HOMILÍA EN EL DÍA SACERDOTAL DE NAVIDAD

Sábado 7 de Enero de 2012
Mi querido D. Antonio, hermano en el episcopado y amigo.

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y asistentes,

Queridos PP. Jesuitas que nos recibís en vuestra casa y nos acompañáis en esta celebración sacerdotal y navideña:

Lo bueno y agradable, del orden que sea, puede repetirse moderadamente sin miedo a pecar de inoportuno. Por eso, en este día navideño y eminentemente sacerdotal para nosotros, cuando está reunida la gran familia del Presbiterio diocesano, me satisface repetir la felicitación propia de estas fiestas. Pero yo quiero repetirla ahora en una forma nueva, lejos de las palabras convencionales, aunque por ello no menos sinceras. Por eso, haciendo mía la oración inicial de la Misa os digo: “Que la gracia os modele (y nos modele) a imagen de Cristo, en quien nuestra naturaleza mortal se une a la naturaleza divina”. La santa Madre Iglesia, a través de la sagrada Liturgia, orienta nuestros pasos, nuestros deseos y nuestra plegaria para que en todo caminemos en la verdad y crezcamos en el amor a Dios nuestro Señor que él nos ha manifestado en la Navidad.

La verdad es que todas estas reflexiones y todas estas palabras llegan a nuestros oídos como consabidas, con el peligro de que pasen desapercibidas en espera de oír algo nuevo, más interpelante y concreto. Sin embargo, al menos nosotros los sacerdotes, debemos entenderlas y apreciarlas en el sentido profundo y en el valor esencial que tienen para nuestra vida consagrada al Señor. Las grandes verdades tienen formulaciones muy sencillas que pueden llegan a parecernos ordinarias y comunes. Sin embargo, nuestro lema debe ser para estos casos profundizar, contemplar y saborear, más que acumular novedades. Así lo dice el aforismo latino: “Non multa, sed multum”.

El “multum”, para nosotros se adquiere en el acercamiento meditativo, contemplativo y suplicante al Señor en la intimidad de la oración, en la lectura atenta y religiosa de la Palabra de Dios, y en la mirada respetuosa, penetrante y fraternal a quienes el Señor pone en nuestro camino; especialmente a los más desposeídos, marginados y solitarios. En los tiempos y circunstancias que estamos viviendo. El Señor sale a nuestro encuentro, en los hermanos sacerdotes, en los fieles y también en los infieles que la Iglesia nos ha encomendado. No obstante, sabemos que, metidos en el ritmo de nuestras ocupaciones ministeriales, podemos pasar de largo ante el Señor, o entretenernos escasamente para un simple saludo, o paran cumplir con las exigencias mínimas de la piedad, de la caridad, o del compañerismo.

No se trata de que ahora nos pongamos en actitud penitencial. Es verdad que la voluntad de conversión debe estar presente siempre en nuestra vida. A ello nos convoca la sagrada Liturgia al iniciar la celebración de la Santa Misa. Pero hoy se trata principalmente de otra cosa. Se trata de celebrar con verdadera alegría el inmenso don de la gracia navideña por la que hemos podido renacer a una vida nueva, como dice también la oración inicial de la Misa. Se trata de agradecer al Señor que se haya puesto tan cerca de nosotros por su Encarnación, y de que haya asumido ante el Padre-Dios la responsabilidad de nuestros pecados. Se trata de que vivamos como nuestros “el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo”, (GS. 1); de que, entre ellos, no olvidemos a nuestros hermanos sacerdotes. Si los laicos han de cuidar en primer lugar a su familia, los sacerdotes debemos cuidar a quienes son sacramentalmente nuestros hermanos y forman la familia presbiteral de la Archidiócesis.

Es en este espíritu y en esta fraternidad sacramental, donde el Señor nos va ayudando a mantener el necesario clima de apoyo mutuo para el camino de nuestra santificación y para mantener los nuevos bríos sacerdotales necesarios para el ejercicio de nuestro ministerio en medio de las dificultades. En la conciencia cristiana, la vivencia de la Navidad comporta su celebración en el seno de la familia y de la comunidad. Los ecos culturales de este espíritu cristiano, han hecho extensivo entre creyentes y no creyentes la conciencia moral de que la Navidad es tiempo de amor y de reconciliación, de unidad y de esperanza.

Nosotros hemos sido elegidos y enviados para proclamar el año de gracia del Señor. Proclamación que debe ser indiscriminada, según el mandato de Jesucristo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc. 16, 15). Pero nuestra experiencia es que “vino a su casa, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1, 11). La experiencia pastoral nos enfrenta con esta dura realidad de rechazo hacia el Evangelio. Rechazo que, en unos casos, se manifiesta con criterios ajenos a la fe, y en otros, como un sentir difuminado en la sociedad que se expresa, incluso entre cristianos, con la fría indiferencia de quien considera la fe como un gusto de algunos que nada aporta a lo que verdaderamente importa en la vida.

Al hilo de estas reflexiones, nos vienen a la mente las palabras de S. Juan que acabamos de escuchar: “Todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios” (1 Jn. 4, 2-3). Esta afirmación evangélica, lejos de constituir una dispensa para olvidar a los contrarios, nos urge a encontrar nuevas formas de acercamiento y de anuncio de Jesucristo. Nuestra misión es evangelizar y contribuir con ello a la expansión del Reino de Dios, para que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. En el choque de nuestra vocación evangelizadora con las actitudes sociales de rechazo y de desprecio motivadas por ideologías adversas o por indiferencia irreflexiva, está el motivo de nuestro cansancio y, a veces, de nuestro desánimo. Sin embargo en ese choque se fortalece nuestra fe y se fragua nuestra fortaleza.

