HOMILÍA EN EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Ciclo B (2012)


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,

queridos jóvenes que casi a recibir hoy el ministerio de Acólitos, como un paso importante hacia el Sacerdocio ministerial,

queridos hermanos miembros de la Vida Consagrada y fieles seglares que participáis en esta celebración eucarística:

1.- La Palabra de Dios nos recuerda hoy que hay un solo Dios verdadero, y que es el Señor de cielo y tierra, de la naturaleza inanimada y de los seres vivos, del hombre y de la mujer, de la vida y de la muerte, del tiempo y de la eternidad.

Pero esta presentación que Dios nos hace de sí mismo, nada tiene que ver con actitud alguna de presunción o de prepotencia. Por parte de Dios es impensable. Y por parte de quienes creemos en él, infinitamente sabio, poderoso y bueno, tampoco tendría sentido porque no hemos elegido a Dios y luego, para justificarnos le atribuimos estas cualidades. Al contrario: hemos creído en él porque, por la fe y por el testimonio de Jesucristo, lo hemos descubierto como es.

La presentación que Dios hace de sí mismo tampoco tiene que ver nada con la sospecha de que ejerza su poder para su propia satisfacción. Toda su grandeza y su poder están orientados al bien de todos y de todo. Por eso, al tiempo en que nos dice en el libro del Éxodo: “Yo soy el Señor, tu Dios” (Ex 20, 1), añade: “que te saqué de Egipto, de la esclavitud” (id.). En el Nuevo testamento Jesucristo nos manifestará con más detalle el amor infinito y universal de Dios, preocupado porque todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (cf.---).

Dios se nos manifiesta en su realidad más profunda y esencial. Él es amor y misericordia; él es nuestro libertador: yo te saqué de la esclavitud, nos dice hoy en el libro del Éxodo. (cf. Ex 20, 2).

2.- El poder de Dios es fuente de bien para sus criaturas y, especialmente, para el hombre, creado a su imagen y semejanza. El señorío que Dios nos manifiesta sobre todo lo creado es la lección que nos da para que recordemos nuestra identidad: somos imagen de Dios; por tanto debemos contribuir al bien de la humanidad y de la creación. Pensando en esto, habría que sacar conclusiones acerca de nuestro deber de procurar el bien para nuestros semejantes, y el respeto a la naturaleza.

Si hemos sido creados por Dios, y, en consecuencia, somos el objeto de su amor, Dios nos expresa su amor celoso como la más clara y necesaria orientación para que no nos apartemos de la fuente de vida, que es Él. Solo así tendremos vida y la podremos tener en abundancia (cf. Jn 10, 10). Por eso nos dice hoy: “No tendrás otros dioses frente a mí” (Ex 20, 3).

Esta manifestación de amor celoso hacia nosotros es la expresión de que nuestra vida y salvación, nuestra verdadera libertad y la esperanza que alienta nuestra existencia, están solo en el Dios verdadero, uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Él es la verdad; Él es la fuente de la vida; Él es el camino para que descubramos la verdad y alcancemos a conocer lo que da sentido a nuestra existencia, lo que nos salva integralmente.

3.- El Señor, preocupado por nosotros, como el Padre de familia estaba preocupado por la suerte de su hijo pródigo, nos quiere apercibir de las indicaciones que nos orientan para alcanzar la libertad y la plena salvación. Un Padre bueno jamás puede pretender otra cosa para sus hijos. Por eso nos entrega sus mandamientos.

Esos mandamientos, escuchados desde el convencimiento de que Dios es Padre amoroso y preocupado por nuestros pasos en el camino hacia la santidad, no deben sonarnos a preceptos que nos coaccionan o nos someten; ni a prescripciones que coartan nuestro desarrollo en la libertad. Por el contrario, los mandamientos del Señor han de ser entendidos en su auténtica verdad: son las señales del camino para que, en ningún momento, nos desviemos y nos perdamos.

Los mandamientos constituyen un precioso signo del paternal cuidado de Dios hacia nosotros. El Señor quiere que podamos gozar con Él y que participemos un día de su gloria eterna.

Los mandamientos son las indicaciones para que crezcamos en la semejanza a Dios quienes hemos sido creados a su imagen.

Los mandamientos son el camino hacia nuestra grandeza, que tiene sus raíces en nuestra condición de ser hijos adoptivos de Dios y herederos de la patria definitiva.

4.- Por todo ello, la santa Madre Iglesia nos invita a reconocer en el salmo interleccional que “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma” (Sal 18). El salmista describe la bondad y belleza de los mandamientos invitándonos a reconocer que “son más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila” (Sal 18). “Los mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón” (Sal 18).

Consiguientemente, los mandamientos son expresión del amor que Dios Padre nos tiene, y que nos manifestó enviándonos a su Hijo para que rompiera el abismo que nos separaba del Él a causa de nuestros pecados.

Los mandamientos, unidos a la cruz de Jesucristo, son los signos por excelencia de la bondad de Dios para con nosotros.

5.- Desde estas consideraciones podemos entender fácilmente que Jesucristo arremetiera contra quienes habían hecho de la casa de Dios un instrumento al servicio de sus propios intereses materiales. No pudo soportar semejante blasfemia. Los vendedores instalados en el templo eran la imagen elocuente y entristecedora de lo que significa utilizar las cosas de Dios para satisfacer las concupiscencias.

Debemos andar vigilantes porque nos invaden con mucha facilidad las tentaciones de utilizar lo que Dios nos ha regalado, para oponernos a su amor. Esto, que parece una contradicción, es precisamente la esencia del pecado.

