HOMILÍA EN EL DOMINGO CUARTO DE CUARESMA, 2013


Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,
queridos hermanos miembros de la Vida Consagrada y seglares todos:

Hemos recorrido el curso cuaresmal. La llamada del Señor a la conversión ha sonado en nuestros oídos y en nuestro corazón. Una llamada amorosa, paciente y solidaria. El Señor se ha comprometido con nuestra conversión: nos ha ofrecido la motivación, la orientación y la ayuda; y ha manifestado permanecer a nuestro lado para lo que necesitemos y no alcancemos dada nuestra limitación.
En este Domingo cuarto de Cuaresma, como síntesis e insistencia sobre nuestro deber constante de conversión a lo largo de nuestra vida, nos dice a través de San Pablo: “en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. Es nuestro deber fundamental y nuestra principal responsabilidad. Tenemos el camino preparado y el campo arado porque “al que no había pecado (Cristo), Dios lo hizo expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios” (2Cor 5, 21).
La redención está ya consumada: Cristo cargó con nuestros pecados y mató a la muerte espiritual con su muerte sacrificial en la cruz. Falta, pues, que cada uno manifestemos sinceramente nuestro deseo auténtico y nuestro compromiso firme de aprovechar la gracia redentora haciendo un ejercicio de conversión.
Al considerar la gesta redentora de Jesucristo no podemos olvidar el emocionante contenido de la parábola que hemos escuchado en la lectura del santo Evangelio. El padre de familia, imagen de Dios, “Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo” (2Cor 1, 3), en lugar de maquinar cualquier castigo ciertamente merecido, para quien había reclamado injustamente la propia herencia y la había dilapidado en una vida licenciosa, otea diariamente el horizonte y vigila los caminos deseando y esperando el regreso del hijo pródigo.
Este gesto es un signo claro de que el Padre de familia tenía puesta su confianza en su hijo. Pensaba que, a pesar de su mal gesto y de su vida reprobable, tendría un momento de lucidez y volvería junto a su padre. Es verdaderamente consolador saber que el Señor nos espera. Más todavía: el Señor nos busca. El Apocalipsis pone en labios de Jesucristo estas conmovedoras palabras: “estoy a la puerta y llamo” (Ap 3, 20).
Ante esta actitud insuperable de Dios con nosotros el hombre consciente exclama, como nos sugiere el salmo interleccional, no solo reconociendo, sino proclamando la bondad de Dios: “gustad y ved que bueno es el Señor” (Sal 33). Y esta proclamación se convierte en una verdadera obra de apostolado, porque no podemos guardar para nosotros la experiencia del amor, de la paciencia y de la misericordia divina. Por eso exclama el salmista: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre… contempladlo y quedaréis radiantes… si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias” (Sal 33).
No podemos quedarnos alimentando nuestra inteligencia y nuestro corazón solamente de los bienes que el Señor ha puesto en el mundo para nuestro provecho, como los israelitas se alimentaron del maná. Es necesario que nos alimentemos directamente del alimento que es el Señor. Alimento que nos llega por la palabra revelada, por la Eucaristía y Penitencia, y por la oración personal y comunitaria. Los israelitas cuando tuvieron acceso a los alimentos nacidos de la tierra prometida, dejaron el maná… nosotros no podemos depender de noticias y comentarios, o de apreciaciones consabidas en torno al Evangelio. Debemos acudir directamente a su contenido, y buscar y saborear la cercanía de Dios allí donde se nos da en directo.
El apóstol san Pablo nos dice claramente que el que es de Cristo es una creatura nueva. Vivamos pues como miembros vivos del cuerpo de Cristo que es la Iglesia y, siendo así de Cristo, seremos una criatura nueva capaz de entender la inmensa gracia de la redención, la radical novedad que aorta a nuestra vida la resurrección del Señor, y la ayuda providencial y segura que nos ofrece el Espíritu Santo enviado por Jesucristo después de su Ascensión.
Pidamos al Señor el don de la humildad para no ponernos en lugar de Dios. Pidamos la gracia de la receptividad para saber acoger la luz de disto y el proyecto de vida que nos ofrece con la redención. Y agradezcamos a la Santísima Virgen María su cuidado maternal que nos mantiene cerca del Señor y abiertos a la salvación.
QUE ASÍ SEA 

HOMILÍA EN EL ECUENTRO DE LOS VOLUNTARIOS DE CARITAS


Sábado, 9 de Marzo de 2013


Queridos miembros del equipo de Caritas diocesana,
Queridos voluntarios en el trabajo de atender a los más necesitados:

1.- La palabra de Dios nos invita hoy, a través del profeta Oseas, a pensar en la virtud de la misericordia. Y nos advierte que el comportamiento misericordioso agrada al Señor más que los sacrificios y holocaustos. Estas son las palabras que hemos escuchado: “Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Os. 6, 6). La razón es muy sencilla: al Señor le agrada aquello que nace de dentro, del corazón, de la voluntad orientada por la inteligencia, por el conocimiento y la aceptación de Dios como Señor, Maestro y Salvador nuestro.

El Rey David, pidiendo perdón al Señor por su pecado, manifiesta haber entendido este principio, que es el de la sinceridad y no el del simple rito; y dice: “Te gusta un corazón sincero” (ssal. 50, 8) … “Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto no lo querrías. El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú, oh Señor, tú no lo desprecias” (Sal. 50, 18-19).

