MISA EN LA FESTIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DEL PILAR


Patrona del Benemérito cuerpo de la Guardia Civil

Exmos. Srs.
Miembros del Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil y familiares que les acompañáis,
Hermanas y hermanos todos:


            1.- Demos gracias a Dios porque nos ha concedido el gozo de celebrar esta fiesta tan entrañable. La Santísima Virgen del Pilar brilla con especial resplandor en vuestros Cuarteles y Escuelas. Es vuestra excelsa Patrona, y su Día es vuestro Día. Por ello os felicito muy cordialmente, y os ruego que hagáis llegar mis parabienes a los compañeros y compañeras que, por diversas circunstancias, no se han podido reunir en esta celebración.
           
            Que la Santísima Virgen María sea vuestra patrona lleva consigo una bendición, una llamada y un compromiso.
           
2.- La bendición está unida, de un modo especial en vuestro caso, al regalo que Dios nos hizo en la persona del Apóstol san Juan cuando, clavado en la cruz por amor a nosotros  pecadores, dijo a la Virgen: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Y dirigiéndose a Juan, añadió: “Ahí tienes a tu madre”.

Hemos sido bendecidos con la protección maternal de la Santísima Virgen María que, como esposa del Espíritu Santo, es la medianera de todas las gracias. Su protección llega de un modo permanente y muy singular sobre vosotros que la tenéis como Patrona bajo la advocación del Pilar.

            3.- La llamada es muy lógica y sencilla: Si la Virgen es nuestra Madre y vuestra patrona, deberemos acudir a ella constantemente. Nuestra vida está íntimamente unida a María, como están unidas la vida de la madre y la del hijo. Como Madre es nuestra primera educadora. De ella debemos aprender las virtudes principales que han de forjar nuestra vida: El espíritu religioso; la fe incondicional en Dios nuestro Creador y redentor; la obediencia confiada a Jesucristo nuestro Señor; la solicitud ante las necesidades de nuestros hermanos; la humildad que abre a la cordialidad; el espíritu de sacrificio en el cumplimiento del deber; y la esperanza en la promesa de salvación.
           
            4.- El compromiso nos viene manifestado en el Santo Evangelio que acabamos de escuchar. La felicidad ocupa el primer lugar entre nuestros deseos. Lo que ocurre es que no siempre acertamos el camino para alcanzarla. Incluso llegamos a confundir la felicidad con la satisfacción de otros deseos cuya consistencia es pasajera. Este es el peligro que acecha a toda criatura humana, porque instintivamente nos sentimos atraídos por cantidad de anhelos que se nos presentan como portadores de una felicidad que no pueden ofrecernos. Por eso, la búsqueda de bienes aparentes o incluso de bienes reales que son legítimos, pero meramente terrenos, va acompañada generalmente de la decepción porque no nos dan lo que parecían prometer,  o de la insatisfacción que produce lo transitorio.

La verdadera felicidad está en lo que puede llenar nuestro corazón y permanecer siempre. Esa felicidad solo puede alcanzarse en el cielo como regalo de Dios que debemos pedir por intercesión de la Santísima Virgen María.

El otro aspecto de la felicidad, que ya podemos disfrutar en esta vida es la que va unida a la paz interior que es compañera del deber cumplido y consecuencia de la recta ordenación de nuestra vida según la voluntad del Señor.
           
Para conducirnos a esa felicidad, que todos podemos disfrutar porque Dios no hace acepción de personas y atiende a todos los que acuden a él, la santísima Virgen es el mejor modelo y el apoyo insuperable. El Evangelio nos lo cuenta así: Una mujer quiso enaltecer a la Virgen porque había dado a luz a un Hijo como Jesucristo, y pensaba que  habría alcanzado en ello la mayor felicidad. La sorpresa le llegó de labios de  Jesucristo cuando le respondió: “Más dichosos, más felices son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

En verdad, esos son los que por encima de las alegrías pasajeras de esta vida y de los disgustos inevitables de nuestra condición humana, pueden alcanzar la paz interior, la tranquilidad de conciencia en esta vida, y la felicidad eterna en el cielo, que nadie puede destruir.

          5.- Demos gracias a Dios por  la protección maternal de la Santísima Virgen María, por las enseñanzas que de ella recibimos a la luz de sus virtudes y de su fidelidad al Señor porque siempre cumplió su palabra, y porque nos permite, con su intercesión, descubrir cada día lo que el Señor quiere de nosotros.

            Al cercarnos a la Eucaristía pidamos al Señor la gracia de mantener siempre la fe en su amor y en su promesa de salvación.


            QUE ASÍ SEA 

HOMILÍA EN LA MISA DE LA APERTURA DIOCESANA DEL AÑO DE LA FE


(Textos del domingo XXVII del T.O.)

            Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
            Queridos miembros de la Vida Consagrada y seglares:

1.- Con esta solemne celebración nos unimos al Papa Benedicto XVI y a toda la Iglesia universal, elevando preces al Padre, por medio de Jesucristo Pontífice Supremo, para que nos bendiga el Espíritu Santo. Él nos ha de ayudar a vivir intensamente el Año de la Fe convocado por el Papa e inaugurado por él.