6.- Hoy, con un profundo gozo en el Señor, acompañamos a estos jóvenes a los que voy a conceder el ministerio de Acólitos, dentro de su camino hacia el sacerdocio. La misión que les corresponderá en adelante es, precisamente, el servicio en el templo; y, en él, un ser vicio esmerado al Altar del Señor. En él se hace presente para nosotros el sacrificio redentor de Jesucristo. La dedicación de estos nuevos Acólitos tiene que ver, esencialmente, con el interés de Jesucristo por el respeto del templo y por la dedicación de los fieles a lo que en él se celebra. Van a ser jóvenes especialmente dedicados al Culto sagrado, en un grado inicial. Pero su ministerio actual debe orientarles hacia el ministerio propio del Sacerdote. La cercanía del Señor será ceremonialmente más próxima para ellos. Su deber está en procurar que esa cercanía sea un estímulo y un medio para acrecentar la intimidad personal con el Señor. Oraremos por ellos.

7.- En la Santa Cuaresma, estamos llamados a procurar el cambio de nuestros puntos de vista materiales y terrenos, y volver nuestra mirada hacia Dios. La Cuaresma nos invita a entrar en el templo con el respeto y unción que merece como lugar sagrado que es la casa de Dios con los hombres. El templo es el espacio elegido por el Señor para reunirnos con él y crecer en su conocimiento, en su aprecio y en su intimidad.

La Cuaresma nos invita a que entremos en nuestro interior y procuremos que esté libre de todo lo que pueda impedir que seamos digna morada de Dios. Desde el Bautismo estamos llamados y capacitados por el Espíritu Santo para ser templos vivos de Dios en nuestro cuerpo y en nuestra alma.

8.- Demos gracias a Dios porque nos ha manifestados su amor; porque nos ha regalado sus mandamientos como señales del camino hacia la vida; y porque desea habitar en nosotros convirtiéndonos en templos vivos de su divina majestad.

Pidámosle la gracia de la conversión para que correspondamos al Señor por todo el bien que nos ha hecho y nos hace, y por la herencia que nos prepara.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,


Queridos hermanos miembros de la Vida Consagrada y fieles seglares:

1.- La Palabra de Dios que acabamos de escuchar parece una provocación a la inteligencia y a los sentimientos humanos. Dios pide a Abraham que sacrifique a su propio hijo, único descendiente capaz de iniciar la multiplicación del pueblo escogido. El Señor había prometido a Abraham que sería padre de un pueblo tan numeroso como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Para ello Abraham no contaba más que con su hijo Isaac, concebido milagrosamente en la entrada ancianidad suya y de su esposa.

Pensar que la virtud de este hombre creyente le hacía insensible a la muerte de su hijo, que él mismo tenía que llevar a cabo, es un gran error. La gracia no destruye la naturaleza, sino que, en el mejor de los casos, la va transformando. Por tanto, Abraham, al encaminarse hacia el monte en que tenía que sacrificar a su hijo, debía estar pasando los momentos peores de su vida. Más todavía, cabe la sospecha de que quizá ese mandato divino le estuviera haciendo atravesar momentos de oscuridad. Quizá le provocara incluso la tentación de pensar que el sacrificio de su hijo, que tanto le atormentaba, no fuera, en verdad, un mandato divino. Tampoco es improbable que sufriera en esos terribles momentos la tentación de rebeldía ante semejante encargo de Dios.

Podríamos decir que la escena de Abraham camino del monte donde debía sacrificar a su hijo único, contemplada a simple vista, nos presenta la fe como opuesta a la razón; y que la obediencia a Dios pone en juego el respeto a todo lo creado, incluso a la misma vida humana. Abraham tenía que matar a su hijo como ofrenda a Dios.

2.- Sin embargo no es así. Es cierto que la fe nos hace vivir momentos difíciles de aparente contradicción interior. Pero también es cierto que, creer firmemente en Dios nuestro Creador, Señor y Salvador, no puede llevarnos a traicionar la verdad, la razón y la naturaleza humana en sus más dignos y profundos sentimientos. Si fuera así, tendríamos que concluir que Dios, verdad suma y plena, lucha contra sí mismo, se contradice. Y eso es sencillamente absurdo.

Tampoco podemos identificar la fe auténtica con el hecho de creer que la fe cristiana nos lleva a sentir sin más preocupación, sin más inquietud, y sin más dificultad que, sea cual sea la situación, no pasará nada y todo saldrá bien. Una cosa es creer que Dios todo lo hace y lo permite para nuestro bien, y otra muy distinta es no sentir la dificultad de asumir esta verdad cuando parece oponerse a los más legítimos y explicables sentimientos. Dios no nos pide una fe automática o mágica.

Pensar esto, y sentir la aparente contradicción entre la voluntad de Dios y lo que nos parece legítimo y bueno, no está fuera de lugar, ni manifiesta falta de fe. Por el contrario, supone la certeza de que Dios no se contradice, de que Dios no destruye su propia obra de la creación, de que Dios no maquina en absoluto contra el hombre creado a su imagen y semejanza. Lo que ocurre es que tampoco nos excusa de aceptar el misterio de Dios sabiendo que sus caminos no son nuestros caminos; que Dios escribe recto sobre renglones torcidos.

3.- Considerando correctamente la escena que nos propone hoy la Palabra de Dios, podemos y debemos llegar a la siguiente conclusión: Dios quiere y procura siempre nuestro bien personal y el bien de la humanidad. Él ha salido fiador por nosotros en la Persona de su Hijo Jesucristo para resolver el mal que el pecado original y nuestros propios pecados había causado y causa en nosotros y en la creación. Dios Padre ha ofrecido en la cruz la vida de su Hijo Jesucristo para que nosotros pudiéramos participar de la misma vida divina. Él está constantemente ofreciéndose para ayudarnos, y toma siempre la iniciativa para que nada nos falte. Por eso, al final, después de haber probado la fe de Abraham, le ofreció el cordero para el sacrificio que le había pedido, y salvó la vida de Isaac.

Por tanto, debemos creer que, sea cual sea la apariencia de las pruebas que Dios nos pone, o que permite que nos lleguen; y sea cual sea la oscuridad y el sufrimiento que todo ello pueda causarnos, se cumplirá su promesa, se nos abrirán las puertas de la Verdad y de la Vida, se realizará en nosotros la plenitud a que estamos llamados.

