HOMILÍA EN LA RECEPCIÓN DE LA RELIQUIA DE S. JUAN BOSCO


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos miembros de la familia salesiana: (Padre Inspector provincial, Superior y Director de la Comunidad y Colegio, Claustro de profesores, Consejo Escolar, Asociación de Padres, alumnos y alumnas), (Autoridades………),

Hermanas y hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada y seglares participantes en esta celebración:


1.- Hoy es un  gran día de fiesta para  todos los que han conocido a S. Juan Bosco por la estela que han dejado en la historia y en el alma de sus discípulos, su vida y su gran obra educadora.

2.- La reliquia que hoy recibimos con gozo y veneración es el signo de su presencia entre nosotros. Presencia activa en la obra que él inició y que sigue viva con el paso del tiempo. Y presencia de un signo de su cuerpo que, en los días de su peregrinar sobre la tierra, fue el vehículo de la ofrenda plena y permanente que presentó a Dios llevando a cabo la vocación que había recibido de lo Alto.

Su alma oyó y entendió la llamada del Señor; y su cuerpo fue, hasta la muerte, el instrumento fiel para llevar a cabo la misión recibida. En esa unidad integral y bien coordinada entre su alma y su cuerpo, Don Bosco fue templo vivo del Señor y fiel colaborador del Maestro por excelencia que es Jesucristo. El magisterio de D. Bosco fue un eco fidelísimo del magisterio evangélico de Jesucristo.

3.- Su acción educativa pretendía redimir a los niños y a los jóvenes de la postración espiritual y social en que toda persona queda sumida si no cultiva las potencias de su alma, si no desarrolla las cualidades con que Dios enriquece a cada uno en el momento de la creación. El santo educador, con la presencia de su reliquia entre nosotros hoy, nos recuerda su acertada visión y su generosa entrega en favor de los niños y jóvenes, especialmente necesitados de crecer ordenadamente en el cuerpo y en el alma. A la vez, esta reliquia nos recuerda que S. Juan Bosco goza de la presencia gloriosa de Dios en los cielos; y que intercede constantemente ante el Padre para que siempre haya personas dispuestas a emplear su vida entera al servicio de los hermanos más pequeños, especialmente de los más desfavorecidos.

4.- Podemos decir con acierto, que S. Juan Bosco,  interviene sin interrupción ante el Señor para que perdure la acción educativa integral que él inició; y para que esta sea desarrollada como una auténtica vocación sobrenatural, tan necesaria siempre y tan urgente en nuestros días.

La acción educativa de Don Bosco, como sus discípulos gustáis en nombrarle, fue eminentemente pastoral y, por tanto, íntegramente cualificada como obra de Dios a través de su elegido. En él se cumple claramente la promesa divina que nos llega hoy con palabras del profeta Ezequiel. Refiriéndose  el Señor a las ovejas de Israel, dice: “Yo suscitaré un pastor que las apaciente…Yo, Yahveh, seré su Dios”. (Ez.  34, 23-24).

El maestro cuyas reliquias recibimos y veneramos hoy, fue elegido por Dios para apacentar muchas ovejas con peligro de descarriarse; y para imbuir de ese espíritu caritativo a quienes iban a seguir su labor en muchos pueblos.

S. Juan Bosco apacentó, con verdadero espíritu de caridad sin reservas, a las ovejas que el Señor puso a su alcance. Y las apacentó como lo hizo Jesucristo el Buen Pastor. Así han de hacerlo quienes son continuadores de su obra. También a vosotros, educadores que pretendéis continuar y extender la obra del elegido del Señor, el santo Don Bosco, se refiere el texto sagrado del profeta Ezequiel. Haciendo notar la que debe ser intención fundamental de vuestra acción educativa y pastoral, dice: “Y sabrán que Yo, Yahveh su Dios, estoy con ellos, y que ellos…son mi pueblo” (Ez. 34, 30).

5.- La ciencia y la fe estuvieron siempre juntas en la intención educativa de  Don Bosco; de tal forma que el niño y el joven podían conocer simultáneamente la verdad de lo creado y la existencia y el amor del Creador. De este modo, sus alumnos podían crecer como señores de la creación y como imagen de Dios creador.

Este crecimiento integral y armónico es fuente de la paz interior a la que acompaña la alegría que permanece por encima de tristezas, dolores y contrariedades. Por eso, la acción educativa salesiana, como toda acción educativa eclesial, ha de llegar a los alumnos como un eco de las palabras de S. Pablo a los Filipenses, que hemos escuchado en la segunda lectura:”Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito,  estad alegres…El Señor está cerca…en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Flp. 4, 4-7).

S. Juan Bosco supo realizar esta preciosa labor educativa, que abre el corazón de los niños y de los jóvenes al conocimiento de Dios y a la alegría sana y profunda. Para ello supo hacerse niño con los niños y joven con los jóvenes. Supo meterse en el alma de sus alumnos para ayudarles a crecer en su propia identidad, que es la singularidad con la que Dios había creado a cada uno. En esto consiste la auténtica promoción de la persona según el plan de Dios.

6.- En este día de fiesta, en que la familia salesiana goza de una especial cercanía de su fundador y maestro, debemos unirnos todos abriendo el alma a la  enseñanza del santo educador y disponiéndonos a recibir la enseñanza del Buen Pastor Jesucristo. De este modo, el valioso testimonio de Don Bosco nos ayudará a crecer en el conocimiento de Jesucristo y en la fidelidad a la vocación y a la misión con que nos distingue a cada uno.

