HOMILÍA EN LA PRESENTACIÓN DEL OBISPO COADJUTOR, D. CELSO MORGA (15-11-14)



 I.- SALUDOS
Excmo. Sr. Nuncio Apostólico de Su Santidad el Papa Francisco en España,
Excmo. Sr. Arzobispo Presidente de la Conferencia Episcopal Española
Excmo.  Sr. Arzobispo de Toledo, Primado de España
Queridísimos hermanos Obispos de las Diócesis de esta Provincia eclesiástica de Mérida-Badajoz
Excmos. Sres. Arzobispos y Obispos,
Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Ilmo. Sr. Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Badajoz y miembros de la Corporación municipal,
Excmo. Sr. Presidente del Parlamento de la Rioja,
Excmo. Sr. Alcalde Presidente del Ayuntamiento de Huércanos,
Excma. Sra. Vicepresidenta de la Asamblea de Extremadura,
Excma Sra. Delegada del Gobierno en Badajoz,
Excmo. Sr. Comandante militar de la Plaza de Badajoz,
Excmo. Sr. General Jefe de la Zona de la Guardia Civil en Extremadura,
Srs. Jefe de la Policía local de Badajoz, e inspector Jefe de la Policía Nacional
Autoridades civiles y militares
Muy estimados familiares del Excmo. y Rvdmo. Sr. Arzobispo Coadjutor a quien recibimos con gozo y con esperanza,
Hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada, Seminaristas y fieles laicos:


II.- HOMILÍA
 1.- Doy gracias a Dios porque me ha con cedido la gracia de ser escuchado por su Santidad el Papa Francisco al pedir un hermano coadjutor. Bienvenido, querido hermano Celso. Ruego, Sr. Nuncio Apostólico, que haga llegar al Santo Padre mi gratitud y la de esta Iglesia particular.
            Me felicito y os felicito, queridos fieles diocesanos, porque también el Señor os ha bendecido enviando, como próximo Pastor de esta Iglesia particular, a un hombre bueno, a un sacerdote íntegro y bien preparado. Monseñor Celso Morga, además de su preparación personal, viene enriquecido por una larga experiencia en la atención a los sacerdotes, como colaborador del Santo Padre en la Curia romana.. Me consta que llega con verdadera ilusión de conocer la Diócesis, y con el ánimo puesto en el mejor servicio pastoral a esta Iglesia de Mérida-Badajoz. Gracias querido hermano Celso, por tu sencillez y disponibilidad. Que Dios te lo pague.
            2.- Nuestro mayor gozo, como Obispos y Presbíteros, sería poder  pronunciar las palabras que hemos oído en la proclamación del Evangelio: “Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen” (Jn. 10, 14). Pero no podemos decir, con toda propiedad, como Jesucristo,  que conocemos a todas las ovejas que se nos han encomendado, y que ellas nos conocen a nosotros. Eso es posible sólo al buen Pastor, porque es Dios y Hombre verdadero. Pero sí que podemos confesar nuestra sincera disposición a dar todo lo que está en nuestras manos, en cumplimiento del ministerio pastoral que se nos ha encomendado. Nuestra inquietud, a pesar de nuestras limitaciones, ha sido y sigue siendo acercarnos a las personas, y acercar a cada una la imagen de Jesucristo maestro y redentor.
Como sacerdotes. no podemos  olvidar que somos ministros del Señor, que obramos sacramentalmente ”in Persona Christi”, y que él nos ha dicho: “yo doy mi vida por las ovejas” (Jn. 10, 15). Por ello, también nosotros nos empeñamos en gastar nuestra vida al servicio del Señor y de su Iglesia, entregándonos plenamente a predicar el Evangelio con  obras y palabras, y a testimoniar ante el prójimo el amor y la misericordia infinita de Dios. Cualquier otro interés por nuestra parte, fuere grande o pequeño, nos distanciaría de la fidelidad que el Señor merece por habernos elegido, ungido y enviado a ser apóstoles suyos allá donde nos encontremos.
            3.- La Santa Madre Iglesia, hablándonos a través de los últimos Papas,  nos ha convocado de un modo especial a la inmensa y preciosa tarea de la Evangelización. La Palabra de Dios nos ha recordado en esta celebración tan significativa, que hay otras ovejas que no son del redil de Jesucristo, buen Pastor. A ellas debemos dedicar nuestra atención preferente, impulsados y sostenidos por las palabras de Jesucristo: “También a esas las tengo que traer,  y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor” (Jn. 10, 16). Los cristianos tenemos la misión de poner nuestra voz, nuestros gestos, nuestra misma vida para que no deje de resonar en el mundo la Buena Noticia de la salvación.  Por eso, unidos en la sincera y sentida comunión eclesial, y movidos por la caridad, los sacerdotes, los miembros de la Vida Consagrada y los laicos, debemos esforzarnos por mostrar el verdadero rostro de Jesucristo a quienes no le conocen, a los que tienen una imagen distorsionada de Jesucristo y de la Iglesia, y a quienes, en su pobreza material o espiritual, necesitan una razón potente para vivir con esperanza.
            4.- Empeñados en la acción evangelizadora, vamos teniendo la dura experiencia del desinterés de jóvenes y adultos por el mensaje de Jesucristo. Sufrimos el golpe de orquestadas tergiversaciones del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia que constituyen parte de la cultura dominante. Y, día a adía, experimentamos la dificultad que presenta a nuestra predicación la falta de fe de muchos. Ello supone un freno para la aceptación del Evangelio. No cabe duda de que todo esto nos hace sufrir, e intensifica el inevitable cansancio de un esfuerzo mantenido  contra corriente. Sin embargo, sería vana ilusión esperar imaginadas facilidades a la medida de nuestros explicables deseos .
5.- Nuestra fuerza no está en encontrar un clima propicio.  Recordemos que Jesucristo nos redimió dando su vida por nosotros en la Cruz como un fracasado. Siendo el Hijo de Dios hecho hombre, fue acusado de blasfemo y traidor a la ley de Dios. Y, en el colmo de la paradoja y del sinsentido, experimentó el sentimiento de la más radical soledad que le hizo exclamar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”  (Mt. 27, 46). N o cabe duda de que las adversidades, los juicios interesados, e incluso las calumnias tan frecuentes en estos tiempos, han de ser asumidas por nosotros como un signo alentados de que Jesucristo nos une a Él como ministros suyos y partícipes de su misma suerte. ¡Qué precioso motivo de esperanza para ejercer el ministerio pastoral!