4.- Nuestra misión es asumir el dolor que esto comporta de modo inevitable, poniéndonos en manos de Dios. Esta fue la enseñanza que nos brindó Abraham y que hoy nos vale como lección fundamental y oportunísima. Sobre todo en estos tiempos y en estos ambientes en que el hombre pretende, frecuentemente, ocupar el lugar de Dios; o lo que es más grave todavía: apartar a Dios de la vida humana y de la construcción de una sociedad nueva.

5.- No obstante es correcto pensar que hay situaciones verdaderamente difíciles de afrontar desde la fe. Por eso debemos tener en cuenta que la fe, como es un don de Dios, ha de ser atentamente cultivada y purificada. De lo contrario, se debilita y muere, como ocurre con las plantas selectas abandonadas al olvido y al descuido.

Para el cultivo de la fe, sin la cual no cabe vivir cristianamente, ni llegar a intimar con el Señor, ni mantener siempre viva la esperanza en la promesa de salvación, es necesario hacer nuestro el propósito que hemos manifestado al catar el Salmo interleccional: “Siempre confiaré en el Señor” (Sal 115). Además de ello, y de modo inseparable de lo anterior, es necesario que oremos insistentemente al Señor para que nos ayude a vivir de acuerdo con esta convicción que hoy nos manifiesta san Pablo: “Si Dios está a nuestro favor, ¿quién estará en contra nuestra? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo junto con su Hijo?” (Rm 8, 31).

6.- Como la fe ha de ir creciendo, nuestra plegaria debe ir unida a nuestro arrepentimiento por los momentos en que hayamos podido desconfiar de Dios o querer someter el misterio de sus designios bajo las dimensiones de nuestra propia inteligencia limitada. Por eso Jesucristo al comenzar la cuaresma nos llama al arrepentimiento y a la conversión diciéndonos: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

Para esta conversión, el Señor nos quiere ayudar poniendo ante nuestra consideración el hecho sublime de su Transfiguración: Cristo, hombre como nosotros, que llegó a sentir el abandono de su Padre-Dios exclamando desde la cruz: “Dios mío, ¿porqué me has abandonado?” (Mt 27, 46), se nos ofrece transfigurado y triunfante como el Hijo amado del Padre (cf. Mc 9, 2-10). Con ello nos enseña que, tras la oscuridad y los aparentes contrasentidos, que acompañan muchas veces a las pruebas, llega la victoria. Basta con que nosotros, al final de la prueba, como Cristo al final de su vida, exclamemos desde la cruz de nuestros sufrimientos intelectuales, afectivos, y de cualquier tipo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 45).

7.- Bonita invitación la que nos hace Jesucristo hoy con su Palabra. Nos invita a crecer en la fe, que es el fundamento imprescindible para crecer en la virtud. Y ya sabemos que crecer en la virtud consiste en acercarnos cada vez más a Jesucristo hasta lograr nuestra plena renovación interior. La fe nos ayuda a ser hombres y mujeres de verdad, porque nuestro modelo es Cristo.

Pidamos esta gracia al Señor en humilde y confiada oración comunitaria.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes y diácono asistente,
Queridos hermanos miembros de la Vida Consagrada y fieles seglares:


Hemos comenzado la Santa Cuaresma. La Identidad de este tiempo queda claramente manifiesta en el testimonio de Jesucristo y en las palabras con que nos convoca a una dedicación, que es imprescindible en nuestra vida cristiana: la conversión, el conocimiento y progresivo acercamiento a Jesucristo nuestro salvador.

1.- Jesucristo, antes de iniciar su vida pública, se retira al desierto. Allí experimenta las dificultades con que toda persona humana se encuentra inevitablemente en su vida ordinaria: debilidad personal, tentaciones diabólicas, incomodidades constantes, etc.

Atravesando esa situación, libremente elegida por él, Jesucristo nos ofrece el testimonio de que su encarnación no fue parcial sino total. En todo se hizo semejante al hombre menos en el pecado (Hb. 4, 15). Por tanto, Jesucristo nos enseña a ser hombres cabales. Él es el modelo por excelencia de lo que debe ser el hombre si mantiene su coherencia con su identidad original.

Jesucristo no sucumbió a las tentaciones del diablo, pero no escapó de ellas. Las tentaciones no son efecto del pecado previamente cometido. Adán Y Eva fueron tentados antes de cometer su primer pecado. Por tanto, ante las tentaciones nosotros no tenemos la excusa de estar expuestos a ellas exclusivamente como consecuencia de haber nacido con la herencia del pecado original. Recordemos que, si habíamos heredado el pecado original sin responsabilidad propia, también fuimos liberados de él sin méritos propios gracias al Bautismo. Es más: el texto evangélico nos dice que la estancia de Jesucristo en el desierto no fue el efecto de una decisión arbitraria por su parte: “El Espíritu empujó a Jesús al desierto” (Mc. 1, 12). La situación de prueba en que vivimos es propia de la naturaleza que compartimos.

En los planes de Dios está el que las criaturas humanas atraviesen momentos de prueba. No podía ser de otro modo. La debilidad, las limitaciones, las consiguientes incomodidades y hasta las molestias que nos llegan del prójimo son consecuencia de las limitaciones humana propia de nuestra condición de criaturas. No es necesario que haya móviles pecaminosos en quienes interfieren en nuestra vida causando incomodidades y molestias. Basta con que sus limitaciones les impidan ver con claridad y actuar con la precisión que caracteriza a la virtud. ¡Cuántas cosas, que causan molestias e incluso adversidades entre personas, son fruto de la ignorancia no culpable y hasta de la buena intención!

La lección es bien clara y sencilla. Estamos llamados a tomar conciencia de la condición propia y ajena, y a asumir la responsabilidad de afrontar los diversos trances con espíritu de superación. Esto es una actitud necesaria para imitar a Jesucristo. Él, como único Maestro, es para nosotros camino, verdad y vida. (cf. Jn. 14, 6).

