias, para asumir limpiamente cuanto emana de la voluntad de Dios, que es la fuente de plenitud y de salvación. A este sacrificio alude hoy el autor de la Carta a los Hebreos dándonos el testimonio más ejemplar. Nos dice: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte” (Hbr. 5, 7). También a Cristo, Dios y Hombre verdadero, le costaba un gran sacrificio cumplir el encargo que el Padre la había hecho, y pasar por las pruebas y dolores que suponía la Pasión y muerte cruentas y humillantes que sabía que iba a tener que atravesar.

4.- No sería acertado concluir de esta reflexión que sólo el seguimiento de Cristo comporta sacrificio, austeridad y privación. Es muy importante que entendamos esto porque no son pocos los que piensan que el seguimiento de Cristo comporta sufrir una serie indefinida de mandatos y prohibiciones. Y no es así. Somos testigos de que todo proyecto de vida, cerca o lejos del Señor, lleva consigo la exigencia de esfuerzo y la necesidad de elegir, dejando unas oportunidades y asumiendo otras con gusto o a disgusto. Lo que el Señor nos da a entender a través de la carta a los Hebreos, es que también el camino de la salvación, que es el camino de la felicidad en la experiencia sublime del amor infinito, lleva consigo la necesidad de elegir; y, por consiguiente, implica el sacrificio de abandonar unas cosas para centrarnos en otras, como todos en cualquier camino o forma de vida.

En el seguimiento de Cristo se trata, nada más y nada menos que de compartir con Dios la gracia, que es participación de su misma vida; y de alcanzar la salvación eterna. Todo ello bien vale un sacrificio; sobre todo cuando el mismo Señor nos da ejemplo de ello y nos lo explica elocuentemente hoy en el santo Evangelio: “El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna” (Jn. 12, 25).

La expresión puede sembrar confusión si no se la entiende bien. No se trata de que el odio a sí mismo sea condición preliminar para alcanzar la vida de Dios. Nadie tenemos derecho a odiarnos ni a aborrecernos. Somos obra de Dios y hemos sido creados a su imagen y semejanza. Se trata de aborrecer lo que brota de nuestras concupiscencias y que, desde una mirada errónea, parece que es toda nuestra vida, el horizonte de nuestra plenitud y el camino de nuestra felicidad. De nosotros brotan con mucha facilidad el egoísmo, la pereza, la avaricia, la envidia, y tantos otros pecados más, a causa de nuestra limitación y torpeza, y como consecuencia del pecado en nuestra vida. Apartando de nosotros estos males, con esfuerzo y con la ayuda divina, podemos alcanzar la vida auténtica, la vida en Dios para la que fuimos creados y que es la esencia de nuestro proyecto auténticamente humano y sobrenatural, verdaderamente adecuado a los que somos y a lo que estamos llamados a ser.

5.- Qué consoladora es la palabra de Dios, y qué clarificadora es también frente a las confusiones que nos rodean y que nos avasallan en el curso de nuestra vida. En verdad estamos expuestos a influencias ideológicas, a presiones ambientales no siempre edificantes, y a la resistencia que nosotros mismos oponemos al bien desde nuestros instintos atraídos por lo inmediato, por lo terreno y por lo engañoso.

Pidamos al Señor que nos abra la inteligencia con la luz de la fe, y que fortalezca nuestra capacidad de decisión y constancia para la consecución del bien.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL DOMINGO IVº DE CUARESMA

22 de Marzo de 2009

Queridos hermanos Sacerdotes concelebrantes y Diácono asistente,
Queridos hermanos todos, religiosas y seglares:


1.- Mediada ya la santa Cuaresma, somos invitados por la sagrada Liturgia a orar al Señor unidos en la misma plegaria que, al comenzar la Santa Misa, he presentado a Dios con estas palabras: “Haz, Señor, que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa, a celebrar las próximas fiestas pascuales”

Con una clara visión de la realidad humana, la Iglesia nos invita a pedir a Dios las actitudes de sincero interés y de generosidad. Ambas garantizan, de nuestra parte, la digna preparación personal y comunitaria para celebrar los principales Misterios del Señor en la Pascua, ya próxima. El interés y la generosidad hacen posible que nos “apresuremos”, conscientes de que todo tiempo es poco si queremos, en verdad, aprovechar el inmenso regalo de Dios que es la redención. No olvidemos que, cada vez que se celebran los Misterios del Señor en el seno de una comunidad cristiana, toda la Iglesia está presente en ella participando, como Cuerpo místico de Cristo, de la gracia que Cristo nos ofreció, de una vez para siempre, cuando aconteció lo que ahora celebramos.