Nuestro ánimo y estímulo está en la certeza de que es Dios quien, con su sabiduría y con su amor infinitos, nos ha elegido y enviado, precisamente a nosotros, para evangelizar en este mundo, en este preciso momento histórico, y en la circunstancias en que cada uno po0damos encontrarnos. Asumiendo esta verdad, que forma parte de nuestra identidad apostólica, sería incoherente dejarnos llevar por el sentimiento de impotencia, o por el desánimo. Sería igualmente incorrecto abandonarnos a la peligrosa rutina de atender solamente a quien nos llama, o a quien nos asegura su acogida. Al contrario: la cercanía del buen Pastor Jesucristo en la intimidad de la oración y en la Eucaristía ha de llevarnos a la convicción de que es el Espíritu Santo  quien asume la responsabilidad de la conversión de los corazones. Nosotros estamos llamados a sembrar y a regar. A Dios le corresponde el incremento. A nosotros corresponde saber ofrecer a Dios el sacrificio de no llegar a constatar, las más de las veces, el fruto de nuestro trabajo y de nuestra oración. El Señor se ha reservado el momento oportuno para que aflore el fruto de nuestro trabajo, y el inmenso favor de ayudarnos en el cumplimiento de nuestra misión.
Somos enviados como pastores encargados de acercar a todos el testimonio del amor infinito y de la paciente misericordia de Dios a quienes manifiestan interés y a quienes manifiestan rechazo. Saber que Jesucristo quiere eso de nosotros, así de difícil, debe alegrarnos, porque Dios se ha fiado y ha confiado en nosotros. Eso ha de bastarnos. Y si logramos crecer en la fe, nos bastará.
            6.- Queridos hermanos sacerdotes, miembros de la Vida Consagrada y apóstoles laicos: Esta reflexión debe unirnos en la oración de unos por otros para que el Espíritu Santo ponga en nuestra mente y en nuestros labios la verdad y las palabras que debemos ofrecer al mundo. Son muchos los que buscan a Dios con  verdadera  necesidad, aunque aparenten, e incluso exhiban lo contrario.
            7.- En la raíz de los Derechos fundamentales de la persona humana está la dignidad del hombre y de la mujer. Dios nos ha creado a su imagen y semejanza. Por tanto, deben os convencernos de que es un derecho de las personas que les ofrezcamos gratis lo que gratis hemos recibido. Esto es: la noticia de que Dios nos ama incondicionalmente; de que está empeñado en nuestra salvación hasta el punto de morir por nosotros; y de que nos respeta tanto que no nos impone nada, sino que se da a nosotros. Respeta nuestra libertad, sin dejar de ayudarnos con su gracia
¡Qué pena que haya tantos hombres y mujeres, jóvenes y adultos que vivan sin sentido, sin esperanza, y sin más horizonte que la propia satisfacción inmediata, porque nadie les ha ayudado de verdad a acercarse a Dios, origen y fin de su existencia.
Esforcémonos, pues, inasequibles al desaliento, para que el mensaje del Evangelio llegue a todos los ámbitos de nuestra sociedad, pasando por encima de cualquier intento diabólico en contra.
Procuremos avanzar en  la creatividad pastoral, en  la colaboración sincera entre los pastores, y entre los demás bautizados conscientes de su vocación apostólica.
Abrámonos al diálogo paciente y constante, respetuoso y fiel al Evangelio. Y mantengamos la esperanza en que Dios dará el incremento a nuestra siembra. Tengamos muy presentes las palabras de Jesucristo a S. Pablo: “Te basta mi gracia· La fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor. 12, 9). Ese debe ser el referente que n os mantenga con optimismo en la difícil y hermosa tarea de la evangelización.
            8.- Y no olvidemos que, para llevar a cabo tan noble cometido es necesario vivir intensamente la comunión eclesial. El apostolado que se pretende realizar en solitario y según los propios criterios, sin sentido eclesial y diocesano, está llamado a la esterilidad.
            9.- Querido hermano Celso: los hermanos sacerdotes, con su generosa dedicación pastoral; los miembros de la Vida Consagrada, con el deseo de corresponder a Dios por el don de los carismas recibidos; y los fieles laicos, que han descubierto el valor y la urgencia de la Evangelización; todos ellos, viviendo fuertemente la comunión eclesial, quieren ser profetas ejemplares y testigos valientes de las maravillas de Dios. En tu labor pastoral, querido hermano en el episcopado, no estarás solo. Te lo garantizo. Los extremeños son muy nobles, y saben valorar y agradece r tanto la orientación sensata, como la exigencia razonable. Hoy nos unimos a tu acción de gracias por haber ten ido la suerte de ejercer tu ministerio pastoral en esta Iglesia particular.
Que la santísima Virgen María, Madre de Jesucristo, Madre de los sacerdotes y de todos los fieles, interceda por nosotros ante el Espíritu Santo para que nos ilumine y nos dé a entender lo que nos corresponde hacer en cada momento, al servicio de cada persona que nos ha encomendado.
            QUE ASÍ SEA.

MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA BEATIFICACIÓN DE ÁLVARO DEL PORTILLO, OBISPO y PRELADO DEL OPUS DEI (28-10-2014)



Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos hermanos miembros del Opus Dei y simpatizantes,
Queridos hermanos y hermanas todos, miembros de la Vida Consagrada y fieles laicos:

            1.-  Demos gracias a Dios porque ha regalado a su Iglesia, para ejemplo y estímulo nuestro, a un nuevo Beato: Álvaro del Portillo, Obispo prelado del Opus Dei. Elevemos nuestra mente al Señor haciendo nuestras las palabras  de la primera lectura: “Bendecid al Dios del universo, que ha hecho maravillas en la tierra, que cría al hombre desde el vientre materno y lo forma a su voluntad” (Ecclo. 50, 24).
2.- La declaración de santidad en favor de hermanos en la fe que han compartido las complejas circunstancias de nuestro mundo, caracterizado por cambios tan grandes y sorprendentes como de notables consecuencias, supone para todos nosotros una llamada a la reflexión.
Para esa reflexión, la santa Madre Iglesia, mediante la Palabra de Dios proclamada hoy, y mediante algunos destacados ejemplos de quien ha sido declarado partícipe de la gloria de Dios en los cielos, nos ofrece unas pautas de gran provecho.
3.- La vasta ejemplaridad de los santos debe iluminar preferentemente el camino en el que está comprometida la propia Iglesia diocesana y nosotros en ella. Por eso quiero señalar, como destacadas virtudes del Beato Álvaro del Portillo, en primer lugar, su especial solicitud por la integración responsable y activa de los laicos en  la Iglesia y, desde ella, en el mundo. Ese ha sido el segundo objetivo del Plan Diocesano de Pastoral.  En su seguimiento se cultiva y se manifiesta la comunión eclesial.
La preocupación por el laicado llevó al Beato Álvaro a trabajar de modo tan competente en este campo que mereció ser nombrado presidente de la Comisión para el laicado, preparatoria  del Concilio Vaticano II, al que el Papa Juan XXIII le llamó luego como consultor.
El Papa Benedicto XVI motiva la atención al laicado diciéndonos: “Para los laicos son de gran importancia la competencia profesional, el sentido de la familia, el sentido cívico y las virtudes sociales”(Ántgelus, 13, XI, 2015). Procurar todo ello desde la luz del Evangelio, es tarea que llenó los días del Beato Álvaro del Portillo, dejando como huella centros educativos de distintos objetivos y niveles, tanto en las ciencias humanas como en el saber teológico.
4.- La sabiduría que debe adquirir el cristiano como tal desborda el saber científico y teológico; pero, en los niveles adecuados a cada persona o grupo de fieles, constituye una base imprescindible. Es cierto que el Señor da a conocer su mensaje de esperanza y de salvación a la gente sencilla, y aparta de él a los sabios y entendidos. Pero debemos comprender que la sencillez en la que se fija el Señor, nada tiene que ver con la ignorancia vencible, sino con la humildad característica de los pobres en el Espíritu, tal como Jesucristo la predicó. La confianza de los humildes está en Dios y no en los propios recursos meramente humanos.
5.- Llevado de la sabiduría de Dios, el hermanos por cuya beatificación estamos dando gracias a Dios, dedicó sus mayores esfuerzos a la acción evangelizadora poniendo su atención en diversos países. Esta dedicación manifiesta el claro convencimiento de que, como dice el Papa Francisco, el cristiano, para ser tal, debe evangelizar según sus posibilidades y exigencias. Y el Papa señala, como  una de las exigencias, el salir a los caminos para llamar al encuentro con el Señor a quienes andan perdidos como ovejas sin pastor.
En este mundo nuestro, en el que destaca tristemente la incomprensión e incluso la persecución de la Iglesia, se descubre la urgente necesidad de la luz de Dios. Desde la luz exclusivamente humana, ni se descubre a Dios, ni se acierta en el camino que conduce a la libertad, a la justicia, a la felicidad y a la paz.  Nuestra permanente oración al Señor por la renovación de nuestro mundo debe inspirarse en las palabras de Jesucristo desde la cruz cuando se burlaban de él, despreciándole y aplaudiendo su crucifixión: “Padre, perdónales porque n o saben lo que hacen” (----).
6.- Ni los cristianos, ni la misma Iglesia peregrina en la tierra, estamos llamados a triunfar al modo humano. Nuestra misión, como la de Jesucristo, es predicar con  el ejemplo y la palabra, orar por quienes han de vernos o escucharnos, y  servir a Dios, y al prójimo por Dios. Nuestros contratiempos, fracasos, pruebas y sufrimientos han de constituir el verdadero bagaje evangelizador, porque este no puede tener otro origen que el amor de Dios. Y Jesucristo nos ha enseñado que “nadie tiene amor mayor que el que da la vida por los amigos (por los hermanos) (------).
Para evangelizar es necesario mucho amor, Pero no olvidemos que el amor es don de Dios que nos llega en la intimidad con él. Y esta intimidad exige de nosotros una sensata valoración de nuestras preferencias y una inteligente distribución de nuestro tiempo. Ello  es el fundamento de la audacia espiritual de que tanto nos habló el Papa Benedicto XVI, que es tan necesaria para la evangelización, y que reconocemos en el ejemplo de los santos.
7.- Estas consideraciones, estimuladas por el ejemplo del Beato Álvaro del Portillo, nos ayudan a reconsiderar debidamente el tercer objetivo del Plan Diocesano de Pastoral. En él se nos invita a la acción misionera de cada comunidad cristiana y de cada cristiano consciente de su identidad y misión.
8.- Finalmente quiero aducir en esta exhortación homilética, otra destacada virtud del Beato Álvaro del Portillo: supo ser el “segundo” manteniendo siempre la fidelidad al Fundador con quien colaboraba tan estrechamente. Y supo vivir la alegría de la fidelidad en la misión recibida. La fidelidad no excluye diferencias puntuales de diverso género y estilo. La fidelidad está basada en  la comunión interior y sobrenatural que, en sus diversas formas, es la virtud fundamental de la Iglesia y de sus miembros sacerdotes, personas consagradas y laicos. Cuando falta la comunión se hace imposible la colaboración. Y cuando no hay una fluida colaboración entre quienes sirven a una misma causa, nace la competitividad que lleva a la desunión y a la neutralización de la propia tarea. Por eso, para vivir la comunión y la colaboración que ella posibilita, debemos atender a las palabras de S. Pablo que hemos escuchado en  la segunda lectura: “Como elegidos de Dios, santos y amados, vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado. Haced vosotros lo mismo” (Col. 3, 12-13).
9.- Demos gracias a Dios; y pidámosle, por intercesión de la Santísima Virgen María, maestra de fidelidad al Señor y de evangelización,  que nos ayude a aprender del Señor las virtudes que debemos enseñar y testimoniar.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE SANTA TERESA DE JESÚS

