HOMILÍA EN LAS PRIMERAS VÍSPERAS DE SAN JUAN BAUTISTA - 2011

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos miembros de la Vida Consagrada y hermanos seglares todos:

            El Señor está empeñado en nuestra salvación. Y, como nos creó libres, a su imagen y semejanza, hace de su empeño salvador un ofrecimiento constante y respetuoso. El recordado Papa Juan Pablo II decía que Dios no se impone, sino que se ofrece.

            El ofrecimiento que Dios nos hace de la salvación que necesitamos no se reduce a mostrarnos una realidad incomprensible, dada su condición de Misterio divino. El Señor se vale de muy diversos medios para demostrarnos la radical necesidad que tenemos de ser salvados. Para ello, mediante la palabra de quienes hablaban en su nombre como Patriarcas, profetas y apóstoles, nos ha ido presentando la triste suerte de quienes han sido marcados por el pecado quedando bajo el peligro de la tentación del maligno.

            Pero, como el amor de Dios no abandona a sus criaturas en los difíciles trances de su existencia, al tiempo que n os muestra las graves consecuencias del pecado, nos llama y nos ayuda para que decidamos asumir nuestra responsabilidad y emprendamos libremente el camino de la conversión hacia la vida. La Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición de la Santa Madre Iglesia nos dan abundantes muestras de todo ello; y nos muestra con especial fuerza ese mensaje de invitación a la vida y de esperanza en la salvación, aprovechando momentos muy destacados en el curso del Año Litúrgico. De ello son muestra notable los tiempos de Adviento y Navidad, los días de Cuaresma y Semana Santa, y las fiestas de los santos que mantienen una relación singular con nosotros como individuos y como Comunidad.

            La fiesta de S. Juan Bautista, Titular de nuestra Catedral y Patrono de la Ciudad, nos hace oír la llamada del Señor a la conversión y a la vida, precisamente a través de las palabras y del testimonio del más grande entre los nacidos de mujer, como afirma Jesucristo de su primo y precursor.

            La palabra de Dios que hemos escuchado, tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos enseña que, en el camino que estamos llamados a recorrer para alcanzar la salvación, Dios toma la iniciativa caminando delante de nosotros. El Señor inicia el camino sacando ”de la descendencia de David un salvador para Israel: Jesús” (Hch. 13, 23). Y, para que estuviéramos advertidos de la venida del Mesías salvador, además del anuncio realizado por los Profetas, envió delante a Juan Bautista como precursor. Él tenía la misión de preparar los caminos del Señor, preparando, a su vez, a quienes tenían que recibir al Mesías.

Juan predicó un bautismo de conversión, invitándonos a llenar los vacíos de nuestra vida cuando carece de Dios, y a que allanemos los obstáculos que puedan entorpecer el avance de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia Dios. Ese es el sentido de la predicación del Bautista. Predicación que mantiene su plena actualidad para nosotros, dado que se refiere al punto central de nuestra vida, a la tarea principal de cuantas nos conciernen.

El anuncio de la salvación hacía crecer el número de los discípulos que seguían a Juan Bautista; así llamado por el Bautismo que predicaba y del que hizo partícipe misteriosamente a Jesucristo mismo, autor de la vida y de la redención. Pero Juan Bautista, tenía muy clara conciencia de que era la voz que grita en el desierto invitando a preparar el camino al Señor, al salvador. No obstante, muchos, al escuchar sus palabras y al contemplar su ejemplar testimonio de vida, le confundían con el salvador. Por ello, Juan tomó con máximo interés advertir que quienes se quedaban en él no pasaban ni la mitad del camino de salvación. Juan insistía ante sus discípulos, que él tenía que menguar y que el Mesías tenía que crecer. Preciosa lección ésta, precisamente en estos tiempos en que tantos esperan ingenua y equivocadamente la salvación, la felicidad, la paz y la libertad como venidos de quienes no pueden ofrecernos nada de ello, porque no gozan del poder, de la sabiduría y de la santidad de Dios. Es más, si no recibimos la gracia que solo Dios puede darnos, difícilmente podremos utilizar acertada y positivamente todo cuanto pueda llegarnos a través de las personas de las que Dios puede valerse como mediaciones legítimas.

La gran lección de Juan Bautista queda bien manifiesta en las palabras que acabamos de escuchar : “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien n o merezco desatarle las sandalias” (Hch. 13, 25).