Es muy importante, pues, que en estas fechas próximas a la Gran semana de los cristianos, acertadamente llamada “Semana Santa”, apuremos la debida preparación para que nuestra presencia en las celebraciones litúrgicas no sea pasiva, sino plenamente activa, pudiendo participar de la gracia que el Señor nos depara en ellas.

2.- La gracia mayor que el Señor nos ofrece consiste en poder unirnos a Él de tal modo, que su muerte nos ayude a morir también nosotros con Él, matando, en su misma raíz, las indebidas actitudes del alma y los comportamientos externos incorrectos. Morir con Cristo es morir al pecado; esto es: hacer que muera en nosotros el ánimo de autosuficiencia por el que, muchas veces, marginamos de nuestra vida a Dios, fundamentando nuestras actitudes y comportamientos sin contar con la voluntad de Dios. Eso es el pecado.

La muerte de Jesucristo fue el acto mayor de obediencia al Padre, la manifestación de que su vida era cumplir siempre y de modo exquisito la voluntad del Padre. Con esa actitud obediente hasta la muerte Cristo vencía definitivamente el pecado que es la desobediencia del hombre a Dios; desobediencia que viene siendo una constante en la humanidad desde Adán y Eva. De tal modo se ha extendido el pecado, excepto en la Santísima Virgen María, que S. Juan dice: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Jn. 1, 8).

La gracia de la unión con Jesucristo, que Dios nos ofrece en la celebración de los Misterios sagrados, nos capacita para ser plenamente lo que somos y lo que estamos llamados a ser. La unión con Cristo nos permite desarrollar satisfactoriamente nuestras capacidades. En consecuencia, unirnos a Cristo en la trayectoria de su vida y en la orientación que nos ofrecen sus palabras, nos acerca progresivamente al ideal de nuestra condición humana. Podemos decir que, en la medida en que estamos más cerca de Dios, nos acercamos más a la realización plena de lo que significa ser personas humanas. Quien es más de Dios es más plenamente hombre y plenamente mujer.

3.- Esta afirmación, totalmente cierta y perfectamente razonable, contrasta de modo notable con determinadas concepciones de la realidad humana, con la idea que se tiene de la dignidad indestructible de la persona, y con los criterios y formas de comportamiento que de ello se deducen. Por eso, muchos creen alcanzan mayor dignidad cuanto mayor es su independencia personal. Esta idea lleva a suprimir todo punto de referencia para el bien y el mal y para la orientación de la vida, que no sea el propio criterio en cada momento. En lugar de construir la propia vida en constante referencia a Dios, principio y fin de cuanto existe, se pretende que cada uno pueda ponerlo todo en relación consigo mismo. Por este camino, y en el mejor de los casos, podemos llegar a elaborar grandes listas de Derechos Humanos y de principios éticos para lograr convergencias que permitan la convivencia en paz en la pluralidad. Pero, lo que logramos y experimentamos es precisamente lo contrario.

Si cada uno construye su vida desde sí mismo, el bien común pierde sus claros perfiles; los derechos se convierten en escudos para defenderse de los propios deberes; y el principio del respeto a los demás queda notablemente reducido por la fuerza que los más poderosos ejercen sobre los más débiles e indefensos. En ese caso, el respeto deja de ser un derecho y un deber universal, y se convierte frecuentemente en un engaño demagógico que encubre otros intereses, no siempre honestos, aunque generalmente revestidos de razones de todo tipo que no gozan de razón suficiente; sobre todo si se juzgan desde la dignidad original de la persona humana. En esta situación es muy fácil que la voz de la fe se quede sola defendiendo la dignidad de la persona y sus derechos y deberes fundamentales. Derechos que asisten a todos desde su concepción hasta su muerte natural, sin discriminaciones a causa de su estado y de sus capacidades físicas, mentales o psicológicas

Todo esto es lo que se pone en juego en el caso del aborto, de la eutanasia, de la pretendida selección genética en el momento de la concepción, desechando despóticamente otros gérmenes de vida humana. Aunque estos comportamientos fueran universales, no estarían justificados; porque la vida humana pertenece solo a Dios que es su creador, y no es propiedad de ningún hombre, ni de ninguna mujer aunque sea la propia madre; ni cada uno puede intervenir legítimamente sobre su vida programando o decidiendo su muerte .