2.- Una vez aprendida esta lección, es muy oportuno que nos preguntemos ¿por qué nos habla el Señor de estas cosas cuando estamos celebrando el primer Domingo de Cuaresma? La respuesta es muy sencilla: La Cuaresma es imagen de nuestra vida. Nuestro peregrinar sobre la tierra debe seguir un camino ascendente, y por eso incómodo y duro, hacia la resurrección final. Solo después de ella gozaremos de la vida eterna, feliz y gloriosa junto a Dios en los cielos. Esa es la promesa del Señor. Esa es la razón de nuestra esperanza que da sentido a nuestros días buenos y malos.

En ese camino desde nuestra condición terrena, limitada, contingente y pecadora, hacia la condición inmortal, gloriosa y feliz, que nos ha sido prometida por el Señor, cuentan, de modo muy condicionante, nuestras reacciones ante los hechos que nos llegan desde fuera de nosotros y en los que nos vemos implicados. Pero también cuentan nuestras actitudes, intenciones, luchas, claudicaciones e infidelidades. Por todo ello, cuando el Señor nos llama a recorrer el camino de la vida hacia la unión plena con él en los cielos, nos advierte acerca de los peligros que pueden llegarnos, y sobre la forma de comportarnos en cada momento si queremos de verdad caminar con acierto hacia el fin prometido.

La primera forma de predicación de Jesucristo, para enseñarnos el camino hacia la vida y la forma de recorrerlo, es su ejemplo. Jesucristo asumió el desierto y sus consecuencias; y, en ese trance, nos dice el Evangelio, que “los ángeles le servían” (Mc. 1, 13). También a nosotros nos asiste la ayuda de Dios en los momentos de prueba. Así lo afirma el mismo Jesucristo: “Si alguien está agobiado que venga a mí, porque mi yugo es suave y mi carga es ligera” (Mt. 11, 28-30) . Y, en otro momento nos dice: “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá” (Mt. 7, 7). Esa es la razón por la que la Iglesia pone hoy en nuestros labios las palabras del salmo con las que nos hemos dirigido a Dios haciendo un acto de fe: “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad, para los que guardan tu alianza” (Sal. 24). Y, hecha esta profesión de fe, hemos recurrido a Dios para que sea nuestro maestro y nuestro auxilio: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y salvador” (Sal, 24).

A la luz de estas enseñanzas, podemos concluir fácilmente que la Cuaresma es un tiempo en el que debe ocuparnos la mirada hacia nuestro interior. Esta mirada, oportunamente orientada, ha de ir descubriéndonos cómo reaccionamos ante nuestra propia condición limitada, ante las incomodidades y pruebas que nos impone nuestra contingencia, y ante las tentaciones por las que el diablo quiere conducirnos a la infidelidad.

Al mismo tiempo, la Cuaresma nos invita a tener en cuenta la raíz de nuestra condición de criaturas, de seres redimidos y llamados a la relación personal con Dios como hijos adoptivos suyos. Por tanto, la Cuaresma también nos invita a conocer más a Dios, sus planes y sus enseñanzas. Por eso, en la oración inicial de la Misa hemos elevado nuestra mente a Dios pidiéndole que nos conceda “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en plenitud” (Orac. Colecta). Nuestra condición de criaturas está esencialmente vinculada al Misterio de Dios creador y redentor. Avanzar en el conocimiento de Cristo es condición para vivir en plenitud nuestra condición y nuestra vocación. A ello nos convoca la Cuaresma cada año.

Esta es la dedicación que nos pide el Señor al comenzar la cuaresma. Jesucristo la resume en estas palabras: “Convertíos y creed en la Buena Noticia” (Mc. 1, 15).

Pidamos al Señor que nos ayude a permanecer atentos a su ejemplo y a sus enseñanzas, de modo que la gracia de esta nueva oportunidad de conversión y santificación, que es para nosotros es esta nueva Cuaresma, sea bien aprovechada por cada uno con gratitud y esperanza.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA

 Miércoles, 22 de febrero, 2012
 
Queridos hermanos sacerdotes,


Hermanas y hermanos todos, religiosos y seglares:

1.- Hoy, comenzamos la cuaresma que es tiempo de conversión.

La conversión es, o debe ser, el paso del mal al bien, de lo malo, defectuoso o mediocre, a lo bueno, a lo competente y a lo realizado con esmero y pulcritud.

El esmero y la pulcritud en nuestro quehacer ha de estar inspirado en la naturaleza de lo que estamos llamados a realizar, y en cuya mejora comprometemos nuestra voluntad de conversión.

Pero nunca sabremos lo que debemos hacer y, en consecuencia, difícilmente lograremos realizarlo como es debido si no tenemos bien claro lo que somos y a donde se orienta nuestra vida. Nuestra identidad original, como imagen y semejanza de Dios, y nuestra identidad cristiana como bautizados, ambas como una misma realidad, deben ser el crisol que vaya señalando la línea y la urgencia de nuestra conversión. Pero no podemos lograr esto si no profundizamos en lo que significa ser cristiano. Y, para saberlo, podemos tropezar con un inconveniente. Cuando el cristianismo es entendido teniendo como referencia una tradición vivida durante mucho tiempo como un fenómeno social, corremos el peligro de considerarlo, principalmente, como el cumplimiento de unas prácticas y como la abstención de lo incorrecto porque está prohibido.

Esta visión del cristianismo sería tan errónea como engañosa. Siempre estuvo muy lejos de la voluntad de Jesucristo presentarnos su mensaje como una lista de mandatos y prohibiciones. En cambio, lamentablemente, esta es una forma muy extendida de entender el Evangelio. Por ello oímos con frecuencia juicios de valor sobre lo que debe ser la vida cristiana que casi nada tienen que ver con lo que Jesucristo quiso enseñarnos.