2.- Esta enseñanza nos ha llegado, de modo muy claro e insistente, de labios del mismo Jesucristo. Hablando con la Samaritana, que juzgaba la autenticidad y el valor del culto a Dios dependiendo de quién y donde lo ofreciera. Y le dice: “Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre …los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así” (Jn.4, 21. 23).

3.- No cabe la misericordia sin amor. Se quedaría en un simple sentimiento dominado por las circunstancias y, por tanto, fluctuando según los aires del agrado, del desagrado o de la presión social. En cambio, cuando interviene el amor, los gestos misericordiosos cobran el valor y la dignidad de la virtud.

Pero el amor, que hace posible la verdadera misericordia, ha de ser el que nos enseña Jesucristo con su ejemplo lavando los pies a sus discípulos y diciéndonos luego: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros: como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn. 13, 34).

4.- En este sentido, debemos entender que el amor, ejercitado en la misericordia y, por tanto, en la caridad, no puede tener una auténtica identidad cristiana si no lo aceptamos como regalo de Dios. Cuando el Señor nos manda amarnos, está sacrificándose por nosotros para que recibamos el perdón de los pecados y, consiguientemente, la gracia de Dios. La Gracia es participación en la naturaleza divina. Con ella, lógicamente, recibimos, como regalo, la semilla del amor sobrenatural. Así ocurre en el Bautismo. En adelante es tarea nuestra cultivarlo. Y los medios han de ser: acercarnos e intimar con el Señor mediante la escucha atenta y religiosa de su Palabra, mediante la oración y mediante la participación en los Sacramentos; muy especialmente en la Eucaristía. En ella se hace presente para nosotros el único y definitivo sacrificio de Jesucristo; y él mismo se nos da como alimento para ese arduo peregrinar que es la constante conversión del corazón hasta identificarnos con Él, como dice S. Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2, 20).

5.- Esta es la condición exigida por la virtud de la Misericordia es, al fin y al cabo, la misma exigencia para el ejercicio de la caridad, que nace también del amor de Dios y que está esencialmente unida a la virtud de la misericordia . De lo contrario los proyectos y las dedicaciones sufrirían el “riesgo de diluirse en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes” (Motu Prop. sobre el servicio de la caridad) .Son palabras del recordado Papa Benedicto XVI. Por eso, continuará diciéndonos: “Con el fin de garantizar el testimonio evangélico en el servicio de la caridad, el Obispo diocesano debe velar para que quienes trabajan en la pastoral caritativa de la Iglesia, además de la debida competencia profesional, den ejemplo de vida cristiana y prueba de una formación del corazón que testimonie una fe que actúa por la caridad” (o.c. Art. 7,2).

6.- Al encontrarnos en el Año de la Fe, debemos aprender la enseñanza del magisterio de la Iglesia que nos dice: “La fe sin la caridad no da fruto; y la caridad sin la fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente” (PF. 13). Esto nos lleva a sacar una conclusión muy sencilla, aunque no siempre es tenida en cuenta debidamente por todos los cristianos. Es esta: el verdadero creyente no puede vivir sin el ejercicio de la caridad para con el prójimo. Y el que practica sinceramente la virtud de la caridad, estimula su fe.

En los destinatarios de las acciones caritativas debemos ver siempre el rostro de Jesucristo. Así nos lo enseña Él cuando, al hablarnos del servicio material y espiritual a los hermanos, añade: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt. 25, 40).

7.- Concluimos las celebraciones principales programadas para la celebración del cincuenta aniversario de la institución de Caritas diocesana en nuestra Iglesia particular. Es verdaderamente providencial que lo hayamos podido celebrar unido a la memoria del Concilio ecuménico Vaticano II. Una de sus constituciones pastorales nos invita a considerar en todas su amplitud el deber del cristiano para con las personas y la sociedad en todas sus dimensiones y aspectos. Podríamos decir que nos incita y nos ayuda a formarnos y a vivir auténticamente la caridad como una misión que nace de la misma esencia de la Iglesia.

Procuremos, con verdadero interés y esfuerzo, ir adentrándonos cada vez más en el misterio del amor de Dios a todos sin distinción, y a procurar las mejores actitudes y la mayor preparación para ejercer, en nombre de la Iglesia, toda acción caritativa para con el prójimo.

8.- La Santísima Virgen María, testimonio magistral de la caridad vivida con verdadera solicitud, nos ayude a descubrir el amor de Dios, y a practicar desde él nuestro amor cristiano con los hermanos.

Vivamos la Eucaristía con toda atención e interés. Ella es sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL DOMINGO TERCERO DE CUARESMA, 2013



Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente, 
queridos hermanos miembros de la Vida Consagrada y seglares todos: 

1.- El Señor se nos presenta hoy como el único Dios, como el ser supremo, como el que es antes que todos y sobre todos. A la pregunta de Moisés, acerca del nombre de quién le anuncia que va a intervenir en la liberación del pueblo de Israel, responde: “soy el que soy”. Esto significa que Él es quien tiene su ser como propio, no recibido. Su existencia no depende de nadie. Para quienes podían entenderlo, esto significaba que era Dios, el único Dios; no uno de los dioses o ídolos que atraían la atención de los paganos y  condicionaban su vida sin garantía de verdad.

2.- La presentación del Dios de Abraham, de Isaac, y de Jacob, el que “es”, no va unida a gestos que puedan causar miedo ni resignada sumisión. No ejerce su poder en beneficio propio ni para sojuzgar a los hombres, sino para liberarles, para salvarles. Aquel que “es” sobre todo, es, por encima de todo, “amor”. Por eso se dirige a Moisés diciéndole que ha conocido la opresión a que está sometido su pueblo elegido y va a bajar a librarlos de los egipcios. 