4.- Es cierto que cuando la reflexión humana parte de los propios criterios sin referencias objetivas y permanentes, como son las que Dios nos muestra por la revelación, la humanidad puede sentirse con suficiente autoridad para interpretar la realidad. Pero, sin entrar en más detalles que nos entretendrían indebidamente ahora, podemos concluir que los llamados avances logrados así, de espaldas a Dios, son auténticos retrocesos que degradan a la persona humana, siembran graves inseguridades y pueden motivar comportamientos cada vez más arbitrarios y manipuladores de las personas, las razas y los pueblos, superando los desórdenes de la más cruel esclavitud y de la más radical xenofobia. La historia ya nos ha dado muestras de ello. Pero el tiempo nos deparará mayores atrocidades cometidas bajo la bandera de los llamados, paradógicamente, derechos humanos, si se conciben y se practican como observamos en tantos aspectos y casos.

De espaldas a Dios, no se puede garantizar la permanencia de la vida familiar fundada en el amor y en los vínculos de la sangre; ni se puede lograr la justicia en las relaciones sociales; ni queda garantizado el cuidado de la vida de los demás como corresponde a la dignidad natural y universal de toda criatura humana.

De espaldas a Dios, se pretende que decidan las leyes impuestas por consensos mayoritarios, no siempre respetuosos con las minorías legítimas. Incluso se pretende jugar con los derechos de minorías y de mayorías, según convenga coyunturalmente a quienes disponen de los instrumentos de presión social. Por este camino la humanidad queda en manos de quienes, en cada momento y en cada lugar, ostenten el poder, no siempre basado en la verdad, sino apoyado por el respaldo social a una determinada ideología. Comportamiento éste, que lleva consigo todos los riesgos de molestos vaivenes desestabilizadores de la sociedad y de la misma paz interior de los ciudadanos.

5.- Desde que Dios nos creó a imagen y semejanza suya, somos más y mejor lo que somos, en tanto somos más de Dios, en tanto nos preocupamos más de acercarnos a Dios y de seguir el proyecto que su amor infinito ha trazado para que lleguemos a la plenitud y podamos disfrutar de la vida eterna. De ello nos hablan, con elocuencia de palabras y de testimonios divinos, los Misterios del Señor que nos preparamos a celebrar en la Semana Santa.

A pesar de estas consideraciones que manifiestan las torpezas y debilidades humanas causantes del pecado personal y social, nadie estamos autorizados a condenar a nadie. Nuestra vocación es la de amar y perdonar. Nuestro deber es ayudar a todos con la palabra, con el testimonio y con la oración. A ello nos llama también el ejemplo de Cristo que muere por amor a todos precisamente para que todos puedan salvarse por Él. Así nos lo enseña hoy S. Pablo diciendo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estamos salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él” (Ef. 2, 4).

Estas palabras de S. Pablo nos invitan a preguntarnos con valentía y sinceridad:

¿Estamos dispuestos a fundamentar nuestra vida en la voluntad del Señor, buscando su cercanía, y disponiéndonos a aprovechar la gracia que nos ofrece en las Celebraciones Sagradas?

¿Tenemos conciencia clara de que podemos haber sido elegidos por Dios, como los Apóstoles, para llevar a las gentes la palabra y el Testimonio de Jesucristo?

¿Queremos sinceramente, que nuestro prójimo descubra la verdad y oriente su vida desde la vocación y la voluntad de Dios que es principio y camino de plenitud?

6.- Siguiendo la enseñanza del Evangelio de hoy, miremos a Cristo crucificado. Mirémosle con los ojos del alma iluminados por la fe. En él está nuestra fuerza y salvación. Este es el camino de nuestra conversión cuaresmal. Y esta es la fuente de nuestra vida y la fuerza de todo apostolado al que estamos llamados por el Bautismo.

Que el Señor nos ayude a ser fieles a su vocación y a su gracia.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA DOMINGO III DE CUARESMA

Día 15 de Marzo de 2009


La Palabra de Dios se dirige a nosotros en el tercer Domingo de Cuaresma con una advertencia fundamental y muy oportuna para nosotros en los tiempos que corren: “No tendrás otros dioses frente a mí” (Ex 20, 1)

1.- Parece que estas palabras delatan una postura absolutista de parte de Dios. La sensibilidad que se va imponiendo desde la cultura dominante es contraria a las referencias objetivas, a las afirmaciones rotundas, a la Verdad permanente, a la autoridad, a la manifestación sencilla de la conciencia que cada uno tiene de sí mismo de acuerdo con la fe que profesa y la educación que ha recibido. Parece que todo hay que disimularlo, o afirmarlo y asumirlo con apariencia de moderación, sin volcarse plenamente en ello, como si uno apenas creyera en lo que dice, y dando cabida a diversas imprecisiones, que algunos llaman matices, y que relativizan la verdad según la situación en que se encuentra cada uno.

