H0MILÍA EN LA ORDENACIÓN DE UN PRESBÍTERO

27 DE JUNIO DE 2010

Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes ,
Querido Francisco, todavía Diácono y ya próximo Presbítero,
Queridos hermanos y hermanas todos, familiares de Francisco, religiosas y seglares:

Hoy es un día de gozo para la Iglesia. En tiempos de dificultad y contradicción, el Señor manifiesta en su Iglesia la prevalencia de su santa voluntad y el don de la generosidad que actúa en quienes le escuchan y le obedecen.

Un joven, que podría haber seguido los impulsos de un ambiente adverso, ha mirado al Señor de frente y se ha sentido ganado por el misterioso amor de Dios que le llama a ser ministro suyo; ministro de la trascendencia, de la vida que solo Dios puede regalar; ministro del amor y de la reconciliación; ministro de la salvación que ya comienza en los días de la vida mortal cuando, como regalo del Espíritu Santo, participamos de la luz y de la gracia de Dios. Es el Espíritu del Señor quien nos permite descubrir, en medio de las oscuridades terrenas, el sentido trascendente de la vida; el valor salvífico del sufrimiento unido a la Cruz de Jesucristo; el carácter de signo que tienen los momentos de alegría como adelanto de la felicidad celestial; la fuente de la paz interior que está en la unión con el Señor; y la esperanza que nos ayuda a mantener la ilusión en el bien que anhelamos y que todavía no hemos alcanzado.

La llamada al Sacerdocio siempre es una manifestación del amor misterioso de Dios que nos elige sin mérito nuestro , y que nos gana hasta llevarnos a presentar la propia vida como ofrenda consciente y libre a Aquel que nos la dio para gloria suya, para bien de la Iglesia y salvación del mundo.

El día en que el Obispo impone las manos sobre la cabeza de un joven y le confiere el carácter sacerdotal, es un día en que sobresale esa incógnita que nunca sabremos develar: por qué a mí, a pesar de mis notables limitaciones, de mis inseguridades, de mis torpezas y de mis infidelidades.

Ante el misterio que nos presentan estas consideraciones, no cabe otra postura interior que doblar el alma ante el Señor en humilde actitud de fe, ganado el espíritu por una inmensa gratitud, y exclamar, como la sincera expresión del corazón ganado por el amor de Dios que nos envuelve con su amor infinito e incondicional: “Señor mío y Dios mío”. Y volar en esta expresión de admiración y devota adoración al Señor de cielos y tierra todo el ánimo de fidelidad y de obediente correspondencia de que seamos capaces con la ayuda de su gracia.

El seguimiento del Señor, que ha de ser consecuencia de la sorprendida admiración ante la generosa elección divina y ante el caudal de gracias que su Espíritu derrama sobren nosotros al constituirnos ministros de Cristo en la Iglesia, requiere plena con fianza en que, unidos al Señor, todo lo podemos en Aquel que n os conforta. Sólo con la plena confianza en la protección del Señor que obra en nosotros y a través nuestro, podremos entender el sentido y alcance de nuestro ministerio.

Pero, junto a todos los regalos del Señor que confluyen en el ministerio sacerdotal, debe estar, también y de modo inexcusable, la nuestra aportación. Tenemos que prometer y esperarnos en cumplir la ofrenda plena de nosotros mismos y de todo lo nuestro. DE ello nos da ejemplo el profeta Eliseo. Nos dice hoy la palabra de Dios que “cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras de Elías y se puso a su servicio” (1 Re. 19, 21).

Hay muchas cosas que los sacerdote debemos ofrecer a Dios poniéndolas a disposición de las personas que el Señor nos ha encomendado y que se cruzan en nuestro camino. La Santa Madre Iglesia nos invita hoy a proclamar una profunda convicción de fe que atañe a todo cristiano, pero especialmente a los sacerdotes. El Salmo interleccional nos brinda las palabras diciendo: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano” (Sal. 15). De tal modo esto es verdad en los sacerdotes, que en la medida nos vinculemos a intereses terrenos de cualquier orden, por muy legítimos que puedan ser considerados en algún momento por nosotros y por otros, disminuye la fuerza de nuestro ministerio. Con toda claridad nos lo enseña hoy S. Pablo en la segunda lectura: “Yo os lo digo: andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne; pues la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Hay entre ellos un antagonismo tal que n o hacéis lo que quisierais. En cambio, si os guía el Espíritu, no estáis bajo el dominio de la ley” (Gal, 5, 18). De esta enseñanza deriva la fuerza de las promesas sacerdotales por las que cada uno de nosotros asumió el día de su ordenación sagrada, la vida en castidad, pobreza y obediencia. De ello nos da clara enseñanza el Santo Evangelio que acabamos de escuchar.

El Señor nos enseña el desprendimiento propio de la pobreza diciéndonos: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc. 9, 58). Jesús os enseña también a no poner los afectos humanos como condición básica para el ejercicio del ministerio sagrado. Actitud esta que los sacerdotes, cuando así lo pide la Iglesia, debemos entender como una llamada a la castidad.