Pidámoslo al Señor, por intercesión de S. Juan Bosco, de quien hoy nos sentimos tan  cercanos, y a quien invocamos como intercesor ante el Señor especialmente a favor de la familia salesiana y de todos los educadores cristianos.


QUE ASÍ SEA 

ANIVERSARIO CONSAGRACIÓN DE LA CATEDRAL DE BADAJOZ


Queridos miembros del Cabildo Catedralicio y demás hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos miembros de la Vida Consagrada y fieles laicos:


Al comenzar esta solemne celebración me he dirigido al Señor en una oración que pretendía recoger las intenciones propias de una celebración como la que nos reúne en este día. Como sabéis, conmemoramos hoy el aniversario de la Dedicación o consagración de esta catedral que hoy nos acoge dentro de sus muros tan valorados y queridos por todos nosotros. La catedral es el primer templo de la Archidiócesis; es el lugar donde se celebra el culto sagrado presidido por el Obispo que es el Pastor de toda la grey diocesana. Es el lugar por excelencia del encuentro de Dios con los fieles cristianos de esta Iglesia particular. Por ello, en la oración inicial de la Misa he suplicado a Dios Padre, por medio de Jesucristo nuestro Señor, que esta celebración nos ayude a procurar, por todos los medios a nuestro alcance, dos cosas: primera, que en este lugar se ofrezca siempre un servicio digno.

No se trata de que el Obispo y los sacerdotes que están al cuidado de  la Catedral ofrezcan un servicio digno y atento a los fieles que lo piden. Esto debe constituir el comportamiento habitual de todos ellos, puesto que actuamos como verdaderos pastores. La oración pedía  al Señor otra ayuda. Suplicaba la  gracia de poder ofrecer siempre a Dios, aquí, con toda dignidad, el culto sagrado, como Dios merece, de acuerdo con las capacidades y recursos que nos ha concedido. La intención última y principal en todos los actos de culto, debe ser, por parte de todos, que Dios reciba la alabanza, el honor y la gloria que merece por ser  nuestro creador y redentor.

Esta petición, lejos de quedarse en una súplica deseosa de que Dios actúe y nos conceda sin más lo que le pedimos, es, al mismo tiempo, una oración que nos compromete a cada uno personal e indeclinablemente. Nos compromete a procurar nuestra propia conversión y el esfuerzo por realizar del mejor modo posible lo que realizamos aquí. Nos compromete a poner nuestros cinco sentidos en lo que hacemos, poniendo en ello toda nuestra devoción y nuestra confianza en que Dios acoge benignamente las acciones con las que pretendemos darle culto. Ello requiere, al mismo tiempo, que activemos y purifiquemos nuestra fe, para que no se convierta en una secreta creencia de que Dios está a nuestro servicio. Al contrario: la purificación de nuestra fe ha de llevarnos al convencimiento de que somos nosotros quienes estamos y debemos permanecer siempre  incondicionalmente al servicio de Dios. A él debemos nuestra existencia, todos los recursos de que disponemos para crecer material y espiritualmente, la luz para encontrar el sentido a nuestra vida, y la fuerza para vencer las dificultades que nos llegan por nuestras limitaciones y por las tentaciones del diablo.

La purificación y fortalecimiento de la fe es tarea a la que nos ha invitado el papa Benedicto XVI al convocar el Año de la fe que comenzará en los próximos días. A él debemos prestar especial atención. La vida cristiana se fundamenta en la fe, que es don de Dios, pero que debe ser cultivada por nosotros mediante la oración, mediante la participación en los sacramentos y mediante el esfuerzo personal en el examen  de nuestras actitudes y comportamientos.

La segunda  petición que he formulado en vuestro nombre, imploraba del Señor la gracia de que, como consecuencia del culto sagrado dignamente ofrecido al Señor en este Templo,  obtengamos los frutos de una plena redención.

Nuestra preocupación fundamental, como ya he dicho hace un  momento, debe ser siempre, dar gloria a Dios amándole y sirviéndole generosamente con sincero corazón. Pero sabemos por experiencia que nuestras obras son torpes muchas veces; y que, como nos cuenta S. Pablo, también nosotros hacemos muchas veces lo que sabemos que no deberíamos hacer, o que dejamos de hacer aquello que es nuestro deber. Por tanto, la petición que hemos hecho al Señor en este día, unidos como una comunidad orante, debe incluir la decisión de poner cuanto está de nuestra parte para aprovechar toda la gracia que Dios nos concede misericordiosamente en cada momento de nuestra vida. Sólo así avanzaremos en el camino de nuestra fidelidad al Señor y podremos alcanzar  los frutos de una plena redención. Esto es: solamente de este modo podremos aprovechar plenamente, con frutos de buenas obras, la gracia de la redención que es el mayor obsequio recibido de la infinita misericordia divina.

La fiesta de hoy nos convoca, pues, a una profunda reflexión acerca de la situación de nuestra fe, acerca de las motivaciones que condicionan nuestra vida, acerca del lugar que damos a Dios en nuestra existencia, en nuestros proyectos y en las pequeñas y grandes tareas que llenan la existencia terrena.

