HOMILÍA DOMINGO I DE CUARESMA (22 de febrero de 2015)



Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos miembros de la Vida Consagrada y fieles laicos:

1. Comenzamos la Cuaresma con la conciencia clara de si el Señor se acercó a nosotros en la Navidad, nosotros debemos acercarnos a Él. Pero el Señor, para acercarse a nosotros tuvo que anonadarse, tomando la condición de hombre con todas las limitaciones de la naturaleza humana. Nosotros, en cambio, para acercarnos a Dios, tenemos que irnos desprendiendo de las adherencias pecaminosas de nuestra naturaleza. Por eso, la Cuaresma es tiempo de conversión, de reforma, de reorientación, de elevación.
No obstante, aun teniendo claro que ganamos con el esfuerzo de seguir a Jesucristo por el camino de la humildad, de la obediencia al Padre y de la entrega por el bien de los demás, nosotros experimentamos la fuerte sujeción del espíritu a los aparentes bienes de la tierra. Desprendernos de ello es ardua tarea en la que debemos ocuparnos con decisión, porque las ataduras, derivadas del pecado original, son fuertes y constantes.
2. Cuando nos decidimos a mirar las cosas de arriba, como Dios quiere, sentimos el duro peso de nuestra condición terrena, de nuestras concupiscencias y de nuestra falta de visión sobrenatural; al menos con frecuencia.
En esta situación necesitamos gozar de un fuerte y constante convencimiento de que la verdad de nuestra vida no está en lo que sentimos día a día, sino en lo que Señor nos invita a valorar y a seguir. Pero esta enseñanza del Señor, por fuerza del diablo, se nos pasa desapercibida algunas veces, o se nos presenta oscura y llena de dudas. Brota con frecuencia la pregunta: ¿Es verdad que el Señor me pide esto o lo otro? ¿No se opone a lo que nos dice la propia inteligencia que Él mismo nos ha dado?
En esa situación es necesario fortalecer la fe en la bondad de cuanto el Señor nos pide. Para ello, el Salmo interleccional nos invita a repetir, como un acto de fe que necesita reafirmarse: “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza” (Sal 24).
Guardar la alianza del Señor equivale a empeñarnos en conocer el sentido profundo de cuanto el Señor nos indica y nos pide. Solo así podremos valorar la fuerza de razón que tiene el Señor para orientar nuestra vida con autoridad y con paciencia nacidas de su amor infinito.
Y conocer el significado y el sentido profundo de la palabra del Señor exige de nosotros un constante esfuerzo por aprender, por crecer en la formación cristiana. Requiere de nosotros, cuanto menos, el mismo interés que ponemos en enterarnos de lo que afecta a nuestra vida terrena. Salud, alimentación, forma de acertar en las relaciones sociales, etc.
Por eso, la cuaresma debe ser, para nosotros, un tiempo en que nos preocupemos de reordenar nuestra vida, midiendo bien la atención que prestamos a lo que es fundamental y a lo que es accesorio o secundario. Claro está que ello implica el convencimiento básico de que lo más importante es lo que se refiere a nuestro espíritu. En él, y no en lo exclusivamente corporal, está la imagen y semejanza de dios que somos por creación. Y es en la semejanza a Dios en lo que estamos llamados a crecer día a día para no perder ni deteriorar nuestra identidad fundamental.
3. La cuaresma, así entendida, es un ejercicio especialmente intenso para alcanzar la vida. Alcanzar la vida no consiste solamente en procurar el disfrute de la vida eterna en el cielo.
Alcanzar la vida es una búsqueda o un empeño que nos compromete en la ordenación de nuestros días aquí en la tierra de modo que sean camino verdadero para lograr nuestro desarrollo integral como criaturas que Dios ha puesto en el mundo para su transformación. Difícilmente alcanzará la vida eterna quien no se haya esforzado por lograr el pleno desarrollo de cuanto Dios nos regaló para el camino desde la tierra hasta el cielo.