Sin embargo, Dios no puede ser sometido a reducciones, ni a matices impuestos por las conveniencias de los hombres, ni a relativismos por los que se haya de quedar en segundo lugar o en un ámbito indefinido en relación con las personas y con el mundo. La razón es muy sencilla: en el momento en que pusiéramos a Dios en segundo lugar, o le equiparáramos a otras realidades, condicionando a esa valoración el respeto y obediencia que merece, en ese preciso momento dejaría de ser Dios para quienes así lo trataran. De este error, los perjudicados serían y son siempre las personas que obraran de ese modo.

Dios no pude dejar de ser Dios y, por tanto, infinito en su existencia, en su bondad y sabiduría; en su poder y en su gobierno providente; en su misericordia y en su autoridad sobre nosotros. Y cuando un ser es infinito, ningún otro puede serlo; o ninguno sería, en verdad, infinito; ninguno sería Dios. Eso es lo que pasaba a los pueblos antiguos que tenían varios dioses dando a cada uno atribuciones distintas; ninguna de ellas alcanzaba al infinito. Y, en esa situación, no teniendo un Dios verdadero y único, ¿cómo podríamos explicar el origen de cuanto existe, el orden del universo, y el sentido y la finalidad de cuanto existe?

2.- Sin Dios, el hombre queda perdido y abocado a la esclavitud de las realidades y de las fuerzas, apetitos, tendencias y aspiraciones que brotan espontáneamente de la propia contingencia, de la propia e inevitable versatilidad que depende, a su vez, de tantas y tantas circunstancias personales y ajenas, casi siempre imprevisibles.

Dios es la razón de nuestra vida y del tránsito a la existencia infinita y feliz que llamamos muerte. Por tanto, es Dios quien ilumina nuestra mente y nuestra conciencia para que podamos entender el carácter positivo de la enfermedad, del dolor, de la alegría, del éxito y del fracaso, como circunstancias que nos ayudan a forjar nuestra personalidad, a avanzar en nuestro desarrollo, a unirnos a Cristo en su cruz y en su resurrección, y a vivir en la esperanza, puesto que Dios nos ha prometido su ayuda y su bendición para que gocemos eternamente junto a él.

Pero Dios, para exigirnos que no tengamos doble servidumbre en nuestra vida, para presentarse como el único Dios, y para llamarnos a que obedezcamos y sigamos su palabra aprovechando su gracia, nos ha enseñado la verdad de sus palabras, de modo que podamos entenderla.

En la primera lectura de hoy nos dice: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud” (Ex 20, 1).

Estas palabras eran muy clarificadoras para el pueblo de Israel, porque este pueblo sabía muy bien que su liberación, el don más preciado de su historia como personas y como pueblo, estaba precisamente en lo que Dios había hecho por ellos, dándoles la victoria y la libertad, como un regalo frente a otros pueblos mucho más fuertes. Por tanto, el haber sido liberados por Dios, que es el único que se había manifestado con poder frente a otros pretendidos dioses y a pueblos tan fuertes como el pueblo egipcio, es para el israelita una razón, más que suficiente, para que la prohibición de no tener otros dioses que al único Dios liberador, sea muy bien entendida.

El pueblo de Israel sabía esto muy bien. Lo que ocurría a este pueblo es lo mismo que nos ocurre a nosotros; esto es, que nos olvidamos fácilmente de ello, empujados por la presión de las propias concupiscencias y de las diversas tentaciones llegadas de tan distintos frentes. Por eso, si observamos nuestra vida, veremos que con facilidad reducimos la atención que Dios merece, o amañamos la palabra de Dios y su Verdad objetiva, según nuestras propias conveniencias. Esto es lo que ocurre ante los mandamientos que el Señor grabó en nuestra alma desde el momento de la creación. Y así anda el mundo. El respeto a la vida, a la propia imagen, a la justicia, al compromiso matrimonial, a la verdad, etc. se hace depender, en cada momento, de los intereses personales o institucionales. Y se pretende justificar esa tergiversación mediante los llamados consensos sociales, e incluso mediante leyes que pretenden suplantar los derechos fundamentales de las personas, fundados en la ley natural, en la ley que Dios grabó en el corazón del hombre y de la mujer al crearlos.