Al escuchar a uno de los discípulos que le dijo con una aparente generosidad ejemplar: “Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia”, respondió: “El que echa la mano en el arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios” (Lc. 9, 62).

Y cuando otro. Llamado a seguirle, dijo: “Déjame primero ir a enterrar a mi padre”, el Señor le respondió con verdadera exigencia: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc. 9, 60).

Esta es nuestra aportación, como sacerdotes, en correspondencia a la misteriosa elección con que el Señor nos ha distinguido y enriquecido.

Llevados de la profunda convicción creyente de que Dios puede hacernos capaces de lo que nos pueda parecer imposible, lejano o arriesgado, hagamos nuestras las palabras con que hemos invocado al Señor en la Oración inicial de la Misa: “Concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad”.

Con esta plegaria, pidamos al Señor la gracia de la fidelidad sacerdotal para este hermano nuestro que hoy recibe el Sacramento del Orden sagrado.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SAN JUAN BAUTISTA

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Excmo. Sr. Alcalde y Corporación municipal,
Hermanas y hermanos todos, religiosas y seglares:

1.- En la oración inicial de la Misa, la Iglesia nos ha presentado a S. Juan Bautista como el enviado para preparar a Cristo un pueblo bien dispuesto. Y esta misma Iglesia, con gesto maternal, nos lo ha concedido como titular de esta Santa Iglesia Catedral Metropolitana, y como Patrono de esta entrañable Ciudad nuestra que la alberga.

Teniendo en cuenta este doble patronazgo, verdaderamente providencial, nos corresponde no sólo invocar la protección de S. Juan Bautista para que nos alcance los bienes que deseamos, sino, sobre todo, pedirle que, como el maestro, nos dé a conocer los bienes que debemos desear.

2.- Aceptar al santo como patrono supone, en primer lugar, que recurrimos a él para que realice en nosotros, como pueblo, lo mismo que realizó en los tiempos de su predicación en el mundo. Según la oración referida, lo que realizó fue preparar para Cristo un pueblo bien dispuesto. Él había sido elegido y enviado como precursor del Mesías, de Jesucristo nuestro Señor.

Lo primero que plantea la significación del patronazgo de Juan Bautista sobre Badajoz entero, es si acaso no habrá perdido su actualidad y su oportunidad, en medio de una sociedad plural, ajena en muchos casos a la fe cristiana, e integrada por personas de diversas religiones y creencias. A simple vista parece fuera de lugar pedir al cielo que todos estén dispuestos para recibir a Jesucristo, como Juan Bautista hizo en Judea antes de que llegase el Mesías esperado.

Sin embargo, esta súplica, bien entendida, no margina a nadie, no puede herir ninguna sensibilidad religiosa, ni ha de causar molestia las personas que viven al margen de la fe. La razón es muy sencilla, al menos si se entiende esta súplica tal como la Iglesia la expone. Veamos:

3.- En primer lugar, queda muy claro que pedimos a Dios la buena disposición del pueblo ante la persona de Jesucristo, verdadero Dios, al tiempo que hombre verdadero desde su Encarnación.

Disponerse bien ante Dios equivale, entre otras cosas, a lograr una actitud de apertura ante la Verdad; una disposición sincera hacia la justicia; una vivencia profunda del amor; y la voluntad expresa de procurar la paz interior y la paz social en el mundo entero. ¿Hay en ello ingerencia alguna en la libertad personal y social?

La única discrepancia podría surgir en algunos al escuchar que nuestra súplica se refiere, en definitiva, a que nosotros, los cristianos, entendemos que Cristo es la Verdad; que Cristo es la expresión máxima del amor de Dios, universal y desinteresado; que Cristo es la justicia ejercida con misericordia infinita; y que Cristo es la paz que colma todos los deseos, porque está fundamentada en el amor. Pero ¿no es la verdad, la justicia el amor y la paz lo que todos deseamos? Pues nosotros, en el día de hoy, llevados del sentido de fraternidad universal, que se funda en el hecho de que todos hemos sido creados por Dios y llamados a ser hijos suyos, pedimos para todos y, especialmente para los habitantes de nuestra querida ciudad de Badajoz, los dones de la verdad, de la justicia, del amor y de la paz. Ojalá todos recibieran este precioso regalo, aunque desconocieran o rechazaran, de momento, su origen. Y ojalá, disfrutando de esos dones, llegaran un día a descubrir la fuente de donde brotan.

4.- Es cierto que no todos creen en la existencia de una verdad objetiva y universal, capar de ser válida referencia para el hombre en todas sus circunstancias y momentos. Pero es muy importante para vivir en la justicia, en la paz, y en la concordia -que nace del amor-, entender que la verdad no es verdad por la cantidad de gentes que se la creen, sino porque es la verdad. La verdad objetiva existe aunque el relativismo y el subjetivismo actuales la nieguen. Jesucristo es la verdad aunque muchos no crean en él.

La verdad nos trasciende constantemente en sus manifestaciones concretas y terrenas, sean materiales o espirituales. De hecho, cuanto más estudiamos, más verdad descubrimos. La universal curiosidad que invade el alma humana, y la dedicación constante a la investigación, constituyen una clara muestra de ello.