Pidamos al Señor la gracia de ser capaces de realizar todo esto, aprovechando los dones que él nos hace al celebrar con dignidad el culto sagrado para el que nos reunimos en este lugar sagrado, dedicado al Señor.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LA SOLEDAD


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Junta directiva y miembros de la Cofradía de  nuestra patrona, la Virgen de la Soledad,
Queridos  fieles cristianos, miembros de la Vida Consagrada y  seglares:


1.- La Palabra de Dios nos habla hoy de la santísima Virgen María presentándonosla como un signo de la magnanimidad divina, como el ejemplo de la virtud característica de Jesucristo nuestro Maestro y salvador, y como un regalo de Dios a la humanidad.

2.- Todos coincidimos en la experiencia de que nos cuesta creer aquello que no vemos, o aquello que trasciende nuestra capacidad de comprensión. Por ello, espontáneamente sentimos la necesidad de un signo que nos permita entender que lo que Dios nos anuncia y enseña es cierto aunque no lo veamos o no lo entendamos con la simple luz de la razón. Dios, como ayuda a nuestras lógicas limitaciones, muchas veces agrandadas por las debilidades humanas, nos dice: “El Señor, por su cuenta, os dará una señal” (Is. 7, 14).

En la escena que nos describe la primera lectura de esta Misa, se trataba de dar a conocer a la humanidad que el amor de Dios era infinitamente más grande que el pecado de los hombres; y que, por tanto, ante la incapacidad humana de resolver la situación en que había quedado el hombre pecador, Dios mismo había tomado la iniciativa para procurar nuestra salvación. Esto no es fácil de entender. En la lógica humana, es el ofensor quien debe tomar la iniciativa para resolver las consecuencias de la ofensa. Sin embargo, en el caso de la salvación del hombre, fue el ofendido quien asumió la responsabilidad del ofensor. Dios inició y llevó a cabo la obra de nuestra redención, aunque éramos nosotros quienes le habíamos ofendido por el pecado.

Para que creyéramos esto, que a simple vista resulta extraño, el Señor nos dio una señal. Y esa señal es la Virgen María. Ella es el signo que nos anuncia la salvación divina por obra de la misericordia infinita de quien es nuestro Padre y creador. Así nos lo ha manifestado la palabra del Señor: “La virgen está en cinta y da a luz un hijo; y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros” ( Is. 7, 14).

La santísima Virgen María es el signo de la decisión de Dios; la expresión del
amor infinito que Dios nos tiene. Por eso, cuando nos asaltan  la duda y la debilidad, es ella quien está a nuestro lado, es ella quien da fuerza a  nuestro espíritu para resistir la tentación de la desconfianza o del desánimo. María es, por ello, “la causa de nuestra alegría”, como le aclamamos en las Letanías del santo Rosario.

3.- Pero, nuestra instintiva desconfianza hacia lo que se nos dice o se nos promete, nos hace necesitar, todavía más, una garantía. Y esa garantía tiene su expresión máxima en la virtud por excelencia de la persona que ha sido elegida como signo de la magnanimidad de Dios, como expresión de su misericordia infinita. Esa virtud, que garantiza la validez de la persona elegida por Dios como signo de su misericordia infinita, es la obediencia. Esa es la virtud del Hijo de Dios, enviado por el Padre para hacerse en todo semejante al hombre menos en el pecado. Del pecado es de lo que venía a redimirnos. Esa virtud es la obediencia. Una obediencia que acepta la primacía de Dios por encima de todo y de todos; incluso por encima de la propia vida.

La palabra de Dios nos manifiesta esta virtud en Jesucristo   que, llegado el momento decisivo de la redención, veía sobre sí el cruel tormento de su Pasión y Muerte en la Cruz. Dice el texto sagrado que “Cristo…presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte”. Pero como junto a la súplica confiada estaba la firme voluntad de ser fiel al Padre, “aprendió sufriendo a obedecer” (Hbr. 5, 7-9).

La santísima Virgen María es ejemplo insuperable de la virtud de la obediencia, que es la que parece más difícil entre nosotros. Ella, ante la oscuridad y lo desbordante que le parecía cuanto le dijo el Ángel, y ante las dificultades humanas que preveía en ello porque iba a aparecer en cinta sin estar casada, dijo: “Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).

4.- Y, sobre todo esto, la Santísima Virgen María, es el regalo más preciado de Jesucristo que nos la da como Madre en el preciso momento en que culmina la obra por la que se encarnó en sus purísimas entrañas. Clavado en la Cruz, cuando había culminado su obediencia al Padre, queriendo manifestar el amor infinito que le había llevado a entregarse por nosotros, nos dio el amor de María como Madre. Y, en la persona de Juan, que había permanecido con ella junto a la cruz de  Jesucristo, dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Y luego dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19, 27).

5.-  El pueblo cristiano, admirado de la virtud de María, y convencido de que goza en el cielo de la cercanía de Jesucristo su Hijo, la aclama constantemente confiando en su maternal solicitud; y le dice en sencilla plegaria: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.Y considerando su gloria celestial junto al Hijo de Dios a quien llevó en sus entrañas, le sigue suplicando: “vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre” (Salve).

Esa es la confianza del pueblo sencillo que siente a María como Madre; y que, contemplando su ejemplo al soportar todas las difíciles pruebas y sufrimientos que tuvo que afrontar, invoca su nombre bendito poniendo sus ojos en la imagen de la Soledad, de la mujer fuerte que sufre con entereza las pruebas que el Señor permite, como él mismo tuvo que sufrirlas por obediencia al Padre.