2.- Jesucristo nos dijo: “En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros…”; y san Juan añade: “… en esto consiste el amor…, en que Dios nos amó primero” (cf. Jn. 13, 35; 1Jn. 4, 10).

Por tanto, ser cristiano es algo irrealizable si no se mira de frente a Jesucristo, si no se descubre hasta qué punto nos ha amado y nos ama, y si no llegamos a convencernos de que nuestra misión primera es descubrir su amor, agradecérselo y procurar amarle cumpliendo el mandamiento nuevo: “amaos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34). No se puede amar a Dios sin ser urgidos a amar a los hermanos, especialmente a los más desposeídos. Por la misma razón es imposible dar un claro testimonio de que amamos a Dios si no amamos a los hermanos. Así nos lo enseña S. Juan: “Si alguno dice: , y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento; quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn. 4, 20-21)

Vivir entendiendo nuestra existencia como un regalo de Dios es y debe ser el punto fundamental de nuestra conversión cuaresmal. Esta conversión constituye la mayor y más necesaria tarea para entender y vivir el amor a Dios y al prójimo. Y saberse amados por Dios es condición imprescindible para ser ganados por su amor y terminar amándole sobre todas las cosas. ¿No es esto lo que debemos procurar en la Cuaresma?

3.- No podemos olvidar que la vivencia del cristianismo, como la de cualquier otra forma de vida implica el seguimiento de unas directrices que han de dar forma a nuestras actitudes, volcándolas en comportamientos acordes con lo que decimos ser y creer.

Pero estas directrices, que la Iglesia nos ofrece fielmente por mandato de Jesucristo, pueden llegar a nosotros como incomprensibles o como anacrónicas. Ese sería el caso de quien interpretara el Evangelio estando condicionado por los criterios y formas de vivir de quienes no conocen a Jesucristo ni han escuchado a la Iglesia.

Por todo ello, la conversión a que nos llama el Señor en la Cuaresma, tiene un objetivo fundamental: profundizar en lo que es la esencia del cristianismo. Esa esencia es el Misterio de Dios manifestado en Jesucristo. La conversión cuaresmal nos ha de llevar, como con secuencia, a aprender lo que, en verdad, quiere Dios de cada uno de nosotros al enviarnos a su Hijo Jesucristo como Redentor y Maestro. A partir de ello buscaremos cómo configurar nuestra vida con la voluntad del Señor.

A esto nos llama hoy el Señor a través de san Pablo: “os lo pido por Cristo; dejaos reconciliar con Dios” (2Cor 5, 20).

4.- Esta llamada del Señor lleva consigo el aliento para atenderla y la luz para entenderla. Dios no nos deja solos ante el Misterio. San Pablo, antes de pedirnos hoy que no echemos en saco roto la gracia de Dios, nos advierte que nuestra responsabilidad está en dejarnos reconciliar con Dios. Es Dios quien quiere reconciliarnos con Él. Dios toma la iniciativa siempre, porque su amor es infinito, y es Padre antes que juez. Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad (cf. 1 Tim. 2, 4).

Reconciliarnos con Dios es lo mismo que dejar que él nos haga ver la vida y las cosas con los ojos de Dios. A esto se compromete el Señor a través de su Iglesia, mediante su palabra, mediante la oración, y mediante la participación en los sacramentos. Pero esto requiere, a su vez, que nos dejemos llevar por la enseñanza de Jesucristo que la Iglesia nos transmite; porque él mismo nos ha dicho: “en el día de la salvación te ayudo” (2Cor 6, 2). Y añade: “Mirad, ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de la salvación” (2Cor 6, 2).

Así mirado nuestro deber cuaresmal de conversión, llegamos a concluir que todo lo que nosotros debemos hacer es dejar que Dios obre en nosotros, acercándonos a él allí donde Él se manifiesta y se acerca a nosotros.

5.- En la conversión cuaresmal debemos renovar y encauzar nuestra conciencia de que somos la gran familia de los hijos de Dios. Por tanto, debemos aclararnos en la enseñanza permanente del Evangelio que el Papa Benedicto XVI nos recuerda en el Mensaje para esta Cuaresma, diciéndonos: “Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula unos a otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tiene que ver con mi vida y mi salvación…En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican” (o.cv. 2).

La esencial vinculación entre los bautizados, ha de llevarnos, especialmente durante la Cuaresma, a orar por la recuperación de los hermanos alejados de la fe; de quienes han compuesto un evangelio a su propia medida y se distancian cada vez más, sin darse cuenta, de la Verdad de Jesucristo.

Al mismo tiempo debemos dar gracias a Dios por los alentadores testimonios de fidelidad al Señor, vividos por tantos hermanos con verdadera alegría, que nos sirven de ejemplo y estímulo para vivir en la esperanza.

6.- Pidamos a la Santísima Virgen María, alabada por el Señor como maestra en la escucha de la palabra de Dios y en la generosa respuesta a su llamada, que nos ayude a programar y a conseguir en esta Cuaresma una verdadera conversión.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL ENCUENTRO DE COFRADÍAS Y HERMANDADES

Domingo, 12 de Febrero de 2012


Queridos Sacerdotes concelebrantes,

Queridos miembros de las Cofradías y Hermandades de nuestra archidiócesis,

Hermanas y hermanos todos que nos acompañáis participando en esta solemne celebración.

1.- No cabe duda de que vivimos tiempos difíciles. Junto a la dura crisis económica, atravesamos una crisis de valores en que las virtudes evangélicas parecen escasear. No desciendo ni siquiera a enumerar las distintas manifestaciones de esta crisis profunda. De ello se encargan diariamente, e incluso varias veces en la misma jornada, los medios de comunicación social. Pero queda claro que atravesamos una verdadera crisis de la persona. Esta crisis espiritual, cultural y religiosa, es anterior a las manifestaciones económicas; es causa de ella en buena parte; y permanecerá, seguramente, cuando ésta comience a superarse.