Además de ello, cuando vivimos desde la fe, alcanzamos a conocer la Verdad que nos trasciende aún si hubiéramos colmado la capacidad humana de descubrimiento y de progreso; porque la Verdad absoluta es Dios: “Yo soy el camino, la Verdad y la Vida”. “Yo soy la luz; quien me sigue no anda en tinieblas”. La verdad plena no es compatible con defecto ni error alguno. Por eso, la Verdad en la que todas las supuestas verdades encuentran su verificación, no pertenece a este mundo. Fue Jesucristo quien nos la dio a conocer al encarnarse y compartir la historia con nosotros presentándose como hijo de Dios, como hizo al decir: “Quien me ve a mí ve al Padre”.

La Verdad absoluta no es de esta tierra, pero es absolutamente necesaria para regir esta tierra. De hecho, a medida que se prescinde de ella en este veloz proceso de secularización antropocentrista, en esa misma medida va desdibujándose la identidad de la persona humana, la sociedad se va deshumanizando, se contradice toda afirmación sobre la dignidad de la persona, y crece el ataque frontal y desconsiderado a la vida de la persona, especialmente de las más débiles e indefensas, aunque vivan su situación más inocente.

Pero ese conocimiento de la Verdad sobrenatural, que es Dios, Jesucristo la dejó velada todavía al hombre a causa de nuestras limitaciones. El Señor la proclamó de modo que todos tuviéramos noticia de ella. Pero no quedará patente a los ojos humanos, hasta que gocemos de la vida eterna, enriquecidos con el don de la visión beatífica. De ahí las dudas, la necesidad de vivir desde la fe, de acercarse a la divina revelación en que se encierra la noticia cerca de Dios, de nuestra vida terrena y de nuestro futuro después de la muerte.

PRIMERAS VÍSPERAS DE CORPUS CHRISTI

Domingo, 6 de Junio de 2010

Nos preparamos a celebrar con todo esplendor la festividad litúrgica del Cuerpo de Cristo. Fiesta de profundo arraigo popular, de cuya sensibilidad religiosa y profunda fe en el Santísimo Sacramento del Altar, nació y fue instituida por la Iglesia.

Todos los misterios del Señor son igualmente sorprendentes para nosotros. Todos exceden con creces la capacidad humana de comprensión. Todos ellos nos ponen ante la infinita grandeza de Dios, que aceptamos con humilde fe y con profunda gratitud, porque sabemos que son expresiones del inexplicable amor de Dios hacia nosotros, pecadores. Pero la consideración de que Dios mismo se haga presente en la tierra bajo las especies de pan y de vino, para acompañarnos en el peregrinar terreno hacia el encuentro definitivo con
Él en la gloria, parece que concita en nosotros la mayor sorpresa y, al mismo tiempo, nuestra mayor devoción. De hecho, fue la piedad popular la que alcanzó el reconocimiento de esta devoción como certera, hasta establecerla como fiesta litúrgica de toda la Iglesia.

Por la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, se afianza y crece la comunión entre los miembros del cuerpo místico de Cristo; y, con ello, se fortalece la vida de la Iglesia que es el cuerpo de Cristo presente y operante en la historia para extender la salvación a todas las gentes.

Según la enseñanza de Cristo, el que come la carne del Hijo del Hombre y bebe su sangre, habita en Él y da lugar, en su propia alma, a la íntima cercanía del Señor; porque llegando a nuestra alma, Cristo la convierte en templo de su grandeza. Grandeza que es, sobre todo, magnanimidad de amor universal. Por tanto, estando unidos a Él, quedamos unidos también a cuantos se unen a Él por la comunión de su Cuerpo sacramentado. Misterio éste que parece increíble desde que Cristo lo proclamase ante quienes le seguían. Pero, cuando el Señor toma posesión de nuestro espíritu al recibirle con fe en la Eucaristía, lo embarga de tal modo que lo configura consigo en adelante. Y, como fruto de esta configuración, ya no nos consideramos individuos aislados. Sino miembros de un mismo cuerpo, y hermanos de quienes comulgan como nosotros el cuerpo de Cristo hecho eucaristía. De hecho, un cristiano auténtico es necesariamente una persona eucarística, o no permanece ni vive como cristiano. Su fe se reduciría, en este caso, a una simple participación de un estilo superficial de vida, no personalizada ni realmente dispuesta a configurarse con Cristo, que es el principio y la razón de ser de la vida cristiana desde el bautismo.

Si comulgamos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es Cristo mismo quien alienta nuestro espíritu hermanándolo con quienes participan del mismo Pan y del mismo Cáliz. Podemos decir, con toda seguridad, que la obra del Espíritu Santo en el Bautismo, por la que, siendo muchos miembros entramos a formar todos un mismo cuerpo, tiene como condición de permanencia, que todos participemos del mismo Pan. Por eso nos dice hoy S. Pablo, interpelando nuestra fe: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo?...”El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1 Cor. 10, 16-17).