Pensar, orar, ofrecer y saber vivir en esperanza unidos a la Iglesia universal es o debe ser nuestra condición como cristianos, hijos adoptivos de Dios y miembros vivos del Cuerpo Místico de Jesucristo que es la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Esta unión espiritual que enlaza misteriosamente razas, continentes, lenguas y culturas, es la comunión sobrenatural que nos reúne, desde el Bautismo, como hermanos de una misma y grandísima familia, con un solo Señor, una sola fe y un solo Dios y Padre, un solo alimento que nos salva, y una misma esperanza en la salvación por la que gozaremos la herencia gloriosa en los cielos.
           
2.- A esta reunión eucarística nos ha convocado hoy el Señor para iluminarnos con su palabra, para santificarnos con el Sacramento de su cuerpo y de su sangre, y para enviarnos con la misión apostólica de anunciar su Reino.

Al acudir a la llamada del Señor, hemos escuchado su palabra. En ella nos habla hoy de la Sabiduría de Dios, que es la riqueza mayor que podemos alcanzar en esta vida. Es preferible a los cetros y a los tronos y no es equiparable a la piedra más preciosa.

La sabiduría de que nos habla el libro sagrado que lleva el mismo nombre, es el inmenso don al que podemos acceder por la fe. La Sabiduría por antonomasia es el Verbo de Dios, el Unigénito por quien todo ha sido creado. Él es la Verdad, la única Verdad permanente sin sombra de error, la Verdad con cuya referencia se puede verificar el auténtico sentido de todo pensamiento, de todo proyecto, de todo hallazgo, de todo lo que hacemos y de todo lo que nos ocurre.  Para ver su rostro, humano desde la Encarnación, y descubrir en él a Dios mismo hecho en todo semejante al hombre menos en el pecado, es imprescindible la Fe. Así lo afirma Jesucristo al Apóstol Felipe: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14, 9). Pero, pronto entendemos que ver a Dios en la humanidad de Jesucristo ha de ser obra del Espíritu en nosotros, que tiene lugar si vivimos con fe en el único Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

3.- La virtud de la Fe nos permite contemplar la realidad con los ojos de Dios;  nos abre a la profundidad del Misterio de salvación y nos conduce por el camino acertado para alcanzar la santidad. En ella está nuestra plenitud según la voluntad de Dios de quien somos imagen y semejanza.

La fe nos acerca, a la verdad de las cosas, a la verdad de la vida misma, a la verdad de los motivos por los que vivir y del modo de orientar nuestra existencia terrena.

La fe nos ayuda a llegar donde ninguna ciencia puede llegar. Nos conduce la palabra de Dios escuchada con oídos de Fe. Por tanto, sin la Fe no alcanzamos a descubrir el auténtico sentido de la vida y de la muerte, de la felicidad y del infortunio,  de la riqueza y de la pobreza, del dolor y del gozo; porque la fe nos permite conocer, valorar y asumir la voluntad de Dios como el perfil de nuestra identidad esencial, como la luz que nos desvela lo que significa ser persona humana, lo que significa vivir en este mundo. Lo que significa haber sido creados para el infinito.

La fe nos abre el acceso al significado de la palabra de Dios en la que aprendemos la sabiduría divina necesaria para valorar en justicia todo lo que tenemos y todo lo que nos llega en el ámbito material y en el espiritual.

La Fe y la Sabiduría de Dios constituyen para nosotros las dos dimensiones del mismo don divino. Por eso ambas deben constituir, especialmente hoy el contenido inseparable de nuestra plegaria.
           
4.- Nuestro quehacer principal en este Año de la Fe ha de ser, pues, cultivarla con verdadero interés y con esfuerzo continuado.

El esfuerzo que requiere el cultivo de la fe ha de centrarse, además de en la oración continua, en el conocimiento de la palabra de Dios que nos transmite el  Magisterio de la santa Madre Iglesia por expresa voluntad de Jesucristo. Refiriéndose a los apóstoles dijo: “Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (jn.9, 16).               

5.- Por tanto, debemos acoger el Año de la Fe como una oportunidad providencial para revisar el  nivel de nuestra Fe en Jesucristo y de nuestra Fe en la Iglesia. Y, al mismo tiempo, especialmente en este Año, debemos  revisar nuestra formación cristiana, el grado de nuestro conocimiento de la Doctrina de la Iglesia, y nuestra disposición a adquirir la formación que necesitamos para saber aplicar con acierto la palabra de Dios a las circunstancias de nuestro tiempo, a los problemas y a las ofertas de la civilización actual.

Tan importante es la formación cristiana para todos los bautizados, que el Papa nos habla insistentemente de ella, lamentando –según sus propias palabras- el “analfabetismo religioso” cada vez más extendido entre los bautizados.
           