Frente a todo ello, la palabra de Dios nos estimula con la profecía de Isaías que acabamos de escuchar: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló” (Mt. 4, 16). La fe nos invita y capacita para creer firmemente que es Jesucristo quien hace brillar en el mundo, a través nuestro y a pesar de todo, la luz que él mismo es. En ello radica nuestra esperanza contra toda desesperanza.

Sabemos que son necesarias muchas reformas estructurales en nuestras diócesis y en nuestras parroquias para ofrecer, por nuestra parte, mayores y mejores recursos de evangelización. Pero tenemos que convencernos cada vez más de que todo ello comienza a ser útil cuando nosotros vamos creciendo como verdaderos hombres de Dios. A ello debemos aspirar cada día teniendo presente que las adversidades no cesarán, pero siempre podremos encontrar, incluso en nosotros, motivos de renovada ilusión y entrega. Así lo expresa hoy el Evangelista S. Juan: “todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; es del anticristo”( 1. Jn.4, 3). Y ha añade: “Vosotros, hijos míos, sois de Dios y lo habéis vencido” (1 Jn. 4, 4)…“el que está en vosotros (en nosotros), es más que el que está en el mundo” (1 Jn. 4, 4). El que está en nosotros es el Hijo de Dios que ha tomado nuestra naturaleza y ha compartido nuestra historia para que todos tengan vida y la tengan en abundancia.

Este es el misterio de la Navidad. Este es el motivo de nuestras mutuas felicitaciones. Este es el motivo de nuestra confianza en la necesidad del ministerio que se nos ha encomendado. Esta es la razón de nuestra esperanza.

Que la Santísima Virgen María, Madre del Hijo de Dios hecho Hombre, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, ejemplo de colaboración en el proyecto salvador de Dios, y permanente intercesora en favor nuestro, nos alcance la gracia de lograr esa progresiva intimidad con el Señor que ha de motivar, potenciar y sostener nuestro espíritu sacerdotal y la recta realización del ministerio que se n os encomendado.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE EPIFANÍA

(Viernes 6 de Enero de 2012)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente

Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

En esta fiesta de Epifanía celebramos la manifestación del Niño que nació en Belén como Rey de reyes, como el Mesías prometido, como el Salvador esperado.

En el día, cuyo acontecimiento recordamos y conmemoramos hoy, se hizo realidad la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura. El Profeta grita al Pueblo de Israel para que despierte y goce la llegada del Mesías. El mismo Isaías lo había anunciado como la luz que nos ayuda a descubrir la verdad de cada una de las realidades presentes en nuestra existencia.

El Mesías que llega es la gloria de Dios. Así lo manifestó Dios Padre tanto en el Bautismo de Jesucristo a manos de Juan Bautista, como cuando Jesucristo se transfiguró sobre el monte Tabor delante de Pedro, Santiago y Juan. La voz divina que en ambas ocasiones habló desde el cielo dijo: “Este es mi hijo, el amado, el predilecto; escuchadlo” (Mt 17, 5).

El profeta Isaías nos anuncia hoy, también, la repercusión del nacimiento de Cristo y la fuerza de su presencia en el mundo. Dice refiriéndose al pueblo de Israel: “Su gloria aparecerá sobre ti; caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora” (Is 60, 2-3).

Nosotros, con la fe que se nos ha concedido, somos un elemento verificador de esa afirmación profética. Nosotros que somos el nuevo pueblo de Israel, hemos recibido la luz de Cristo y hemos caminado a su encuentro, y hemos percibido, de un modo u otro, el resplandor de su aurora (cf. Is 60, 3); ese resplandor que nos capacita para percibir el misterio y descubrirlo como la realidad y la obra de Dios.

El profeta, considerando que nuestro encuentro con el Mesías será sincero y consciente, anuncia seguidamente que, cuando nos encontremos con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, luz del mundo, camino, verdad y vida, entonces nuestro corazón verá cumplido su deseo más profundo; entonces podrá quedar saciada nuestra mayor necesidad: la necesidad de descubrir el sentido para nuestra vida; la necesidad de poder esperar un futuro mejor; un futuro capaz de satisfacer nuestras ansias de infinito.

En esta necesidad nuestra y en la manifestación del don Dios en Jesucristo que la cubre, deberíamos pensar frecuentemente. Tenemos el peligro de que, habiendo nacido en una cultura cristiana y en un ambiente social propicio para la fe, nos acostumbremos a pensar y a vivir, quizás, desde un pobre nivel de fe; y que, en consecuencia, ya nada nos sorprenda, ni el mismo misterio, y que ya nada nos parezca de especial valor para encauzar nuestra vida desde sus raíces..

Debemos pensar frecuentemente sobre ello porque no podemos profundizar en la fe en Jesucristo como Rey, Señor y Salvador, si no nos detenemos a reflexionar y a meditar en lo que significa la Navidad. Debemos llegar a convencernos y a proclamar que en el misterio navideño está nuestra salvación. Sin la acción solidaria de Jesucristo, haciéndose en todo semejante al hombre menos en el pecado, nosotros seríamos todavía los más desgraciados de toda la creación. Y la creación misma estaría pendiente, aún, de ese trato ennoblecedor encargado por Dios Padre a Adán y Eva y, en ellos, a toda la humanidad, diciéndoles: “Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra” (Gn. 1, 28).