Para que valoremos debidamente la obra de la Eucaristía en nosotros, es necesario que meditemos con frecuencia en este admirable misterio; y que volvamos una y otra vez a la lectura y contemplación de la palabra de Dios, que nos habla de la entrega de Cristo bajo las especies de pan y de vino. En ellas se encierra la maravillosa presencia de Cristo, y actúa la fuerza santificadora del Señor a través de los tiempos. Por eso podemos decir que la Eucaristía hace a la Iglesia, ya que ésta es el Cuerpo de Cristo que permanece íntimamente vinculado a nosotros, y activo salvíficamente a través de la historia. Vinculación íntima y personal con cada uno de nosotros que sólo la Eucaristía hace posible después que hemos sido constituidos miembros vivos de Cristo por el Bautismo.

Esta vinculación de Cristo con nosotros, convirtíéndose en pan del caminante como alimento de los hijos de Dios, manifiesta una vez más, y ahora de un modo que conmueve el alma, el amor de Dios a los hombres. Ante ello, el espíritu consciente y meditativo no puede menos que exclamar, con fe y emoción, haciendo propias las palabras que nos brinda hoy la antífona del Magníficat: “¡Qué bueno es, Señor, tu espíritu! Para demostrar a tus hijos tu ternura, les has dado un pan delicioso bajado del cielo, que colma de bienes a los hambrientos, y deja vacíos a los ricos hastiados”

Demos gracias a Dios que nos ha regalado el beneficio de su presencia sacramental entre nosotros; y que, al recibirle consciente y devotamente, reafirma nuestra fe, fortalece nuestra vida interior, alienta nuestra esperanza y anima nuestro esfuerzo, para que logremos crecer en nuestra identidad como hijos de Dios y miembros de la Iglesia.


QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE PASCUA 2010

Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,

Queridos hermanos y hermanas todos, religiosas y seglares:

¡Feliz Pascua de Resurrección!

1.- ¡Qué gozosa celebración la del triunfo del Señor, que nos abre las puertas de su infinita Misericordia, y nos invita a vivir en constante conversión. Por el triunfo de Cristo podemos abrir el alma a la esperanza en la felicidad eterna junto a Dios en los cielos!

El Domingo de Pascua es el primer Día del Señor para los cristianos después de la Institución de la Sagrada Eucaristía. La celebración de la Pascua del Señor nos convoca al gozo de poder beneficiarnos directamente de los méritos de Jesucristo, en la medida en que nos vinculemos sinceramente a la celebración de la Santa Misa. En esta admirable acción sagrada, se hace presente para nosotros, a través de los tiempos, toda la fuerza salvadora de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo nuestro Señor.

Esto puede parecer poco real, a simple vista. La grandeza inimaginable que entraña la celebración litúrgica de los sagrados Misterios desborda nuestra inteligencia, y no siempre encuentra eco en nuestros sentimientos. Fácilmente puede invadirnos la duda con estos interrogantes: ¿Cómo puede ocurrir que Dios se haga realmente presente entre nosotros, y obre para nosotros la aplicación de la gracia redentora? ¿Cómo puede ser que, lo que ocurrió hace dos mil años, acontezca ahora entre nosotros sin repetirse y sin que lo veamos ni lo podamos comprender con nuestra inteligencia limitada?

2.- Sin embargo, a poco que meditemos o nos paremos a pensar en lo que nos reporta la Redención de Jesucristo, iremos descubriendo el fuerte realismo y la gran repercusión que estos sagrados Misterios tienen en nuestra vida. ¿No lo hemos descubierto, de alguna forma, al experimentar el gozo de ser perdonados plenamente en el Sacramento de la Penitencia? ¿No es suficiente muestra de la acción del Señor, entre nosotros y para nosotros, la paz interior que nos llena el alma cuando recibimos el Cuerpo de Cristo con verdadera unción y recogimiento? ¿Podemos dudar de que el Señor actúa cerca de nosotros cuando sentimos el profundo consuelo que encontramos en la oración entretenida ante Jesús sacramentado?

Claro está que, para que todo ello sea experiencia nuestra, es necesario vivir coherentemente con el Evangelio, y prepararnos debidamente mediante la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia.

Es necesario, también, que nos preparemos debidamente para la Sagrada Comunión, y que nos acerquemos a recibir el Pan de vida con la admiración que invade el espíritu cuando nos percatamos de lo verdaderamente grande, sobrenatural y divino que contienen y realizan los Sacramentos de la Iglesia.

Es imprescindible, al mismo tiempo, que nos pongamos en actitud de oración y meditemos sobre el Misterio de Cristo. Esta es una muy buena ayuda para no sucumbir a la rutina o a la incorrecta distracción.

Los misterios de Dios no son verdaderos porque nosotros los comprendamos, o porque los descubramos con evidencia como fuente de gracia, sino porque Jesucristo los instituyó como acciones en el tiempo por las cuales Él mismo obra, en la Iglesia, para nosotros las salvación.

Es necesario ser asiduos en la oración, acudiendo a ella no solo como quien recurre a un medio para alcanzar determinados dones del Señor; sino, sobre todo, como quien se acerca a Dios Padre, que tiene derecho a tenernos cerca porque somos sus hijos, porque desea escucharnos y hablarnos. Él nos quiere infinitamente y ha dado su vida para tenernos cerca de él y hacernos partícipes de su gloria.