5.- Al celebrar hoy la fiesta de tan excelsa Madre y Patrona, pidamos a Dios, por su intercesión, la gracia de cultivar y fortalecer nuestra fe; que nos conceda el don de la obediencia, y que nos ayude a entender los signos de su amor in finito.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SANTIAGO APÓSTOL (2012)


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada y seglares:

1.- Lo que nos permite entender la llamada del Señor para reunirnos hoy en esta celebración, es la fe. Por ella, que es don de Dios, participamos de una verdad que nos trasciende y que, al mismo tiempo, da sentido a nuestra vida.  Por la fe creemos que el Señor nos ha amado hasta el extremo. Y lo ha demostrado en Jesucristo muriendo en la carne para que nosotros no muriéramos irremisiblemente en el espíritu a causa de nuestro pecado. Ese amor infinito, que es eterno como Dios mismo,  se manifestó en el tiempo con la Encarnación, con la vida que Jesucristo compartió con la humanidad al entrar en la historia. Ese amor tuvo su eclosión insuperable y misteriosa en la Pasión y Muerte sacrificial del Hijo de Dios.

2.- Sin embargo, ese amor infinito no podía reducir sus manifestaciones a unos  acontecimientos ubicados en otro tiempo y pasados a la memoria simplemente como algo que ocurrió. El amor infinito de Dios que, como él, no tiene tiempo porque es eterno, sigue presente y obra con toda su fuerza en nuestro tiempo; y lo seguirá haciendo en todos los tiempos. Como tuvo su manifestación perceptible socialmente en uno años determinados, sobre todo mediante la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo anunciadas por él mismo, tiene también su manifestación permanente en la Sagrada Eucaristía, sacrificio y sacramento de nuestra redención. En esta acción litúrgica, en la que estamos participando, se manifiesta ese amor infinito, como si fuera la primera vez -porque es la única y la misma vez que ocurrió para siempre-, aquello que nos enseñan los Apóstoles y que la palabra de Dios nos recuerda hoy en la primera lectura: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador para otorgar a Israel la conversión con el perdón de los pecados” (Hch. 4. 5).

3.- Pero el hecho de que la Eucaristía sea la celebración sacramental del mismo y único sacrificio redentor de Jesucristo, no supone que cualquiera, participando en este admirable sacramento pueda llegar a descubrir, sin más, todo el misterio de amor divino y de salvación que encierra. Es necesario que la palabra de la Iglesia acompañe a los hechos que realiza por mandato del Señor; de tal modo que, la proclamación de Jesucristo, de sus enseñanzas y de sus obras, permita acercarse a las celebraciones litúrgicas con plena fe en la acción de Dios que allí se hace presente.

Este es el ministerio de los Apóstoles. Ministerio que ellos, al recibir al Espíritu Santo, entendieron como un deber y una satisfacción al mismo tiempo, ya que, por su fe se sabían salvados por Jesucristo. Y sabían, además, que Dios había enviado a su Hijo Unigénito para salvar a todos los hombres de todos los tiempos. Por eso entendieron que predicar a Jesucristo, muerto y resucitado por nuestra salvación a causa del amor que nos tiene, debía ser su ministerio principal por encima de todas las dificultades y adversidades. Así lo manifiestan diciendo ante las autoridades que se lo prohibían: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch. 5, 29).

4.- Ese convencimiento llevó a los Apóstoles a arrostrar gravísimas dificultades, a beber el mismo cáliz amargo que bebió Jesucristo, encarcelados y martirizados por el Nombre del Señor. Ese convencimiento era tan profundo y firme en los Apóstoles, que Santiago y Juan, ambos hermanos de sangre, a la pregunta de Jesucristo acerca de si podían afrontar los sacrificios que iba a comportarles el ejercicio de su ministerio, respondieron, con una firmeza y decisión que sorprende: “Podemos” (Mt. 20, 17-28).

En verdad, a estos hombres tan intrépidos como débiles, les asistía la gracia de Dios. Estaban llenos del Espíritu Santo. En esta celebración debemos pedir a Dios la gracia que necesitamos para recorrer fielmente el camino que el Señor nos ha trazado, a cada uno según la vocación propia, para que seamos cristianos ejemplares y apóstoles en nuestros ambientes.

5.- Hoy celebramos la fiesta de Santiago Apóstol, primero de los Apóstoles que sufrió el martirio por su fidelidad a Jesucristo. Y celebramos también a Santiago Apóstol como Patrón de España. El patronazgo supone una especial intercesión del santo ante Dios en favor nuestro. Es a él a quien debemos pedir hoy, con fe y con esperanza, la gracia de asumir nuestra misión apostólica con la valentía, con la decisión y con la fe con que la asumió el Apóstol Santiago.

6.- Esta celebración tiene también una dimensión familiar al interior de nuestra Iglesia Particular. Esa dimensión familiar tiene que ver, también, con el amor con que el Señor nos ha amado. Y tiene que ver con el amor de Dios, porque amándonos Él, nos invita y nos capacita para amarle. Y amándole a él, comenzamos a ser capaces de amarnos entre nosotros. La unión de los cristianos con sus semejantes, comienza a ser posible en tanto estamos unidos a Jesucristo, cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo místico.