4.- Para ayudarnos a la conversión en este tiempo de Cuaresma, Dios nos habla a través del salmista y nos advierte de que “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma… los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Sal 18 8.9)

Si, verdaderamente llegáramos a descubrir por experiencia el bien que nos hace el cumplimiento generoso y bien motivado de la Ley de Dios, de la palabra de Cristo transmitida por la Iglesia, cambiaría nuestra vida; seríamos más generosos con Dios, más coherentes en nuestros comportamientos, más abiertos a la gracia de Dios, más lanzados a comunicar a los demás esa experiencia salvadora y esperanzadora en medio de los ajetreos y contrariedades del mundo. Seríamos verdaderamente apóstoles, ofreciendo al mundo el don más preciado que hemos recibido para compartirlo gratuitamente: el conocimiento y el amor de Dios y la promesa de salvación que nos enriquece con la esperanza frente a toda posible desesperación.

Para nosotros, además, la razón mayor, la razón contundente que ha de llevarnos a procurar acercarnos a Dios en la mente y en el corazón, en los criterios y en la vida, es la que nos presenta hoy el apóstol san Pablo dirigiéndose a los Corintios: tenemos un signo definitivo de la grandeza de Dios, del amor que nos tiene, del valor orientativo que tienen los mandamientos para que cada uno acierte en su vida. Este signo, que es al mismo tiempo garantía de verdad, está en la muerte y resurrección de Cristo. San Pablo, entendiendo que esto fuera escándalo para los judíos y locura para los gentiles, insiste en que en ello está la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios (cf. 1ªCor 1, 22ss.)

5.- El mensaje del evangelio, que hoy nos llama especialmente la atención porque sorprende ver a Cristo airado y obrando con especial fuerza contra los comerciantes del templo, nos enseña hasta qué punto puede llegar la mezcla de la ley de Dios con los intereses humanos. Esa mezcla de intereses lleva, según la escena evangélica a convertir en mercado y en centro de los propios negocios terrenos el mismo Templo, lugar sagrado por antonomasia y baluarte del pueblo religioso, casa de Dios y espacio de adoración y de ofrendas.

En cambio, si se les hubiera preguntado a los vendedores lo que pensaban tras del arrebato de Cristo, hubieran respondido que se les maltrataba y no se les comprendía; porque, al fin y al cabo, ellos no hacían otra cosa que facilitar a los devotos la materia de los sacrificios que deseaban ofrecer. Algo así como si estuvieran velando religiosamente por la recta oblación de las ofrendas. A veces somos tan sutiles para buscar la justificación a lo que hacemos, que llegamos incluso a engañarnos a nosotros mismos, pretendiendo justificar ante Dios incluso el mismo pecado.

La palabra de Dios nos presente hoy un objetivo claro para nuestra conversión: revisar las motivaciones que nos llevan a hacer lo que hacemos, a omitir lo que dejamos de hacer, a excusarnos ante Dios y ante los demás, y a irnos encerrando cada vez más en nuestra propia verdad, en lo que creemos o nos interesa creer que es la verdad, y que no nos libera sino que nos encierra en la esclavitud de nuestras propios errores y debilidades.

6.- Hoy vamos a instituir ministros de la Palabra y del Culto a unos jóvenes que se preparan para recibir el sacramento del Orden sagrado. La proclamación de la palabra de Dios y el servicio al Altar constituyen los elementos esenciales del ministerio eclesial. En la palabra de Dios resplandece la verdad que nos hace libres. Y en el altar del Señor se hace presente para nosotros, con toda su fuerza de amor y de salvación, el ministerio de Cristo redentor universal.

Al acompañar a estos jóvenes en el momento de ser elegidos para el ministerio de lectores y acólitos, demos gracias al Señor que ha despertado en ellos la vocación para la que les había elegido desde siempre; y asumamos la responsabilidad de ayudar a que los niños y los jóvenes descubran el gesto de predilección divina que consiste en llamarles a su santo servicio consagrado su vida al ministerio sacerdotal. En ello tenemos gran responsabilidad los padres, los sacerdotes, los catequistas y los educadores cristianos. Quizá nos falta algunas veces valentía o acierto para hacer la propuesta o la invitación con claridad y con la responsabilidad de asumir el necesario seguimiento de esa posible vocación.

7.- Pidamos al Señor que bendiga nuestras reflexiones para que, iluminados por su Palabra y ayudados por su gracia, lleguemos a descubrir la Verdad que nos hace libres, y a ordenar nuestra vida según la Verdad de Dios.

QUE ASÍ SEA