Este cometido no es tarea tan difícil que resulte inalcanzable para quienes no contamos con grandes cualidades, no con vocación de heroísmo. Este cometido es algo imprescindible que Dios pone al alcance de todos. Así nos lo da a entender el salmo interleccional diciéndonos: “El Señor es bueno y enseña el camino a los pecadores” (Sal 24). Lo ha demostrado encarnándose, viviendo entre nosotros y dejándonos bien claro que Él es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).
4. Seguir esa enseñanza, recorrer ese camino y procurar esa vida interior que se convierte en Vida eterna y feliz junto a Dios, exige humildad; exige aceptar que Dios sabe más que nosotros lo que nos conviene. Esto que estoy diciendo puede parecer una verdad de sentido común y aceptada por todos. Pero no es cierto. Con frecuencia nos aferramos a lo que tenemos más cerca, pensando que en ello está nuestra seguridad y nuestra salvación. El Señor nos advierte de este frecuente y peligroso error diciendo al Diablo que le tentaba como a nosotros: “No de sólo pan vive el hombre” (Mt 4, 4). Es absolutamente necesario aprender de Dios lo que necesitamos en verdad y en primer lugar. Y eso nos llega por su Palabra. Palabra que no se reduce a un sonido o a una grafía para expresar un concepto. La Palabra de Dios tiene fuerza creadora y transformadora.
 5. La Palabra es la expresión del poder de Dios, de la sabiduría de Dios, del amor de Dios. Aceptar la Palabra de Dios es aceptar plenamente a Jesucristo. Y aceptar plenamente a Jesucristo es decidirse a darle primacía en todo lo que integra nuestra vida. Ese debe ser el propósito fundamental de nuestra conversión cuaresmal.
Pidamos al Señor la luz y la fuerza necesarias para entender y seguir la Palabra de Dios en todo lo que concierne a nuestra vida en la tierra, de forma que sea verdadero camino hacia el cielo.
QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA DE 2015



Mis queridos hermanos sacerdotes,
queridos miembros de la Vida Consagrada, cofrades y demás fieles laicos:

            1.- Parece que todavía suenan los ecos de los villancicos navideños y estamos ya iniciando la Cuaresma, camino de la Semana Santa. El nacimiento del Señor y su pasión y muerte se nos presentan casi unidos.  No es un error. Además de las fechas del calendario que están fijadas para la Navidad y para el Triduo sacro, dando cabida en medio a la preparación cuaresmal que hoy iniciamos, hay otros motivos por los que tiene sentido la proximidad entre estas dos fechas tan significativas para la vida del cristiano.
            La Navidad nos invita a considerar y agradecer el misterio de la humildad y la obediencia del Hijo de Dios. Ambas son tan grandes como su amor que es infinito. Por eso, “cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibieran la adopción filial.¡” (Gal. 4, 4). Y el Hijo de Dios hecho hombre respondió al Padre: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 39).
            La Cuaresma nos introduce en la Semana Santa. En ella celebramos el acontecimiento, misterioso también, de la muerte y resurrección redentoras de Jesucristo. Ese era el fin para el cual nació entre nosotros y compartió nuestra historia.
            2.- El misterio de la encarnación, por el que Jesucristo asumió la naturaleza humana haciéndose en todo semejante al hombre menos en el pecado, está esencialmente unido a la pasión y muerte que había de sufrir; porque para eso había venido. Ya lo anunció el anciano Simeón, diciendo a María su Madre:  “Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, y será como un signo de contradicción” (Lc. 4, 34 ).
            3.- Al considerar la íntima relación que existe entre la Navidad y la Semana Santa, podemos entender que, en el fondo, no puede atribuirse a la Navidad la alegría y a la Semana Santa la tristeza. Es evidente que el nacimiento lleva consigo siempre el gozo de la apertura a la vida, y la alegría de acoger a quien se nos presenta con el encanto y la dulzura del recién nacido. La muerte, en cambio, sobre todo cuando va precedida  por la tremenda pasión que tuvo que soportar Jesucristo por culpa nuestra, lleva consigo un claro sentimiento de dolor. Es debido a la tragedia que supone el dolor para la debilidad humana, y, para nuestra emotividad,  la pérdida del que muere.