6.- Vivimos tiempos en que todo se replantea desde diversos puntos de vista. Se quiere demostrar todo con argumentos simplemente racionales o experimentales. Y, al mismo tiempo, los argumentos que oímos nos llegan como dispares y contrarios entre sí según la perspectiva, la ideología o la creencia desde la que se construyen los diferentes  razonamientos. Necesitamos una referencia cierta para no andar equivocados ni desquiciados, sin criterio propio o con un criterio insuficiente. Para ello debemos acercarnos  al mensaje del Evangelio tal como nos lo transmite la santa Madre Iglesia. Y ello nos exige el compromiso de asumir un proceso de formación que requiere, también, la acogida de la fe.
           
7.- Si decimos creer en Jesucristo nuestro Señor, y si deseamos y esperamos alcanzar la salvación que nos promete, debemos conocer bien su mensaje; debemos conocer bien la Iglesia que él ha fundado como su Cuerpo Místico en el que permanece entre  nosotros hasta el fin de los tiempos, y que constituirá en la eternidad  el Reino de Dios en plenitud, un reino eterno y universal, el reino de la verdad y de la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, del amor y de la paz.

Este Año de la Fe ha de ser un año de especial sinceridad en la valoración de nuestros conocimientos cristianos, y un año de oración para que el Señor  nos ayude a superar las dificultades que puedan oponerse al proceso formativo que necesitamos.

8.- Pero el Año de la Fe, como tiempo de replanteamientos cristianos fundamentales, ha de ser también una ocasión privilegiada para que asumamos, como un compromiso muy especial, el deber apostólico que nos  compete a todos. El Año de la Fe debe ser, también, el año del apostolado, el año en que demos un serio impulso a la Evangelización, a la predicación de la fe en Jesucristo.

Cada uno debemos pensar bien cual es el campo que más compromete nuestro apostolado: la familia, la comunidad parroquial, el grupo de amistad, la propia Cofradía, los ambientes  en que discurre la vida pública, la educación, la justa distribución de la riqueza, la necesaria y auténtica igualdad entre las personas, los grupos sociales y los pueblos, etc.

9.- En este Año de la Fe, debemos dar testimonio de que aceptamos la responsabilidad de cultivar, acrecentar y orar para que se difunda el don de la fe, especialmente entre los alejados.

Pidámoslo con devoción y confianza, por intercesión de la Santísima Virgen María, que fue merecedora de esta preciosa alabanza: “Bendita tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

            QUE ASÍ SEA 

HOMILÍA EN LA APERTURA DE CURSO DE LOS CENTROS EDUCATIVOS DE LA ARCHIDIÓCESIS


Mis queridos sacerdotes concelebrantes, queridos profesores, alumnos y demás fieles participantes:

1.- Demos gracias a  Dios que nos permite iniciar un nuevo curso ordenado a la educación cristiana integral. En este tiempo, la programación del Seminario, del Centro de estudios teológicos, del Instituto superior de Ciencias Religiosas y de las Escuelas de formación básica y de preparación de Agentes de pastoral, irá ofreciendo los elementos correspondientes a la necesaria formación teológica. A la vez, y como  condición imprescindible e inseparable, cada Centro procurará a su estilo poner al alcance de los respectivos alumnos las orientaciones y, en su caso, las acciones y actividades oportunas para que la formación científica y teológica sea complementada con un acercamiento personal de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo y que se acerca a nosotros en la Iglesia.

2.- Todo este cometido de principalísima importancia es una gracia de Dios. Como tal, ha de suscitar en todos una sincera gratitud que deberá manifestarse en un serio compromiso. Educadores, profesores y alumnos tendrán que plantearse cuáles han de ser las actitudes y las acciones fundamentales a procurar en el desempeño de su misión y, especialmente ahora, durante el curso.

3.- Corren tiempos en que, entre otras deficiencias educativas, constatamos la carencia de una educación integral de las persona desde los niveles iniciales hasta la terminación de los estudios. La separación o desproporción entre los saberes científicos y técnicos respecto de la formación integral de la personalidad va dejando un lamentable vacío de humanismo. Ello, no solo desequilibra peligrosamente a cada persona, sino que vicia con graves errores la misma vida social. Si a esto añadimos la tendencia cada vez más pronunciada a prescindir de la trascendencia, considerándola como un error, o pretendiendo reducirla a la privacidad inoperante, asistimos a la mutilación mental, cultural y ambiental del hombre mismo. Con ello se destruye la esencia misma de la educación; porque deja de servir a la realidad y a las necesidades profundas de la persona, y pone a los individuos y a los grupos, más o menos disimuladamente, al servicio de intereses ideológicos, económicos, o políticos de corto alcance.

