HOMILÍA EN EL DOMINGO 1º DE ADVIENTO 30-Nov-2008

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Queridos hermanos todos, religiosas y seglares,
Queridos seminaristas y diácono asistente:


La plegaria con que hemos iniciado esta celebración eucarística, primera del tiempo de Adviento, pone ante nuestra consideración, de modo indirecto pero claro, la realidad de nuestra propia historia. Sabemos muy bien que nuestro discurrir por la vida es, con frecuencia, una sucesión de altibajos que van marcando momentos de fervorosa fidelidad y momentos de fría distancia; momentos de verdadera búsqueda de Dios, y momentos de insípida tibieza; momentos de verdadera autoexigencia, y momentos de cierto abandono. Gracias a Dios, ninguno de los momentos más débiles hemos llegado al abandono del Señor. Pero, la conciencia de que llevamos en nuestro haber períodos de menor acercamiento al Señor, hace necesario que Dios nos conceda nuevamente una oportunidad de conversión interior, una circunstancia propicia para retomar el camino ladeado, o para reemprender la marcha con mayor entusiasmo y viveza. Debemos pedir, pues, esta gracia que sólo Dios puede concedernos. El Señor escucha la súplica que eleva la Iglesia por todos sus hijos, y nos responde con magnanimidad.

Con esta celebración iniciamos el tiempo de Adviento. En él, nos depara el Señor cada año una ocasión de gracia, una oportunidad especialmente anunciada y propicia. Nuestro deber y nuestra necesidad es aprovecharla para volvernos a Dios, para acercarnos al Señor que nos busca y nos espera, que desea para nosotros el mayor bien, esto es: la plenitud humana y sobrenatural, nuestra santificación, el crecimiento en la virtud, el goce de la paz interior en la esperanza que no defrauda, porque el Señor que nos ha hecho la promesa de salvación es veraz y, como nos ama infinitamente no nos defrauda.

Al comenzar la Santa Misa, he pedido al Señor para todos nosotros y para cuantos creen en él y esperan su redención y su venida gloriosa, que avive en nosotros, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene; y así podamos, un día, estar con él en el Reino eterno.

Por más que demos vueltas a los problemas que nos plantea la vida, y cuyo sentido y utilidad no siempre se nos manifiesta claramente, y, por más que deseemos entender en qué consiste nuestra dimensión sobrenatural y nuestra relación con Dios como hijos suyos que somos, no cesaremos de encontrarnos con dificultades que siembran en nosotros la oscuridad, la duda e incluso, en algunos momentos, posiblemente la frialdad de un alejamiento casi inconsciente de Dios, de la vida de piedad y de la exigencia interior propia del cristiano.

¿Cómo resolver este trance, que demora nuestro encuentro con el Señor, que ralentiza los pasos en el camino de nuestro desarrollo integral según la imagen de Dios que él plasmó en nosotros cuando nos creó, y que nos permite vivir cada día con ilusión y esperanza?

La respuesta es muy sencilla. Quizá por muy sabida pueda parecernos ineficaz o rutinaria; pero es la respuesta justa, precisa y plenamente cierta. Para afrontar sin miedo cualquier trance de nuestra existencia, para entender las adversidades como pruebas que el Señor permite en beneficio de nuestra fortaleza interior, y para saber incorporar cualquier oscuridad y cualquier fracaso con verdadero espíritu de fe y con esperanza del éxito final, es necesario buscar a Jesucristo, salir a su encuentro, acercarnos a Él, beneficiarnos de su gracia, ganar en intimidad de amor con aquel que nos ha amado hasta la muerte en la cruz. El camino para ello es también muy conocido: la oración, la escucha de su palabra, la participación en los Sacramentos y el servicio a los hermanos.

Llegados a este punto la reflexión en el primer Domingo de Adviento, es el Señor mismo quien, con su palabra que acaba de ser proclamada, nos estimula a dar el paso que ha de acercarnos a Él, porque solo en Él está la salvación.