15- 10- 2014  APERTURA DEL AÑO JUBILAR TERESIANO

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Padres  y Madres Carmelitas descalzos,
Miembros de la Vida Consagrada y fieles laicos todos:

Celebramos con gozo en este día la fiesta litúrgica de Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia, gran reformadora  del Carmelo, destacada mística y mujer fuerte de grandísima capacidad creativa.

Con esta solemne Liturgia en el 500 aniversario del nacimiento de Teresa de Cepeda, inauguramos un tiempo de gracia, un Año Jubilar, una especial oportunidad de renovación interior y de bendiciones divinas.

Nos  reunimos en torno al altar del Señor para dar gracias a Dios por haber hecho este precioso regalo de santidad a su Iglesia, y por la distinción  que supone haber elegido para ello a una mujer española con gran inteligencia, con probada virtud y con espíritu de corte universal; una mujer con alma tan grande como sencilla; fundadora que supo dejar como norma de vida su propia experiencia mística; una monja que supo compaginar la actividad más eficiente, con la elevación contemplativa. La fuerte experiencia de Dios le llevaba por los caminos para ofrecer medios de santificación a quien quisiera seguirle, para procurar que se extendieran los ejemplos de oración, de ascesis, de buen humor y de humildad basada en la verdad. No en vano fue conocida como la monja andariega y fundadora, verdadera amiga de Jesucristo, ejemplo de espíritu evangelizador y mujer fuerte capaz de enfrentarse a la adversidad con privilegiada inteligencia, con gracejo femenino y con esperanza sobrenatural jamás carente del realismo. Así pudo acercarse a sus contemporáneos dando una muestra de que la santificación es tarea que ha de realizarse en la tierra por los caminos que Dios vaya señalando a cada uno.

La celebración del Año Jubilar Teresiano, es una clara llamada a que pongamos nuestra atención, de un modo especial, en el Evangelio, procurando hacerlo vida en nosotros con la ayuda de Santa Teresa de Jesús. Ella supo buscar y enseñar luego la base de la oración, del encuentro confiado con el Señor. Desde esa experiencia decía a sus monjas, como lección que todos debemos aprender: “No os curéis, hijas, de estas humildades, sino tratá con él como con padre, y como con hermano, y como con Señor, y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que él os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle (Cam. de Perfec. C. XXVIII).

Este contentamiento de Dios, que Santa Teresa logró hasta el punto de ser declarada santa y doctora  de la Iglesia, tiene un  camino fundamental que ella nos describe así: “La verdadera unión se puede muy bien alcanzar con el favor  de Nuestro Señor, si nosotros nos esforzamos a procurarla, con no tener voluntad sino atada con lo que fuere la voluntad de Dios” (Las Moradass, V, c. III).

Por este camino, firmemente aprendido en la Palabra y en el ejemplo de Jesucristo, Teresa de Cepeda llegó a ser Santa Teresa de Jesús. La palabra de Dios nos dice hoy con toda claridad: “El que teme al Señor obrará así: observando la ley alcanzará sabiduría. Ella le saldrá el encuentro como una madre (…) lo alimentará con pan de sensatez y le dará a beber agua de prudencia” (Eclo. 15, 1 ss).

Entendiendo bien que Dios obra en nosotros gratuitamente todos los bienes, Santa Teresa hizo norma de su vida lo que nos invita a decir hoy el Salmo interleccional: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te alabaré (…) Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades” (Sal.  88).