Pero en el cristiano, el dolor de compartir emocionalmente el sufrimiento y la cruel escena de la muerte de Jesucristo, llevan consigo también ese gozo y esa gratitud interior que reduce toda tristeza. La muerte de Jesucristo es el preámbulo de su gloriosa resurrección. Y por esta, se nos abren las puertas del cielo. Por la resurrección de Jesucristo podemos esperar los bienes insuperables que nos prometió Jesucristo  orando al Padre después de última Cena. Dijo: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste porque me amabas antes de la fundación del mundo” (Jn. 17, 24).
            4.- Así como la Navidad hace posible la Pascua, así también la celebración festiva del nacimiento de Jesucristo ha de predisponernos a aprovechar el inmenso regalo de la redención que celebramos en la Pascua..
            Para que esto sea así, es necesario que obedezcamos la palabra que acabamos de escuchar. Por medio del profeta Joel Dios nos ha llamado a la conversión. Y nos ha pedido que esa conversión sea profunda y sincera. Por eso nos dice: “Convertíos a mí de todo corazón (…) Rasgad los corazones, no las vestiduras” (Joel, 2, 12). No se trata simplemente de cambiar algunos gestos o algunos comportamientos. Se trata de planificar la vida como una verdadera ofrenda  a Dios para hacer su voluntad. Se trata de procurar acercarnos a la Verdad para construir nuestra vida según ella. Esa Verdad es Dios y se n os manifiesta en  su palabra.
            5.- El Señor, teniendo en cuenta nuestra debilidad y las dificultades que puede llevar consigo la conversión  plena, nos dice a través de San Pablo: ”Os lo pedimos por Cristo; dejaos reconciliar con Dios” (2 Cor. 5, 20). Es como si Cristo mismo nos lo pidiere; porque, en verdad, sólo Jesucristo es quien nos lo puede pedir; y, de hecho, nos lo pide al comenzar la Cuaresma. Él inició su vida pública diciéndonos: “Convertíos porque está cerca el reino de los cielos” (Mt. 4, 17).
El profeta Joel cuando nos llama a la conversión, nos advierte que Dios no es un dios vengativo, sino todo lo contrario. Nos lo da a entender diciendo : “Convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso” (Joel. 2, 13).
6.- Haber descubierto el amor y la misericordia de Dios, y haberla experimentado al recibir la absolución, después de confesar sincera y humildemente nuestros pecados, nos lleva a una paz interior y a un gozo que da optimismo, ánimo y esperanza a nuestro espíritu, y lo hace capaz de  crecer en la virtud, de acercarnos a Dios que es la fuente de la Vida verdadera. Por eso no podemos quedarnos pasivos después de saborear el don de la misericordia divina. Debemos convertirnos en apóstoles de esa Misericordia. De lo contrario caeríamos en  el egoísmo o en  la indiferencia ante los males ajenos, el mayor de los cuales es la lejanía de Dios.
7.- El Papa Francisco nos dice: “La Iglesia ha sido enviada por Cristo Resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, y así hacer crecer el reino del amor, sembrar la paz en  los corazones, a fin de que se afirme también en las relaciones, en las sociedades, en las instituciones” (Regina Coeli, Plaza S. Pedro. Dom. II Pascua de 20º13).
Esta llamada del Papa nos ayuda a tomar con impulso apostólico la tarea de la Evangelización en la que debemos ocuparnos ahora con especial intensidad. Así nos lo piden los Papas , especialmente desde Pablo VI hasta ahora.