Ese amor recíproco es el que nos hace alegrarnos con los que se alegran y sufrir con los que sufren. Hoy es día de gozo porque es la onomástica de vuestro Padre y Pastor, de vuestro Arzobispo; ojalá también, de vuestro amigo. Vuestra presencia hoy en la Catedral supone para mí la gran satisfacción de sentirme unido a mis hermanos sacerdotes y a los fieles de esta Iglesia con el vínculo del amor cristiano y del afecto humano.

7.- Por vuestro gesto al acompañarme hoy participando en esta Eucaristía, quiero daros las gracias. A la vez os pido el favor de que oréis para que el Señor me conceda la gracia de quereros como os debe querer el Padre a los hijos y el Pastor a sus ovejas.

Elevemos al Señor la plegaria que nos ha sugerido el salmo interleccional con estas palabras: “El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros, conozca la tierra tus caminos y todos los pueblos tu salvación” (Sal. 66).

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN DE DIÁCONO Y PRESBÍTERO

 - Textos bíblicos: Primera lectura: Hch. 20, 17-18. 28-32. 36. (Pontifical pg. 272, nº 4)
Salmo 83. (Pontifical pg. 281).
Evangelio:  Mt. 9, 35-38. (Pontifical pg. 292, nº 2) -

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos José María, Tony, y familiares y amigos que les acompañáis,
Queridos jóvenes amigos de estos jóvenes, también, que van a recibir el sacramento del Orden sagrado,
Queridos miembros de la Vida Consagrada y seglares todos:

1.- Cada vez que el Señor me da la oportunidad de imponer las manos a jóvenes aspirantes al Sacerdocio ministerial, no puedo menos que sentir una inmensa alegría. No penséis que es debido a que la escasez de ministros sagrados me hace desear con mayor anhelo que aumente el Presbiterio diocesano. Esto, como podréis comprender, no deja de agradarme. Sobre todo por vosotros, los fieles y los alejados a quienes me ha enviado el Señor para dar a conocer a Jesucristo y su Evangelio; tarea para la que necesito colaboradores generosos y elegidos por el Señor.

El gozo que me embarga es causado por el hecho de experimentar la mano de Dios actuando en el corazón de estos jóvenes, llamándoles a su servicio para la expansión del Reino de Dios. A este gozo contribuye, también, el hecho de que, quienes van a recibir el Sacramento del Orden, en el grado de Diácono y de Presbítero, han percibido la mirada que Dios ha puesto en ellos;  han oído en el alma la llamada a seguir a Jesucristo; han dejado las otras redes en la orilla del mundo, y le han seguido.

2.- Pero lo que más me llena de satisfacción es considerar que en el fondo de esa llamada divina, está obrando el amor de Dios. Ese amor que no cesa nunca, aún a pesar de nuestras infidelidades y errores. Es un amor incondicional e infinito. Es un amor que toma siempre la iniciativa y se vuelca en beneficio nuestro para gloria de Dios y salvación del mundo. Es un amor personalizado: no masificado ni repetido. El amor de Dios tiene su modo concreto y propio de actuar en cada uno. ¡Qué grandeza la de Dios que, a pesar de nuestra pequeñez y de nuestras frecuentes ingratitudes, nos ama a cada uno como si fuéramos únicos en el mundo!

Esto es muy serio, y hay que pensarlo con frecuencia. Cambiaría nuestra vida. Sobre todo, porque entenderíamos que cuando el Señor nos llama a seguirle y a ser fieles a sus mandatos, no nos está convocando a ser víctimas de determinadas privaciones, sino a que nos dediquemos en cuerpo y alma a lo único que es capaz de hacernos enteramente felices a cada uno. La felicidad solo se alcanza cuando cada uno seguimos el camino para el que Dios nos ha creado. Fuera de ello, la vida se reduce a ser un ansia siempre insatisfecha, y una felicidad inalcanzable o simplemente superficial o ficticia.

¿Entendéis ahora por qué he dicho que siento una inmensa alegría al presidir esta celebración sagrada, sobre todo sabiendo que muchos jóvenes toman parte en e ella?

3.- Ahora, pues, me dirijo a vosotros, queridos jóvenes. Y os digo: ¿Habéis pensado esto seriamente alguna vez? En cualquier caso quiero insistir diciéndoos: pensadlo bien, al menos  ahora. Y repito: no me mueve a dirigirme a vosotros la voluntad de que aumente el número de sacerdotes, presionando para ello vuestra alma. Se trata de advertiros que, a pesar de las promesas y alicientes que os ofrece el mundo, envuelto en la cultura de la satisfacción fácil e inmediata, solo alcanzaréis la plenitud que deseáis, aún sin conocerla, si sois capaces de dirigiros a Dios diciéndole, como el pequeño Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (---). Y como dijo la santísima Virgen  María cuando fue llamada a ser Madre de Dios, misteriosamente y con muchos riesgos sociales: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38). No olvidéis que la joven María había recibido una propuesta incomprensible e inimaginable: ser Madre de Dios, sin dejar de ser una criatura simplemente humana. Y tened en cuenta, a la vez, que aun aceptando lo que sólo Dios podía realizar en ella, sintió lo extraño y difamante de esta aventura. Iba a aparecer como una jovencita gestante, sin haber contraído matrimonio y sin saberlo siquiera aquel a quien estaba prometida. No creáis, queridos jóvenes, que la Virgen María no era consciente de las dificultades y pruebas que tendría que soportar. Pero, a pesar de todo, llevada de un clarísimo amor a Dios, aceptó con valentía.