4.- Esta mutilación está provocando cada día nuevas y mayores dificultades para el desarrollo de la vida cristiana en nuestros ambientes. Sin embargo, considerando con lógica esta situación, llegamos a concluir que, por ello mismo, se hace más necesaria la evangelización y más urgente una esmerada educación cristiana; sobre todo en quienes ostentan la responsabilidad educativa en la familia, en la catequesis, en la predicación, en la escuela y en los ámbitos de relación social de niños, jóvenes y adultos. Dicha empresa está pidiendo personas de mente clara y de espíritu fuerte que no sucumban a la mediocridad y a la indefinición bajo la excusa de evitar supuestos radicalismos. Dios no se impone; se ofrece, decía el Papa Juan Pablo II. Pero se ofrece con tanta claridad como respeto. No cabe duda de que la presencia en la Iglesia de ciertas actitudes conniventes con miedos y con graves imprecisiones en la predicación y enseñanza de la palabra de Dios y de la doctrina de la Iglesia, ha provocado no pocas desorientaciones e incluso innecesarias y perjudiciales  confrontaciones entre cristianos. En ellas se han apoyado, muchas veces, voluntades contrarias a la expansión del Reino de Dios.

5.- Todo ello ha de ser motivo de reflexión personal, de diálogo profundo, de compromiso valiente y de esfuerzo personal continuado. Este es el ejemplo que nos propone hoy la memoria de S. Francisco de Asís. Él tuvo que enfrentarse a una situación lamentable en el interior de la Iglesia y en sus distintos estamentos. Entendió este estado de cosas no como un motivo para desconfiar de la Iglesia y adocenarse en una hipócrita acomodación social. Por el contrario, entendió que el Señor le llamaba a un mayor y más genuino compromiso con el Evangelio, y a una acción valiente a favor de la verdad de Dios. Verdad que entendió como la única que permite al hombre descubrir la verdad acerca de sí mismo, de los demás y del mundo.

6.- San Francisco de Asís entendió que conocer la verdad de Dios, la verdad acerca de sí mismo y la verdad del mundo en sus distintos ámbitos, es un don de Dios. Un don que permite ver las personas y las cosas desde una perspectiva positiva y esperanzadora. Los seres animados e inanimados se convierten entonces en permanente memoria de la Verdad absoluta, de la verdad de Dios.

El Santo Evangelio nos  invita hoy a penetrar en el misterio de la verdad de Dios, de la sabiduría que la fe nos permite alcanzar, insistiendo en que es un don del Altísimo, un obsequio del amor infinito, un regalo que Dios reserva para la gente sencilla.

7.- Demos gracias al Señor porque, a pesar de nuestras torpezas y pecados, nos ha bendecido con el don de la fe. Por ella tenemos acceso a la verdad de Dios; y, desde Él, podemos acceder a la verdad de nosotros mismos y de cuanto existe, hasta poderlo convertir todo en el único medio salvación propia y de verdadero servicio a Dios y a los hermanos.

8.- Pidamos al Espíritu Santo, bajo cuya luz y fuerza comenzamos el nuevo Curso, que nos conceda la sencillez de espíritu y la firme responsabilidad para cumplir con nuestro deber de buscar y proclamar la verdad con sencillez, con claridad y por encima de las adversidades ambientales y de las dificultades personales debidas a nuestra compleja debilidad.

Pongámonos en los brazos maternales de la Santísima Virgen María, madre y ejemplo de sencillez y tesón en la búsqueda y en la defensa testimonial de la Verdad.

            QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA RECEPCIÓN DE LA RELIQUIA DE S. JUAN BOSCO


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos miembros de la familia salesiana: (Padre Inspector provincial, Superior y Director de la Comunidad y Colegio, Claustro de profesores, Consejo Escolar, Asociación de Padres, alumnos y alumnas), (Autoridades………),

Hermanas y hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada y seglares participantes en esta celebración:


1.- Hoy es un  gran día de fiesta para  todos los que han conocido a S. Juan Bosco por la estela que han dejado en la historia y en el alma de sus discípulos, su vida y su gran obra educadora.

2.- La reliquia que hoy recibimos con gozo y veneración es el signo de su presencia entre nosotros. Presencia activa en la obra que él inició y que sigue viva con el paso del tiempo. Y presencia de un signo de su cuerpo que, en los días de su peregrinar sobre la tierra, fue el vehículo de la ofrenda plena y permanente que presentó a Dios llevando a cabo la vocación que había recibido de lo Alto.

Su alma oyó y entendió la llamada del Señor; y su cuerpo fue, hasta la muerte, el instrumento fiel para llevar a cabo la misión recibida. En esa unidad integral y bien coordinada entre su alma y su cuerpo, Don Bosco fue templo vivo del Señor y fiel colaborador del Maestro por excelencia que es Jesucristo. El magisterio de D. Bosco fue un eco fidelísimo del magisterio evangélico de Jesucristo.

3.- Su acción educativa pretendía redimir a los niños y a los jóvenes de la postración espiritual y social en que toda persona queda sumida si no cultiva las potencias de su alma, si no desarrolla las cualidades con que Dios enriquece a cada uno en el momento de la creación. El santo educador, con la presencia de su reliquia entre nosotros hoy, nos recuerda su acertada visión y su generosa entrega en favor de los niños y jóvenes, especialmente necesitados de crecer ordenadamente en el cuerpo y en el alma. A la vez, esta reliquia nos recuerda que S. Juan Bosco goza de la presencia gloriosa de Dios en los cielos; y que intercede constantemente ante el Padre para que siempre haya personas dispuestas a emplear su vida entera al servicio de los hermanos más pequeños, especialmente de los más desfavorecidos.