3.- Todo ello requiere fe. Y, para cultivar la fe recibida en el Bautismo, es necesario que entendamos que la misma fe es ya un obsequio que Dios nos infunde como una semilla cuyo desarrollo nos corresponde.

La fe, que nos permite experimentar vivencialmente cuanto venimos diciendo, es ya un misterio. Consiste en creer lo que no vemos, y en adherirnos de corazón a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, a Quien tampoco vemos, y cuya Trinidad de Personas en indestructible unidad fundamenta nuestra vida cristiana y nuestra capacidad de salvación. Creer en la Santísima Trinidad es condición indispensable para salvarnos como cristianos. De hecho, tanto la sagrada Liturgia como la piedad popular nos invitan a iniciar toda acción importante en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la Iglesia nos propone constantemente, como alabanza a Dios, decir con devoción: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”

4.- Pues bien: todo esto sería imposible en nosotros, si Cristo no nos hubiera redimido. Su misma redención podría parecernos mera promesa incumplida, si después de la muerte redentora, Cristo no hubiera resucitado. Pero como Jesucristo ha resucitado, lo que parece imposible es plenamente cierto para los que creemos, para los que gozamos del inmenso don de la fe. Por tanto, podemos y debemos buscar, como lo más importante de nuestra existencia, aquello que el Señor nos depara como dones divinos. Sólo aprovechándolos debidamente podremos lograr el disfrute eterno de su gloria en los cielos.

Esto es lo que da sentido a nuestra existencia, a la vida y a la muerte, al dolor y a las alegrías, al trabajo y a la relación con las personas, a la salud y a la enfermedad.

Esto es lo que nos permite vivir con entereza los momentos y los trances difíciles; y ofrecer a Dios, unidos a la Cruz de Cristo, todo lo que somos y tenemos, todo lo que hacemos y todo lo que nos acontece.

5.- La resurrección del Señor es un hecho cierto, verdaderamente acontecido en el tiempo. La Secuencia que acabamos de escuchar canta a la resurrección del Señor, diciendo: “Lucharon vida y muerte / en singular batalla, / y, muerto el que es la Vida / triunfante se levanta”.

A nosotros corresponde, movidos por la fe, elevar nuestra súplica al Todopoderoso, con las misma palabras de la Secuencia, que termina diciendo: “Rey vencedor, apiádate / de la miseria humana / y da a tus fieles parte / en tu victoria santa”.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DE LA VIGILIA PASCUAL (2010)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,

Queridos hermanos todos, seminaristas, religiosas y seglares:

1.- El gozo que la Iglesia ha proclamado en el Pregón Pascual, es el gozo interior que invade el alma creyente al contemplar la resurrección de Jesucristo nuestro Señor, vencedor del pecado y de la muerte.

Puede que ese gozo no llegue a conmover nuestros sentimientos. En verdad, el gozo que se percibe por la fe, no es necesariamente emotivo, sino interior, sereno y permanente. Es el gozo que sigue al convencimiento de que hemos sido salvados; y de que, a pesar de nuestros pecados pasados, presentes y posiblemente futuros, el triunfo de Cristo nos asegura la vida eterna siempre que anide en nosotros el propósito firme de una constante conversión. Es más: la Resurrección de Jesucristo potencia en nosotros el ánimo de permanecer en espíritu de conversión.

2.- La Resurrección de Jesucristo es, pues, la razón que da consistencia a nuestra fe, y el hecho que afianza en nosotros la esperanza contra toda esperanza. La resurrección de Jesucristo da sentido a la Iglesia, y la capacita desde ese momento, para transmitir el mensaje evangélico con la certeza de ver cumplida la promesa de Cristo. Con su resurrección, Cristo nuestro salvador garantiza la veracidad de su predicación, y manifiesta el sentido salvífico de su muerte en la Cruz. Por eso, la Santa Madre Iglesia canta: “En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, al Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo” (Pregón P.).

Es Jesucristo quien ha logrado, con su entrega obediente e incondicional al Padre que le envió para salvarnos, que la muerte se convierta en fuente de vida; que la pasión sea sacrificio que llegue a la presencia del Padre como ofrenda de suave olor; y que el sinsentido de una vida abocada a la muerte definitiva por el pecado, se convierta en escenario donde cumplamos con fidelidad a Dios, el papel que con su vocación, ha señalado para cada uno.

3.- Ante semejante maravilla, obrada por el amor misericordioso de Dios, no podemos menos que exclamar con himnos de acción de gracias, unidos a toda la Iglesia. En esta noche santa, clara como el día, el Nuevo Pueblo de Dios proclama, con grandísima alegría, que la diestra del Señor es poderosa. La diestra del Señor es excelsa, porque ha convertido en piedra angular a la piedra que desecharon los pretenciosos arquitectos desconocedores de los planes escondidos desde los siglos en Dios. La piedra angular, que es Jesucristo resucitado y glorioso, sostiene la vida entera de los que creen en Él; y la orienta hacia la eternidad feliz junto a la Santísima Trinidad.