Esta es la misión de todo cristiano consciente, que ha de ser, por ello y al mismo tiempo, un inexcusable y entusiasta apóstol. El verdadero apóstol aprende del Señor y llega a serlo por la experiencia que se fragua en la intimidad con el Señor llegando a quererle de verdad. Así nos lo enseña Santa Teresa de Jesús. “Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí? (Poesías). Debió aprenderlo de las palabras de Jesucristo que hoy han sido proclamadas en el Evangelio: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor” (Mt. 11, 25).

La gran lección que nos transmite Santa Teresa de Jesús a quienes vivimos en el ajetreo, las prisas y la actividad de un mundo un  tanto atolondrado y extrovertido, y que muchas veces excusamos en ello la falta de silencio, de oración de reflexión y de contemplación es, precisamente, haber alcanzado altísimos niveles de encuentro e intimidad con el Señor, sin dejar de correr caminos, de luchar por doquier en favor de la causa que el Señor le había encomendado.

Hagamos el propósito de pensar con sinceridad si tenemos o no el propósito firme de seguir a Jesucristo caminando por el mundo en el que Dios nos pide vivir. Y que nuestra oración suplique fervientemente los dones de la serenidad y del dominio personal para asumir sinceramente el deber de la relación con el Señor en la escucha de su palabra y en la oración, como hacía Santa Teresa.

Por la ve sabemos que, si lo pedimos con fe y esperanza, lo alcanzaremos. Es condición imprescindible para ser apóstoles en el mundo de hoy  que lleven el Evangelio a quienes no conocen a Jesucristo.


QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL ENCUENTRO DE PROFESORES DE RELIGIÓN

HOMILÍA EN EL ENCUENTRO DE PROFESORES DE RELIGIÓN

(Curso 2014-2015)

            Mis queridos profesores de religión y miembros de la Delegación episcopal para la educación cristiana:

1.- Me agrada encontrarme con vosotros. En primer lugar porque sois miembros de esta porción del Pueblo de Dios que el Señor me ha encomendado pastorear. Y, en segundo lugar, porque sois profesores y, por ello, personas dedicadas a la educación de las nuevas generaciones de hijos de Dios.

2.- La educación, en sí misma, para un cristiano, es un acto de fe y de colaboración con Dios, porque educar significa “educere”, sacar de dentro, o contribuir a que lo que está en el interior de la persona como una potencia, lo que rodea a la esencia de la persona creada por Dios, salga a la luz, produzca sus frutos.

Cuando van aflorando las diversas cualidades y recursos con que Dios ha enriquecido a cada persona, se puede ir descubriendo la propia vocación con la que Dios orienta la dedicación fundamental de la vida de cada uno. Por ello, la educación contribuye a manifestar y valorar la riqueza de la obra creadora de Dios.

3.- Con la educación se cultiva el espíritu y la realidad integral de la persona, de modo que alcance a realizar la obra para la que el Señor le ha llamado. El desarrollo integral de la persona, que es el objetivo fundamental e imprescindible de toda educación verdadera, va propiciando en el alumno, el desarrollo de su personalidad. Así podrá llegar a ser él mismo; podrá ir adquiriendo la plenitud a la que está llamado como persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Con todo ello se va forjando, paso a paso, la personalidad de cada uno.

El desarrollo de la personalidad contribuye a la liberación interior de la persona y, por tanto, le capacita para tomar con acierto las decisiones personales necesarias para afrontar los diferentes retos a lo largo de la vida.

4.- La personalidad, que se desarrolla en el ámbito de la inteligencia y de la voluntad potencia el equilibrio personal en las relaciones del sujeto consigo mismo, con los demás, con la creación y con Dios, que es el origen y el fin de todo ello. La educación integral es la única acción capaz de construir la personalidad. Cualquier educación notablemente parcial provoca una mutilación del conjunto de la persona; con ello se empobrecen tanto la persona como la sociedad en la que vive y actúa. Esto ocurre hoy frecuentemente en nuestros sistemas educativos por el desequilibrio entre la atención a las dimensiones técnicas del saber y el pobrísimo cultivo de la facultad de pensar, que es la base de la humanización y de las referencias éticas que son imprescindibles para vivir en comunidad con el debido respeto al prójimo y al bien común. El pensamiento es la facultad más noble del hombre, y el punto de partida de todo juicio ponderado, y el recurso fundamental para forjar la propia personalidad.