4.- Podemos decir con acierto, que S. Juan Bosco,  interviene sin interrupción ante el Señor para que perdure la acción educativa integral que él inició; y para que esta sea desarrollada como una auténtica vocación sobrenatural, tan necesaria siempre y tan urgente en nuestros días.

La acción educativa de Don Bosco, como sus discípulos gustáis en nombrarle, fue eminentemente pastoral y, por tanto, íntegramente cualificada como obra de Dios a través de su elegido. En él se cumple claramente la promesa divina que nos llega hoy con palabras del profeta Ezequiel. Refiriéndose  el Señor a las ovejas de Israel, dice: “Yo suscitaré un pastor que las apaciente…Yo, Yahveh, seré su Dios”. (Ez.  34, 23-24).

El maestro cuyas reliquias recibimos y veneramos hoy, fue elegido por Dios para apacentar muchas ovejas con peligro de descarriarse; y para imbuir de ese espíritu caritativo a quienes iban a seguir su labor en muchos pueblos.

S. Juan Bosco apacentó, con verdadero espíritu de caridad sin reservas, a las ovejas que el Señor puso a su alcance. Y las apacentó como lo hizo Jesucristo el Buen Pastor. Así han de hacerlo quienes son continuadores de su obra. También a vosotros, educadores que pretendéis continuar y extender la obra del elegido del Señor, el santo Don Bosco, se refiere el texto sagrado del profeta Ezequiel. Haciendo notar la que debe ser intención fundamental de vuestra acción educativa y pastoral, dice: “Y sabrán que Yo, Yahveh su Dios, estoy con ellos, y que ellos…son mi pueblo” (Ez. 34, 30).

5.- La ciencia y la fe estuvieron siempre juntas en la intención educativa de  Don Bosco; de tal forma que el niño y el joven podían conocer simultáneamente la verdad de lo creado y la existencia y el amor del Creador. De este modo, sus alumnos podían crecer como señores de la creación y como imagen de Dios creador.

Este crecimiento integral y armónico es fuente de la paz interior a la que acompaña la alegría que permanece por encima de tristezas, dolores y contrariedades. Por eso, la acción educativa salesiana, como toda acción educativa eclesial, ha de llegar a los alumnos como un eco de las palabras de S. Pablo a los Filipenses, que hemos escuchado en la segunda lectura:”Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito,  estad alegres…El Señor está cerca…en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp. 4, 4-7).

S. Juan Bosco supo realizar esta preciosa labor educativa, que abre el corazón de los niños y de los jóvenes al conocimiento de Dios y a la alegría sana y profunda. Para ello supo hacerse niño con los niños y joven con los jóvenes. Supo meterse en el alma de sus alumnos para ayudarles a crecer en su propia identidad, que es la singularidad con la que Dios había creado a cada uno. En esto consiste la auténtica promoción de la persona según el plan de Dios.

6.- En este día de fiesta, en que la familia salesiana goza de una especial cercanía de su fundador y maestro, debemos unirnos todos abriendo el alma a la  enseñanza del santo educador y disponiéndonos a recibir la enseñanza del Buen Pastor Jesucristo. De este modo, el valioso testimonio de Don Bosco nos ayudará a crecer en el conocimiento de Jesucristo y en la fidelidad a la vocación y a la misión con que nos distingue a cada uno.

Pidámoslo al Señor, por intercesión de S. Juan Bosco, de quien hoy nos sentimos tan  cercanos, y a quien invocamos como intercesor ante el Señor especialmente a favor de la familia salesiana y de todos los educadores cristianos.


QUE ASÍ SEA 

ANIVERSARIO CONSAGRACIÓN DE LA CATEDRAL DE BADAJOZ


Queridos miembros del Cabildo Catedralicio y demás hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos miembros de la Vida Consagrada y fieles laicos:


Al comenzar esta solemne celebración me he dirigido al Señor en una oración que pretendía recoger las intenciones propias de una celebración como la que nos reúne en este día. Como sabéis, conmemoramos hoy el aniversario de la Dedicación o consagración de esta catedral que hoy nos acoge dentro de sus muros tan valorados y queridos por todos nosotros. La catedral es el primer templo de la Archidiócesis; es el lugar donde se celebra el culto sagrado presidido por el Obispo que es el Pastor de toda la grey diocesana. Es el lugar por excelencia del encuentro de Dios con los fieles cristianos de esta Iglesia particular. Por ello, en la oración inicial de la Misa he suplicado a Dios Padre, por medio de Jesucristo nuestro Señor, que esta celebración nos ayude a procurar, por todos los medios a nuestro alcance, dos cosas: primera, que en este lugar se ofrezca siempre un servicio digno.