Nadie le había pedido todavía a Dios que interviniera en la vida del pueblo sojuzgado por los Egipcios. Él es quien toma la iniciativa. El que ama de verdad, siempre toma la iniciativa en favor del ser amado, sin poner como condición la recompensa.

El Papa Benedicto XVI ha sido una muestra clara y ejemplar de seguir el camino señalado por el Señor. Con un gesto de fe y de confianza en Dios ha tomado la iniciativa que consideró como la más adecuada para la vida de la Iglesia, que es la Viña del Señor de la que él se consideró siempre un humilde trabajador. Benedicto XVI ha vivido y testimoniado el convencimiento creyente de que somos necesarios mientras el Señor nos pide un ministerio; pero que no somos imprescindibles. Por tanto, la misma elección del Señor para una misión determinada lleva consigo el deber de considerar honestamente y en su presencia la decisión correcta de permanecer o de abrir el paso a quien Dios ponga en ese lugar. La gran lección del Papa Benedicto XVI ha sido la serenidad, el espíritu de sacrificio, la humildad y la plena confianza en Jesucristo puesta la esperanza en que “en la barca de la Iglesia está siempre Jesucristo”.

Nosotros debemos aprender, a la luz del gesto valiente y difícil de Benedicto XVI, que ninguna institución y ninguna obra  en la que el Señor nos llame a colaborar es nuestra por muy entusiastas y comprometidos que nos encontremos en ella. El ámbito en que debemos cumplir la vocación recibida del Señor no es nuestro; es suyo. Cuando nos llama nos manifiesta que necesita de nuestra colaboración, en un grado u otro, para su desarrollo y para el cumplimiento de sus fines. ¡Qué distinta sería la familia, la sociedad y la misma Iglesia, por ejemplo, si entendiéramos así nuestra vocación!

Puesto que la renuncia del Papa Benedicto XVI al sumo Pontificado en la Iglesia ha sido un  exquisito ejemplo de fidelidad al Señor, fraguada en la oración,  asumida con plena libertad, y vivida con espíritu de entrega y de sacrificio, nos unimos hoy en una plegaria especial. Queremos dar gracias a Dios por el rico servicio que ha propiciado a su Iglesia a través de este Papa; por el ejemplo de humilde amor a la verdad, y por el testimonio de valentía desde la debilidad humana, que es el espacio en que se manifiesta la fuerza de Dios. Al mismo tiempo elevamos con fe nuestra súplica al Señor para que ilumine a Benedicto XVI en su indudable dedicación a la Iglesia desde la nueva situación en que ahora se encuentra. Nuestra plegaria debe incluir, al mismo tiempo, la oración para que dirija la mente y el corazón de los Cardenales que han de elegir al nuevo Papa ya esperado por la cristiandad. 

3.- Hoy la santa Madre Iglesia nos invita a considerar el gesto de Dios tomando la iniciativa para liberar a su Pueblo y de cada uno de sus miembros de la esclavitud de Egipto. Con ello nos muestra su comportamiento con la Iglesia y con cada uno de los cristianos. A la vista de ese gesto de Dios, llevado a cabo para nosotros en Jesucristo nuestro redentor, se nos descubre muy claramente un objetivo de revisión y de conversión personal. Podríamos concretarlo en el ánimo de responder sinceramente a una pregunta muy sencilla: ¿Qué idea tenemos de Dios? ¿Qué es Dios para nosotros? ¿Qué idea tenemos de la Iglesia? ¡Cómo entendemos y vivimos nuestro lugar y nuestra misión en ella? Y para concretar esta pregunta al máximo podríamos añadir esta otra: ¿Cuándo y para qué recurrimos a Dios? ¿Qué hacemos en la Iglesia?

4.- La liberación que Dios obró en favor nuestro con su pasión, muerte y resurrección al hacerse presente en su Hijo Jesucristo nos puso en condiciones de que entendiéramos quién es Dios en verdad y qué nos ofrece realmente para  llamarnos a tenerle en cuenta, para adorarle y glorificarle.

El Señor, con todo lo que asumió cumpliendo la voluntad del Padre, nos manifestó la realidad de Dios. Dios es el creador y salvador del hombre. Dios es Padre amoroso que no puede abandonar a los hijos en nuestra propia perdición, aunque la hayamos causado nosotros mismos. Dios es el único que entiende y ama plenamente al hombre. Por eso no ejerce su justicia convirtiéndonos en reos, a pesar de nuestros pecados, sino como la fuerza divina que nos hace justos, que nos renueva haciéndonos hijos suyos. 

Dios es quien nos llama para que entendamos que tenemos una necesidad imperiosa de salvación. La salvación que Dios nos promete y para la que envía a su Hijo Jesucristo es la liberación de nuestra alma acosada por las tentaciones del diablo y herida por el pecado.  

Esta salvación solo puede ofrecerla Dios. Solo él es quien nos conoce personal y profundamente. Solo él tiene poder sobre el pecado y sobre el diablo. Solo él puede restaurar nuestra relación con él rota por nuestras culpas.