La Luz de Cristo, significada en el Cirio Pascual, presidirá las acciones litúrgicas a lo largo del tiempo Pascual, y acompañará durante el Bautismo a quienes acceden a recibir las aguas de la purificación y de la incorporación a la Iglesia como hijos adoptivos de Dios. San Pablo nos enseña que “Por el Bautismo fuimos incorporados con Cristo en la muerte, `para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria de su Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva” (Rom, 6, 3-4). Por eso tiene tanta importancia el rito bautismal en esta solemne vigilia.

4.- Este es el día en que los catecúmenos accedían al sacramento del Bautismo. Este es el día en que todos renovamos, haciéndolas nuestras, las promesas que, responsabilizándose de nuestra educación cristiana, hicieron por nosotros quienes pidieron para nosotros el Bautismo.

Al acercarnos a la Sagrada Eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana y de la fuerza salvadora de todos los sacramentos, pidamos al Señor permanecer fieles a las promesas bautismales que hemos renovado.

Supliquemos al Padre de las Misericordias que mantenga vivo en nosotros el ánimo de conversión para ser capaces de morir con Cristo cada día y abrirnos a la vida nueva que él inauguró con su muerte y resurrección.

Demos gracias al Señor porque en la reiteración de los tiempos litúrgicos nos permite meditar los Misterios del Señor, celebrar su muerte y resurrección, y gozar de la alegría de la Pascua que nos anuncia que también nosotros resucitaremos.

Y, al acercarnos a recibir en la sagrada Comunión el Cuerpo glorioso de Cristo, muerto y resucitado, invoquemos de su infinita bondad la gracia de vivir con Él en la tierra, para gozar de su eterna compañía en los cielos.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL VIERNES SANTO

Queridos hermanos sacerdotes y diácono asistente,

Queridos seminaristas, religiosas y seglares:

La liturgia del Viernes santo nos pone crudamente ante el misterio de nuestra redención. La celebración de ese Misterio de salvación sorprende nuestra inteligencia, porque nos presenta la muerte del justo como la fuente de vida para los pecadores.

En verdad, Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muere en la cruz entregándose como ofrenda plena al Padre. Con ello expresa hasta qué punto debe ser obedecido y honrado el Señor de cielos y tierra, principio y fin de toda existencia, y fuente de vida eterna. Obedeciendo y honrando a Dios, fuente de vida porque es la vida misma, hasta el fracaso, el dolor y la muerte se convierten en puerta para la vida plena.

Por el contrario, la desobediencia a Dios, que es el núcleo de todo pecado, reporta la muerte espiritual; y hasta los momentos de felicidad terrena y de satisfacción personal, llevan consigo la muerte interior, y causan la insatisfacción que abruma el fondo de la persona. El ansia de vida, y la confusión de la felicidad y la vida con el goce material lleva a las personas que así viven, a buscar en nuevas y más fuertes experiencias sensibles y terrenas, la felicidad que una y otra vez se les escapa.

Esa desobediencia a Dios que es el pecado, consiste en la torpeza de buscar la vida fuera de la fuente de la vida. Y esa torpeza cierra el acceso a la esperanza contra toda esperanza, y siembra en el espíritu el más duro pesimismo. Las personas necesitamos esa esperanza bien fundada, porque tenemos que enfrentarnos con los inevitables obstáculos y sinsabores de nuestra existencia contingente y limitada; y, si no tenemos un motivo bien fundado que nos permita mantener la esperanza en un triunfo seguro, inmediato o futuro, nos vemos abocados a un implacable fracaso que nos hace sentirnos impotentes para afrontar la vida; y esa es la mayor frustración y la fuente del sinsentido que es la más cercana imagen de la muerte.

Sólo al conocer y aceptar, nuestra realidad esencial, que es la de ser creados por Dios a su imagen y semejanza, brota en el alma la confianza de poder participar de la vida que emana de Dios, y que permanece por encima de toda apariencia de muerte.

Sólo al saberse unido esencialmente a Dios, que es el principio y el fin de nuestra existencia y el amor que nos distingue con su permanente atención y cuidado, puede el hombre entender su existencia como un camino hacia la vida, y no como un período en el que se siente el ansia innata de felicidad y se experimenta la permanente decepción causada por no poder alcanzar la felicidad ansiada

La fuente de nuestra felicidad está en la fuerza divina que nos permite vencer los obstáculos derivados de las adversidades y limitaciones de nuestro mundo y de nuestra misma naturaleza.

La fuerza necesaria para lograr y mantener el equilibrio interior está en la gracia de lo Alto, que rompe la desazón interior, la amargura y la desesperanza.

La falta de horizontes y de esperanza imposibilita vivir en paz, y entender la vida como un camino hacia la felicidad verdadera y definitiva, cuyo adelanto se encuentra en la cercanía de Dios y en la vida evangélica durante los días de nuestra existencia terrena.