No se trata de que el Obispo y los sacerdotes que están al cuidado de  la Catedral ofrezcan un servicio digno y atento a los fieles que lo piden. Esto debe constituir el comportamiento habitual de todos ellos, puesto que actuamos como verdaderos pastores. La oración pedía  al Señor otra ayuda. Suplicaba la  gracia de poder ofrecer siempre a Dios, aquí, con toda dignidad, el culto sagrado, como Dios merece, de acuerdo con las capacidades y recursos que nos ha concedido. La intención última y principal en todos los actos de culto, debe ser, por parte de todos, que Dios reciba la alabanza, el honor y la gloria que merece por ser  nuestro creador y redentor.

Esta petición, lejos de quedarse en una súplica deseosa de que Dios actúe y nos conceda sin más lo que le pedimos, es, al mismo tiempo, una oración que nos compromete a cada uno personal e indeclinablemente. Nos compromete a procurar nuestra propia conversión y el esfuerzo por realizar del mejor modo posible lo que realizamos aquí. Nos compromete a poner nuestros cinco sentidos en lo que hacemos, poniendo en ello toda nuestra devoción y nuestra confianza en que Dios acoge benignamente las acciones con las que pretendemos darle culto. Ello requiere, al mismo tiempo, que activemos y purifiquemos nuestra fe, para que no se convierta en una secreta creencia de que Dios está a nuestro servicio. Al contrario: la purificación de nuestra fe ha de llevarnos al convencimiento de que somos nosotros quienes estamos y debemos permanecer siempre  incondicionalmente al servicio de Dios. A él debemos nuestra existencia, todos los recursos de que disponemos para crecer material y espiritualmente, la luz para encontrar el sentido a nuestra vida, y la fuerza para vencer las dificultades que nos llegan por nuestras limitaciones y por las tentaciones del diablo.

La purificación y fortalecimiento de la fe es tarea a la que nos ha invitado el papa Benedicto XVI al convocar el Año de la fe que comenzará en los próximos días. A él debemos prestar especial atención. La vida cristiana se fundamenta en la fe, que es don de Dios, pero que debe ser cultivada por nosotros mediante la oración, mediante la participación en los sacramentos y mediante el esfuerzo personal en el examen  de nuestras actitudes y comportamientos.

La segunda  petición que he formulado en vuestro nombre, imploraba del Señor la gracia de que, como consecuencia del culto sagrado dignamente ofrecido al Señor en este Templo,  obtengamos los frutos de una plena redención.

Nuestra preocupación fundamental, como ya he dicho hace un  momento, debe ser siempre, dar gloria a Dios amándole y sirviéndole generosamente con sincero corazón. Pero sabemos por experiencia que nuestras obras son torpes muchas veces; y que, como nos cuenta S. Pablo, también nosotros hacemos muchas veces lo que sabemos que no deberíamos hacer, o que dejamos de hacer aquello que es nuestro deber. Por tanto, la petición que hemos hecho al Señor en este día, unidos como una comunidad orante, debe incluir la decisión de poner cuanto está de nuestra parte para aprovechar toda la gracia que Dios nos concede misericordiosamente en cada momento de nuestra vida. Sólo así avanzaremos en el camino de nuestra fidelidad al Señor y podremos alcanzar  los frutos de una plena redención. Esto es: solamente de este modo podremos aprovechar plenamente, con frutos de buenas obras, la gracia de la redención que es el mayor obsequio recibido de la infinita misericordia divina.

La fiesta de hoy nos convoca, pues, a una profunda reflexión acerca de la situación de nuestra fe, acerca de las motivaciones que condicionan nuestra vida, acerca del lugar que damos a Dios en nuestra existencia, en nuestros proyectos y en las pequeñas y grandes tareas que llenan la existencia terrena.

Pidamos al Señor la gracia de ser capaces de realizar todo esto, aprovechando los dones que él nos hace al celebrar con dignidad el culto sagrado para el que nos reunimos en este lugar sagrado, dedicado al Señor.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LA SOLEDAD


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Junta directiva y miembros de la Cofradía de  nuestra patrona, la Virgen de la Soledad,
Queridos  fieles cristianos, miembros de la Vida Consagrada y  seglares:


1.- La Palabra de Dios nos habla hoy de la santísima Virgen María presentándonosla como un signo de la magnanimidad divina, como el ejemplo de la virtud característica de Jesucristo nuestro Maestro y salvador, y como un regalo de Dios a la humanidad.

2.- Todos coincidimos en la experiencia de que nos cuesta creer aquello que no vemos, o aquello que trasciende nuestra capacidad de comprensión. Por ello, espontáneamente sentimos la necesidad de un signo que nos permita entender que lo que Dios nos anuncia y enseña es cierto aunque no lo veamos o no lo entendamos con la simple luz de la razón. Dios, como ayuda a nuestras lógicas limitaciones, muchas veces agrandadas por las debilidades humanas, nos dice: “El Señor, por su cuenta, os dará una señal” (Is. 7, 14).