Pidamos a Juan Bautista, fiel precursor del Señor, que nos ayude a entender la llamada de Dios a la salvación; que n os ayude a conocer el camino interior que debemos preparar para recibir al salvador; que nos ayude a no interponernos entre Dios y quienes le buscan sinceramente; y que nos alcance la gracia de la conversión y de la fidelidad.
                QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR EL NACIMIENTO DE D. RAFAELITO

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

            Queridos feligreses miembros de la Vida Consagrada y seglares participantes en esta celebración litúrgica:

            Celebramos hoy la Sagrada Eucaristía con la mirada y la fe puestas en el Misterio de nuestra redención. Este Misterio se actualiza en el espacio y en el tiempo en que se celebra cada Eucaristía, siendo el mismo acontecimiento que, de una vez para siempre, consumó Nuestro Señor Jesucristo muriendo en la Cruz y resucitando al tercer día. Este Misterio, que es el de nuestra redención, tiene, pues, como protagonista siempre a Jesucristo. Él obra a través de la Iglesia que es su Cuerpo místico del que Cristo mismo es el fundador y la cabeza.

 En la Cruz, el Señor se hizo propiciación por nuestros pecados; asumió ante el Padre Dios nuestra representación, puesto que era verdadero Dios y verdadero hombre; y, en ese misterioso gesto de amor infinito, reconstruyó nuestra relación con Dios rota por el pecado de Adán y Eva. Por el pecado de nuestros primeros padres, que llamamos pecado original, habíamos quedado separados de la fuente de la Vida, que es Dios, y, por tanto, abandonados a la muerte espiritual que es la consecuencia inevitable de todo pecado grave.

Toda vez que participamos en la Eucaristía, nuestra mente ha de orientarse hacia Dios dándole gracias por la obra de la redención universal consumada por Jesucristo. Y, al mismo tiempo, unidos al Señor en su amor por nosotros y movidos por su ejemplo, debemos asumir la parte que nos corresponda a cada uno en el deber de procurar la salvación de nuestro prójimo.

Esta reflexión sobre nuestra responsabilidad apostólica, es la que nos anima a dar gracias a Dios por contar entre nosotros con hermanos en la fe sacerdotes, religiosos y seglares que han sido en su vida un verdadero testimonio de entrega en favor de la salvación de los hermanos. Entre ellos, muy cercano en el tiempo y conocido por muchos que todavía viven, recordamos la figura y la memoria de la entrega apostólica del Sacerdote, popular y cariñosamente, llamado D. Rafaelito. Por eso, al celebrar el centenario de su nacimiento, queremos dar gracias a Dios que lo llamó, lo ungió y lo envió como pastor de las almas en nuestra Iglesia particular.

Es muy importante que sepamos valorar y agradecer como un don de Dios todo cuanto hemos recibido, bien sea enriqueciéndonos con cualidades y oportunidades personales, bien sea ofreciéndonos el ejemplo, el estímulo y la ayuda de las personas que ha puesto a nuestro lado y de cuyo ejemplo de virtudes hemos podido aprender. Por eso, lejos de cualquier intento de tributar culto a D. Rafaelito, sobre cuya santidad no se ha manifestado la santa Madre Iglesia, es correcto, y en cierto modo un deber, elevar al Señor un himno de gratitud por el bien que este presbítero ha hecho a tantas personas mediante el ejercicio de su ministerio sacerdotal. Y, como agradecimiento a quien fue un regalo del Señor para los fieles de nuestra Iglesia particular, no debemos olvidarnos de pedir al Señor que derrame su infinita misericordia sobre el alma de este sacerdote ejemplar para que disfrute de la bienaventuranza eterna.

El amor al que Jesucristo nos invita hoy en el santo Evangelio, ha de motivarnos a tomar ejemplo de Jesucristo, de quien aprendió tanto D. Rafaelito. Movidos por el deseo de vivir en ese amor debemos renovar ante el Señor nuestra decisión de serle fieles y de cumplir con nuestra misión apostólica. Para ello es importante que pidamos al Señor firmeza en la fe, fortaleza en el ánimo, espíritu de superación, y generosidad en la entrega.

Pongamos a la Santísima Virgen María como intercesora para que presente nuestra gratitud y nuestra súplica ante el trono de Dios nuestro Señor. Y pidámosle que, como madre solícita, nos acompañe siempre con su tutela amorosa.

 QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA VIGILIA DE PENTECOSTÉS (Año 2011)

INSTITUCIÓN DE MINISTROS EXTRAORDINARIOS DE LA SAGRADA COMUNIÓN

Mis queridos sacerdotes concelebrantes y diáconos asistentes,

Queridos hermanos y hermanas  que  vais a ser enviados como Ministros Extraordinarios de la Comunión,

Queridos fieles cristianos, consagrados y seglares que participáis en esta solemne celebración:

                1.- Demos gracias a Dios que nos ha permitido celebrar  los sagrados misterios  de la Encarnación y de la Redención, llevados a término por Jesucristo nuestro Señor. Ellos constituyen la más elocuente expresión del amor infinito de Dios a la humanidad. Por eso, constituyen un inconmensurable regalo de Dios, y son  la fuente de nuestra esperanza,  y la referencia más certera  para nuestra vida cristiana y para nuestra salvación.

                2.- La celebración  de los misterios de nuestra redención, que comenzaron con la Encarnación,  llegan a su culmen precisamente en la fiesta de Pentecostés. Podemos decir, también, que el camino a seguir por los Apóstoles para llegar a entender y aceptar por la fe la obra de Jesucristo, tiene un momento imprescindible y una condición necesaria, que es la venida del Espíritu santo. Nos lo enseña  el Apóstol Pablo diciendo: “El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad” (Rom. 8, 26).

Es el Espíritu Santo quien nos ayuda a entender el mensaje que el Señor nos ha predicado (cf. Jn. 14, 26). 

Es el Espíritu Santo quien “intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom. 8, 26) porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene (cf. Rom. 8, 26).

                El Espíritu Santo es el compañero inseparable y necesario de nuestro caminar cristiano hacia el encuentro, progresivamente más íntimo, con el Señor, hasta que podamos compartir definitivamente la herencia de los santos en la luz (cf. Col 1, 12).

El Espíritu Santo, acudiendo en nuestra ayuda, nos capacita para conservar y cultivar nuestra esperanza cristiana.

El Espíritu Santo es el que nos ayuda a entender que es deber nuestro y condición para nuestra plenitud, crecer en santidad.

Es el Espíritu Santo quien nos anima a procurar la salvación de  los hermanos. Él es el principio de nuestra santificación y el que nos lanza y nos mantiene decididos a ejercer el apostolado con generosidad y constancia.  

3.- En este Día, en el que celebramos la irrupción del Espíritu Santo  sobre el miedo y la indecisión de los Apóstoles, lanzándoles a ser testigos valientes de Jesucristo y ministros de la Iglesia, el Señor quiere enriquecer a su Iglesia llamando y enviando a unos fieles suyos para que ayuden a los sacerdotes en la misión de acercar la Sagrada Eucaristía a los hermanos en la fe.

Hoy, pues, bajo la acción del Espíritu Santo, y enriquecidos con sus dones, celebramos el amor y la magnanimidad del Señor para con nosotros, siervos inútiles, porque nos manifiesta que vela solícitamente para que a todos pueda llegar el don sacratísimo de la Eucaristía. Y, para ello, elige como ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión, a unas personas que puedan ayudar a los  ministros ordinarios que son siempre los Sacerdotes y los Diáconos.

4.- Para vosotros, queridos hermanos y hermanas, miembros de la Vida Consagrada y seglares, la bendición de la Iglesia y el ministerio que de ella vais a recibir, ha de estimularos a una permanente gratitud al Señor y a un amor cada vez más intenso y filial a la santa Madre Iglesia.

Lejos de sucumbir a toda tentación de sobrada autoestima, y a toda conciencia de superioridad sobre cualquiera de los hermanos y hermanas que gustarían haber sido llamados para prestar este servicio tan vinculado a la acción litúrgica de la Iglesia, debéis sentir la responsabilidad de vincularos más fuertemente al Señor mediante una seria formación doctrinal y cristiana, mediante la práctica asidua de la oración, mediante la devota y frecuente  participación en los sacramentos, y  mediante el esmerado  ejercicio del ministerio que hoy se os encomienda.