8.- La condición imprescindible para llevar a cabo la evangelización y animar a las gentes para que experimenten la misericordia infinita de Dios y la paz que lleva consigo, es orar por aquellos a quienes vamos a dirigirnos. Por eso el profeta, en los esquemas del Antiguo Testamento, invita a que “entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: “Perdona, Señor, perdona a tu pueblo, no entregues tu heredad al oprobio; no la dominen los gentiles, no se diga entre las  naciones: ¿Dónde está su Dios?” (Joel, 2, 18).
9.- Aprovechemos la Cuaresma que hoy comienza,  para a cercarnos a Dios con sincero corazón. Confiemos plenamente en la misericordia de Dios, que siempre es mayor que nuestros pecados. Abramos el alma para que sea trono de Dios y no de nuestros egocentrismos; esos que nos llevan al mal y al olvido de Dios.
Que el Señor nos conceda la gracia de experimentar la esperanza que brota cuando hemos sentido el beneficio de la misericordia de Dios.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA (1 de febrero de 2015)



Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
queridos hermanos y hermanas, miembros de la Vida Consagrada,
queridos fieles laicos que participáis en esta celebración festiva:

1. Parece una contradicción pero no lo es. Me refiero a este hecho por todos conocido: cuando más escasean las vocaciones a la Vida Consagrada en el Sacerdocio, en la Vida contemplativa y en las distintas formas de la Vida activa, más, necesarias son.
Sin embargo, me atrevo a decir que la crisis vocacional es una gracia de Dios para quienes nos planteamos la propia vida al servicio exclusivo de la Iglesia, y del mundo desde la Iglesia.
2. Considero que es una gracia porque podemos estar seguros de que, especialmente los consagrados y de formas distintas los cristianos en general, tenemos una parte inexcusable en este  importante problema. No cabe duda de que Dios quiere valerse de nosotros para hacer llegar al corazón de los niños y de los jóvenes la llamada  para que se decidan a entregarse al Señor con alma, vida y corazón. Esta convicción debe llevarnos a un examen personal e institucional, sin agobios pero sin ampararse en lo mal que está el mundo, para averiguar qué otra cosa o que más, o de qué otra forma debemos vivir y ejercer el ministerio inherente a nuestra vocación específica. Podemos estar seguros de que esta reflexión, provocada por la conciencia de nuestra propia responsabilidad en el ámbito vocacional, llevará consigo frutos de conversión personal, de creatividad educativa y de renovación pastoral. El final será nuestro crecimiento en el “ser” y en el “hacer”, coherentes con nuestra identidad cristiana y con la misión que se nos ha encomendado. El Papa Francisco al dirigirse a los Consagrados en el Año dedicado a ellos dice que esta mirada a la propia identidad y a la historia de la propia institución “es una manera de tomar conciencia de cómo se ha vivido el carisma a través de los tiempos, la creatividad que ha desplegado, las dificultades que ha debido afrontar y cómo fueron superadas. Se podrían descubrir incoherencia fruto de la debilidad humana, y a veces hasta el olvido de algunos aspectos esenciales del carisma” (Carta apostólica, I.1) Demos, pues, gracias a Dios, al tiempo que le pedimos ayuda para estar vigilantes y percibir y realizar lo que Dios nos pide.
3. Por otra parte, la escasez de vocaciones, que constituye indudablemente una seria preocupación en todos los miembros de la Vida Consagrada, y que está ocasionando la reducción de obras institucionales, o la relativa atención a muchas de ellas; esa preocupante escasez de vocaciones es, también, una gracia de Dios. De hecho provoca el humilde reconocimiento de que nuestros proyectos, por santos que sean, no pueden ser considerados como nuestra obra; siempre serán la obra de Dios en la que colaboramos, entre otras cosas, asumiendo la pobreza de nuestra aportación personal e institucional. Muchas veces tenemos que experimentar nuestra pobreza para entender que la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad humana. A este respecto, nos dice también el Papa: “Este Año de la Vida Consagrada es también una ocasión para confesar con humildad, y a la vez con gran confianza en el Dios amor, la propia fragilidad, y para vivirlo como una experiencia del amor misericordioso de Dios”. (ibídem).