Esto nos hace pensar y temer que la crisis económicas no acabará de superarse plenamente mientras no haya un verdadero espíritu de conversión y mientras no se dé a las virtudes cristianas y a los valores humanos la importancia que tienes en todos los ámbitos de la existencia humana.

Mientras estén presentes, de un modo bastante extendido en nuestra sociedad, la mentira, la extorsión, la violencia de guante blanco, al servicio preferencial a los propios intereses, y la cesión a las propias satisfacciones principalmente materiales, etc., será muy difícil que abunde la transparencia, la justicia, el espíritu de servicio, el respeto a la vida, al bien común y la necesaria atención a los más desposeídos. Mientras perduren los pecados que acabo de referir, y mientras haya gentes que defiendan un concepto de libertad basado en ese pernicioso sujetivismo que consiste en considerar bueno o malo aquello que me gusta o que me molesta, sin más referencia, serán imposibles la justicia, la transparencia, la equidad, y la justicia social. Y, en consecuencia, aquello que depende de una recta conducta humana estará en crisis en la sociedad.

2.- ¿A qué viene todo esto? Pues muy sencillo. Estoy convencido de que os parece lógico que debemos desterrar las intenciones y las conductas que degradan los comportamientos familiares, institucionales y sociales, y que motivan, a su vez, las injusticias y los desórdenes que presenciamos y sufrimos. Tan cierto es lo que digo, que tanto los medios de comunicación social, como las conversaciones particulares, tienen un denominador común que es la crítica, a veces despiadada, a los autores de esos desmanes. Parce que se les quisiera sacar de esta sociedad, y que los poderes judiciales fueran duros en una dura aplicación de los castigos que merecen.

Es necesario que los cristianos saquemos aplicaciones a nuestra vida. Es necesario que busquemos, por todos los medios, salir del juego de intereses e injusticias que causan el deterioro de la imagen de la Iglesia, y el consiguiente alejamiento de quienes constatan en los cristianos esas conductas incorrectas.

La crítica de los comportamientos incorrectos cobra un relieve especial cuando esos comportamientos se constatan en miembros destacados de la Iglesia. En eso son implacables incluso los mismos cristianos. Mi pregunta, ahora, en orden a aplicar a nuestra vida la palabra que Dios nos dirige hoy, es ésta: ¿Nos hemos dado cuenta de que las Cofradías son instituciones eclesiales, y que los cofrades aparecen ante la sociedad como quienes están más comprometidos en el cumplimiento de las virtudes humanas y cristianas?

3.- Pues a todos nosotros, cristianos, y, de un modo especial a vosotros los cofrades, va dirigida esta palabra de Dios. Nos la transmite S. Pablo en la segunda lectura que acabamos de escuchar. Dice: “Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No seáis motivo de escándalo ni a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios” (1 Cor. 10. 31).

Ha llegado un momento en la vida social, y también en la vida eclesial, en que todo se sabe, Y si el pecado siempre es malo, comienza a ser peor cuando causa escándalo. Y sabéis muy bien que abundan las críticas a la Iglesia, porque se conocen los malos ejemplos de muchos cristianos. Unas críticas están motivadas por los defectos de los cristianos, y otras, nacen a las actitudes adversas contra la Iglesia de Jesucristo por parte de quienes, por una razón o por otra, quisieran que desapareciera.

4.- Es necesario que tomemos una actitud exigente con nosotros mismos y con nuestras instituciones eclesiales; y que procuremos purificarlas de los males que les aquejan. Males que se deben a nuestra falta de respeto a Dios y a la Iglesia de Dios. Esto, dicho así, puede que resulte algo duro a los oídos de muchos. Sin embargo es totalmente verdad. Eso es, en definitiva, el pecado.

Desde estas consideraciones, el Evangelio de hoy nos invita a reconocer nuestras pequeñas o grandes lepras que entorpecen la imagen, que deterioran el organismo y que pueden contagiar nuestro alrededor. Esas son las consecuencias del escándalo. Y podemos escandalizar cuando nuestra conducta no es acorde con nuestra condición de hijos de Dios y, además, cofrades.

Sabéis que lo que digo es verdad. Otra cosa es que resulte duro escucharlo. Pero no olvidemos que, con estas reflexiones y exigencias, no hacemos una cosa distinta de la que estamos exigiendo a quienes pìllamos en falta en cualquier campo de la vida social; sobre todo, si nos toca directamente.

5.- Demos gracias a Dios porque no solo nos enseña el horizonte de verdad y de bien al que debemos orientar nuestras intenciones y nuestros actos, sino que, al mismo tiempo, sale al paso de nuestras debilidades ayudándonos a avanzar con sinceridad, con honestidad, con esperanza, y con la constancia, sin la cual no podemos llegar al final del camino. Esta ayuda nos llega, sobre todo en la Eucaristía. En este sacramento, Jesucristo en persona se nos da como alimento para el camino.

Pidamos a la Santísima Virgen María, a quien todas la Cofradías y Hermandades tenéis presente en vuestros pasos y devociones, que nos ayude a ser fieles al Señor como ella; y a ser, también como ella, ejemplo edificante para los demás.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN LA ASAMBLEA DE CÁRITAS DIOCESANA

Sábado, 11 de Febrero de 2012

Mis queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Mis queridos hermanos, voluntarios en el servicio eclesial de Cáritas, y personal técnico que trabajáis en este servicio diocesano tan querido:

Una cosa debemos tener siempre muy clara: Cáritas solo puede existir como una obra esencialmente eclesial; y, por tanto, inspirada y sostenida por aquello que inspira y sostiene a la Iglesia de Jesucristo. Y eso es el amor infinito que Dios nos tiene. En consecuencia, toda obra de Cáritas debe ser consecuencia de haber descubierto la fuerza y gratuidad del amor infinito de Dios a todos los hombres y de estar dispuestos a imitarlo. La atenta y asidua consideración del amor infinito de Dios ha de llevarnos al pleno convencimiento de que nosotros debemos comportarnos con el prójimo como el Señor se ha comportado con nosotros. Así nos lo enseña Jesucristo en un momento crucial: había lavado los pies a sus discípulos; les había dado a comer y beber su propio cuerpo y sangre, como signo sacramental del sacrificio redentor que iba a consumar en la cruz. Y, dirigiéndose a quienes habían compartido la cena con Él, dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn. 13, 34-35).