5.- La salvación que nos ofrece el Señor es la liberación interior. Y, para recibirla debidamente, la Santa Madre Iglesia nos ofrece todo un programa cuaresmal. Y, con él, todo un cúmulo de ayudas que debemos aprovechar.
La primera es reconocer, como nos dice el Salmo, que el Señor es compasivo y misericordioso. Por tanto nadie ha de sentir miedo ni reparo al acercarse a Dios. “Él perdona todas nuestras culpas y cura todas nuestras enfermedades espirituales; él rescata nuestra vida de la fosa del pecado y de los malos hábitos que pudiéramos haber contraído. Y todo ello lo realiza en favor nuestro aún a costa de su propia vida. Este es el misterio que celebramos en la Semana Santa y, sobre todo, en la Santa Misa. Por eso, nadie puede considerarse cristiano en verdad si no participa en la Eucaristía el Día del Señor que es cada Domingo.
Para que lo entendamos bien, hoy la Santa Madre Iglesia nos presenta una bella parábola. En ella, el dueño del campo se dirigió a quiénes pretendían medir la maldad de los hombres a partir de una conducta que merecía un severo castigo. 

Y les habló de la higuera que no daba fruto en varios años. Él, poniéndose en lugar del agricultor que la tenía en su viña, ante la petición de cortarla porque no daba fruto, pidió una nueva oportunidad, un año más, en que se aumentaran los cuidados cavando a su alrededor, echando abono y regándola debidamente.

6.- Así es Dios para nosotros. Y esa nueva oportunidad que nos concede ahora puede ser esta Cuaresma. La palabra de Dios, la meditación en los misterios de nuestra redención, el sacramento de la penitencia y el clima de sacrificio y purificación propios de este tiempo, son los cuidados especiales que Dios quiere para que  nos renovemos y lleguemos a dar buenos frutos.

Aprovechémoslos.

Que la Santísima Virgen María dirija y tutele nuestros pasos.

QUE ASÍ SEA 

HOMILÍA EN EL DOMINGO IIº de CUARESMA (2013) Ciclo C


            Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,
            Queridos hermanos y hermanas miembros de la Vida Consagrada y seglares:

            La palabra de Dios llega hoy a nosotros como un mensaje de esperanza, como una promesa de prosperidad, como un anuncio de la gloria que deseamos.
            En la primera lectura, el Señor nos recuerda la relación que mantuvo con Abraham. Los cristianos le llamamos el padre de todos los creyentes porque su fe en la palabra de Dios fue plena y asumió los riesgos que presentaba a ojos humanos la promesa del Señor.
            Dios se dirigió a Abraham en principio llamándole para que saliera de su tierra y de su parentela y se pusiera en camino hacia donde el Señor le fuera indicando. Todos sabemos lo que significa abandonar la propia tierra. Igualmente sabemos lo que es vivir lejos de nuestros seres queridos. Lo que Dios pidió a Abraham fue todo lo que tenía legítimamente adquirido con su esfuerzo y de acuerdo con su naturaleza y sus leyes. Y Abraham creyó y se puso en camino dispuesto a seguir las orientaciones divinas puesta su confianza plena en el Dios que le hablaba.
Hoy, la palabra de Dios nos presente otra llamada de Dios a Abraham. Suponía para él otra prueba de su fe. Siendo ancianos él y su esposa, Dios le prometió una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo, y que poseería una tierra fértil y rica. Y cuando Abraham, con una reacción humana totalmente explicable, le preguntó cómo sabría que iba a poseer esa tierra prometida, el Señor le mandó ofrecer un sacrificio selecto y abundante. Quizá esto nos resulte sorprendente, porque esperamos que a la pregunta de Abraham hubiera seguido la manifestación de unos signos acordes con la promesa. Parece que el Señor, en lugar de responderle, seguía pidiéndole más fe, más obediencia ciega. Sin embargo, la respuesta de Dios es totalmente lógica, aunque misteriosa a simple vista.
La palabra de Dios, las promesas que nos hace y el mensaje de salvación que nos comunica, y que recibimos con respeto y con fe, no tiene más demostración, ni otro argumento para creerlo que amar a Dios. Quien ama a Dios se fía plenamente de él, como ocurre entre quienes se quieren de verdad. Para querer a Dios tenemos que acercarnos debidamente a Él. Y ese acercamiento se da, sobre todo, en los sacramentos. En ellos está y actúa Dios mismo valiéndose de las mediaciones que Él mismo ha elegido: los sacerdotes, la acción litúrgica, la oración personal y comunitaria. Como Abraham obedeció al Señor, pudo ser beneficiario de la Alianza por la que Dios se comprometía diciéndole: “a tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río” (Gn. 15, 18).
Cuando nuestra relación con Dios está fundada en el amor y se cuida en la fe, la promesa y el mandamiento de Dios dejan de ser causa de inquietud y de disgusto y pasan a ser motivo de esperanza y de verdadera alegría interior. Cuando hay fe, la promesa de Dios estimula nuestro crecimiento integral y nuestro deseo de ser santos como n os pide el mandato de Jesucristo: “Sed santos porque mi Padre del cielo es santo” (Mt 5,48). Nosotros, como hijos suyos y partícipes de su naturaleza y de su vida por la gracia que recibimos en el Bautismo, estamos llamados y capa citados para crecer en semejanza de Dios de quien somos imagen por desde que fuimos creados por Dios.
El salmo interleccional, como respuesta al regalo divino de la esperanza que gozamos por al fe puesto que amamos a Dios, nos invita a dirigirnos a Él con una profesión de fe sincera y clara: “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”. Y, como es muy posible que nuestra fe flaquee, el salmo, que también es palabra revelada por Dios, nos hace oír una voz de ánimo con estas palabras: “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”
La promesa que el Señor hizo a Abraham con las palabras que hemos escuchado, la hizo a Pedro, a Santiago y a Juan llevándoselos consigo a la cumbre de un monte y apareciendo ante ellos transfigurado con todos los elementos con que podían los apóstoles reconocer a la divinidad. Y, como ayuda a esta visión, se oyó de nuevo la voz del Padre diciendo: “Este es mi hijo, el escogido; escuchadle”. La gran satisfacción que sintieron los apóstoles ante la transfiguración de Jesucristo, y que hizo exclamar a Pedro diciendo. ¡qué hermoso es estar aquí! Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés u otra para Elías” es la prueba de que el Señor nos conduce hacia la felicidad. Para eso entregó su vida por la redención de todos.
En el camino cuaresmal, en el que debemos procurar la propia conversión, y la de quienes nos rodean, elevemos nuestra oración a Dios pidiéndole, por intercesión de la santísima Virgen María, ser capaces de todos esfuerzo para el crecimiento en la fe. Que la gracia de Dios abunde en nosotros especialmente en este Año de la Fe, y que la llamada de Jesucristo a la santidad y al esfuerzo para conseguirla encuentr eco en nuestro corazón.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA, 2013


Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,
queridos hermanos miembros de la Vida Consagrada y seglares todos:

1.- En el primer domingo de Cuaresma, tiempo de conversión, la Santa Madre Iglesia nos pone ante el origen del pecado que es la tentación diabólica. Nos Advierte también de que, como Jesucristo, sin dejar de ser Dios es también verdadero hombre, sufrió la tentación como todos nosotros. La Iglesia, al comenzar la Cuaresma nos muestra, a la vez, la preciosa lección que nos da Jesucristo para que seamos capaces de conocer bien la malicia de las tentaciones y para saber enfrentarnos con ellas y vencerlas.
2.- Es oportuno que recordemos la historia del pecado en la humanidad. Ello n os muestra las constantes de la tentación y del pecado a lo largo de la historia.
El pecado de Adán y Eva fue, en resumen, el mismo que hoy está caracterizando al hombre que vive embaucado por la cultura laicista. El hombre sometido por la cultura dominante no admite a nadie por encima de él. Y, si se le dice que Dios establece los principios y normas para vivir sobre la tierra y para encontrar sentido a cuanto acontece, el hombre intenta prescindir de él llevado por sus ansias de estar por encima de todos y de todo. Las ambiciones de los hombres y mujeres tienen su horizonte en la plena autonomía, en ser la referencia exclusiva de lo que es bueno y de lo que es malo, en ser el único que pueda decidir sobre sus acciones o establecer los criterios que deben regirlas. El hombre desea actuar como si no hubiera sido creado por Dios.
Esta forma de pensar no es nueva, porque al diablo no le interesa que el hombre tenga en cuenta a Dios. Prefiere que le dé la espalda. Por eso, el diablo tentó a Adán y Eva en su punto flaco, en su debilidad vivida por ellos como si fuera la raíz de su fortaleza. Siempre la mentira o las vanas ilusiones en la raíz de la tentación. El Diablo incitó a Adán y Eva a comer el fruto del árbol prohibido. Les engañó con estas palabras: “Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gn 3, 5).
La divina revelación se encarga de manifestarnos el gravísimo error de querer suplantar a Dios. Por eso nos dice en el libro del Génesis: “Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron” (Gn 3, 7). La Palabra de Dios nos da a entender la gran mentira con que el Diablo les había arrastrado al pecado. Al dejarse llevar por la tentación, Adán y Eva se avergonzaron de sí mismos. Se dieron cuenta de que estaban desnudos. A partir de ese momento, no se pudieron dar cuenta de que no podían ser la referencia del bien y del mal, sino que, engañados por el diablo, se veían dominados por el mal del que no podían salir airosos por sí mismos. Tuvieron que ocultarse hasta de sí mismos.
3.- Junto a este hecho, que estigmatizó a la humanidad entera porque todos nacemos con el pecado original, la palabra de Dios nos presenta hoy las tentaciones de Jesucristo y nos enseña cómo actuó el Señor ante ellas.
Jesucristo pone siempre a Dios, su palabra y su voluntad por delante y por encima de todo. El relato evangélico es muy claro y aleccionador.
4.- El diablo pide a Jesús que cambie la naturaleza y la finalidad de las cosas que Dios les dio al crearlas. Y tienta a Jesucristo aludiendo al poder propio de su condición de Hijo de Dios. El diablo nos muestra cómo al hombre siempre se le puede tentar provocando su amor propio en el momento oportuno. Sobre todo, si vive entonces un momento de gran necesidad. De hecho, Jesucristo había ayunado cuarenta días y cuarenta noches y, lógicamente sentía el hambre. En esas circunstancias le dijo el diablo: “si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan” (Mt 4, 3). Traducido al lenguaje popular podría transcribirse así: ¿No dices que eres Hijo de Dios? Si eso es verdad, qué sentido tiene que estés pasando hambre. ¿No ha puesto Dios la creación en tus manos? Pues utilízala convirtiendo estas piedras en el alimento que, en justicia, necesitas.