A través del profeta Isaías nos recuerda la importancia de la oración confiada, sencilla y sincera. Y pone en nuestros labios la plegaria oportuna: “Tú, Señor, eres nuestro Padre; tu nombre de siempre es «nuestro redentor»… jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él… todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado… Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo” (Is 63, 16; 64, 8)

Junto a la oración, que nos permite presentarnos ante el Señor haciendo un acto humilde de fe y de confianza en él, porque sólo él nos puede salvar, es imprescindible abrir los oídos del alma y escuchar lo que el Señor quiere decirnos cada vez que se proclama ante nosotros su palabra. Hoy, como una inyección de optimismo y de buen ánimo, nos dice a través de san Pablo: “habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha proclamado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (1Cor 1, 5-7)

Es muy importante considerar los dones con que el Señor nos ha enriquecido y nos sigue enriqueciendo; de lo contrario, podemos caer en el pesimismo, sintiéndonos carentes de los recursos necesarios para acercarnos al Señor, para lograr nuestra progresiva conversión; y en estas circunstancias es muy fácil que se vaya oscureciendo en nosotros la esperanza y, por tanto, el esfuerzo necesario para afrontar las dificultades. En los momentos más oscuros es cuando más falta nos hace recordar las maravillas que el Señor ha ido obrando a lo largo de nuestra vida. La memoria de cuanto el Señor nos ha regalado, es el trampolín que nos ayuda a saltar hacia la altura de la esperanza renovada, hacia la confianza de que pueden llegarnos nuevas ayudas del Señor, y hacia la plegaria humilde y constante invocando de su misericordia y de su providencia la gracia que necesitamos para ir hacia su encuentro en la Navidad que comenzamos a preparar.

Aprovechando la gracia de esta nueva oportunidad, que es el Adviento, para renovar nuestro espíritu y para crecer en la virtud y en la fidelidad a la vocación recibida ya en el Bautismo, debemos revisar también, junto a nuestra situación personal ante el Señor, nuestra situación respecto de la Iglesia nuestra Madre. En su seno nacimos a la gracia, y en su hogar vamos recibiendo los dones del Espíritu Santo.

No podemos resignarnos a ser miembros meramente pasivos en la familia de los hijos de Dios. Es necesario que nos plateemos nuestra voluntad de colaborar activamente, según las propias posibilidades, en la misión eclesial que tiene su centro en la evangelización, en el apostolado, en dar a conocer el rostro del Señor a cuentos lo desconocen, a ser testigos del amor de Dios en la familia, en los lugares de trabajo y en los momentos compartidos de esparcimiento.

Y, como nada es más claro en la escena de la Navidad, cuya preparación iniciamos, que la entre sencilla y humilde del Señor a nosotros y por nosotros, en este tiempo de Adviento deberemos revisar nuestra atención al prójimo, nuestra relación con los hermanos, nuestra atención a los problemas y necesidades de quienes nos rodean y de quienes, desde la distancia nos hacen llegar el clamor de sus carencias. Vivimos tiempos en que, junto a grandes avances en beneficio de la humanidad, crecen también desorbitadamente, el hambre, el egoísmo y el avasallamiento de los más poderosos sobre los más débiles y desposeídos; hasta el punto de disponer de su vida en beneficio propio, mediante el aborto, la eutanasia, el terrorismo, la falta de atención a la sanidad de muchos pueblos, e incluso, al abandono de niños y ancianos a su pobre suerte. Al acercarnos a la Sagrada Eucaristía para recibir al mismo Señor Jesucristo, hecho alimento para nuestra fortaleza interior, pidámosle que llegue a nosotros y nos inunde con su gracia para que seamos capaces de aprovechar esta preciosa oportunidad de conversión y de progreso cristiano que es el Adviento.

QUE ASÍ SEA.

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