La acción de Cáritas ha de transparentar el amor que Dios tiene a todos; y ha de ser testimonio de que nosotros somos movidos fundamentalmente por ese amor y no por ningún otro interés o tendencia humana, por digna que sea. La compasión, por la que podemos sentir movidas las propias entrañas ante la desgracia o la penuria ajena, puede acompañar a la acción caritativa. Es muy legítimo y hasta lógico. Pero nuestra acción solo será acción caritativa si es motivada, antes que nada, por las obediencia al mandato de Jesucristo: “como yo os he amado, amaos también unos a otros” (Jn. 13, 35). Entonces, nuestra acción caritativa será también gratuita, como es gratuita la acción de Dios con nosotros.

Dios nos ama a pesar y por encima de nuestros pecados, que son una clara oposición a la divina bondad y al amor con que somos amados por Él. Qué bien lo enseña san Pablo cuando nos dice: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5, 8). Si nuestra acción caritativa no está inspirada y motivada por ese amor gratuito hacia los hermanos, estaremos haciendo una obra buena, pero no será una acción propia de la caridad cristiana a la que nos referimos cada vez que hablamos de Cáritas.

El Santo Evangelio nos muestra hoy una acción de Jesucristo que parece estar movida mor el sentimiento de lástima ante quienes le seguían ansiosos de escuchar su palabra y de contemplar sus obras. La expresión de Jesucristo así nos lo da a entender: “Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer…”(MC. 8,1). Sin embargo, no podemos olvidar que, con los panes y los peces de que disponían sus discípulos, no había comida ni para comenzar. Dice el Evangelio que eran unos cuatro mil. Jesucristo realiza entonces un milagro, como lo había realizado en otros casos después comenzar perdonando los pecados a quien le suplicaba.

El milagro, como obra de Dios, puesto que sólo Él puede realizarlo, nos muestra esa acción como acción divina. Y Dios no puede obrar más que por amor, y por un amor infinito. La lástima, como digno sentimiento propio también de Jesucristo puesto que era realmente hombre, constituía, en este caso, ese elemento sensible del alma humana que puede acompañar muy dignamente a la obra divina; como puede acompañar a nuestras obras caritativas una vez que están movidas por el amor de Dios al prójimo.

La conclusión de cuanto venimos diciendo nos lleva a considerar la atención y el cuidado que debemos poner en todas nuestras acciones caritativas y en los mismos planteamientos de Cáritas parroquial, interparroquial y diocesana. De lo contrario, podemos caer en una acción realizada al amparo de la Iglesia, pero que no acaba de ser genuinamente eclesial, y que no podrá transparentar la acción del Espíritu Santo. Él es quien infunde en nosotros el don del amor divino y, por tanto, la capacidad de amar a los hermanos como el Señor nos ha amado.

No es tarea sencilla la que nos corresponde como representantes de la acción de la Iglesia en la atención a los más débiles y desposeídos. Pero la dignidad y la importancia de esta acción, que es la atención caritativa a los hermanos, bien merece todo nuestro esfuerzo y la oración para pedir constantemente al Señor que nos ayude a vivir el amor que Él nos manda.

Pidamos a la Santísima Virgen María, cuya memoria celebramos hoy bajo esa advocación tan unida a la ayuda de los enfermos y necesitados, y que se nos muestra en el Evangelio como claro modelo de atención solícita ante las necesidades ajenas, y como maestra de solidaridad verdaderamente caritativa ante las debilidades del prójimo, que nos enseñe y nos ayude a vivir en la Iglesia y en el mundo el amor cristiano hacia todos los hermanos.

QUE ASÍ SEA

HOMILÍA EN EL ENCUENTRO DIOCESANO CON RELIGIOSOS Y RELIGIOSAS

(Domingo, día 5 de Febrero de 2012)


Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos hermanos todos, miembros de la Vida Consagrada, cuya fiesta celebramos hoy en fraternidad diocesana,

Queridos fieles laicos que participáis con nosotros en esta Eucaristía:

1.- Nos hemos reunido hoy, convocados por el Señor mediante el precepto dominical, y con motivo de la Jornada mundial dedicada a la Vida Consagrada, para celebrar el triunfo definitivo de Jesucristo nuestro Señor y salvador. Su victoria es nuestra victoria, puesto que Él se ofreció como hostia agradable al Padre para alcanzar la salvación que la humanidad no podía alcanzar, a pesar de que era su mayor necesidad. Su victoria ha de manifestarse a través del testimonio de nuestra vida que debe ser una prueba de que el Señor a vencido al pecado. Nuestra alegría sebe ser grande, y ha de brotar de la constatación de que Dios ha obrado y sigue obrando en nosotros. En verdad, el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres (cf. Sal 125, 3).

Este día, como Día del Señor, y esta celebración, como actualización para nosotros del único sacrificio redentor de Jesucristo, son dos preciosas ocasiones para que demos gracias a Dios. Él busca, por todos los medios y con pleno respeto a la libertad que nos regaló al crearnos, el máximo bien para nosotros. Y ese bien consiste en que participemos de su gracia aquí en la tierra, y de su gloria en el cielo. Podemos estar contentos por ello. Pero el Señor busca, también, que gocemos de esa otra dimensión del mayor bien que consiste en ser testigos de su amor, de su generosidad y de su servicio a los hermanos. En ello radica el sentido de la castidad, de la pobreza y de la obediencia que acompañan, como líneas transversales, la andadura de todo consagrado al Señor.

2.- Sin embargo, la participación de la gracia de Dios y del bien que él procura para nosotros en tanto consagrados, solo puede ser una realidad en cada uno si acudimos cada día, como la primera vez, a la llamada del Señor. Llamada que lleva consigo todo un estilo de vida y el ministerio que viene definido por el carisma propio.