5.- La verdadera personalidad es la que capacita al individuo para ponerse ante sí mismo con decidida voluntad de conocer sincera y limpiamente la propia realidad, y para actuar siendo fiel a su identidad esencial.

La personalidad hace posible mirar la propia vida con ojos atentos, sin prejuicios ni dependencias ideológicas, pasionales o de connivencia social.

La personalidad hace posible contemplar el mundo con la libertad que supone sentirse su constructor, y no el simple efecto, o el fatal resultado de lo que es o manifiesta, en cada momento, el mundo que nos rodea.

La personalidad ayuda a buscar las claves de interpretación de la realidad sin quedarse en la defensa o apropiación de lo que parece convenir a los propios intereses concupiscibles e inconfesados; y sin dejarse llevar por lo que merece más aplauso en los ambientes en que uno vive.

La verdadera personalidad se fragua en el progresivo descubrimiento de la verdad. Es absolutamente necesario apoyarse en ella para la construcción de la propia escala de valores lejos de subjetivismos o de falta de la perspectiva requerida para no agotarse en la inmediatez.

La verdadera personalidad no se construye, por tanto, obedeciendo a las corrientes sociales del momento, ni sintonizando exclusivamente con los ideales que tienen la primacía en los ambientes más próximos, o en los objetivos a procurar por el deseo instintivo del poder, del placer, y del tener. ¿No vemos que los comportamientos y las carencias a que me refiero están en la base de tantas carencias, injusticias, corrupciones, violencias, inaceptables diferencias sociales, etc.?

         La verdadera personalidad ha de ser, pues, fruto de un recorrido educativo que ayude a forjar la personalidad del alumno. En ese recorrido es imprescindible que el educador respete al máximo la libertad y los ritmos propios de la idiosincrasia del alumno. La educación capaz de alcanzar esto lleva consigo el compromiso, por parte del educador, de caminar junto con el educando, manteniendo el difícil juego de no llevarle tras de sí, y de señalarle, al mismo tiempo, respetuosamente, el camino adecuado. La disposición y la entrega del educador para cumplir con estos requisitos, nos advierte muy claramente que la tarea del educador no puede ser una simple ocupación laboral a cambio de un merecido salario. Ha de ser, esencialmente, una auténtica vocación.

            6.- La educación así entendida procura la verdadera promoción del alumno en el camino de la auténtica libertad, y en la capacidad de superar los obstáculos, las contrariedades, los desánimos, las falsas ilusiones y las peligrosas influencias.

         La búsqueda de la verdad, que posibilita la construcción de la verdadera personalidad, requiere levantar la cabeza hacia lo alto. La verdad es tan grande y bella que no puede encerrarse en la tierra. La verdad es la razón misma de toda existencia. La verdad es Dios mismo, creador y salvador del hombre y de la mujer, del mundo animado y del inanimado.

            7.- A ese Dios, que hace posible nuestra vida, que nos capacita para construir la propia personalidad sin dejaciones y sin serviles dependencias, es el Dios que vosotros debéis presentar con toda limpieza y competencia en el curso de vuestra relación académica y personal con los alumnos.

        Los educadores cristianos debemos romper con la idea de que al profesor corresponde presentar unos saberes sin más pretensión que la simple enseñanza. Este error está en la mente y en la práctica de muchos profesores, y así lo enseñan determinadas corrientes pedagógicas que excluyen cualquier posible condicionamiento del alumno. No perciben que, de este modo, se le condiciona mucho más porque se le deja en la incapacidad de tomar una decisión acertada, y abocado a los arrastres del ambiente o de un relativismo subjetivista.

Hay que procurar que sea educativa la ciencia que se presenta. Toda ciencia tiene relación con la vida. Y el educador ha de procurar que el alumno sea capaz de vivir con toda rectitud aprovechando los saberes que se le ofrecen. Sin embargo, muchos creen que eso es adoctrinar tendenciosamente. Me sorprende esta prevención cuando los que así piensan aplauden la imposición de asignaturas y la orientación de la enseñanza para que sea acorde con las propias ideologías.

            8.- Queridos profesores de religión: considerando el cometido que nos concierne como educadores cristianos, es fácil sentir impotencia para afrontar la situación educativa tal como la hemos planteado. No hay que tener miedo. No cedáis al desánimo. La palabra de Dios sale al paso diciéndonos hoy a través de S. Pablo, que vivió una experiencia muy semejante: “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles” (2 Tim. 4, 17).