4.- Queridas jóvenes: también os dirijo esta reflexión. Quiero decir a todos y a todas que no se trata de comparar una vocación con otra, situando la dedicación al Señor como algo superior o contrario al matrimonio. Se trata de entender y orientar nuestra vida de acuerdo con la voluntad de Dios que, a cada uno, llama de un modo; y siempre llama por amor. En esa llamada, manifiesta a cada uno lo que constituye la única fuente y el único camino de su plenitud y felicidad. Para pensar esto con acierto es imprescindible situarse cerca del Señor, establecer con Él una sencilla intimidad, abrir el corazón y saber escuchar. ¡Hay de aquellos que cierren sus oídos por miedo a oír lo que no les interesa a causa de los propios egoísmos!

5.- Queridos José María y Tony: no os he olvidado, aunque no os he nombrado en esta homilía. A vosotros quiero dedicar las últimas palabras de esta exhortación. Pensad que la felicidad que el Señor os ofrece no estará en el prestigio personal, ni en  el aplauso de vuestras feligresías. Estará solamente en el riguroso cumplimiento de la misión que el Señor os encomienda, misión que consiste en dedicarse enteramente al servicio evangélico de la grey que os encomiende en cada momento . Os lo enseña con su ejemplo. Dice el Evangelio que, “al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tiene pastor”(Mt. 9, 36).

Sabed, que vuestra misión, como dice S. Pablo, es no descansar hasta ver impresa, en las gente que se os encomiende la imagen de Cristo, y Cristo crucificado. Esto es: hasta que se sientan amadas por Jesucristo que entregó su vida por la salvación de todos y cada uno. Esta misión no tiene nada que ver con las valoraciones personales que provocan la comparación espontánea con las misiones encomendadas a otros. Tiene que ver, sobre todo, con el hecho maravilloso de haber sido elegidos para que vuestros feligreses, cualesquiera que sean, encuentren sentido a su vida, la vivan con acierto, y la ofrezcan con generosidad a Dios nuestro Señor y al servicio de los hermanos.

El ministerio sacerdotal convierte a cada presbítero en un profeta verdadero. Un profeta  que no pretende agradar al pueblo ocultando lo difícil que tiene el ser cristiano, ni disfrazando la verdad con el traje de las satisfacciones terrenas que no siempre coinciden con ellas. El sacerdote es un profeta del amor. Y, al que ama, no le interesa tanto la propia satisfacción, cuanto complacer al ser amado y construir su propia vida en la intimidad con quien ama.

6.- Concluyo estas reflexiones con las palabras que S. Pablo dirige a sus feligreses y a sus colaboradores: “Ahora os dejo en manos de Dios y de su palabra de gracia, que tiene poder para construiros y daros parte en la herencia de los santos” (Hch. 20, 32).

Que el Señor os bendiga a todos.

HOMILÍA EN LA FIESTA DE S. JUAN BAUTISTA (Año 2012)

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y Diácono asistente,
Sr. Alcalde y corporación municipal de nuestra ciudad,
Dignísimas autoridades civiles y militares,
Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

S. Juan Bautista es el patrono de nuestra Ciudad y de quienes la habitamos. El patronazgo ante Dios tiene un doble significado en la relación entre el patrono y sus protegidos:

1.- En primer lugar, el patrono es ejemplo de vida cristiana, especialmente adecuado a la realidad de sus beneficiarios. En segundo lugar, es un intercesor ante Dios, un valedor en favor de sus patrocinados.

Un testimonio de S. Juan Bautista que debemos considerar e imitar en estos tiempos es muy sencillo y de gran actualidad. Quien saltó de gozo en las entrañas maternas cuando su madre Sta. Isabel se encontró con María la Madre de Jesucristo, que aún no había nacido, se constituye, por ese gesto que narran el Santo Evangelio(cf. Lc. 1, 41), en lección de nuestras relaciones con Jesucristo nuestro Señor. Lección que viene resaltada, ya en su vida pública, al afirmar que él, presentado por Jesucristo como el mayor entre los nacidos de mujer, no es ante Jesucristo ni siquiera digno de desatarle la correa de la sandalia (cf. Lc. 3, 16).

Jesucristo es, ante todo, el Hijo de Dios. Su amor a los hombres, que él mismo como Dios verdadero había creado, le llevó a compartir su misma naturaleza, su historia, y la suerte de los más débiles, de los más desfavorecidos y de los más humillados. Por su sacrificio en la cruz, Jesucristo es el Redentor del género humano. En consecuencia, merece la mayor admiración y gratitud y, consiguientemente, el mayor respeto y atención de quienes le conocen. “Por eso –dice S. Pablo -- Dios lo exaltó sobre todo, y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre” ( Filp. 2, 9-11).

2.- Esta lección nos lanza una clara pregunta: ¿Cuál es nuestra relación personal con el Señor Jesús? Vivimos en un pueblo de larga y profunda tradición cristiana. Pero corremos el peligro de acostumbrarnos a la grandeza del misterio, y convertir en rutina nuestra postura ante Dios, e incluso hacer compatible la fe cristiana con la tibieza personal.