En la escena que nos describe la primera lectura de esta Misa, se trataba de dar a conocer a la humanidad que el amor de Dios era infinitamente más grande que el pecado de los hombres; y que, por tanto, ante la incapacidad humana de resolver la situación en que había quedado el hombre pecador, Dios mismo había tomado la iniciativa para procurar nuestra salvación. Esto no es fácil de entender. En la lógica humana, es el ofensor quien debe tomar la iniciativa para resolver las consecuencias de la ofensa. Sin embargo, en el caso de la salvación del hombre, fue el ofendido quien asumió la responsabilidad del ofensor. Dios inició y llevó a cabo la obra de nuestra redención, aunque éramos nosotros quienes le habíamos ofendido por el pecado.

Para que creyéramos esto, que a simple vista resulta extraño, el Señor nos dio una señal. Y esa señal es la Virgen María. Ella es el signo que nos anuncia la salvación divina por obra de la misericordia infinita de quien es nuestro Padre y creador. Así nos lo ha manifestado la palabra del Señor: “La virgen está en cinta y da a luz un hijo; y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros” ( Is. 7, 14).

La santísima Virgen María es el signo de la decisión de Dios; la expresión del
amor infinito que Dios nos tiene. Por eso, cuando nos asaltan  la duda y la debilidad, es ella quien está a nuestro lado, es ella quien da fuerza a  nuestro espíritu para resistir la tentación de la desconfianza o del desánimo. María es, por ello, “la causa de nuestra alegría”, como le aclamamos en las Letanías del santo Rosario.

3.- Pero, nuestra instintiva desconfianza hacia lo que se nos dice o se nos promete, nos hace necesitar, todavía más, una garantía. Y esa garantía tiene su expresión máxima en la virtud por excelencia de la persona que ha sido elegida como signo de la magnanimidad de Dios, como expresión de su misericordia infinita. Esa virtud, que garantiza la validez de la persona elegida por Dios como signo de su misericordia infinita, es la obediencia. Esa es la virtud del Hijo de Dios, enviado por el Padre para hacerse en todo semejante al hombre menos en el pecado. Del pecado es de lo que venía a redimirnos. Esa virtud es la obediencia. Una obediencia que acepta la primacía de Dios por encima de todo y de todos; incluso por encima de la propia vida.

La palabra de Dios nos manifiesta esta virtud en Jesucristo   que, llegado el momento decisivo de la redención, veía sobre sí el cruel tormento de su Pasión y Muerte en la Cruz. Dice el texto sagrado que “Cristo…presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte”. Pero como junto a la súplica confiada estaba la firme voluntad de ser fiel al Padre, “aprendió sufriendo a obedecer” (Hbr. 5, 7-9).

La santísima Virgen María es ejemplo insuperable de la virtud de la obediencia, que es la que parece más difícil entre nosotros. Ella, ante la oscuridad y lo desbordante que le parecía cuanto le dijo el Ángel, y ante las dificultades humanas que preveía en ello porque iba a aparecer en cinta sin estar casada, dijo: “Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).

4.- Y, sobre todo esto, la Santísima Virgen María, es el regalo más preciado de Jesucristo que nos la da como Madre en el preciso momento en que culmina la obra por la que se encarnó en sus purísimas entrañas. Clavado en la Cruz, cuando había culminado su obediencia al Padre, queriendo manifestar el amor infinito que le había llevado a entregarse por nosotros, nos dio el amor de María como Madre. Y, en la persona de Juan, que había permanecido con ella junto a la cruz de  Jesucristo, dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19, 27).

5.-  El pueblo cristiano, admirado de la virtud de María, y convencido de que goza en el cielo de la cercanía de Jesucristo su Hijo, la aclama constantemente confiando en su maternal solicitud; y le dice en sencilla plegaria: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.Y considerando su gloria celestial junto al Hijo de Dios a quien llevó en sus entrañas, le sigue suplicando: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre” (Salve).

Esa es la confianza del pueblo sencillo que siente a María como Madre; y que, contemplando su ejemplo al soportar todas las difíciles pruebas y sufrimientos que tuvo que afrontar, invoca su nombre bendito poniendo sus ojos en la imagen de la Soledad, de la mujer fuerte que sufre con entereza las pruebas que el Señor permite, como él mismo tuvo que sufrirlas por obediencia al Padre.

5.- Al celebrar hoy la fiesta de tan excelsa Madre y Patrona, pidamos a Dios, por su intercesión, la gracia de cultivar y fortalecer nuestra fe; que nos conceda el don de la obediencia, y que nos ayude a entender los signos de su amor in finito.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SANTIAGO APÓSTOL (2012)


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada y seglares:

1.- Lo que nos permite entender la llamada del Señor para reunirnos hoy en esta celebración, es la fe. Por ella, que es don de Dios, participamos de una verdad que nos trasciende y que, al mismo tiempo, da sentido a nuestra vida.  Por la fe creemos que el Señor nos ha amado hasta el extremo. Y lo ha demostrado en Jesucristo muriendo en la carne para que nosotros no muriéramos irremisiblemente en el espíritu a causa de nuestro pecado. Ese amor infinito, que es eterno como Dios mismo,  se manifestó en el tiempo con la Encarnación, con la vida que Jesucristo compartió con la humanidad al entrar en la historia. Ese amor tuvo su eclosión insuperable y misteriosa en la Pasión y Muerte sacrificial del Hijo de Dios.