No hay que ser pesimistas sino realistas. Sin embargo puede ocurrir que, en alguna ocasión, creáis encontraros en la situación a que se refiere hoy Jesucristo en el santo Evangelio: “Mirad que os mando como corderos en medio de lobos” (Mt. 10, 16). No temáis. Es el mismo Jesucristo quien nos anima diciéndonos: “No temáis; yo he vencido al mundo”· (Jn 16,33). Y pensad, como ha dicho el salmo interleccional: “Cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente” (Sal. 144).

            9.- Pidamos al Señor la gracia de entender nuestro trabajo como una verdadera vocación, y pidámosle la gracia de confiar en él y de asumir con esperanza la delicada y preciosa misión que se nos encomendado.


QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL PILAR

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA VIRGEN DEL PILAR, PATRONA DE LA GUARDIA CIVIL

Octubre de 2014

Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Exmo. Sr. Delegado del Gobierno,
Exmo. Sr General de la Guardia civil, oficiales y miembros del Benemérito Cuerpo,
Autoridades civiles y militares,
Hermanos familiares y amigos de la Guardia Civil:

Quiero que mi saludo sea hoy mi más cordial felicitación a vosotros por la fiesta de vuestra Patrona, la Santísima Virgen del Pilar. Deseo que podáis celebrarla muchos años en paz, con la satisfacción del deber cumplido y con el gozo de sentiros protegidos por su maternal solicitud.

La celebración de esta solemnidad cristiana es muestra de la fe que profesáis recordando que el Señor, desde la Cruz, dispuso que tuviéramos a María como madre. Por eso, viendo al Apóstol Juan junto a ella al pie de la cruz, dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre”. Y añade el texto bíblico: “Desde aquel momento, Juan la recibió como algo propio” (Jn. 19, 26-27). Esta escena, tan heroica como entrañable, me ha venido a la memoria reiteradas veces al entrar en vuestros cuarteles con motivo de la Visita Pastoral en los distintos pueblos de la Diócesis. En todos ellos, y en lugar visible y bien cuidado, estaba la imagen de la Santísima Virgen del Pilar. Esa es la muestra de que la sentís como Madre y que, como San Juan, la habéis recibido en vuestra casa.

Tenéis y sentís como Madre a la santísima Virgen María, bajo la española advocación del Pilar; y en sus maternales manos ponéis vuestra vida, la de vuestra familia y la de vuestros compañeros, sobre todo en las misiones de especial riesgo. La pronta y delicada tutela que manifestó la Santísima Virgen María en las bodas de Caná, procurando que los nuevos esposos no sufrieran el descrédito de quedarse sin vino para los invitados, lo ejerce también con vosotros para que, si es voluntad de Dios, no sufráis las consecuencias de cualquier imprevisión humana en el ejercicio de vuestro deber.

La Santísima Virgen María, Madre de Jesucristo y Madre nuestra, como verdadera madre de familia, mantuvo unidos a los Apóstoles en los momentos difíciles de la persecución y muerte de Jesucristo, como nos cuenta el Evangelio que acabamos de escuchar. Ella mantendrá la unidad en el Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil en el desarrollo de vuestras delicadas y múltiples misiones, y en la convivencia personal y familiar.

Nuestra oración debe ser hoy una súplica esperanzada invocando la maternal solicitud de la Santísima Virgen María para que guíe y acompañe vuestros pasos, cada día en el ejercicio de vuestra importante y amplia misión. Pidámosle todos hoy que acompañe hasta el trono de Dios en los cielos a quienes protegió maternalmente en la tierra, y que han llegado ya a la patria celestial entregando naturalmente la vida al final de sus días; y a quienes eligió el Señor para ser ejemplo ante sus compañeros llevando su entrega y su honor hasta dar su vida en cumplimiento del deber.

Oremos también por los familiares que han sufrido el duro golpe de tan sensible pérdida. Que la Virgen del Pilar les conceda la gracia de mantenerse firmes ante la prueba, dando así muestras de su fe en el amor que Dios que todo lo hace o lo permite para nuestro bien.

Supliquemos confiadamente al Señor de cielos y tierra que, en los momentos de prueba, cuando la muerte parte a la familia, permanezca la esperanza en que la Virgen María les acompañará ante el Señor para que disfruten eternamente de la felicidad que desearon. Y que conceda a sus familiares la entereza, la valentía y la entrega de sus hijos, esposos y padres que consumaron su vida en el servicio incondicional a la Patria.


QUE ASÍ SEA