4. Sumidos en estas reflexiones, debemos tener en cuenta el mensaje que nos hace llegar San Pablo en la segunda lectura. Nos dice que “el célibe se preocupa de los asuntos del Señor buscando contentar al Señor” (1Cor 7, 32), y que debe tener el corazón disponible para el trato con el Señor sin preocupaciones ajenas. La condición propia de la Vida Consagrada, comprometida en las tres virtudes de la castidad, la pobreza y la obediencia, nos ayuda especialmente para llevar a nuestra vida lo que hemos pedido en  la oración inicial de la Misa. Hemos pedido la gracia de amar a Dios con todo el corazón. Y lo hemos pedido siendo conscientes de que sólo amando a Dios podemos amar de verdad al prójimo. Y ya sabemos que nada tiene sentido en la vida consagrada si no está presidido por el cumplimiento del mandamiento nuevo: que nos amemos los unos a los otros como el Señor nos ha amado.
5. Cuando el Niño Jesús fue presentado en  el Templo, y cuando el anciano Simeón lo tomó en brazos, dijo de Él a María y a José que sería como un signo de contradicción. Aquí se manifiesta bien claramente lo que veníamos diciendo: los planes de Dios, que siempre son planes de salvación, tienen su cumplimiento, muchas veces, en lo que parece ser exactamente lo contrario. El Salvador del mundo iba a ser motivo para que muchos en Israel caigan y se levanten. Así ha de ser nuestra vida puesto que, como el Niño Jesús, hemos sido consagrados por el Señor y para el Señor en orden a la salvación del mundo.
6. Demos gracias  a Dios porque, llamándonos a la Vida Consagrada, nos ha hecho participar de su misión y de su identidad como enviado del Padre. Y, conscientes de nuestra identidad y misión , empeñémonos en la obra de la Evangelización como el mejor servicio que podemos ofrecer a los hermanos. Es la primera y más grande obra de caridad que podemos ofrecer a los hermanos.
7. Pidamos a la Santísima Virgen María, que asumió la espada de dolor anunciada por Simeón, que nos ayude a vivir con la entereza de quien se sabe acompañado por la gracia de Dios en todo el camino que Él nos ha trazado.
                        QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL ENCUENTRO SACERDOTAL DE NAVIDAD (Miércoles, 7 de Enero de 2015)

           1.- Mi querido D. Celso, hermano en el episcopado y compañero en la responsabilidad pastoral,
Queridos  presbíteros, también hermanos  unidos por el vínculo sacramental del Orden sagrado, y por la comunión eclesial:
            Aunque ya os felicité a todos con  sincero afecto en vísperas de la Navidad, no puedo menos que reiterar hoy mi felicitación a vosotros y mi gratitud a Dios. Éste es un día en que la divina Providencia nos depara compartir celebraciones muy significativas para la familia de nuestro  presbiterio diocesano y para la vida de nuestras comunidades cristianas.
2.- Acabamos de conmemorar la fiesta de la Epifanía, que fue la primera celebración litúrgica  del nacimiento y manifestación  del Señor. Fiesta de gran significado sacerdotal porque,  una vez que ascendió Jesucristo a los cielos, su presencia terrena, la manifestación de su rostro y de su gracia salvadora, se perpetua, sobre todo, en los sacramentos ; y ellos son el punto central y más importante de nuestro ministerio sacerdotal.
Este es, pues, un día en que debemos felicitarnos, no sólo por la suerte de compartir una cordial amistad en un día de convivencia navideña, sino por un motivo que la trasciende y la dignifica: somos sacerdotes de Jesucristo y deseamos crecer en la comunión eclesial que brota de la unión sacramental de cada uno con Él. Y somos conscientes, al mismo tiempo, de que el Señor nos ha elegido para que la alegría de su Evangelio, que comenzó con  su Encarnación y nacimiento que hoy celebramos, sea sembrada cada día entre quienes sufren cualquier forma de pobreza, y en quienes tienen el corazón desgarrado por cualquier dolor o por la falta de esperanza.