Cristo asumió nuestra naturaleza para llevar a cabo el sacrificio propiciatorio ante el Padre. Esa era nuestra deuda. Nosotros no podíamos llevar a cabo la ofrenda necesaria porque habíamos roto el lazo que nos unía a Dios y no teníamos la posibilidad de entablar una relación satisfactoria con Él. Esa ofrenda la llevó a cabo Jesucristo con el poder de Hijo de Dios, y cumpliendo la condición de ser también verdadero hombre. En su encarnación asumió nuestra misma naturaleza con todas sus consecuencias. De este modo podía actuar en lugar nuestro, y así lo hizo, llevando a cabo nuestra redención.

Esta verdad, cuyo descubrimiento es esencial para que nuestra fe sea auténtica, nos compromete, al mismo tiempo que nos alegra y nos estimula.

La celebración de la Navidad de Jesucristo y de su consiguiente manifestación a todos los pueblos, en los Magos de oriente, se convirtió en misión fundamental de los apóstoles y de todos los cristianos: “Id y haced discípulos de todos los pueblos…” (Mt 28, 19).

Si llegamos a descubrir por la fe que Jesucristo abrió a todos el camino de la salvación, entonces gozaremos pensando que otros han podido disfrutar, como nosotros, de esa misma salvación. Entonces podremos sentirnos destinatarios de las palabras de S. Pablo en la segunda lectura de hoy: “Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado a favor vuestro” ( Ef 3, 2). Y, sobre todo, podremos disfrutar el gozo interior de haber sido, para nuestro prójimo, portadores de esa Buena Noticia.

No debemos olvidar que la proclamación del evangelio de Jesucristo permite a las gentes gozar de la gracia definitiva que es Jesucristo. Desear esta gracia para los demás es un servicio de caridad al que estamos obligados porque, siendo hijos del mismo Padre-Dios, somos hermanos de todos los hombres.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que nos conceda la gracia de gozar del encuentro personal con Jesucristo, y de la experimentar la cercanía de Dios encarnado. Que la madre de Dios y Madre nuestra nos conceda compartir con ella la alegría que lleva consigo el empeño apostólico de manifestar a Jesucristo a quienes todavía no han tenido noticia de su Encarnación, ni de la salvación que nos trae..

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LAS PRIMERAS VÍSPERAS DE LA FIESTA DE EPIFANÍA

(Jueves 5 de Enero de 2012)

Queridos miembros del Cabildo Catedral y diácono asistente,

Queridos hermanos todos, religiosas y seglares:

La enseñanza de san Pablo, en la carta a Timoteo que acabamos de escuchar, nos manifiesta algo importantísimo. Estamos acostumbrados a escuchar que Dios nos redimió y nos introdujo en una vida nueva. Y haríamos bien teniéndolo en cuenta siempre con plena conciencia.

Luego, cuando pensamos en dar una respuesta correcta al Señor procurando serle fieles, y cuando nos venos débiles e inseguros, pensamos que Dios nos ayudará con su gracia si se lo pedimos con fe.

Pues bien; hoy san Pablo nos manifiesta que Dios, por su amor infinito a la humanidad, previó la concesión de esa gracia, de esa ayuda. Dice el apóstol que “desde tiempo inmemorial dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo” (2Tim 1, 9ss). Por tanto debemos creer firmemente que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la mayor gracia, la ayuda más oportuna que podía concedernos el Señor, y cuya concesión, cuando se la pedimos con fe, es ya propósito del Señor “desde tiempo inmemorial”.

Esto debe llevarnos a volcar en Dios toda nuestra gratitud porque, en el momento cometieron el pecado original nuestros primeros padres Dios prometió la redención. Adán y Eva, como muchas veces nosotros mismos, estaban preocupados buscando excusas a su deplorable conducta. La determinación redentora comunicada por Dios se ha cumplido en Jesucristo, y se hace visible y se manifiesta al mundo entero, en la Epifanía, en la fiesta que cuya celebración iniciamos ahora con el canto de la primeras Vísperas. Con esta fiesta comenzó la celebración de la Navidad en la primitiva Iglesia.

Los ángeles, en la Navidad, se nos presentan como los auténticos mensajeros de que ha llegado a nosotros ya la gracia, el don, la ayuda que necesitamos para alcanzar la vida santa a la que nos llamó Dios Padre cuando nos prometió la salvación por medio de Jesucristo.

El misterio que hoy celebramos, y que es el de la manifestación del Hijo de Dios a todas la gentes sin discriminación alguna, nos muestra la magnanimidad divina. Magnanimidad propia de un Padre amoroso. Magnanimidad que sorprende a la lógica humana, porque nosotros no solemos obrar así. Solo aquello que está motivado por el amor auténtico, por el cual cada uno es capaz de darse a los otros en primer lugar, llega a sus destinatarios, que somos nosotros, antes de recibir la correspondiente gratitud. Dios se nos da aunque nuestra respuesta no llegue debidamente a tiempo. Es muy importante que tengamos en cuenta que el Señor nos quiere infinitamente aunque seamos infieles. Lo que ocurre es que, como tantas veces hemos oído decir, Dios no se impone, sino que se ofrece y espera nuestra respuesta para consumar en nosotros la acción iniciada por su divina Providencia. La paciencia de Dios acompaña a su amor infinito con su constancia fidelísima. Es la constancia de su Alianza nueva y eterna, sellada con su sangre, en favor de los hombres.