5.- El ministerio extraordinario de la sagrada Comunión, oportuna y discretamente ejercido, enriquece a la Iglesia en los recursos necesarios para el maternal cuidado de los fieles; especialmente de los enfermos y ancianos que no disponen de la movilidad necesaria para a cercarse al Templo. Pero os vincula a una seria responsabilidad y a un esfuerzo no siempre fácil. Me refiero al servicio ministerial de la Sagrada Comunión especialísimamente en el Día del Señor, como un acercamiento de los fieles impedidos a la acción litúrgica de la Santa Misa  que ha reunido a los hermanos en torno al Altar del Señor.

La administración de la Sagrada Comunión  a los impedidos no debe someterse a la propia comodidad eligiendo el momento que menos carga supone para cada ministro extraordinario. Eso podría consentirse, de algún modo y no por sistema, cuando el ministro fuera sólo el sacerdote, obligado a atender otras urgencias litúrgicas y pastorales en el mismo día del Señor.

 Tampoco es correcto llevar la Sagrada Comunión “de paso” hacia otros menesteres, o al regresar de ellos. El ministro extraordinario de la sagrada Comunión ha de entender su servicio como una gracia que el Señor le concede para colaborar en la acción santificadora de los  que no se valen por sí mismos. Por tanto, ha de mirar el servicio que se le encomienda, como un derecho, en cierto sentido, de aquellos a quienes debe servir con su ministerio.

6.- El ejercicio del ministerio que hoy recibís, ha de ser vivido como una oportunidad de santificación propia. Llevar al Señor por la calle debe serviros para andar sumergidos en un clima de reflexión, de contemplación y de oración por tantas intenciones como tiene la Iglesia cada día. De ellas debemos hacernos eco, sin menoscabo de las intenciones particulares que nos preocupan, o que otros nos encomiendan.

Del mismo modo, el encuentro con el enfermo o con el anciano, de acuerdo con el Ritual que se os ha entregado, debe propiciar en ellos la disposición adecuada para vivir un momento sagrado en el rincón de la casa o en el lecho del dolor. Ayudar al enfermo en su  preparación personal e inmediata para recibir al Señor Sacramentado,  y a  iniciar la acción de gracias posterior por haber venido a él, son  parte del ministerio; por tanto, merecen todo el cuidado que esté en las manos del ministro.

7.-En lo que se refiere al ejercicio del ministerio extraordinario dentro del templo, es muy oportuna la austeridad, evitando los excesos innecesarios. No es correcto que el Sacerdote esté sentado mientras los ministros extraordinarios reparten la Sagrada Comunión. Este comportamiento del seglar o del religioso o religiosa no sería un testimonio de servicial generosidad, sino una muestra de un aparente juego de ilusiones y comodidades no precisamente ejemplares. La exquisitez, basada en la visión sobrenatural del ministerio, ha de presidir las actitudes y las acciones de los ministros.

8.- Llegados a este momento de la reflexión homilética quiero invitaros a dar gracias al Señor porque os ha llamado y enviado para ser ministros extraordinarios del Sacramento por excelencia de la Redención, del Sacramento por excelencia de la intimidad con Dios; del Sacramento por excelencia que abre a la esperanza la vida de quienes lo reciben;  y que da sentido sobrenatural  a las alegrías y a las penas, a la salud y a la enfermedad, a los éxitos y a los fracasos, a las ilusiones y a los momentos oscuros.

Ante el don que vais a recibir,  os invito a uniros con todos los presentes en la oración que nos brinda el Salmo interleccional: “Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres!... Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría” (Sal. 103).
                  QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LAS PRIMERAS VÍSPERAS DE PENTECOSTÉS - 2011

Queridos hermanos Sacerdotes y Diáconos,

Queridos miembros de la Vida Consagrada y seglares:

            1.- Esta plegaria litúrgica de la tarde, que conocemos como el canto de Vísperas, inicia la celebración litúrgica de Pentecostés. Toda la fiesta que dedicamos al Espíritu Santo constituye una invitación a hacer un acto de fe en la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Acto de fe por el que también reafirmamos en nosotros la aceptación de cuanto nuestro Señor Jesucristo nos ha enseñado acerca del Espíritu Santo.