2.- Sin embargo, ese amor infinito no podía reducir sus manifestaciones a unos  acontecimientos ubicados en otro tiempo y pasados a la memoria simplemente como algo que ocurrió. El amor infinito de Dios que, como él, no tiene tiempo porque es eterno, sigue presente y obra con toda su fuerza en nuestro tiempo; y lo seguirá haciendo en todos los tiempos. Como tuvo su manifestación perceptible socialmente en uno años determinados, sobre todo mediante la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo anunciadas por él mismo, tiene también su manifestación permanente en la Sagrada Eucaristía, sacrificio y sacramento de nuestra redención. En esta acción litúrgica, en la que estamos participando, se manifiesta ese amor infinito, como si fuera la primera vez -porque es la única y la misma vez que ocurrió para siempre-, aquello que nos enseñan los Apóstoles y que la palabra de Dios nos recuerda hoy en la primera lectura: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador para otorgar a Israel la conversión con el perdón de los pecados” (Hch. 4. 5).

3.- Pero el hecho de que la Eucaristía sea la celebración sacramental del mismo y único sacrificio redentor de Jesucristo, no supone que cualquiera, participando en este admirable sacramento pueda llegar a descubrir, sin más, todo el misterio de amor divino y de salvación que encierra. Es necesario que la palabra de la Iglesia acompañe a los hechos que realiza por mandato del Señor; de tal modo que, la proclamación de Jesucristo, de sus enseñanzas y de sus obras, permita acercarse a las celebraciones litúrgicas con plena fe en la acción de Dios que allí se hace presente.

Este es el ministerio de los Apóstoles. Ministerio que ellos, al recibir al Espíritu Santo, entendieron como un deber y una satisfacción al mismo tiempo, ya que, por su fe se sabían salvados por Jesucristo. Y sabían, además, que Dios había enviado a su Hijo Unigénito para salvar a todos los hombres de todos los tiempos. Por eso entendieron que predicar a Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación a causa del amor que nos tiene, debía ser su ministerio principal por encima de todas las dificultades y adversidades. Así lo manifiestan diciendo ante las autoridades que se lo prohibían: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch. 5, 29).

4.- Ese convencimiento llevó a los Apóstoles a arrostrar gravísimas dificultades, a beber el mismo cáliz amargo que bebió Jesucristo, encarcelados y martirizados por el Nombre del Señor. Ese convencimiento era tan profundo y firme en los Apóstoles, que Santiago y Juan, ambos hermanos de sangre, a la pregunta de Jesucristo acerca de si podían afrontar los sacrificios que iba a comportarles el ejercicio de su ministerio, respondieron, con una firmeza y decisión que sorprende: “Podemos” (Mt. 20, 17-28).

En verdad, a estos hombres tan intrépidos como débiles, les asistía la gracia de Dios. Estaban llenos del Espíritu Santo. En esta celebración debemos pedir a Dios la gracia que necesitamos para recorrer fielmente el camino que el Señor nos ha trazado, a cada uno según la vocación propia, para que seamos cristianos ejemplares y apóstoles en nuestros ambientes.

5.- Hoy celebramos la fiesta de Santiago Apóstol, primero de los Apóstoles que sufrió el martirio por su fidelidad a Jesucristo. Y celebramos también a Santiago Apóstol como Patrón de España. El patronazgo supone una especial intercesión del santo ante Dios en favor nuestro. Es a él a quien debemos pedir hoy, con fe y con esperanza, la gracia de asumir nuestra misión apostólica con la valentía, con la decisión y con la fe con que la asumió el Apóstol Santiago.

6.- Esta celebración tiene también una dimensión familiar al interior de nuestra Iglesia Particular. Esa dimensión familiar tiene que ver, también, con el amor con que el Señor nos ha amado. Y tiene que ver con el amor de Dios, porque amándonos Él, nos invita y nos capacita para amarle. Y amándole a él, comenzamos a ser capaces de amarnos entre nosotros. La unión de los cristianos con sus semejantes, comienza a ser posible en tanto estamos unidos a Jesucristo, cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo místico.

Ese amor recíproco es el que nos hace alegrarnos con los que se alegran y sufrir con los que sufren. Hoy es día de gozo porque es la onomástica de vuestro Padre y Pastor, de vuestro Arzobispo; ojalá también, de vuestro amigo. Vuestra presencia hoy en la Catedral supone para mí la gran satisfacción de sentirme unido a mis hermanos sacerdotes y a los fieles de esta Iglesia con el vínculo del amor cristiano y del afecto humano.

7.- Por vuestro gesto al acompañarme hoy participando en esta Eucaristía, quiero daros las gracias. A la vez os pido el favor de que oréis para que el Señor me conceda la gracia de quereros como os debe querer el Padre a los hijos y el Pastor a sus ovejas.

Elevemos al Señor la plegaria que nos ha sugerido el salmo interleccional con estas palabras: “El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros, conozca la tierra tus caminos y todos los pueblos tu salvación” (Sal. 66).

QUE ASÍ SEA