La alegría que brota en el corazón creyente al contemplar al Niño-Dios adorado por pastores judíos y por los Magos que eran gentiles, crece cuando vemos en ello el signo de que su voluntad era y es manifestarse también a nosotros, pueblos de la gentilidad. El Señor nos conducirá a su presencia a través de esa fulgurante estrella que es la Santa Madre Iglesia, y del resplandor cristiano de quienes nos rodean como testimonio de fe y de fidelidad. El Señor, constante en su plan de salvación, llamará nuestra atención en otras ocasiones mediante una lectura conmovedora, mediante un consejo lúcido; y se hará presente, saliéndonos al encuentro en la proclamación de su palabra; sobre todo, se dará a nosotros en la Eucaristía, que es el Sacramento admirable de su entrega plena e incondicional. La Eucaristía, presencia real y operante de Cristo sacrificado por nuestra salvación, es la fuente de toda gracia. Y Dios tiene la delicadeza de presentarse en este sacramento como alimento celestial, como pan del caminante.

La Navidad, que comenzó a celebrarse en la iglesia precisamente conmemorando la adoración de los Reyes, tiene su manifestación más consoladora cuando la Santa Madre Iglesia nos enseña que Dios estuvo pendiente de nosotros desde el primer momento, y que se hizo solidario con nosotros asumiendo la responsabilidad de satisfacer por nuestros pecados hasta morir en la cruz como sacrifico propiciatorio a Dios Padre.

Al pecado de nuestros primeros padres, secundado con nuestros pecados personales, siguió de inmediato la promesa firme de salvación; san Pablo nos dice que “dispuso darnos su gracia por medio de Jesucristo; y ahora esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo” (2Tim, 1, 10),

Jesucristo es el vencedor de la muerte y de todo peligro mortal que acecha al espíritu humano. Él es quien nos advierte del mal, nos previene ante él y nos promete su acción liberadora. Acción liberadora que Él prosigue y que nos aplica mediante la gracia sacramental.

Acojámosle con el alma abierta a su gracia y con la decisión de ser mensajeros de esa manifestación gozosa y redentora que nos llega en la fiesta la Epifanía. Y, con gozo, al considerar la grandísima suerte que nos ha deparado, seamos agradecidos correspondiéndole con nuestra fidelidad y con nuestro apostolado.

QUE ASÍ SEA

HOMILIA CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

(Domingo 18 de Diciembre de 2011)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,

Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

Durante los anteriores Domingos de Adviento, hemos reflexionado sobre lo que significa y sobre lo que requiere el encuentro con Jesucristo que viene a salvarnos.

En este Domingo, la Palabra de Dios nos invita a caer en la cuenta de que ese encuentro le ha costado demasiado al Señor como para ser momentáneo y fugaz. Jesucristo quiere permanecer con nosotros. Somos el objeto de su amor infinito. Ya en el Antiguo Testamento se expresa de modo inconfundible diciendo: “Mis delicias son estar con los hijos de los hombres” (Prov 8, 31).

La permanencia de Dios con nosotros tiene su estilo propio. El Señor no está simplemente junto a nosotros y volcado en amor hacia nosotros, como podría ocurrir entre nosotros los humanos. En verdad, por la Encarnación, Jesucristo puso su tienda, su lugar de habitación entre nosotros; compartía con nosotros los hombres, cultura, religión y sentimientos. Por todo ello, podemos decir que no se limitó a estar cerca de nosotros en la misma tierra, sino que entró en nuestra historia, en nuestra cultura, en el ámbito íntimo de nuestros sentimientos y de nuestras costumbres. Su cercanía humana a nosotros consistió, de modo muy notable, en entrar en nuestra historia en nuestra vida. Pues eso mismo es lo que nos da a entender hoy en la primera lectura hablando del templo que David debía iniciar.

El Señor llega a nosotros para habitar en nosotros. Este misterio nos lo relata san Pablo como experiencia suya, diciéndonos: “Vivo, más no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

Ya desde el Bautismo y, sobre todo en la Confirmación, fuimos hechos templos vivos del Espíritu Santo. Nuestra tarea está en mantener y mejorar constantemente ese templo interior para que sea digno del Señor que viene a compartir con nosotros la intimidad suya, que es el amor, y la nuestra que debe ser también el amor agradecido.

Esa presencia interior del Señor en nosotros debe ser defendida por cada uno como condición insoslayable para permanecer fieles en nuestra condición de cristianos, hijos queridos de Dios. Para ello es imprescindible que caigamos en la cuenta de lo que significa, en verdad, esa presencia interior de Cristo en nosotros.

En primer lugar debemos tener en cuenta que esa presencia no es pasiva, como puede estar un objeto en un templo, dignificándolo notablemente. Esa presencia de Cristo en nosotros es activa y operante a favor nuestro. Así nos lo enseña san Pablo en la segunda lectura, diciéndonos que el Señor puede fortalecernos según el evangelio. Para ello es necesario que queramos y dejemos que obre en nosotros.