Aceptar la existencia del Espíritu Santo y las enseñanzas de Jesucristo acerca de su obra, lleva consigo creer firmemente en que su acción es imprescindible en la Iglesia y en notros. Dios, que es indivisible, obra en la creación, en nosotros, en la Iglesia y en el mundo, de tal forma que las tres divinas Personas quedan implicadas en su singularidad personal tanto como en su común naturaleza divina. Por eso, cuando los cristianos alabamos a Dios por lo que ha hecho en favor nuestro como Padre creador, como Hijo redentor y como Espíritu Santo santificador, entonamos la oración del Gloria en que alabamos a las tres divinas personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es necesario, por tanto, que, al recitar o entonar esta oración de alabanza, tomemos conciencia de lo que decimos;  y, haciendo un acto de fe en el Misterio de la Santísima Trinidad, alabemos y demos gracias a Dios que lo obra todo en todos, y que todo lo ha dispuesto para nuestro bien.

            2.- En la fiesta de Pentecostés se impone una reflexión contemplativa, a partir de la palabra de Dios que nos transmite la Santa Madre Iglesia, fijando nuestra atención, al menos, en algunas de las obras o dones con que el Espíritu Santo nos ayuda y enriquece.

            El Espíritu Santo “da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo;  de modo que si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Rom. 8, 16-17).

Es la acción del Espíritu Santo la que nos permite entender y valorar la obra de Jesucristo en favor nuestro. Por eso, Jesucristo nos dice que es necesario que él se vaya para enviarnos al Espíritu, “porque cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena” (Jn. 16, 13). Él será “quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn. 14, 26).

 3.- Es el Espíritu Santo quien habita en nosotros convirtiéndonos en templos vivos, según nos enseña S. Pablo diciéndonos: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios ha bita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el tempo de Dios es santo; y ese templo sois vosotros” (1 Cor.  3, 16-17).

4.- Es el Espíritu Santo quien obra en nuestro interior la conversión, de la misma forma que lo hizo en los Apóstoles cuando estaban reunidos en el cenáculo por miedo a los judíos. Al llegar el Espíritu Santo y actuar en ellos, cambiaron el miedo en valentía y dieron testimonio de Jesucristo con toda claridad (cf. Hch. 2, 15-17).

Es el Espíritu Santo quien nos capacita para dar testimonio de Jesucristo en los momentos difíciles, porque, según nos enseña Jesucristo, “no seréis vosotros los que habléis sino el Espíritu Santo” (Mc. 3, 11). Es, por tanto, el Espíritu Santo quien nos capacita para el apostolado al que Dios nos llama desde el Bautismo: “Recibiréis el Espíritu Santo  que va a venir sobre vosotros -dice el Señor a sus apóstoles- y seréis mis  testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta el confín de la tierra” (Hch. 1, 8).

5.- Es el Espíritu Santo quien santifica los dones del pan y del vino, que presentamos en el ofertorio de la Misa, “de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo nuestro Señor”(Ordin. De la Misa), como pide el Sacerdote celebrante al preparar la Consagración.

6.- Es el Espíritu Santo quien hace la unidad de la Iglesia, según pide también el celebrante en la Plegaria Eucarística, diciendo: “Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”

7.- Por todo ello, nuestra oración litúrgica hoy ha de elevarse al cielo dirigida al Espíritu Santo, como nos invita a hacer la antífona del Magníficat,  pidiéndole que venga a nosotros, que llene nuestros corazones y encienda en nosotros la llama del amor de Dios. Que fortalezca nuestra fe y no ayude a recibir el mensaje de Jesucristo y a serle fieles hasta el fin de nuestros días.
                              QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA ASUNCIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS, 2011

Mis queridos hermanos sacerdotes con celebrantes y diácono asistente,

Queridos miembros de la Vida Consagrada y seglares participantes en esta celebración:

            1.- La palabra de Dios, proclamada hoy en la fiesta de la Ascensión del Señor a los Cielos, nos sitúa simultáneamente ante el Misterio de Jesucristo y ante nosotros mismos.

2..- El Señor se nos muestra con toda su majestad ascendiendo victorioso a los cielos con su propio poder. La Resurrección de entre los muertos, venciendo a la muerte y al pecado, que la causaba y la convertía en la mala suerte definitiva de la humanidad, fue el acto que culminó la redención.