3.- Vamos a celebrar hoy el veinticinco y el cincuenta aniversarios de la ordenación sacerdotal de unos miembros de nuestro presbiterio. Y lo vamos a celebrar con  gozo dándoles la enhorabuena de corazón. Nos llena de alegría el testimonio de su perseverancia convertida en ofrenda de sí mismos, por encima de todo, a lo largo de los años. Con la gracia de Dios, que no falla nunca, han superado distintas adversidades, han asumido nuevos planteamientos personales y pastorales, han mantenido una permanente conversión del espíritu y de los comportamientos, y una renovación constante de la esperanza en la acción de Dios que nos ha elegido para su ministerio. Sabemos de Quién nos hemos fiado y estamos decididos a mantener plenamente nuestra confianza. Somos “Sacerdotes in aeternum” por el carácter que imprimió en nosotros el Sacramento del Orden sagrado. Por ello somos sacerdotes de por vida, y procuramos renovar y  mantener, cada día,  el propósito de fidelidad y perseverancia. De ello somos capaces con  la ayuda de Dios, y gracias a la paciencia de Dios que nos asiste con  su gracia y con su misericordia.
El mejor homenaje que podemos hacer hoy a nuestros hermanos es unirnos a su acción de Gracias, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en ellos y a través de ellos. El Señor ha transformado su pequeñez, y nuestra pequeñez, en instrumento de la acción divina, como la pequeñez de la  naturaleza humana ha sido, desde la Navidad, vehículo para la manifestación y acción de Dios en favor de la humanidad . El Señor nos ha demostrado, con el paso de los años, que basta su gracia para que logremos lo que no alcanzamos a ser con nuestra fuerzas.
4.- El Apóstol San Juan nos dice hoy que “cuanto pedimos lo recibimos de Dios porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada” ( 1 Jn. 3,22).
Esta afirmación nos invita a confiar en el Señor, pase lo que pase; y a revisar nuestra conciencia, con la necesaria ayuda de quien puede orientarnos para hacer siempre, de verdad, lo que a Él le agrada.
No es fácil estar seguros de hacer lo que agrada al Señor. Es muy fácil confundir nuestros impulsos espontáneos y nuestros hábitos, consciente o inconscientemente adquiridos, nuestros  proyectos, iniciativas y decisiones con  una supuesta voluntad divina. Es muy fácil que nos engañemos. Y no podemos olvidar que el ministerio pastoral exige nuestro testimonio de fidelidad a Dios y de limpia aceptación de su santa voluntad. Sólo así podemos hacer una  propuesta clara y competente de la Palabra de Dios. Sólo así podremos amoldar nuestra vida al ejercicio del ministerio sagrado que el mismo Señor nos ha confiado. Por eso debemos estar vigilantes para no abandonar el estudio, la meditación y contemplación  de la Palabra de Dios, y para mantener con esmero un fino examen de conciencia. Éste es el camino para conocer y aceptar nuestra realidad, sin disimulos, sin pesimismos y sin vanos optimismos.
Corremos el riesgo de ofrecer lo humano con  el nombre de lo divino. Tenemos el peligro de dar lo natural, con el título de lo sobrenatural. Debemos estar vigilantes para no equivocarnos pensando que caminamos hacia Dios, cuando en realidad estemos recorriendo un camino que no puede alcanzarlo.
Junto a todo esta vigilancia para crecer en fidelidad al Señor que se nos ha manifestado en la ternura, en el apoyo interior cuando fracasamos o nos equivocamos, y cuando tenemos el peligro de con fundirnos con el mundo, debemos tener muy presente que el Señor ha hecho obras grandes en nosotros y a través nuestro. Por ello, debemos estar alegres manteniendo siempre la esperanza.