Dejar que Cristo obre en nosotros, no consiste tampoco en una actitud pasiva por nuestra parte, permaneciendo inactivos y sin oponernos a su obra. Dejar que Cristo obre en nosotros requiere que estemos constantemente preocupados por colaborar con Él. Dios no se impone, sino que se ofrece. Por ello es deber nuestro manifestarle el debido interés, y llevar a cabo aquello que pueda colaborar a la permanencia y acción del Señor en nosotros. Esto lleva consigo, por una parte, la preocupación por mantener limpia nuestra morada interior, procurar adornarla con la práctica y el crecimiento en las virtudes, y suplicar al Señor que permanezca en nosotros siendo indulgente con nuestras limitaciones y defectos y pecados. Requiere, por tanto, oración y revisión de nuestra conciencia teniendo como referencia la palabra y la luz de Dios. Esta palabra y esta luz nos llegan a través de la Iglesia. Para ello, el mismo Señor conduce a su Iglesia para que nos oriente sin interrupción. Esa orientación nos llega hoy, de modo especialísimo a través del Evangelio de san Lucas al exponernos la actitud de la Virgen María ante el anuncio del Ángel. Esta actitud es de una ejemplar humildad aceptando que pueda ser verdad y bueno aquello que no esperamos, que no entendemos y ante lo cual podemos considerarnos impotentes. “¿Cómo puede ser esto si no conozco varón?” (Lc 1, 34). Pero, ante la respuesta de Dios, en la que se compromete a obrar en la Virgen, lo que la Virgen ve imposible, María responde: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí , según tu palabra” (Lc 1, 38).

Estamos en las vísperas de la Navidad. El Señor ha querido conducirnos por el camino adecuado para recibirle y entender bien lo que significa su permanencia entre nosotros.

A nosotros nos corresponde acoger las enseñanzas y estímulos que hemos recibido a lo largo del Adviento, y procurar que nuestro encuentro con el Señor en la Navidad, sea consciente, vivo, gozoso y eficaz para acercarnos interiormente a Jesucristo y procurar que esta cercanía permanezca y sea fructífera para gloria de Dios, salvación nuestra, y testimonio vivo para quienes buscan a Dios con sincero corazón.

QUE ASÍ SEA

HOMILIA TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

(Domingo 11 de Diciembre de 2011)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,

Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

1.- Hoy, la Palabra de Dios nos invita a la alegría y a la esperanza. El testimonio de quienes han vivido, antes que nosotros, el interés por el encuentro con Dios, nos consuela y alegra comunicándonos su experiencia con estas palabras: “desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios; porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas” (Is 61, 10ss).

La descripción de la alegría que acompaña al encuentro con Dios, corre el peligro de quedarse en pura teoría, o en simple convencionalismo, si no hubo interés verdadero por acercarse al Señor. Sabiendo que la invitación divina a encontrarnos con Dios en Jesucristo nuestro redentor insiste en que nos dispongamos a buscarle y a recibirle, tendríamos que preguntarnos: ¿busco de verdad al Señor, sabiendo que Él toma la iniciativa en buscarme? ¿Con qué interés le busco? ¿Siento verdaderamente la necesidad de encontrarme con Él? ¿En qué aspectos y momentos de mi vida creo que estoy más lejos de Dios y menos interesado en encontrarme con Él?

2.- Nuestro interés por encontrarnos con Jesucristo y gozar de la experiencia de Dios, encuentra el estímulo necesario en su palabra. Hoy, a través del profeta Isaías, pone en labios del Mesías estas esperanzadoras afirmaciones: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren… para proclamar el año de gracia del Señor” (Is 61, 1ss).

El Señor, a quien esperamos en la Navidad tiene poder para animarnos en el dolor, para estimular nuestro espíritu en momentos de apatía o de tibieza espiritual y para perdonar nuestras faltas, desatinos y pecados. El Señor tiene verdadero poder y verdadero interés en que superemos nuestra mediocridad, en que recuperemos la auténtica actitud cristiana, y en que demos a Dios el lugar que le corresponde en nuestra vida.

La Santísima Virgen María, en su canto de fe y de gratitud a Dios, porque la eligió y la revistió de gracia, es buen testigo de que el Señor actúa en favor nuestro, como nos promete. Basta con que nos manifestemos sinceramente receptivos a la gracia divina.

3.- El Salmo interleccional nos invita hoy a hacer nuestras sus palabras. En ellas aceptamos y proclamamos, como María, que la misericordia de Dios es infinita y llega a sus fieles de generación en generación. Y, por eso, el Señor obra grandes cosas en nosotros. El Señor es capaz de hacernos sentir la necesidad y el ansia de Dios, y de colmar nuestra hambre de bien y nuestro deseo de la verdad, de la libertad y de la felicidad que solo Dios puede concedernos.

Ante este consolador mensaje, solo nos queda “ser constantes en orar”, como nos dice hoy san Pablo en la segunda lectura. Pensar que Jesucristo ha dado su vida por nosotros y que, en su paciencia, nos busca y nos espera para que gocemos de su luz, de su paz y de su promesa, debe movernos a darle gracias ya desde ahora. “En toda ocasión tened la acción de gracias; esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros” (1Tes 5, 16). Y como a la súplica deben acompañarle signos de que pedimos con humildad y sinceridad, debemos hacer el propósito de guardarnos de toda maldad (cf 1 Tes 5, 22) como nos pide, también, san Pablo hoy.

4.- Una de las maldades de las que debemos pedir a Dios que nos libere es precisamente, imitando a san Juan Bautista, no intentar jamás ocupar el lugar de Dios en nuestra vida. El precursor de Jesucristo, nos da ejemplo elocuente de ello diciendo a quienes le preguntaban por su identidad: Yo no soy el Mesías, ni Elías, ni uno de los profetas” (cf. Jn. 1, 2º-21); “en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia” (Jn 1, 26-27).