Esta tentación la sufre la humanidad desde siempre. Y ha llegado a convertirse en criterio de nuestra cultura secularizada, hedonista, pragmática y materialista, en la que el hombre se pone como centro de todo y como criterio absoluto de discernimiento y de toda razón. Porque el hombree se cree así, va cambiando su relación con lo creado sin respetar la identidad que la creación ha recibido de Dios creador, sino según el provecho propio que le piden los instintos o los intereses no siempre reconocidos. Con ese criterio el cuerpo deja de ser templo del Espíritu Santo e instrumento para el propio desarrollo y santificación, y pasa a ser puro instrumento de placer, en cualquiera de sus aspectos y dimensiones, y criterio para la utilización de todo y de todos y de todo lo que cae bajo su dominio.
La respuesta de Jesucristo al diablo es muy clara: recuerda a la mente retorcida de Satanás, que la referencia original y definitiva de todo es Dios. Y, como el diablo disfraza su tentación incluso con interpretaciones erróneas pero aparentemente válidas de la palabra de Dios, le dice: “Está escrito, no solo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4).
5.- La segunda tentación pretende cambiar el sentido y la función del espíritu humano, creado por Dios para conducir al hombre por el camino de la Verdad y del bien. El espíritu, la conciencia, la inteligencia del hombre es don de Dios para crecer en fidelidad a Dios sin doblar la rodilla ante nadie fuera del Señor. Para un verdadero discípulo de Jesucristo es impensable doblar la rodilla ante nadie: ante el dinero, ante el poder, ante la fama, ante el brillo social. Y el diablo se atrevió a pedir a Jesucristo que se arrodillara ante él; a cambio, le concedería todos los reinos del mundo. ¡Cuántos doblan la rodilla ante la mentira y ante la corrupción para satisfacer sus deseos!
Además de tener en cuenta que toda tentación diabólica está construida sobre la mentira, hay que escuchar la respuesta de Jesús: “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto” (Mt 4, 8).
6.- Finalmente el diablo le tienta en el punto débil de los hombres fuertes: la temeridad, el riesgo, el atrevimiento confiando en sus propios recursos y en la trampa. Por eso fracasan, pronto o tarde y quedan sumidos en su propia imprudencia. Dice el diablo a Jesús: “si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: encargará a los ángeles que cuiden de ti” (Mt 4, 9-10). La respuesta de Jesús, una vez más, es lección definitiva para la vida humana y sobrenatural: “está mandado, no tentarás al Señor tu Dios” (Mt 4, 12). No podemos poner a Dios a nuestro servicio. No podemos utilizar la oración para lograr irresponsablemente lo que no hemos podemos alcanzar por no haber dedicado todo nuestro esfuerzo. No podemos convertir la fe y la relación con Dios en una especie de magia religiosa para conseguir nuestro interés a cambio de ritos, como si Dios respaldara la superstición.
7.- La oración con que hemos comenzado la santa Misa ha sido una súplica al Señor para que nos ayude a avanzar en la inteligencia, en el conocimiento del misterio de Cristo, de su enseñanza, de su obra en nosotros y en favor nuestro. Pidámosle que nos ayude siempre a no confundir nuestras equivocadas ocurrencias con la palabra de Dios.
QUE ASÍ SEA 