Si Jesucristo hubiera permanecido en el sepulcro, no hubiera manifestado su divinidad y, consiguientemente, hubiera quedado bajo interrogante la fuerza redentora de su muerte sacrificial. S. Pablo nos lo recuerda diciéndonos: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana es también vuestra fe” (1 Cor. 15, 14). La misma Encarnación como entrada del Hijo de Dios en la historia humana, podría ser entendida como un mito de difícil interpretación. En consecuencia, el misterio del Niño Dios quedaría, en la lejanía del tiempo, muy poco relacionado con la promesa divina de salvación que nos narra el libro del Génesis.

La irresponsabilidad de Adán y Eva ante Dios, cuando les pide cuentas por haberle desobedecido comiendo del fruto prohibido, se había envuelto en la cobarde excusa que consiste en acusar al otro del propio pecado. Adán acusó a Eva, y Eva acusó a la serpiente. Tuvo que ser Dios mismo, llevado de su infinito amor a la humanidad, creatura suya predilecta, quien pronunciara estas palabras en las que comprometía su Verdad: “Pongo hostilidad entre ti (la serpiente, que encarna al diablo) y la mujer (la Virgen María madre de Jesucristo), entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza, cuando tú la hieras en el talón” (Gn. 3, 15).

3.- Pero el triunfo de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, no eximía al hombre de su propia responsabilidad en adelante. Al contrario: el Señor une la salvación de cada uno, en aplicación de los frutos de la redención universal, a su propia fidelidad personal, a su incorporación al Pueblo de Dios, a su integración como miembro vivo en su Cuerpo místico que es la Iglesia. Por eso, antes de subir al Cielo, y confiando a sus Apóstoles el ministerio de la Evangelización, dice Jesús: “El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea será condenado” (Mc. 16, 16). Así como el Señor cargó sobre sí mismo la responsabilidad de nuestro pecado, y nos redimió capacitándonos para participar de su vida divina, así también nos advierte de nuestra propia responsabilidad llamándonos a escuchar su palabra y a cumplir cuanto en ella nos enseña para nuestro bien.

4.- Pero no termina en ello nuestra responsabilidad si seguimos el ejemplo del Señor. El amor de Dios llevó a Jesucristo a acercarse a los hombres mediante su Encarnación, a compartir con ellos los avatares de la historia, y a salir fiador por todos los pecadores. El testimonio de su vida nos clarificaba y transmitía una enseñanza fundamental que se convertía en mandato: “Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn. 15,17). Por eso, al manifestarnos que es imprescindible la fidelidad personal para ser salvados, también nos enseña que debemos tener en cuenta lo que nos ha mandado. Estas son las palabras de Jesucristo antes de subir a los cielos. Después de advertir que se le ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt. 28, 18), añade: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt. 28, 19-20).

5.- La obediencia de Jesucristo al Padre en la gran gesta de la redención, no se queda siendo un acto con el que logra para nosotros el inmenso don de la redención, sino que se convierte, además, en el ejemplo vinculante de lo que debemos hacer en adelante.

Jesucristo nos manda, pues, que seamos apóstoles; nos urge a romper la vergonzosa actitud de Adán y Eva que pretendían excusar el propio pecado culpando al otro; y nos pide que seamos caritativos asumiendo las necesidades de los otros. Deja claro, además, que la primera y la más importante de todas las necesidades de la persona es conocer a Jesucristo y participar de su redención. Por eso, la Iglesia nos recuerda hoy, en la primera lectura, las palabras que los ángeles dirigieron a los Apóstoles, todavía admirados al ver cómo el Señor subía a los cielos: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse” (Hch. 1, 11).

Estas palabras son una llamada a trabajar para recibir y procurar que otros reciban también dignamente al Señor cuando venga sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria (cf. Mt. 24, 30).

6.- El Misterio de la Ascensión del Señor a los cielos nos ha puesto ante Jesucristo, y nos ha invitado a contemplar la culminación del su acción redentora; acción en que nos manifiesta plenamente el amor infinito con que Dios nos distingue.

Pero la Ascensión del Señor nos ha puesto, a la vez, ante nosotros mismos, ante la suerte que nos guarda el Señor por su infinito amor y misericordia. El misterio que hoy celebramos nos recuerda aquellas palabras con las que Jesucristo anunciaba que partía hacia el Padre para prepararnos un lugar junto a él en la gloria. Así lo había pedido en su oración con los discípulos al terminar la última Cena: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la fundación del mundo” (Jn. 17, 24).