La obediencia a Dios y la paz interior que de ella deriva, son dos elementos de una misma realidad. Quien obedece a Dios está pacificando su alma, porque está situando su vida en el equilibrio en que fue creada por Dios. Quien desobedece a Dios está sacando su vida de la órbita en que Dios la puso al crearla. Esa órbita es la cercanía de Dios y el flujo de vida y de paz que mana de Quien es la fuente de todo lo bueno que necesitamos para que nuestra existencia no sea un absurdo.

Con su obediencia al Padre hasta la muerte sacrificial, Cristo nos manifiesta con toda claridad que la vida verdadera es Dios, y que sólo se puede gozar uniéndose a Jesucristo en la plena obediencia al Padre.

La muerte de Jesucristo, que tiene todos los elementos del más tremendo fracaso social, es puerta que abre a la vida, porque se consuma con un canto de obediencia consciente a Dios. Jesucristo entrega su alma al Padre haciendo suyas, antes de espirar, estas palabras del Salmo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Sal. 30).

Que en este Viernes Santo prestemos atención al testimonio de Jesucristo. Aprendamos del Señor la obediencia incondicional al Padre poniendo nuestra vida en sus manos, puesto que de sus manos salió como fruto del amor divino. Hagamos un acto de fe aceptando que sólo en manos de Dios podemos seguir disfrutando del amor infinito que nos capacita para obrar el bien. Sólo unidos al Señor, que nos ama hasta entregar su vida para que alcancemos la vida eterna nos abrimos al gozo de la felicidad plena y definitiva.

QUE EL SEÑOR NOS CONCEDA ESTA GRACIA.

HOMILÍA EN EL JUEVES SANTO

Mis queridos hermanos Sacerdotes concelebrantes y Diácono asistente,

Queridos hermanos y hermanas, religiosas, seminaristas y seglares todos:

1.- El Pueblo de Israel, figura del nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia, se libró de la muerte de sus primogénitos, porque la sangre del cordero los identificaba ante el Ángel exterminador. Esa sangre era la del Cordero Pascual que habían de comer, en acto verdaderamente litúrgico y bellamente significativo, antes de salir a caminar por el desierto hacia la Tierra Prometida.

El cordero, cuya sangre marcó las casas de los israelitas, es la imagen de Jesucristo. San Juan Bautista le señala entre la gente diciendo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1, 29). Y el Sacerdote, al presentar la sagrada Hostia antes de la Comunión, repite estas mismas palabras. Con ello se nos quiere manifestar que Jesús es el cordero cuya sangre derramada en la Cruz, nos libró de la esclavitud del pecado; sangre con la que fue rubricada la Nueva y Eterna Alianza establecida por Dios a favor del hombre; sangre que nos identifica ante el Señor y nos libra del maléfico poder de la muerte que el pecado lleva consigo. La muerte espiritual causada por el pecado nos somete a la más nefasta esclavitud. Esa muerte es la que merecemos por oponernos a Dios, como la merecieron los egipcios por oponerse a la voluntad de Dios que quería liberar a su Pueblo de la esclavitud extranjera.

2.- Hoy celebramos la institución de la Cena Pascual que, realizada de una vez para siempre, se hace plenamente actual para nosotros, de modo que podamos participar del Cordero de Dios en la sagrada Comunión. Su sangre, derramada por nosotros en su Pasión y Muerte voluntariamente aceptada, es verdadera bebida que nos libra de la muerte interior, posibilita y fortalece nuestra vida espiritual, y nos capacita para gozar de la vida bienaventurada, de la tierra prometida que se presenta a los Israelitas como la tierra que mana leche y miel.

Derramar voluntariamente la propia sangre en beneficio del prójimo es un inconfundible signo de amor. San Juan nos dice: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1).

El amor que Cristo llevó al extremo con su Pasión y muerte redentoras, debe ser imitado y manifestado por nosotros, como auténticos discípulos del Señor.

Ese amor se manifiesta en el servicio humilde y generoso, significado en el lavatorio de los pies que Jesús llevó a cabo antes de sentarse a la mesa en el Cenáculo .

Ese amor tiene su consumación en la entrega plena de sí mismo en beneficio de los más necesitados. Sabemos muy bien que la mayor necesidad, la mayor pobreza consiste en vivir lejos de Dios. Esta desventurada situación viene causada por el pecado. Por tanto, el más necesitado es quien vive en pecado. Por tanto, la primera obra de caridad con el prójimo ha de ser ayudar al pecador a liberarse del pecado. Para ello, en muchas ocasiones habrá que comenzar por darle a conocer el verdadero rostro de Dios manifestado en Jesucristo. De ahí que el deber primordial del cristiano es el apostolado, la evangelización, la manifestación del verdadero rostro de Cristo, expresión culminante del amor de Dios, cordero que se entrega voluntariamente para pagar con su sangre las deudas que nosotros contrajimos por el pecado.

3.- La lección que el Señor nos da en el primer Jueves Santo, invitándonos, a la vez, a que la aprendamos y le practiquemos es tan clara como ésta: “Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn. 13, 15).