5.- Por eso es providencial que el Señor  nos diga hoy a través de S. Juan: “No os fiéis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios” (1 Jn. 4 1). Esta advertencia nos pone en una situación verdaderamente delicada y comprometida. Pero no puede paralizar ni  entorpecer nuestra dedicación gozosa y confiada en el ministerio que nos ha sido confiado. Ante el Señor debemos abrirnos con plena transpariencia.  Él nos acepta como somos, nos ayuda a construir desde ahí nuestra fidelidad. Desde nuestra realidad nos ayuda a avanzar en el servicio a la porción del Pueblo de Dios que nos ha sido encomendado. Y teniendo en cuenta nuestras debilidades nos ayuda a crecer en humildad que es el primer testimonio de la Encarnación.
El consejo de S. Juan ha de llevarnos a una permanente reflexión y a una vigilante observación de nuestra vida, siempre apoyados en alguien que sepa y pueda orientarnos. Ese es el cometido de la necesaria Dirección Espiritual. Es más fácil percibir las carencias ajenas que las propias. Por eso, el consejo del apóstol Juan nos urge a revisarnos constantemente ante el Señor poniendo ante él nuestros pensamientos, palabras y acciones para que él sea nuestro maestro y nuestro apoyo vigilante. No permitamos que la rutina, la costumbre o la superficialidad deterioren el trato con el Señor y con el Misterio; y que empobrezcan el ejercicio de nuestra misión sacerdotal.
6.- Somos transmisores privilegiados, y especialmente responsables, de mostrar la luz  que atraviesa toda oscuridad, que ilumina con fuerza el futuro, y que da lugar a la esperanza. “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y  sombras  de muerte, una luz les brilló” (Mt. 4, 16), nos ha dicho el EVangelio.
Pidamos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, que bendiga nuestra pequeñez con  el don de su gracia, haciéndonos instrumentos dóciles de su voluntad y testigos de la única luz capaz de romper todas las tinieblas que agobian a los humanos.
La Santísima Virgen María, Madre del Niño Dios nacido en Belén, y de quienes participamos del único Sacerdocio de Jesucristo para continuar su obra en la tierra, nos ayude a vivir cada día con mayor ilusión y esperanza nuestra condición y nuestro ministerio.

            QUE ASÍ SEA 

HOMILÍA EN LA FESTIVIDAD DE EPIFANÍA 2015

Querido hermano en el episcopado y en la misión pastoral de esta Archidiócesis,
queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
queridos miembros de la Vida Consagrada y fieles laicos:

            1.- No cabe duda de que vivimos tiempos difíciles. La oscuridad provocada por las corrientes sociales, por la cultura dominante, por un falso concepto de libertad y de autoridad, y por un ansia de placer y satisfacción inmediata, extiende sobre las personas un manto de oscuridad mental y de conciencia. Como dice el profeta: “Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos” (Is. 60, 1). El Papa Francisco a dicho repetidas veces que estamos ante una guerra mundial que se libra en distintos lugares al m ismo tiempo. La referencia a esta difícil situación de la sociedad, lejos de obedecer a una consideración subjetiva y pesimista, forma parte de la experiencia y de la sensación de las gentes cada día.
2.- Sin embargo, ante ninguna contrariedad  y, ni siquiera ante el pecado, que es el peor mal porque ofende a Dios y seca la sensibilidad humana para lo verdaderamente noble y justo; ni siquiera ante el pecado, puede el cristiano justificar un posible encerramiento en el pesimismo o en la simple resignación.
La palabra de Dios, después de indicarnos la presencia del mal en el mundo, nos invita hoy al optimismo y a la esperanza. A través del Profeta Isaías, nos dice: “pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti” (Is. 60, 2).  En verdad, el Señor ha hecho maravillas en nosotros, y debemos estar alegres y agradecidos.  Porque el don de la fe nos permite ver más allá de las apariencias y de lo inmediato, de lo terreno y de lo que los hombre somos capaces de hacer estropeando lo que hizo Dios. La sagrada Escritura nos dice que “vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gen. º1, 31).