Por tanto, en esta solemne celebración de la Ascensión del Señor a los cielos, hagamos nuestra la oración inicial de la Misa pidiendo a Dios que nos conceda exultar de gozo y darle gracias…porque la Ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria, y donde nos ha precedido Él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo.
                        QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LAS PRIMERAS VÍPERAS DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Queridos hermanos Sacerdotes y Diáconos,

Queridos Seminaristas, religiosas y seglares participantes en esta oración Litúrgica:
1.- La palabra del Señor suele ser muy sencilla en sus expresiones, pero muy profunda y, a veces, bastante compleja a la hora de desentrañar su contenido. La razón es muy sencilla: nos habla del Misterio de Dios, cumplido y manifestado en Jesucristo. Misterio al que no podemos acceder en esta vida con nuestra sola inteligencia, sino que necesitamos la fe para percibirlo; pero, incluso con la fe no llegamos a comprenderlo. No lo entenderemos en toda su riqueza hasta que el Señor nos ayude con la luz de la gloria, una vez llegados a su presencia en el cielo.

2.- Hoy la palabra de Dios, proclamada por la Iglesia, nos habla del Misterio de la Ascensión gloriosa de Jesucristo a los cielos. Con esta acción, incomprensible para nuestra inteligencia, culmina el curso de su presencia en la historia. Durante los treinta y tres años de su permanencia entre nosotros, compartió nuestra suerte humana en todo menos en el pecado. Esa presencia fue el cumplimiento pleno de la voluntad redentora de Dios Padre. La había manifestado ya desde que Adán y Eva cometieron el pecado original del que todos participamos hasta que hemos recibido el Bautismo.

3.- La redención, anunciada ya en el libro del Génesis, es predicada hoy por la santa Madre Iglesia mediante unas palabras de S. Pablo en la carta a los efesios. Dice el Apóstol: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo” (Ef. 2, 4-5).

La gran hazaña de la redención, por la que, de una vez para siempre, se nos ha capacitado para relacionarnos con Dios y para heredar su gloria, si le somos fieles, se convierte en permanente oportunidad para todos los hombres y mujeres de todas las edades, condiciones y razas Basta con que escuchemos la palabra de Dios y recibamos su gracia en los Sacramentos. Por ello, cada vez que se proclama el Evangelio, el Señor nos está llamando y tendiendo la mano para que participemos de su vida. Esa es la única forma de gozar luego de su gloria en la vida eterna.

4.- Si la vida humana privada de la Vida divina, que es la gracia de Dios, no es plenamente la vida para la que el Señor nos ha creado y nos ha elevado al orden sobrenatural, podemos decir con toda razón que sin la gracia de Dios estamos interiormente, espiritualmente muertos. Esa era la condición de la humanidad entera después del pecado original. Esa es también, la situación de de cada persona, aunque por nuestra plena responsabilidad y no por herencia de nuestros primeros padres, cuando pierde la gracia de Dios por cometer un pecado grave; de ahí que se llame pecado mortal. Por eso, el Apóstol nos dice hoy que, en esa situación, no solo no tenemos derecho alguno a participar de la vida divina y de la futura gloria, sino que ni siquiera podemos si el mismo Dios no vuelca su amor infinito sobre nosotros regalándonos el perdón. Perdón que, al borrar el pecado mortal, realiza en nosotros una verdadera resurrección interior. Así nos lo expresa San Pablo diciendo: Por pura gracia estamos salvados. Dios nos ha resucitado con Cristo Jesús (cf. Ef. 2, 6).

5.- Esa es la obra de salvación que realiza la Pascua sagrada en quienes se abren a la obra misericordiosa de Dios y participan en la celebración de los Misterios de Jesucristo. Misterios de cuyos frutos nos beneficiamos, una vez recibido el Bautismo, cuando participamos en la santos Sacramentos, especialmente en la Penitencia y, sobre todo, en la Eucaristía. La Pascua sagrada que celebramos con toda solemnidad cada año duran te el triduo sacro en la Semana Santa, y también en cada Eucaristía, hace presente, sin repetir de ningún modo lo que ocurrió de una vez para siempre, la misma redención universal; y nos invita a beneficiarnos de ella convocándonos a morir interiormente al pecado y a buscar en Cristo resucitado la vida que nos transforma interiormente y nos salva.