Esta actitud ante el Señor que viene a nosotros, es fundamental en el cristiano, no solo para lograr la propia salvación, sino para contribuir a la salvación del mundo. Vivimos tiempos en que el hombre ha ido tomando tal estima de sí mismo, a causa de los avances técnicos y de sus recursos materiales para vivir en el bienestar, que parece desear la desaparición de Dios, o su reclusión en los campos de una intimidad privada y socialmente inoperante. Nosotros, con fe firme y con plena disposición al apostolado, debemos proclamar que Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre y para salvación del mundo.

5.- Pidamos al Señor la gracia de ser conscientes de nuestras debilidades, de nuestras faltas y de nuestras pretensiones equivocadas, cuando nos erigimos en referencia del bien y del mal, y nos alejamos de Dios a quien debemos buscar siempre.

Esta actitud ante el Señor es la que el Adviento nos ayuda a conseguir.

Pidamos a la Santísima Virgen María, que interceda por nosotros para que seamos dignos receptores del Señor que viene a nosotros en la Navidad.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SANTA EULALIA

Mérida, 10 de Diciembre de 2011

Querido señor Cura y hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos miembros de la Asociación de Santa Eulalia,

Hermanas y hermanos todos:

En el día de hoy celebramos un acontecimiento harto sorprendente para buena parte de nuestra sociedad: el martirio que sufrió la joven Santa Eulalia por defender su fe y su virginidad.

1.- Corren tiempos en que la campaña bien orquestada en contra de la fe cristiana y a favor de un laicismo militante y contrario a la acción de la Iglesia, va dando de sí actuaciones de todo tipo, incluso no ajenas a los ámbitos gubernamentales, que atentan contra los principios que deben regir la vida cristiana. Se pretende que la fe en Jesucristo quede recluida en la intimidad de las personas, y que no se manifieste socialmente en criterios y actitudes que incidan en la vida pública. Parece que es consigna acusar de injustas intromisiones, contrarias al progreso y a la libertad, la palabra de la Iglesia respecto de temas tan relacionados con lo más fundamental para la vida de la sociedad, como son, por ejemplo, la educación, el matrimonio y la familia que nace de él y en él se fortalece. Lo más curioso de esta corriente es que, por una parte, está condicionando fuertemente el criterio diluido en la mente y en la conducta de las masas, generalmente abandonadas a las influencias sociales, sin más reflexión. Y, por otra parte, todo ello se procura difundir con un título que, a la vista de las actuaciones que le siguen, no sabemos si hace reír o llorar. Ese título es la defensa a ultranza de las libertades y de los derechos humanos. Parece que algunos creen que la libertad y los derechos fundamentales pueden ser definidos por las leyes estatales, cuando son anteriores a ellas. Las leyes pueden regular los comportamientos humanos en relación con lo que va inherente a la misma naturaleza humana.

¿Es que, en una sociedad que pretende manifestarse como avanzada, amiga del progreso, defensora de las libertades y de los derechos humanos, puede confundirse la libertad con el abandono incondicional a los instintos, sin más norma que la propia satisfacción, y sin más límites que el propio disgusto o la propia incomodidad, aunque ello atente a la mismo derecho a la vida?

2.- Queridos hermanos en la fe de Jesucristo, y devotos de Santa Eulalia: No quiero extenderme reflexionando ahora sobre los conceptos de libertad y sobre lo que son, en verdad, los derechos humanos. Pero, para convencernos del error de la forma de pensar, de actuar y de educar tan extendida en nuestro tiempo como consecuencia de las corrientes referidas, bastaría con mirar la situación de tantos y tantos jóvenes y matrimonios cercanos a nosotros. Parece que, en unos y en otros, se pone la referencia única en un supuesto derecho de cada individuo. Por experiencia sabemos que este criterio está en la raíz de las crisis sociales de todo orden.

Si entráramos en el corazón de los jóvenes que están influidos por ello descubriríamos muy pronto una profunda decepción que les lleva, muy pronto, a estar de vuelta de casi todo, y desarmados para enfrentarse con la vida que, por cierto, se les pone cada vez más difícil. Y, si nos paramos a observar el curso que siguen tantos y tantos matrimonios en crisis o en proceso de separación, cuyo número va creciendo lamentablemente, observaremos idéntica insatisfacción y una progresiva inseguridad personal respecto del futuro por estar atados al fugaz presente. La esclavitud que ata al presente pretende garantizar la felicidad en los disfrutes que no trascienden el momento. Y el espíritu humano ha sido creado por Dios para el infinito.

Por este camino, podrá haber más o menos riqueza material y más o menos progreso científico, pero la persona humana quedará encerrada en la oscuridad del sinsentido, de la insipidez espiritual y de la decepción vital; y quedará enajenada por una permanente ansiedad. Semejante situación fomenta el egoísmo, las conductas sinuosas y hasta la violencia.

3.- Tampoco es mi deseo extenderme en la enumeración de los males en que, desgraciadamente, podemos irnos instalando bajo la presión de las ideologías que se imponen por el ejercicio de tantas formas de poder dominante en nuestro mundo. Si me limitara a hacer esto, cometería el error de no ser objetivo y de no predicar el Evangelio, que es mi deber ahora; y contribuiría a crear un pesimismo que incapacita para construir nada bueno. Es necesario decir bien claro que hay mucho bien en el mundo. Que hay muchas personas que luchan por la renovación personal y social. Son muchos los que encarnan la virtud con gran ejemplaridad para quienes viven a su alrededor. Y podemos afirmar esto por experiencia. ¿Cuál ha sido el testimonio de las distintas Jornadas Mundiales de la Juventud y las de la familia convocadas por el Papa?