3.- El don de la fe es el que nos permite entender y atender las palabras con que el profeta Isaías nos urge hoy a ser testigos de la esperanza: “¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu  luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! “  (Is. 60, 1).
Estas palabras del profeta van dirigidas principalmente al pueblo de Israel, pueblo elegido del Señor y llamado a ser la fuente de la noticia acerca de Dios y de su amor y cercanía a favor de la humanidad. Por tanto, debemos entender que hoy van dirigidas a nosotros. Somos nosotros los que integramos el nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia. De esas palabras del profeta debemos concluir que el Señor nos llama  a ser testigos de la luz, de la verdad, de Jesucristo, que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6).
4.- Al considerar la manifestación de Dios a los gentiles, que tuvo lugar en la persona de los magos llegados de Oriente; al tener presentes a los alejados, a los no creyentes, a los decepcionados de la Iglesia, a los que han perdido la fe, a los que no confían en que las cosas pueden ir mejor, a los que no creen en nada que vaya más allá de lo tangible y terreno, se ha de reforzar en nuestro ánimo la convicción de que el Señor quiere actuar y que, con toda seguridad, actuará a través nuestro. No olvidemos que nos ha elegido para ser los mensajeros de la salvación; de una salvación concreta que Él desea hacer llegar a través nuestro. Esa salvación ha de transformar el corazón del hombre hasta hacerle gozar de la promesa de Dios. De ella nos habla hoy el salmo interleccional, diciéndonos que Dios “librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres” (Sal, 71…).
5.- Para cumplir bien nuestra misión de mensajeros del Señor, de evangelizadores, es necesario que entendamos la pobreza humana en su amplio sentido,  en todas sus facetas y en todas sus modalidades. De otro modo podríamos sentirnos erróneamente  excusados ante determinados males que podríamos vencer o suavizar. Y, en cambio, podíamos estar viviendo inconscientemente cerca de verdaderos pobres no solo de medios materiales, sino de sentido, de esperanza, de conocimiento de Dios y de lo que es verdaderamente la Vida sobrenatural. Por ella, que hemos recibido de Dios y que no se agota en esta tierra, podemos superar todos los avatares en el curso de nuestra peregrinación terrena.
6.- Considerando la abundancia de pobres a los que debemos acercarnos, la misma palabra de Dios nos advierte que ellos no son enemigos de aquello de que carecen. Por tanto, tampoco de Dios y de la salvación que nos regala. Al contrario, lo desean consciente o inconscientemente, y le dan otros nombres. Por ello debemos tener paciencia y confiar en que un día se darán cuenta y abrazarán la verdad. Por eso el Señor nos advierte a través del profeta, refiriéndose a los magos de oriente: “Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen a ti” (Is. 60, 4). En verdad, habrá un solo rebaño y un solo pastor en el momento que sólo Dios conoce.
Esta festividad se convierte en una  llamada nueva e insistente a tomar conciencia de nuestro deber como evangelizadores; a entender que la necesidad de la luz de Cristo, que nosotros disfrutamos por la fe, constituye una urgente necesidad en muchísimas personas de todas la edades que nos rodean.
No podemos ceder a la tentación de lamentarnos del mal que constatamos en torno; no podemos limitarnos a criticar a los que aparecen como autores de tales desórdenes o carencias y, mientras tanto, quedarnos inactivos y sentirnos justificados arguyendo que los males superan nuestra capacidad para vencerlos. Tengamos presente que Dios nos llama a la acción evangelizadora, y que debemos emprenderla con esfuerzo, con decisión y con esperanza, estando seguros, por la fe, de que Dios dará el incremento a nuestros esfuerzos en la siembra.
7.- Atendamos las palabras de S. Pablo en la segunda lectura: “Que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa de Jesucristo por el Evangelio” (Ef. 3,6).
Pidamos a la Santísima Virgen María, reina de los Apóstoles, que nos ayude a entender y medir la importancia de la evangelización y la urgencia de empeñarnos en ella.

QUE ASÍ SEA