6.- Al reunirnos en esta oración litúrgica, que es oración de toda la Iglesia, estamos elevando a Dios una plegaria de alabanza y de gratitud por la magnánima obra de la salvación con que nos ha obsequiado misteriosamente. Y, al mismo tiempo, estamos pidiéndole humilde y confiadamente que esta salvación llegue a todos. Por ello, en esta oración nos estamos uniendo a Jesucristo en su obediencia al Padre y en su obra redentora.

Unidos a Jesucristo, cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo Místico, contribuimos a la expansión del Reino de Dios. Reino que consiste en que Cristo nuestro Señor viva y reine en cada uno de quienes le buscan y le reciben con sincero corazón. Contribuimos a la expansión del Reino de Dios cuando hacemos apostolado con nuestros semejantes y cuando oramos y ofrecemos por ellos la Eucaristía y los sacrificios personales.

7.- La importancia de nuestra contribución a la obra salvadora, al modo como estamos diciendo, queda expresamente manifiesta cuando Jesucristo, a punto de ascender a los cielos, se dirige a sus Apóstoles con estas palabras: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” ( Mt. 28, 18-20).

8.- Llenos de gratitud por haber sido llamados a participar en el Misterio de la Redención, y llenos de satisfacción ser capaces de contribuir a la obra redentora de Jesucristo mediante la predicación de su palabra y la participación en los Sacramentos, la oración y la ofrenda personal, renovemos ante el Señor en esta tarde nuestra disposición de fidelidad a su palabra y a su gracia.

                QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

Queridos hermanos sacerdotes y diácono asistente,

Queridos hermanos y hermanas todos, religiosos y seglares:

La santa Madre Iglesia nos anuncia hoy un gozo inmenso, que da sentido y esperanza a nuestra vida en medio de todas las pruebas, adversidades y tribulaciones: “En verdad, ha resucitado el Señor. A Él la gloria y el poder por toda la eternidad” (Intróito de la misa). Por tanto, “este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo).

El motivo fundamental de este gozo está en que, como nos dice S. Pablo, si Cristo ha resucitado, hemos resucitado con él. Cristo se encarnó y bebió el cáliz amargo de su Pasión y muerte, porque obraba en obediencia al Padre que le había enviado a salir fiador por nosotros. Por tanto, una vez aceptada por la fe la gracia de la intervención redentora del Señor, los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, “fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Pues si hemos sido incorporados a Él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado” (Rom. 6, 4-6).

Ante semejante regalo de Dios, que nadie sino él podía ofrecernos, la santa Madre Iglesia nos hace una invitación y nos propone una plegaria. Ambas figuran en el himno que hemos recitado al terminar la segunda lectura.

La invitación nos llega con estas palabras: “Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima de la Pascua” Eso vamos a hacer uniéndonos a Jesucristo en la ofrenda que de sí mismo hace al Padre y que se actualiza en la Eucaristía tal como aconteció de una vez para siempre en la última Cena. Allí Jesucristo nos brindó el adelanto sacramental de su Muerte y Resurrección. Por tanto, nuestra participación en la Liturgia que estamos celebrando ha de gozar hoy de una atención y de una devoción especialísimas.

La plegaria, que os propone el himno referido, implica nuestro reconocimiento de la realeza de Jesucristo, y, por tanto, nos compromete, al mismo tiempo, a reconocerle siempre como Señor nuestro y de todo lo creado; como el Señor a quien debemos servir sin reticencias ni dobleces. Así nos lo enseña el mismo Jesucristo venciendo al diablo que le tienta como hombre en el desierto: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto” (Mt. 4, 10).

Al mismo tiempo, en esa misma plegaria pedimos a Dios que se apiade de nuestra miseria y de nuestras incoherencias, suplicándole que, por su misericordia, nos haga partícipes de su victoria santa. Así lo hemos recitado: “Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa”.

Seamos coherentes con los dones recibidos del Señor en la Pascua. Gozosos por haber sido incorporados a Cristo, por el Bautismo, en su Muerte y resurrección, y haber sido hechos hijos adoptivos de Dios y herederos de su gloria, demos gracias constantemente al Señor. Dispongámonos a aprovechar su gracia y seamos testigos fehacientes del triunfo definitivo de Jesucristo, como apóstoles de su redención y testigos de su Resurrección. En ella está la fuente de nuestra esperanza.

QUE ASÍ SEA