4.- Toda esta reflexión nace del rayo de luz que proyecta sobre el mundo y sobre nuestra vida el testimonio emocionante que nos ha dejado santa Eulalia, a la que cariñosamente llamáis la santita, la mártir. Ella supo seguir el camino de la verdadera libertad; no quiso aceptar ventajismos meramente humanos, ni un bienestar material y social que le hubiera esclavizado bajo el peso de las concupiscencias y de las falsas libertades. Para ella, educada en la fe cristiana, no valía el atractivo de los placeres pasajeros, ajenos al recto criterio de quien desea construir su vida en la verdad. Para ella no valían las falsas teorías sobre la libertad, sobre la felicidad y sobre los derechos humanos. Quien ha gustado la experiencia de Dios, que es el camino, la verdad y la vida, no se deja arrebatar fácilmente por la tentación de otras experiencias tejidas de espaldas a Dios; por el contrario, llega a disfrutar de una sensibilidad que le permite descubrir la verdad, la felicidad y el auténtico goce de la vida, más allá y por detrás de otros atractivos, engaños, embaucadoras teorías y ansiedades instintivas.

¡Qué bien expresa todo esto la primera lectura que hemos escuchado, tomada del Antiguo Testamento: “Te alabo, mi Dios y salvador, te doy gracias, Dios de mi padre, porque me auxiliaste con tu gran misericordia librándome del lazo de los que acechan mi traspié…Me salvaste de múltiples peligros… Recordé la compasión del Señor y su misericordia eterna, que libra a los que se acogen a él y los rescata de todo mal”. ( Eclo, 51, 1-8).

No cabe duda de que santa Eulalia, con el candor de sus pocos años, y con la solidez de una sólida educación cristiana familiar, era una jovencita piadosa, conocedora del mensaje de Jesucristo, según la percepción propia de su edad. Es lógico que invocara frecuentemente la ayuda del Señor para tener luz, fortaleza y esperanza ante las oscuridades, ante las tentaciones y frente a las dificultades. Por todo ello fue más libre que los que deseaban liberarle de lo que consideraban como prejuicios, como represiones y como fidelidades obsesivas a un Dios que ellos no podían manejar, como hacían con sus dioses falsos.

5.- Desde la devota consideración que tenemos a santa Eulalia, nuestra patrona, gustaríamos escuchar milagrosamente de sus labios las mismas palabras que S. Pablo dirige a su discípulo Timoteo, y que hemos escuchado en la segunda lectura: “Tu seguiste paso a paso mi doctrina y mi conducta; mis planes, fe y paciencia, mi amor fraterno y mi aguante en las persecuciones y sufrimientos” (2 Tim. 3, 10-11). Esa es la forma de tener el aceite necesario para que luzca debidamente la lámpara de nuestra alma en el momento del encuentro con Jesucristo. El Señor se hace presente cada día en las pruebas, en las dificultades, en el prójimo más allegado y en los más desposeídos y marginados. Para recibirle adecuadamente, debemos preparar la alcuza del alma con el aceite de la oración, del sacramento de la Penitencia, de la Eucaristía y de la Sagrada Escritura. En todo ello descubrió a Jesucristo santa Eulalia y, con todo ello, salió gozosa y valiente al encuentro del Señor. Podríamos preguntarnos: ¿Cómo andamos nosotros de todo ello?

6.- Pidamos confiadamente a la santita que nos alcance del Señor la luz, la fuerza y la constancia que ella alcanzó aprovechando la gracia de Dios. Y dispongámonos a recibirla participando activamente en la celebración de la Santa Misa.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN - ORDEN DIACONADO

(Jueves 8 de Diciembre de 2011)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos seminaristas,

Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

1.- La Palabra de Dios nos pone hoy ante el misterio de su amor infinito al hombre. Amor que le lleva a ser solidario con la humanidad para cambiar la triste suerte que le correspondía al ser expulsado del Paraíso. Había cometido un pecado grave contra el Dios que lo había creado y elevado al orden sobrenatural.

Dios manifiesta su solidaridad amorosa con el hombre y la mujer y con su estirpe, porque, aunque la Sagrada Escritura nos da cuenta del castigo que recayó sobre Adán y Eva, queda muy claro desde el primer momento, que Dios promete salir fiador del hombre para que no sea privado definitivamente de la felicidad eterna a la que estaba llamado desde la creación.

La redención, llevada a cabo por Jesucristo, nos abre las puertas del cielo. Y esa redención se consuma porque el Hijo de Dios vivo muere en la Cruz como satisfacción por nuestras culpas. El Hijo de Dios muere ajusticiado para que nosotros no seamos reos de la condenación en el juicio definitivo. Y tal fue la solidaridad misericordiosa de Dios para con la humanidad, que nos concedió pasar de la muerte espiritual a ser hijos adoptivos de Dios y herederos de su gloria.

2.- Dios, que es conocedor de la responsabilidad humana ante el pecado, maldice, en cambio, al maligno que tentó e hizo sucumbir al primer hombre y a la primera mujer. “El Señor Dios dijo a la serpiente: por haber hecho esto, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo de la tierra toda tu vida” (Gn 3, 14).