En este mundo abunda más el egoísmo que la entrega generosa. Por eso destacan más las conductas innobles que las acciones motivadas por el amor limpio y desinteresado. Al menos, eso es lo que nos llega por los medios de comunicación y por la propia experiencia. En este ambiente, la enseñanza y el testimonio de Jesús acerca del amor es verdaderamente revolucionario. Y, cuando, además, se atreve a decir de los “Maestros de la ley mosáica que cargan pesos pesados sobre los hombros ajenos pero ellos no ponen ni un dedo para ayudar, y que, en consecuencia, se debe hacer lo que dicen pero no lo que hacen (cf. Mt. 23, 1-12), su discurso tiene todas las apariencias de subversivo; al menos, ponía en evidencia a quienes se consideraban con autoridad para imponer la verdad de la que se manifiestan poseedores.

De tal modo el Amor es central en el mensaje de Jesucristo, que, al terminar la Cena en que instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio, dice a sus discípulos: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn. 13, 34). En verdad, “Dios es amor”, nos dice S. Juan (1 Jn, 4, 8). Ese mandamiento constituirá la norma fundamental y primera para el cristiano, y el motivo y raíz de la comunión eclesial que el Señor siembra y establece como la esencia de las relaciones entre los cristianos y entre las instituciones eclesiales.

4.-La vivencia del amor a Dios se refleja en el amor a los hermanos. Amor que es muy distinto de la simple compasión, emotiva y selectiva, motivada por el impacto conmovedor que producen en el alma humana determinadas situaciones ajenas.

El Amor auténtico de que nos habla el Señor, y con el que él mismo nos ama, es capaz de transformar el mundo, porque lleva en sí toda la fuerza de la verdad, de la justicia y de la paz que tanto anhela el hombre, y que tanta falta le hace a nuestra sociedad. Amor que debemos predicar y testimoniar con toda claridad, humildad y constancia.

Al reflexionar sobre el amor del que nos da muestra exhaustiva Jesucristo con su palabra y con su vida hasta su muerte, no podemos menos que postrarnos interiormente ante el Señor suplicando el perdón por nuestros contratestimonios, y decidirnos a una clara conversión de nuestras actitudes y conductas.

La ingente fuerza de la verdad de Cristo, queda seriamente dañada y mermada por los malos ejemplos que damos los cristianos en los diferentes ámbitos en los que estamos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra. Y estos malos ejemplos crecen en repercusión destructiva cuando nos manifestamos abiertamente exigentes con los demás sin retirar la viga del ojo propio.

5.- En este Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, y en el día en que Jesucristo instituyó el Sacerdocio ministerial para hacer presente sacramentalmente al Señor en la historia, unámonos en la plegaria por los sacerdotes. El Papa estableció como lema para los sacerdotes en este año: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del Sacerdote”. Hagamos de este lema el contenido de nuestra oración por los pastores que el Señor ha puesto para conducir su rebaño en el amor y la esperanza, hacia la verdad, la justicia, la paz y la vida feliz junto al Señor por toda la eternidad.

Al mismo tiempo, oremos constantemente para que el Señor envíe operarios a su mies; supliquemos con fe y esperanza que conceda a los jóvenes que Él llama al sacerdocio ministerial la gracia de escuchar y seguir la vocación divina; pidamos que sean capaces de superar todas las dificultades y aparentes impedimentos que puedan encontrar en sí mismos y en el mundo en que viven.

Oremos también por las familias cristianas, para que lleguen a descubrir el inmenso don que es el Sacerdocio, y den gracias a Dios si les distingue llamando a uno de sus hijos al servicio sacerdotal en la Iglesia.

No perdamos la esperanza en la bondad del corazón de los jóvenes. El Papa Benedicto XVI dirigiéndose al Congreso internacional de Pastoral vocacional, dice de los jóvenes que tienen “un corazón a menudo confundido y desorientado, pero capaz de contener en sí energías inimaginables de entrega; dispuesto a abrirse en las yemas de una vida entregada por amor a Jesús, capaz de seguirlo con la totalidad y la certeza que brota de haber encontrado el mayor tesoro de la existencia” (4 de Julio de 2009). Estas palabras nos convocan a un trabajo serio, paciente y continuado a favor de la evangelización y ayuda a los jóvenes en la familia y en nuestras comunidades parroquiales. Esta sociedad no facilita el descubrimiento de Cristo y el conocimiento de su verdadero rostro. Quien no conoce al Señor no puede reconocer su voz, ni llegar a quererle hasta el punto de entregarse a él consagrándose plenamente a su servicio.

6.- Al meditar en la riqueza de los dones que el Señor ha concedido a su Iglesia con la Eucaristía y el Sacerdocio, cuya acción está orientada a nuestra salvación, sintámonos deudores de la magnanimidad divina, como nos enseña el salmista hoy diciendo: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” Y respondamos también como el salmista: “Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre” (sal. 115). La mejor forma de agradecer a Dios todo lo que nos concede gratuitamente es, pues, unirnos a Él en la Eucaristía en la que se entrega por nosotros y para nosotros.

Vivamos, pues, intensamente esta celebración eucarística en el día de su institución, que la Iglesia ha considerado como el día del amor fraterno.

QUE ASÍ SEA