Dios no nos regala su gracia para que actuemos bien de forma automática, sino para que, con esfuerzo y sacrificio, podamos permanecer fieles a su santa voluntad. El regalo de la gracia de Dios nos capacita y compromete a poner en práctica el mandamiento del amor en todas sus dimensiones y aplicaciones. No olvidemos que hemos sido elegidos y enviados para renovar según el Evangelio nuestros ámbitos más próximos; y para trabajar siempre en la construcción de la civilización del amor fundamentado en la Verdad. En ello debemos poner todo nuestro entusiasmo y todos nuestros recursos desde el carisma con que el Espíritu Santo ha enriquecido y caracterizado a cada Institución y, consiguientemente, a cada persona integrada en ella.

3.- El encuentro vocacional con el Señor y con su gracia, y también entre nosotros como miembros de las respectivas Congregaciones, Institutos o Asociaciones, tiene, además, otro elemento que enriquece todavía más nuestra condición de consagrados. Me refiero al inmenso valor de cada carisma fundacional y al estilo de vida que lleva consigo como concreción del servicio generoso a Dios, a la Iglesia y al mundo. Actualizar nuestra conciencia de la propia vocación y carisma, renovar nuestra fidelidad al Señor que nos ha llamado, y dar a conocer a los hermanos en la fe lo que Dios ofrece a la Iglesia y al mundo a través de la Vida Consagrada es el objetivo de esta Jornada mundial que hoy celebramos. El Señor ha querido que su luz llegue al mundo mediante el resplandor de su gracia que el Espíritu Santo ha derramado sobre quienes ha llamado a consagrar su vida plenamente a Dios para el servicio desinteresado a los hermanos. Este gesto cristiano cobra especial valor en estos tiempos en que parece que el hombre tiende a vivir cada vez más desde sí mismo y para sí mismo.

El descubrimiento de la propia responsabilidad personal y la de la Institución a la que cada uno pertenecemos por vocación de Dios, así como la fuerza necesaria para cumplir nuestra misión, es gracia que nos concede el Espíritu Santo. Él es quien nos muestra el horizonte y el camino para alcanzarlo. Es absolutamente necesario, pues, que invoquemos la gracia del Espíritu para que despierte el corazón y ayude a una respuesta generosa por parte de los que han sido llamados. Convencidos de que todos los carismas suscitados por el Espíritu Santo en la Iglesia son necesarios para que brille en el mundo la luz de Cristo, debemos unirnos todos en la misma plegaria: Envía, Señor, obreros a tu mies. Envía para cada lugar y momento aquellos cuyo estilo sea más necesario. Haz, Señor, que nuestra esperanza no se trunque ante la escasez de vocaciones para la propia Institución. Creemos firmemente que tu infinita sabiduría dirige con acierto la nave de tu Iglesia. Éste es el motivo principal de esta Jornada eclesial dedicada a la Vida Consagrada.

4.- La Vida Consagrada, como vocación de Dios, es una gracia para quien la recibe, y también para la Iglesia en cuyo seno ha nacido, se desarrolla y sirve. Puesto que formamos parte de la misma Iglesia, debemos caer en la cuenta de que es deber personal de cada uno, y de cada una de las Instituciones o grupos en los que estamos insertos, interesarnos por los carismas ajenos y valorarlos como parte del divino mosaico que es la Iglesia. En consecuencia, constituye un deber ineludible de cada uno orar para que, quienes recibieron las diferentes vocaciones, permanezcan firmes en su desarrollo para su propia santificación, para el bien de la Iglesia y para la renovación del mundo.

Es mucho lo que necesita la Iglesia, y mucho lo que el mundo espera de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Por ello, o caminamos unidos afectiva y efectivamente, o seremos, sin querer, la pantalla que impide el paso, ante el mundo, de la luz para cuya difusión nos ha elegido.

5.- En estos días, en que tanto abundan las disensiones y los enfrentamientos, los cristianos estamos especialmente llamados a dar testimonio de unidad y colaboración. Debemos orar por la unidad entre nosotros, tanto en lo esencial como en la necesaria atención a la disciplina de la Iglesia. Solo así daremos gloria a Dios, y seremos testigos de que tenemos un solo Señor, de que nos anima una sola fe, de que nos reúne un solo Bautismo, de que confiamos en un solo Dios y Padre (cf. Ef. 4, 5), y de que la Eucaristía es, para todos nosotros, sacramento de piedad, signo de unidad, y vínculo de caridad por el cual el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera (cf. SC. 47).

6.- Para llevar a cabo la misión que hemos recibido del Señor, sentimos con frecuencia la debilidad de nuestras fuerzas personales y la escasez de hermanos entregados al desarrollo del mismo carisma. Y esto crea el problema adicional que supone la reducción de nuestra presencia en lugares cuyas necesidades conocemos. Sin embargo, no podemos olvidar que Jesucristo llevó a término la mayor acción salvadora, precisamente en los momentos de mayor debilidad: los discípulos le habían abandonado, y había sentido las mayor de las soledades. Por eso exclamó: “Padre, ¿por qué me has abandonado” (Mt. 27,46). En ese momento, Jesucristo nos dio la mayor lección que recogerá y nos transmitirá luego S. Pablo, como hemos escuchado en la segunda lectura: “Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (1 Cor. 9, 22-23).

7.- El Santo Evangelio nos manifiesta hoy que el Señor, cuando era requerido por tantas necesidades que le presentaban, se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar (cf. Mc. 1, 35). Aprendamos la lección.

8.- En la oración inicial de la Santa Misa hemos pedido que el Señor vele continuamente sobre su familia, que la proteja y la defienda, ya que sólo en Él hemos puesto nuestra esperanza.

Que la Santísima Virgen María nos ayude a permanecer junto al Señor en humilde y confiada oración.

QUE ASÍ SEA.