Cuando ocurre esto, nuestra presencia en la sociedad pierde la fuerza del testimonio; y corremos el peligro de reducir nuestra vinculación esencial con Dios nuestro Señor, a la participación externa en las fiestas religiosas, pobre estela del alma profundamente cristiana de nuestros antepasados.

3.- Para el cristiano, igual que para el auténtico educador, el respeto a Dios, y al prójimo en su variada pluralidad de pensamientos, ideales y formas de vida, no puede entenderse como la aceptación y la propuesta de los mínimos. Por ese camino conseguiríamos el descrédito de la fe que profesamos como cristianos, y la degradación de la persona y de la sociedad valoradas incluso sin referencia a la fe.

En muchos aspectos, por no resolver adecuadamente el problema del respeto a la pluralidad, o por una reacción pendular a situaciones contrarias, estamos llegando a situaciones insostenibles que afectan a la misma dignidad de la persona humana, a las bases de una convivencia respetuosa, a la atención que merecen los más débiles, y al cuidado que todos debemos al bien común. Esta inercia lleva consigo consecuencias paradógicas. Cuando más las libertades de todo género reclamamos, más se conculcan los principios y las normas que regulan la libertad. Tienen que surgir, entonces, más leyes, más acciones y estructuras coercitivas, más control y vigilancia y mayor número y variedad de sanciones. Este camino empuja hacia una estatalización de la sociedad, que es el peor enemigo de las libertades esenciales y de la imprescindible creatividad humana.

4.- No tener en cuenta el ejemplo de S. Juan Bautista en lo concerniente al respeto a Dios y a cuanto Él ha establecido, al menos como ley natural, lleva a muy serios problemas, por ejemplo, en el respeto a la dignidad de la persona humana y a sus derechos inalterables, y en la garantía de las libertades fundamentales.
Debo aclarar aquí y ahora, mi convencimiento de que la fe en Dios, limpiamente vivida, es la solución de cuanto está dificultando el desarrollo integral de la persona y el auténtico progreso de la sociedad. Sin embargo, no propugno una sociedad monolítica ni en lo religioso ni en lo ideológico. Negando la pluralidad, se niegan las libertades; y donde faltan éstas, no se puede construir un mundo verdaderamente libre.

Pero, dada la complejidad y la dificultad de este objetivo, quiero manifiesto mi preocupación por un diálogo y por una sincera colaboración de todos y de cada uno, en su propio ámbito más cercano y en los ámbitos compartidos. Al mismo tiempo, y como consecuencia de ello, manifiesto que esta colaboración debe guiarse por una referencia objetiva respecto de la cual se valore el bien y el mal en las conductas personales y en las normas o directrices sociales.

5.- Esta referencia objetiva y común debe cifrarse, por lo menos, en la ley natural y no en la visión subjetiva, tantas veces condicionada por intereses inconfesados que suele ir unida a la ley del más fuerte. De otro modo no cabrá el verdadero respeto a la vida desde su concepción hasta su muerte natural; no se resolverá debidamente la distinción entre el derecho a la libertad de expresión y tantas formas de calumnia y de difamación pública que nunca encuentran la justa clarificación y compensación; nunca se acabará la medida de los males por su volumen, olvidando su entidad ética o moral; y no dejará de constituirse casi en ley aquello que es difundido por una cultura dominante, fruto muchas veces de intereses no confesados o de instintos no dominados.

6.- Desde estas consideraciones, no resulta difícil entender que la llamada crisis actual que estamos atravesando, y cuyas consecuencias tanto condicionan la atención a las distintas dimensiones de la personas y de la sociedad, no nacen simplemente de problemas técnicos, éticos o políticos de incidencia en el orden económico. La crisis tiene sus raíces en la inteligencia y en el corazón de las personas. Por tanto, la solución de cuanto nos ocurre debemos buscarla en la purificación y en la recta promoción de la identidad humana, del concepto de sociedad, de lo que debe entenderse como derechos humanos, y de cómo debe entenderse lo que cada uno de ellos significa y comporta.

7.- En el fondo de todo ello hay un serio problema de educación humana y social en todos los ámbitos y dimensiones de la persona y de la sociedad. Y el problema así entendido, ha de considerarse, por encima de todo, como primer objetivo en los caminos de solución radical y global. Bien entendido que el problema de la educación tiene en su raíz el problema de la concepción del hombre y de la sociedad; y no puede reducirse a un simple asunto económico o de estrategia escolar.

El problema está en lo más profundo. Si no llegamos a ello, lo que pueda resolverse ahora, será una solución simplemente parcial, aunque llegue a dar otra impresión. Y los problemas profundos seguirán latentes hasta causar, pronto o tarde, otra manifestación de alto alcance cuyas consecuencias son imprevisibles.

8.- La imitación de S. Juan Bautista nos debe llevar a un respeto profundo e incondicional a Dios, a la ley natural que él mismo grabó en el corazón de toda persona desde su origen, y al respeto a la libertad de cada uno, sin olvidar la misión apostólica que hemos recibido de Dios por el Bautismo y la Confirmación.

9.- El asegundo significado del patronazgo de S. Juan Bautista en favor nuestro es la intercesión de este hombre tan grande y de este creyente tan riguroso y fiel. Pidámosle hoy que interceda ante el Señor para que nos conceda la gracia de ver con claridad, de proponernos con firmeza, y de cumplir con honestidad los principios que han de orientar nuestra vida personal y social hacia la verdad, hacia la justicia y hacia la paz.