En el mismo instante en que pecaron nuestros primeros padres Dios anunció la redención de la humanidad asumiendo la responsabilidad que Adán y Eva habían rehuido. Ellos se limitaron a echar las culpas del uno al otro y de ambos a la serpiente diabólica. El Señor salió al paso de la incoherencia de Adán y Eva, y fue a la raíz del problema. Dios dijo a la serpiente: “establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuanto tú la hieras en el talón” (Gn 3, 19-20).

A partir de ese momento, Dios puso como señal del fracaso diabólico el anuncio de que sería vencido por la descendencia de la mujer. Aparecen entonces, proféticamente, la Santísima Virgen, Inmaculada ya en su concepción, y su Hijo Jesucristo nuestro Salvador. Esta gran gesta, que brotó de la magnanimidad divina, ha sido proclamada por la Iglesia desde el principio como el origen de nuestra gozosa esperanza. Ello es lo que ha movido a los cristianos a hacer suyas las palabras del Salmo que hoy recitamos: “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor tierra entera, gritad, vitoread, tocad” (Sal 9, 3).

3.- Es muy importante saber que Dios quiso contar con la libertad humana para llevar a cabo su proyecto misericordioso de salvación. Podemos decir que Dios, para salvar a la humanidad quiso contar con la colaboración de la misma humanidad. Y, como representante nuestra fue elegida la Santísima Virgen María. En esa preciosa criatura se juntaron perfectamente el don de la plenitud de la gracia, puesto que María fue concebida sin pecado original, y la responsabilidad humana que la Virgen María expresó en respuesta libre y obediente: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

A partir de ese momento, pudimos sentirnos liberados del sometimiento al maligno, y de sufrir eternamente las consecuencias del pecado. La promesa divina se había cumplido en la mujer, madre y virgen, y en el Hijo de Dios que se encarnó, en las virginales entrañas de la Virgen María. Por ello, del mismo modo que la Santísima Virgen entonó el canto del “Magnificat” proclamando la grandeza del Señor y manifestando su gozo en Dios su salvador, nosotros debemos hacer nuestras las palabras de San Pablo que hoy hemos escuchado: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (Ef 1, 3). Y, en este día, al celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, debemos entonar un cántico de alabanza al Señor. Él ha tomado como, instrumento consciente y libre de su bendición, a una mujer a quien ha convertido en la primera redimida. La llenó de su gracia desde el primer instante de su concepción, y luego la convirtió en Madre suya por la acción milagrosa del Espíritu Santo.

4.- Al hacer estas consideraciones, brota espontáneamente la admiración hacia la Santísima Virgen María, por ser llena de gracia desde el principio, y por haberse mantenido fiel hasta el final de sus días. Esta realidad gozosa ha sido proclamada por la fe sencilla del pueblo cristiano hasta convertirse en Dogma universal para los hijos de la Iglesia.

Podría ocurrir, al mismo tiempo, que, considerando el hecho extraordinario de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen y la santidad con que María correspondió a ese inigualable don, suframos la tentación de sentirnos incapaces para alcanzar la santidad. Ante esta lamentable sospecha, es necesario tener en cuenta que María fue capaz de comportarse fielmente ante el Señor porque el Espíritu Santo obró en ella apoyándole con su gracia. Por eso, nosotros debemos invocar constantemente la gracia del Espíritu Santo. Él está pendiente de nosotros desde el Bautismo, y nos enriquece con sus dones, especialmente desde la Confirmación. Es deber y necesidad nuestra acudir a Él, pedirle con fe y confianza que nos conceda el don de la fortaleza para vencer con buen ánimo las dificultades, las tentaciones y el pesimismo; y que nos conceda también el don del temor de Dios para que siempre estemos dispuestos a recibir y cumplir las indicaciones del Señor. Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. (cf. 1Tim 2, 4).

5.- Hoy, además, hay otro motivo de gozo para nuestra Iglesia diocesana. Un joven da el paso definitivo de ofrecerse a Dios, con la decisión libre de mantenerse fiel a la vocación con que el Señor le ha distinguido.

José María, que lleva en su nombre la referencia permanente a la protección del Patriarca S. José y de la Santísima Virgen María, va a participar, precisamente en este día, del Sacramento del Orden en el grado del Diaconado. Será constituido ministro del Señor para gloria de Dios sirviendo al Sacerdocio ministerial y aspirando a él.

Como elegido del Señor, está llamado a ser, como la Santísimas Virgen María, instrumento consciente, libre y fiel en manos de Dios para la salvación del mundo. Pediremos al Señor que derrame su Espíritu sobre el nuevo Diácono para que sea fiel a la vocación sacerdotal, y para que se prepare a recibir el Orden sacerdotal mediante el ejercicio del ministerio que ahora le corresponde. Por eso, querido José María, deberás acercarte cada día más al Señor mediante la escucha y la proclamación de la Palabra de Dios, mediante la oración asidua y confiada, y mediante el servicio al Altar de la Sagrada Eucaristía. Nosotros elevaremos nuestra plegaria al Señor para que no deje de enviar operarios a su mies, y bendiga a esta porción del Pueblo de Dios con los Pastores que necesita.

La Santísima Virgen María, que gozó anticipadamente de los frutos de la Redención, y que supo y quiso corresponder con su obediencia a los planes del Señor, nos ayude a ser fieles y agradecidos a Dios por su infinito amor y por los dones que de él recibimos.

QUE ASÍ SEA