HOMILÍA EN LA PROFESIÓN SOLEMNE Y PERPÉTUA DE TRES MIEMBROS DEL I, S. HOGAR DE NAZARET


Sábado, 16 de Febrero de 2013

            Queridos miembros del Instituto Secular Hogar de Nazaret,
            Queridas jóvenes que hoy os ofrecéis plenamente al Señor mediante vuestros votos perpetuos,
            Queridos familiares y amigos de estas nuevas consagradas,
            Queridos hermanos y hermanas todos:

            1.- En este día tan importante para vosotras y para el Instituto Secular del que vais a formar parte definitivamente, la palabra de Dios nos dice, a través del Profeta Isaías: “si llamas al sábado tu delicia, y lo consagras a la gloria del Señor…entonces el Señor será tu delicia” (Is. 58, 13). El Sábado, día sagrado para el Pueblo de Israel, es la imagen del Domingo, día sagrado para los cristianos. En él celebramos la resurrección del Señor. Con él comenzamos la semana dedicándola a Dios con todo lo que somos, lo que tenemos, lo que hacemos y lo que buscamos. Por tanto, celebrar el Domingo es el signo permanente de que proclamamos a Dios Señor de nuestra vida. Es el signo de que todo lo que vamos a realizar durante la semana, tendrá su motivación en la voluntad del Señor; y su finalidad será dar gloria de Dios y contribuir a la salvación del mundo.
Como el Domingo ha de celebrarse necesariamente junto al Señor nuestro redentor escuchando su palabra, participando en su banquete eucarístico y gozando en la esperanza de salvación eterna que nos ofrece el recuerdo de su resurrección, el Domingo se convierte, o debe convertirse, en la delicia de los cristianos. Por tanto, quienes celebran el Domingo como el signo de todos los regalos de Dios derivados de la creación y de la redención y lo consagran al Señor, hacen del Domingo su delicia. El Salmo, refiriéndose al Día sagrado, nos invita a cantar: “Este es el día en que actuó el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo”.
2.- Queridas jóvenes que celebráis en este día vuestra consagración perpetua al Señor: puedo y quiero deciros que, a partir de hoy, vuestra vida ha de ser un Domingo permanente; y, con la gracia de Dios, que hace posible en vosotras la consagración, toda vuestra vida puede ser un Domingo y, en definitiva, una delicia, como dice el profeta Isaías.
Si respecto del Día del Señor cantamos proclamando que es “el día en que actuó el Señor”, vosotras, en tanto consagradas –como consagrado es el Domingo- debéis ser un testimonio valiente y entusiasta de que el Señor ha actuado en vosotras; y que, por ello, vuestra consagración es vuestra alegría y vuestro gozo. Pero, como no cabe consagración al Señor sin la decisión de compartir con Él su sacrificio y su voluntad de ser instrumento de salvación, vosotras debéis procurar ser motivo de alegría y de gozo para quienes el Señor ponga a vuestro lado.
3.- Como el bien se destruye si se guarda, y crece si se comunica, vuestro propósito ha de ser emplear vuestra vida en la difusión del bien por excelencia que es la acción salvífica de Dios. Debéis ser, por tanto, apóstoles del amor de Dios, de la redención de Jesucristo, del cuidado constante y paciente que ejerce sobre nosotros con su sabia y amorosa providencia. Debéis ser apóstoles de la alegría que nace en el corazón al experimentar la misericordia de Dios en el Sacramento del perdón. Estáis llamadas a ser profetas de la esperanza que abre el alma hacia horizontes de plenitud, hacia metas que trascienden nuestra vida, nuestro mundo y nuestras ilusiones poniendo la mirada del corazón más allá de lo imaginable y de lo humanamente apetecible. Debéis ser mensajeros de la gracia de Dios y testigos creíbles de la fe. A ello nos invita la Iglesia, a través de la convocatoria del Papa Benedicto XVI, en esta Año Jubilar de la Fe. Año que debe ser tiempo especialísimo para procurar la renovación interior, para purificar nuestra fe, y para proclamarla allá donde nos encontremos.
4.- Ante este programa, que deriva de la conciencia agradecida por los inmensos dones recibidos del Señor, y ante la sospecha fundada de las dificultades y oscuridades con que podemos encontrarnos, es necesario que elevemos nuestra súplica diciendo, con las palabras del salmo interleccional: “Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu voluntad” (Sal. 85).
5.- La consagración al Señor no es posible fuera de la Iglesia. Y como la Iglesia es el Cuerpo místico de Jesucristo del que él es la Cabeza, la consagración al Señor lleva consigo la consagración a la Iglesia. Esta consagración implica la generosa disponibilidad ante las necesidades eclesiales acordes con vuestro carisma y posibles según vuestras condiciones personales. Por ello estáis llamadas a sembrar y cultivar en las gentes el amor a la Iglesia de Jesucristo, procurando en ella la comunión efectiva y afectiva entre sus miembros, siendo apóstoles y testigos de la unidad y de la colaboración generosa y desinteresada. Puede que alguna vez os digan, como dijeron los fariseos a los discípulos de Jesucristo: “¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?” (Lc. 5, 30). Ojalá podáis actuar con ellos en el Nombre del Señor y responder siempre con sus palabras: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan” (Lc. 5, 32).
6.- No quiero terminar sin manifestar mi gozo personal por el crecimiento de este Instituto, y mi compromiso episcopal a favor de su crecimiento, sobre todo por su esencial vinculación a esta Archidiócesis. Su Fundador, D. Luis Zambrano, de cuya muerte celebramos el trigésimo aniversario, fue sacerdote ejemplar de nuestro Presbiterio. Por él debemos elevar nuestra oración a Dios Padre todopoderoso, para que lo tenga en su seno y para que pronto podamos ver claramente reconocidas sus virtudes.
7.- En este curso estamos concluyendo la atención especial al segundo objetivo del Plan Diocesano de Pastoral que es la formación e integración consciente y activa de los seglares en la Iglesia. Demos gracias a Dios porque estas tres jóvenes, miembros del Instituto secular, son un signo de la bendición del Señor para el fruto abundante de los trabajos diocesanos que estamos concluyendo.
8.- Que la santísima Virgen María. Seglar consagrada plena y ejemplarmente al Señor desde su más tierna juventud, acompañe a estas tres jóvenes que hoy se disponen a recibir la gracia de la elección y de la bendición divina. Que interceda a favor del Instituto Secular Hogar de Nazaret para que no cese de recibir el regalo de nuevas vocaciones. Y que, a todos los que hoy nos hemos reunido en torno al Altar del Señor, nos alcance la gracia de la fidelidad a la vocación recibida.

            QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA, 2013


HOMILÍA EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA, 2013


Queridos hermanos sacerdotes,
Miembros de la Vida Consagrada y seglares todos:

1.- Con esta celebración iniciamos el tiempo de Cuaresma. Los quehaceres propios de los cristianos en los tiempos litúrgicos son un signo de lo que debemos hacer a lo largo de nuestro peregrinar sobre la tierra. La vida del cristiano es un camino; y en cada uno de los pasos que vamos dando deberíamos acercarnos más a Dios.
2.- Acercarse a Dios significa avanzar en su conocimiento, crecer en la admiración de su grandeza, de su magnanimidad y del amor que Dios tiene a cada uno de nosotros. Acercarse a Dios significa progresar en el reconocimiento de lo que Dios ha hecho y hace por nosotros. Acercarse a Dios significa procurar que Dios vaya realizando en nosotros su plan de salvación gratuita y definitiva. Por eso, acercarse a Dios, requiere que confiemos en su providencia y acudamos a Él ofreciéndole cuanto somos y tenemos, ya que de Él lo hemos recibido, y pidiéndole cuanto necesitamos. Hablando en lenguaje humano podemos decir que Dios está preocupado por nuestra plenitud y salvación más que nosotros mismos. Confiando en él, buscando su cercanía y creyendo que todo lo podemos si es de su agrado, correspondemos a su amor y nos abrirnos a la salvación que Él nos ofrece. Acercarse a Dios es tomar y reafirmar cada día la decisión de ser con Él y para Él, puesto que, como dice san Pablo, “en Él somos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28). Acercarse a Dios es, pues, en definitiva, entender nuestra existencia y nuestro futuro como un regalo misericordioso de Dios, y corresponderle con gratitud alabándole y proclamando por doquier su existencia, su amor y su presencia junto a nosotros para guiarnos por el buen camino.
3.- En cada tiempo litúrgico, la Iglesia nos ofrece la oportunidad de acercarnos a Dios contemplándole en uno de sus misterios fundamentales manifestados en Jesucristo. Solo el conocimiento de Dios, tal como n os lo revela Jesucristo, puede movernos a la admiración de su bondad y de su amor. Y solo desde el descubrimiento de su amor puede brotar en nosotros la voluntad de acercarnos cada vez más a Él y de seguirle correspondiendo a su amor con nuestro amor.
4.- En el tiempo de Adviento nos preparábamos para el encuentro Dios, manifestado en Jesucristo recién nacido de la Santísima Virgen María, presentado al mundo en su tierna debilidad, y necesitado del amor y del cuidado de su madre. En ello nos mostraba su misteriosa cercanía a nosotros porque, siendo Dios y, por tanto, infinito, se hizo en todo semejante al hombre menos en el pecado, sometiéndose a los condicionantes de vida propios de la naturaleza humana.
5.- En el tiempo de Cuaresma la Iglesia nos invita a prepararnos para el encuentro con el misterio de Dios manifestado en Jesucristo que se entregó libremente a la pasión y a la muerte cruenta en la Cruz para salvarnos de la muerte eterna y conducirnos a la felicidad sin fin junto a Él en los cielos.
Prepararnos para el encuentro con Cristo que sufre y que muere, por nosotros, supone que vayamos entendiendo en qué consiste el amor de Dios redentor. Este amor queda expresado en la Sagrada Escritura con estas palabras: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.” (Jn 3, 16).
6.- El amor de Dios es un verdadero misterio de bondad. Con su manifestación nos enseña que es voluntad complaciente de Dios dar su vida para salvar a sus criaturas del mal del pecado; mal que hemos contraído precisamente por ir contra él, por oponernos a sus planes de amor. La magnitud de ese amor de Dios al hombre no se puede entender desde categorías humanas. Así nos lo explica la divina revelación diciendo: “Por un hombre justo, quizá alguien diera su vida. Para que conozcáis el amor que Dios os tiene, sabed que Él ha dado su vida por vosotros, pecadores”.
7.- La Cuaresma que hoy comienza, debe ser un tiempo especialmente dedicado a meditar en el amor de Dios que entrega su vida en Jesucristo, precisamente para que nosotros vivamos. El que es todo verdad, bondad, amor, sabiduría y perfección se entrega a la pasión y a la muerte cruel y vergonzante para que sus traidores, que somos todos los pecadores, podamos participar de la gracia y de la felicidad que son propias de Dios: del Dios ofendido.
¡Tremenda paradoja y profundo misterio el del amor de Dios!
8.- Es tan grande este misterio que resulta más fácil acostumbrarse a él, a base de oírlo repetidas veces, que caer en la cuenta de su significado y procurar vivirlo con espíritu de humildad, de adoración y de amor, y procurar corresponder a Dios con nuestro amor y con una vida coherente con la fe que profesamos.
Por eso en el tiempo de Cuaresma debemos dedicar un tiempo especial a nuestra formación cristiana y a la reflexión sobre la palabra de Dios para penetrar un poco más en el significado conmovedor del misterio de nuestra redención.
Junto a todo ello, y como lógica consecuencia, debemos sentirnos comprometidos libre y decididamente a corresponder al Señor aprovechando la gracia que Él nos ofrece durante la Cuaresma. Por tanto, la Cuaresma ha de ser tiempo de reflexión, de examen de conciencia, de conversión y de reconciliación.
El tiempo de Cuaresma ha de ser vivido como un tiempo de gracia para volvernos a Dios en un mundo que pretende vivir como si Dios no existiera.
9.- Por eso, la santa Madre Iglesia nos advierte con esta celebración que no somos nada sin Dios, porque nuestra vida pierde sentido si no es vivida según su voluntad; que nuestros recursos de crecimiento y desarrollo son nulos sin Él; y que, por tanto, sin Él somos ceniza y en ceniza terminaríamos irremediablemente. Ese es el mensaje de la liturgia en este acto penitencial con el que, comienza la Cuaresma y se nos dice:: “Convertíos y creed en el Evangelio”. “Hombre, acuérdate de que eres polvo y en polvo te has de convertir”.
10.- Lejos de todo pesimismo por considerar nuestra miseria si vivimos sin Dios, la Cuaresma debe llevarnos al optimismo y a la esperanza sabiendo que a quien pone lo que está de su parte, Dios no le niega su gracia. Del miedo a la miseria de vivir sin Dios, debemos pasar a la alegría de saber y experimentar que con él y en él todo lo podemos.
Pidamos a la Santísima Virgen María, que nos alcance de su Hijo la gracia de conocerle, adorarle, quererle, seguirle y acercarnos cada vez más a Él en esta Cuaresma.
QUE ASÍ SEA