           QUE ASÍ SEA


HOMILÍA EN LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA INSTITUCIÓN DE LA ACCIÓN CATÓLICA EN LA ARCHIDIÓCESIS DE MÉRIDA-BADAJOZ


-Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
-Queridos responsables y miembros de Acción Católica general,
-Queridos dirigentes y miembros de los movimientos apostólicos que os habéis unido a
esta celebración como signo de fraternidad y de Comunidad diocesana,
-Queridos hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada y  demás seglares que
nos acompañáis:

Nos hemos reunido en torno al Altar del Señor para darle gracias. Eso es lo que significa la palabra griega “Eucaristía”, tan familiar ya para nosotros.

Queremos dar gracias al Señor por muchos motivos:

-Porque ha querido potenciar y modernizar el movimiento de Acción Católica General, y nos ha dado la oportunidad de promoverlo es nuestra Archidiócesis.

Cuando el Señor nos concede ese don, es por dos razones fundamentalmente:

1.-  Porque lo considera un enriquecimiento para nuestra Iglesia diocesana. Ello nos compromete con  el deber de promocionarlo y expandirlo. Los que hemos sido llamados a hacer presente en  nuestra sociedad un carisma en orden a la Evangelización, no podemos ser remisos, sino ágiles y eficientes.

Somos enviados por Dios para una tarea concreta. No nos entretengamos contemplando las dificultades. Por el contrario, tomemos conciencia de que Dios no pide nada a nadie por encima de sus fuerzas, de las fuerzas que Él mismo le da para ello. Pidamos, pues, a Dios que derrame sobre nosotros el Espíritu de sabiduría y de fortaleza para que seamos capaces de hacer lo que Dios nos ha encomendado.

Ser miembro de A.C. no es un  gesto de generosidad por nuestra parte, sino un  acto de obediencia y agradecimiento al Señor que nos ha elegido y nos hqa enviado fiándose de nosotros.
        
2.-  Porque nos considera capaces de aprovechar la pertenencia a este Movimiento apostólico para nuestra propia santificación; y porque nos considera capaces de potenciar y enriquecer el movimiento para el que nos ha elegido.

Esto nada tiene que ver con orgullos personales: nadie estamos llamados a ser los más significados en la Iglesia. Somos cada uno un miembro del complejo y rico organismo vivo que es la Iglesia.

Como miembros de la Iglesia, Cuerpo místico de Jesucristo, nuestro primer convencimiento ha de ser la preocupación por ser como Dios quiere, y hacer lo que Dios de nosotros como movimiento apostólico.

3.- Otro motivo por el que debemos dar gracias a Dios, precisamente hoy, es
Porque al iniciar la andadura apostólica en este Movimiento, nos ha dicho en el Evangelio que somos sal de la tierra.

No nos ha dicho que debemos ser sal, sino que ya lo somos. Llevamos en nosotros, desde el Bautismo y la Confirmación, el sabor de Cristo. Se trata de que lo empleemos.

Emplear bien este sabor implica y nos exige tomar conciencia de que estamos en manos de Dios y de que debemos tomar conciencia, a la vez, de que en Dios somos, nos movemos y existimos, como dice S. Pablo (cf, Hech. 17, 28). Y por tanto, que estamos llamados a estar cada vez más unidos a Cristo para n o perder su sabor y seguir siendo sal del mundo. Estor requiere todo un programa de espiritualidad que yo deseo ver en el Movimiento de A.C.  Este es un encargo que  se refiere, de un modo muy especial a los Consiliarios y a los educadores.

4.- Finalmente debemos dar gracias a Dios porque nos ha dado dos preciosas lecciones en la primera lectura.
Primera lección: Cuando uno cree que no tiene recursos suficientes para  ayudar a nadie, porque ni siquiera tiene energías para sostenerse a sí mismo  --como dijo a Elías la viuda de Sarepta— entonces para recuperar las energía, la ilusión, el optimismo, el ánimo apostólico y la esperanza, ha de entregar lo poco que le queda. Es entonces cuando la orza no se vacía y la alcuza de aceite no se agota.
Segunda lección: cuando uno percibe que le faltan energías para seguir su camino, como le ocurrió al Profeta, entonces debe ser humilde y pedir en el nombre del Señor. Esto quiere decir que no ha de pedir solo aquello que uno piensa que necesita, sino que ha de pedir lo que Dios quiere que tenga. Esto es lo que debemos hacer en la oración y en la ayuda fraterna que todos necesitamos.

AL DAR GRACIAS A DIOS,  hagamos un acto de fe  confiando plenamente en que el Señor, que ha comenzado en nosotros esta obra buena, él mismo la llevará a término.

Pidamos a la santísima Virgen María que nos ayude en los omentos difíciles, ella que supo escuchar tan bien la palabra de Dios y ponerla en práctica.

Y pidamos, también, a la joven santa Eulalia de Mérida, que desde los primeros días de Junio es la patrona de la Juventud de nuestra Archidiócesis que interceda por nosotros ante el Señor para que seamos capaces de soportar las pruebas que nos lleguen, y que nos entreguemos con valentía y con alegría a cumplir la voluntad de Dios
 QUE ASÍ SEA.